Ahora tengo el gusto —y casi la tentación cómplice— de
presentar una novela americana que, sin duda, será del agrado de todos los
amantes del romanticismo; es decir, de todos nosotros. Porque, seamos sinceros:
¿quién puede declararse inmune al hechizo de un ocaso púrpura que incendia el
horizonte? ¿Quién permanece indiferente cuando, en la noche tibia, una guitarra
deshilvana una serenata que parece hablarle al alma? ¿Y quién, al borde de un
río, con unas cervecitas conversadoras y el murmullo del agua como testigo, no
siente que el corazón se le vuelve un poco más poeta?
MARÍA es una de las novelas más delicadas y profundamente
sentimentales del romanticismo hispanoamericano. Publicada en 1867, es, ante
todo, una elegía del amor imposible, un canto a la memoria y una pintura
nostálgica del paraíso perdido.
La historia narra el amor entre María y Efraín, dos jóvenes
que crecen juntos en una hacienda del Valle del Cauca. Su amor no nace de la
pasión arrebatada, sino de la cercanía, de la infancia compartida, de las
miradas que poco a poco descubren lo que el corazón ya sabía. Pero como suele
ocurrir en el romanticismo, la dicha es frágil y el destino —marcado por la
enfermedad y la separación— se cierne sobre ellos como una sombra inevitable.
La novela no es solo una historia de amor; es también un
retrato del paisaje colombiano. La naturaleza no funciona como simple
escenario, sino como reflejo del alma de los personajes: exuberante cuando el
amor florece, melancólica cuando la tragedia se anuncia. Los ríos, las montañas
y los atardeceres están descritos con una sensibilidad casi musical.
En esencia, María es:
Una historia de amor puro y trágico.
Una exaltación
romántica de la naturaleza americana.
Una meditación sobre
la memoria y la pérdida.
Una de las obras
fundacionales de la novela latinoamericana.
Leerla es entrar en un mundo donde el sentimiento gobierna y
donde el recuerdo duele con dulzura. Es una novela que no se lee con prisa; se
contempla, como un atardecer que sabemos hermoso precisamente porque sabemos
que se va a acabar.


