Dice un adagio que el sabio saca más provecho de su enemigo que el necio de
su amigo. Tal vez porque el sabio no se conforma con lo que le ofrecen,
sino que extrae enseñanza aun de la adversidad, mientras el necio ni siquiera
sabe aprovechar la fortuna que lo acaricia. Esta vieja sentencia resuena con
inquietante actualidad en los tiempos de la inteligencia artificial, como si
advirtiera que también aquí la balanza de la inteligencia se inclinará según la
destreza del alma que la empuñe.
El neoliberalismo, con su promesa de libertad y progreso,
resultó ser un artificio de espejos: una economía que en nombre de la
competencia premia a los poderosos y condena a los débiles. Hizo más ricos a
los ricos y más pobres a los pobres, no por crueldad explícita, sino por una
geometría invisible que orienta todas las rutas del éxito hacia quienes ya
poseen los medios para recorrerlas.
Los pudientes encontraron sus caminos allanados por la solvencia, el acceso a
la educación, las redes de influencia y las oportunidades que sólo se abren
entre iguales. El pobre, en cambio, se vio relegado a sobrevivir vendiendo su
fuerza de trabajo, cada vez más devaluada, y a recibir del sistema lo justo
para seguir sosteniéndolo. Es el peón de una maquinaria que lo necesita, pero
no lo libera.
La inteligencia artificial promete ser el gran
democratizador del conocimiento, la voz universal que responde a todos, sin
importar clase ni condición. Pero quizá, como el neoliberalismo, su aparente
neutralidad oculte un nuevo tipo de desigualdad: la del espíritu.
Porque aunque todos tengan acceso a la herramienta, no todos sabrán usarla con
sabiduría.
El hombre inquieto, el que busca comprender el mundo, sabrá
ver en la IA una puerta abierta hacia la eternidad del pensamiento: podrá
dialogar con los grandes maestros, reconstruir las preguntas de Kant,
desentrañar los laberintos de Freud, conversar con Cervantes o debatir con
Galileo. No necesitará una universidad de mármol ni un tutor de carne y hueso;
bastará con su sed de saber para convertir la máquina en oráculo.
La inteligencia artificial será para él lo que la biblioteca fue para Borges:
un universo infinito al alcance de una mirada.
Pero el hombre sin inquietud, aquel que ha sido domesticado
por el ruido y la banalidad, usará la misma herramienta como se usa un espejo
empañado: sólo para mirarse en lo superficial. Preguntará por el campeón del
torneo, el chisme del día, el rumor que se disuelve antes de amanecer.
Y lo más triste no será la trivialidad de sus preguntas, sino que, poco a poco,
delegará en la máquina la función misma de pensar. Como si el músculo del
juicio, no ejercitado, se atrofiara sin remedio. Lo que antes resolvíamos con
sentido común —la sabiduría de los abuelos, los refranes, la intuición
cultivada por la experiencia— será entregado a un asistente digital que
decidirá hasta lo que debemos sentir.
La inteligencia artificial no hará más sabios a los hombres,
sino más visibles las diferencias entre los que ya lo eran y los que nunca se
esforzaron por serlo. No es una herramienta para igualar, sino un espejo que
amplifica: multiplica la inteligencia del sabio y la torpeza del necio.
Así, del mismo modo que el neoliberalismo concentró la riqueza material, la IA
concentrará la riqueza intelectual. Los nuevos ricos no serán los que poseen
dinero, sino los que poseen criterio; y los nuevos pobres, los que se contentan
con respuestas automáticas.
Quizá la verdadera pregunta que nos deja esta era no sea qué
puede hacer la IA por nosotros, sino qué clase de espíritu llevamos a su
encuentro. Porque la máquina no enseña a pensar: sólo devuelve,
magnificada, la luz —o la sombra— que cada uno lleva dentro.
Reflexión final
“La inteligencia artificial no es una lámpara mágica, sino
un espejo. No concede deseos: refleja quién los pide.”
¿Nos hará la IA más lúcidos o simplemente más cómodos?
Esa, quizá, será la gran pregunta filosófica del siglo XXI.
