Hace unos quince años, ver una motocicleta en mi pueblo era casi un acontecimiento antropológico: uno levantaba la vista con la misma curiosidad con que se observa un ave migratoria fuera de temporada. No así en las vecinas y conurbadas Moroleón y Uriangato, donde las motocicletas ya eran parte del paisaje urbano, tan cotidianas como el pan dulce en la merienda.
