martes, 10 de febrero de 2026

EL DÍA QUE MI ABUELITA PIDIÓ EL WI-FI

 



Si mi abuelita —que partió a principios de los ochenta— resucitara hoy, no pediría café ni preguntaría por los difuntos: pediría la contraseña del Wi-Fi. Y no por vicio tecnológico, sino por pura supervivencia lingüística. Porque lo primero que notaría, antes incluso de los coches sin llaves o los relojes que te regañan por no caminar, es que sus bisnietos ya no hablan castellano. Hablan otra cosa. Una lengua extraña, con acento de güero del norte, pero todavía perfumada a taco de suadero.

Escucharía conversaciones que, a sus oídos, sonarían como trabalenguas con pasaporte extranjero:
que si burnout (agotamiento, astenia, cansancio del alma),
que si el captcha (la prueba moderna de que no eres robot, aunque a veces uno lo duda),
que si el check-in, el check-out y el check-up (llegar, irse y dejar que te revisen, todo en inglés para que duela menos),
que el coach y el coaching (entrenador y entrenamiento, pero con tenis caros),
el crush (amor platónico que no paga renta),
el ghosting (irse sin despedirse, como alma en pena digital),
el like, el follower, el influencer (antiguamente conocidos como “me cae bien”, “me sigue” y “ese muchacho al que todos escuchan”),
el mail, el inbox, el feedback, el update
y así hasta completar un playlist interminable de anglicismos que entran por los oídos y salen por la boca sin pedir permiso.

La buena mujer tendría razones de sobra para pensar que está frente a una nueva lengua. Y no le faltaría razón. Porque esto no es solo moda: es velocidad. Es el idioma tratando de correr al ritmo del ranking, del performance y de las views. El español, que siempre fue ancho y hospitalario, ahora anda trotando como runner urbano, sudando para no quedarse atrás.

Confieso que yo mismo he sudado la gota gorda intentando actualizarme a diario, y aun así me pierdo entre tanto anglicismo. Trabajo con jóvenes y hago un esfuerzo sincero por estar al tanto, pero siempre me sorprenden. No puedo evitar poner los ojos como pesos antiguos de plata y una cara de what? que disimulo con sonrisa diplomática. Ya no me sorprenden tanto mis estudiantes —uno se va curtiendo—, pero lo que sí me dejó francamente perplejo fue mi propio corrector de la computadora.

Escribí, muy campante, “correo” y “mercadotecnia”. Y ahí estaban: subrayadas en rojo, acusadas de incorrectas como si hubieran cometido un delito ortográfico. Obediente, le di a “corregir” y, sin titubeos, aparecieron las palabras Mail y Marketing. Como si la máquina me dijera: “Mira, amigo, eso que tú llamas español ya viene en versión on sale”.

Y ahí fue cuando entendí que el problema no es que el idioma cambie —siempre lo ha hecho—, sino que ahora cambia con software, con updates automáticos y sin pedirnos feedback. No es que el inglés nos invada; es que nosotros lo invitamos, le pusimos snacks y lo sentamos en la sala. Porque es práctico, rápido y, hay que decirlo, suena cool.

Mi abuelita, después del susto inicial, seguramente se encogería de hombros. Ella sabía que las lenguas viven, se mezclan y se reinventan. Quizá no entendería qué es un smart watch, pero sí entendería algo esencial: que mientras todavía nos riamos, nos enamoremos, discutamos y contemos historias —aunque sea con likes y emojis—, el idioma sigue vivo.

Eso sí: probablemente nos pediría un favor. Que, de vez en cuando, apaguemos el speaker, dejemos el feed en silencio, y recordemos que también se puede decir “correo”, “equipo”, “entrenador” y “cita” sin que el mundo se caiga. No por nostalgia, sino por cariño. Porque las palabras, como las abuelas, también merecen que no las mandemos tan rápido al ghosting.

domingo, 8 de febrero de 2026

EL NUEVO ORÁCULO, ¿QUIÉN SABRÁ INTERROGARLO?


