Hay pueblos donde las imágenes religiosas no son simples esculturas: son presencias. Y como toda presencia viva, pareciera que eligen dónde quedarse. Así ha ocurrido, desde hace siglos, con innumerables Cristos y santos de España y América Latina, protagonistas de relatos en los que las imágenes se vuelven inexplicablemente pesadas, crecen de tamaño o regresan una y otra vez al sitio donde desean ser veneradas. Son los llamados santos arraigados: imágenes que, según la tradición popular, manifiestan con prodigios el lugar que han escogido como morada.