Pocas cosas hay tan pacíficas
durante el día como un cementerio.
Árboles, flores, pájaros, lápidas
antiguas y un silencio que hasta se agradece. Uno puede recorrerlo
tranquilamente, detenerse ante una inscripción curiosa y preguntarse quién
habrá sido aquel señor que murió en 1887.
Pero vuelva usted a las doce de
la noche.
El árbol que por la tarde parecía
muy bonito ahora tiene demasiadas ramas. La estatua del angelito ya no inspira
tanta ternura. Y aquella sombra junto al mausoleo, que seguramente es un
arbusto, parece tener sombrero.
Porque una cosa es decir a las
cuatro de la tarde:
—Yo no creo en fantasmas.
Y otra muy distinta repetirlo a medianoche, solo, en medio del camposanto.