 

Dice un adagio que el sabio saca más provecho de su enemigo que el necio de su amigo. Tal vez porque el sabio no se conforma con lo que le ofrecen, sino que extrae enseñanza aun de la adversidad, mientras el necio ni siquiera sabe aprovechar la fortuna que lo acaricia. Esta vieja sentencia resuena con inquietante actualidad en los tiempos de la inteligencia artificial, como si advirtiera que también aquí la balanza de la inteligencia se inclinará según la destreza del alma que la empuñe.

El neoliberalismo, con su promesa de libertad y progreso, resultó ser un artificio de espejos: una economía que en nombre de la competencia premia a los poderosos y condena a los débiles. Hizo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, no por crueldad explícita, sino por una geometría invisible que orienta todas las rutas del éxito hacia quienes ya poseen los medios para recorrerlas.

Los pudientes encontraron sus caminos allanados por la solvencia, el acceso a la educación, las redes de influencia y las oportunidades que sólo se abren entre iguales. El pobre, en cambio, se vio relegado a sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo, cada vez más devaluada, y a recibir del sistema lo justo para seguir sosteniéndolo. Es el peón de una maquinaria que lo necesita, pero no lo libera.

La inteligencia artificial promete ser el gran democratizador del conocimiento, la voz universal que responde a todos, sin importar clase ni condición. Pero quizá, como el neoliberalismo, su aparente neutralidad oculte un nuevo tipo de desigualdad: la del espíritu.

Porque aunque todos tengan acceso a la herramienta, no todos sabrán usarla con sabiduría.

El hombre inquieto, el que busca comprender el mundo, sabrá ver en la IA una puerta abierta hacia la eternidad del pensamiento: podrá dialogar con los grandes maestros, reconstruir las preguntas de Kant, desentrañar los laberintos de Freud, conversar con Cervantes o debatir con Galileo. No necesitará una universidad de mármol ni un tutor de carne y hueso; bastará con su sed de saber para convertir la máquina en oráculo.

La inteligencia artificial será para él lo que la biblioteca fue para Borges: un universo infinito al alcance de una mirada.

Pero el hombre sin inquietud, aquel que ha sido domesticado por el ruido y la banalidad, usará la misma herramienta como se usa un espejo empañado: sólo para mirarse en lo superficial. Preguntará por el campeón del torneo, el chisme del día, el rumor que se disuelve antes de amanecer.

Y lo más triste no será la trivialidad de sus preguntas, sino que, poco a poco, delegará en la máquina la función misma de pensar. Como si el músculo del juicio, no ejercitado, se atrofiara sin remedio. Lo que antes resolvíamos con sentido común —la sabiduría de los abuelos, los refranes, la intuición cultivada por la experiencia— será entregado a un asistente digital que decidirá hasta lo que debemos sentir.

La inteligencia artificial no hará más sabios a los hombres, sino más visibles las diferencias entre los que ya lo eran y los que nunca se esforzaron por serlo. No es una herramienta para igualar, sino un espejo que amplifica: multiplica la inteligencia del sabio y la torpeza del necio.

Así, del mismo modo que el neoliberalismo concentró la riqueza material, la IA concentrará la riqueza intelectual. Los nuevos ricos no serán los que poseen dinero, sino los que poseen criterio; y los nuevos pobres, los que se contentan con respuestas automáticas.

Quizá la verdadera pregunta que nos deja esta era no sea qué puede hacer la IA por nosotros, sino qué clase de espíritu llevamos a su encuentro. Porque la máquina no enseña a pensar: sólo devuelve, magnificada, la luz —o la sombra— que cada uno lleva dentro.

Reflexión final

“La inteligencia artificial no es una lámpara mágica, sino un espejo. No concede deseos: refleja quién los pide.”

¿Nos hará la IA más lúcidos o simplemente más cómodos?

Esa, quizá, será la gran pregunta filosófica del siglo XXI.

 

 

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: HERRAMIENTA PRODIGIOSA Y RIESGO EDUCATIVO

 

Durante los últimos años, la inteligencia artificial —y en particular los chats de IA— han pasado de ser una curiosidad tecnológica a una presencia cotidiana en aulas, hogares y teléfonos móviles. Para muchos estudiantes, hoy resulta tan natural consultar a un chat de IA como antes lo era abrir un libro o buscar en internet. Esto, por supuesto, no es malo en sí mismo. Al contrario: estamos frente a una herramienta revolucionaria, con un potencial educativo enorme. Sin embargo, como toda herramienta poderosa, su uso acrítico conlleva riesgos.

