Cuando cursaba la secundaria, el profesor de español —enemigo natural del ocio adolescente y supervisor implacable de cualquier intento de aburrimiento productivo— nos encomendó una hazaña que hoy llamaríamos “reto literario”, pero que en aquel momento sonaba más bien a penitencia ilustrada: leer una novela completa y, después, comentarla con entusiasmo fingido frente al grupo.