El encanto de la respuesta inmediata

Uno de los mayores atractivos de los chats de IA es su fluidez. Responden rápido, con seguridad, con un lenguaje claro y bien estructurado. Hablan de medicina, filosofía, literatura, historia o astronomía con una soltura que puede dar la impresión de que estamos ante una fuente casi infalible, cercana a una verdad absoluta.

Ese encanto no es casual: los chats de IA están diseñados para responder siempre. Prefieren ofrecer una respuesta plausible antes que decir “no sé”. Esta característica, que los vuelve útiles y agradables, es también su mayor debilidad. Una respuesta bien redactada no siempre es una respuesta correcta.

Cuando la IA se equivoca… y nos despierta

Muchos usuarios descubren los límites de la IA cuando esta falla en algo que ellos sí conocen bien: un dato cultural, una autoría, una clasificación básica. El desconcierto aparece de inmediato: ¿cómo puede acertar en temas complejos y equivocarse en algo aparentemente sencillo?

La respuesta es clara: la IA no verifica hechos ni razona como un ser humano. Genera probabilidades. Funciona mejor en lo general que en lo específico; en lo universal más que en lo local; en lo consensuado más que en lo preciso. No piensa: imita patrones del lenguaje humano.

El riesgo educativo: la pereza intelectual

Aquí surge una preocupación legítima, especialmente en el ámbito educativo. El problema no es que los estudiantes usen IA, sino cómo la usan.

Un alumno que delega completamente su razonamiento en la máquina corre el riesgo de atrofiar habilidades fundamentales:

  • formular preguntas correctas
  • detectar inconsistencias
  • dudar de una respuesta
  • contrastar fuentes

La IA no vuelve perezoso al estudiante; el mal uso de la IA sí puede hacerlo. Lo mismo ocurrió en su momento con la calculadora, el buscador web o incluso el GPS: herramientas que ayudan enormemente, pero que mal empleadas sustituyen el esfuerzo mental en lugar de acompañarlo.

Preguntar mal, entender peor

Existe además un riesgo más delicado: el de la mala interpretación. Una persona sin formación sólida puede plantear preguntas imprecisas y recibir respuestas que parecen suficientes, cuando en realidad no lo son.

Esto se vuelve especialmente preocupante en temas sensibles como la salud. La IA puede ofrecer información general sobre síntomas o tratamientos, pero no puede diagnosticar ni asumir responsabilidad clínica. Confiar ciegamente en una respuesta —por ejemplo, automedicarse ante lo que se cree una simple gripe— puede tener consecuencias graves.

El error no es tecnológico, sino humano: creer que una respuesta fluida equivale a una verdad segura.

La IA como amplificador, no como sustituto

La inteligencia artificial amplifica lo que ya existe:

  • en manos de un estudiante crítico, potencia el aprendizaje
  • en manos de alguien acrítico, refuerza la superficialidad

La IA ayuda mucho a quien ya sabe pensar; no enseña a pensar por sí sola. Por eso, más que prohibirla, el verdadero reto educativo es enseñar a usarla: a hacer buenas preguntas, a reconocer sus límites y a saber cuándo no confiar en ella.

Una conclusión necesaria

La inteligencia artificial no es un enemigo del conocimiento humano, pero tampoco es su reemplazo. Es una herramienta extraordinaria que exige, paradójicamente, más pensamiento crítico, no menos.

Usada con criterio, puede enriquecer el aprendizaje; usada sin él, puede empobrecerlo. La responsabilidad final no recae en la máquina, sino en quienes la utilizan y, especialmente, en quienes educan.

Porque, al final, ninguna inteligencia artificial puede sustituir la capacidad humana de dudar, reflexionar y reconocer con honestidad una frase tan simple como necesaria: “no lo sé, voy a investigarlo”.

sábado, 7 de febrero de 2026

CORAÇÃO, DIÁRIO DE UM MENINO


 

Quando eu cursava o ensino médio, o professor de espanhol — inimigo natural do lazer adolescente — nos encarregou de uma missão de alto risco: comprar um livro de literatura juvenil, lê-lo inteiro (sim, inteiro) e depois trocá-lo com algum colega. Meu irmão, solidário e bem-intencionado, conseguiu para mim A Volta ao Mundo em 80 Dias. Eu, leitor iniciante e cheio de ilusões, imaginei que aquilo envolvia cavalos a galope, mapas antigos e aventureiros de chapéu. Oitenta dias me pareciam uma eternidade… hoje sei que não é nada, mas naquela época era quase uma condenação perpétua.

Chegou o dia da troca e a tragédia aconteceu. Entre todos os livros disponíveis apareceu um que ninguém queria nem chegar perto: Coração, diário de um menino. O título soava tão pouco promissor que parecia avisar: “Não me leia sob nenhuma circunstância”. Sem possibilidade de fuga e com o coração — literalmente — apertado, tive de entregar meu livro de aventuras e aceitar aquele diário suspeito.

O que eu não sabia então era que a sorte, que às vezes se disfarça de injustiça escolar, tinha preparado uma surpresa para mim. Esse livro, rejeitado por todos, acabou se tornando uma das leituras que mais recomendei aos meus alunos até hoje. Porque, às vezes, os livros que menos prometem são justamente os que mais ficam conosco.

Coração, diário de um menino, de Edmondo De Amicis, é um desses livros que chegam discretos e passam a morar na memória. Não promete façanhas extraordinárias nem heróis invencíveis; promete algo muito mais raro: humanidade. E cumpre.

A obra assume a forma do diário de Enrico Bottini, um menino italiano que, ao longo de um ano letivo, vai registrando o que vê, o que sente e o que começa — sem perceber — a compreender. A sala de aula é o cenário principal, mas não como um simples espaço escolar, e sim como um pequeno universo onde convivem virtudes e defeitos, risos e silêncios, rivalidades e afetos profundos. Cada colega representa uma história diferente, uma maneira de estar no mundo, uma lição que nem sempre se aprende com palavras.

O leitor logo descobre que Coração não fala apenas de crianças, mas do que significa crescer. Os professores não aparecem como figuras autoritárias e sem alma, mas como guias firmes que acreditam na educação como um ato moral. Os pais, por meio de cartas e conselhos, demonstram uma ternura exigente, aquela que educa sem excessos de indulgência e que busca formar pessoas antes de formar apenas obedientes. E, entre essas páginas, surgem emoções universais: a vergonha depois de um erro, o orgulho silencioso diante de um esforço, a tristeza por uma perda, a alegria simples de se sentir aceito.

Um dos grandes encantos do livro são os relatos mensais que interrompem o diário: pequenas histórias dentro da história, protagonizadas por crianças de diferentes regiões da Itália. Nelas são exaltados valores como o sacrifício, a lealdade, a gratidão e a compaixão, sem cair em sermões pesados. São contos que comovem porque mostram que a grandeza também cabe em gestos pequenos e que o heroísmo, às vezes, consiste simplesmente em fazer o que é certo quando ninguém está olhando.

Ler Coração hoje provoca uma sensação curiosa: nostalgia por uma infância que talvez não tenha sido exatamente assim, mas que reconhecemos como possível e desejável. É um livro que convida a desacelerar, a lembrar quem fomos na escola, a pensar naquele colega esquecido, naquele professor que deixou marcas, na primeira vez em que entendemos que os outros também sentem como nós.

Quem se aproximar dessas páginas não encontrará uma leitura barulhenta nem vertiginosa, mas sim uma experiência profundamente emotiva. Coração não busca impressionar; busca tocar. E consegue isso com uma honestidade tão simples que, ao fechar o livro, fica a suspeita de que não lemos apenas a história de Enrico, mas também um fragmento da nossa própria. Por isso, mais do que um livro infantil, é uma leitura que espera pacientemente até que o leitor tenha idade suficiente para compreendê-la de verdade.

CORAZÓN, DIARIO DE UN NIÑO

 



Cuando cursaba la secundaria, el profesor de español —enemigo natural del ocio adolescente— nos encargó una misión de alto riesgo: comprar un libro de literatura juvenil, leerlo completo (sí, completo) y después intercambiarlo con algún compañero. Mi hermano, solidario y bien intencionado, me consiguió La vuelta al mundo en 80 días. Yo, iluso lector primerizo, imaginé que aquello consistía en caballos al galope, mapas antiguos y aventureros con sombrero. Ochenta días me parecían una eternidad… hoy sé que no es nada, pero en aquel entonces era casi una condena perpetua.

Llegó el día del intercambio y ocurrió la tragedia. Entre todos los libros disponibles apareció uno que nadie quería ni ver de lejos: Corazón, diario de un niño. El título sonaba tan poco prometedor que parecía advertir: “No me leas bajo ninguna circunstancia”. Sin escapatoria posible y con el corazón —literalmente— apachurrado, tuve que entregar mi libro de aventuras y aceptar aquel diario sospechoso.

Lo que no sabía entonces era que la suerte, que a veces se disfraza de injusticia escolar, me tenía preparada una sorpresa. Ese libro, rechazado por todos, terminó por convertirse en una de las lecturas que más he recomendado a mis estudiantes hasta el día de hoy. Porque a veces, los libros que menos prometen son los que más se quedan con nosotros

Corazón, diario de un niño, de Edmundo Amicis, es uno de esos libros que llegan con perfil bajo y se quedan a vivir en la memoria. No promete hazañas extraordinarias ni héroes invencibles; promete algo mucho más raro: humanidad. Y cumple.

La obra adopta la forma del diario de Enrico Bottini, un niño italiano que, a lo largo de un ciclo escolar, va dejando constancia de lo que ve, lo que siente y lo que empieza —sin darse cuenta— a comprender. El aula es el escenario principal, pero no como simple salón de clases, sino como un pequeño universo donde conviven virtudes y defectos, risas y silencios, rivalidades y afectos profundos. Cada compañero representa una historia distinta, una forma de estar en el mundo, una lección que no siempre se aprende con palabras.

El lector pronto descubre que Corazón no trata solo de niños, sino de lo que significa crecer. Los maestros no aparecen como figuras autoritarias sin alma, sino como guías firmes que creen en la educación como acto moral. Los padres, a través de cartas y consejos, muestran una ternura exigente, esa que educa sin consentir en exceso y que busca formar personas antes que obedientes. Y entre estas páginas se cuelan emociones universales: la vergüenza tras un error, el orgullo silencioso ante un esfuerzo, la tristeza por una pérdida, la alegría sencilla de sentirse aceptado.

Uno de los grandes encantos del libro son los relatos mensuales que interrumpen el diario: pequeñas historias dentro de la historia, protagonizadas por niños de distintas regiones de Italia. En ellas se exaltan valores como el sacrificio, la lealtad, la gratitud y la compasión, sin caer en sermones pesados. Son cuentos que conmueven porque muestran que la grandeza también cabe en gestos pequeños y que el heroísmo, a veces, consiste simplemente en hacer lo correcto cuando nadie está mirando.

Leer Corazón hoy provoca una sensación curiosa: nostalgia por una infancia que quizá no fue exactamente así, pero que reconocemos como posible y deseable. Es un libro que invita a detenerse, a recordar quiénes fuimos en la escuela, a pensar en ese compañero olvidado, en aquel maestro que dejó huella, en la primera vez que entendimos que los demás también sienten como nosotros.

Quien se acerque a estas páginas no encontrará una lectura ruidosa ni vertiginosa, pero sí una experiencia profundamente emotiva. Corazón no busca impresionar; busca tocar. Y lo logra con una honestidad tan sencilla que, al cerrar el libro, queda la sospecha de que no solo hemos leído la historia de Enrico, sino también un fragmento de la nuestra. Por eso, más que un libro infantil, es una lectura que espera pacientemente a que el lector tenga la edad suficiente para entenderla de verdad.




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MIKAEL EL RENEGADO

 



El renegado es una novela más oscura, más áspera y profundamente existencial que su predecesora. Si El aventurero Mikael Karvajalka era el relato de la juventud, del impulso y de la búsqueda, esta segunda parte es la historia de la desilusión, de la caída definitiva de las certezas y del largo aprendizaje que nace del dolor. Aquí ya no encontramos a un joven curioso, sino a un hombre marcado por lo que ha visto y perdido.

Tras ser testigo del saqueo de Roma, Mikael huye no solo de una ciudad en ruinas, sino de una Europa que le ha fallado. Las instituciones que prometían orden y sentido —la fe, el poder, la cultura— se le han revelado como frágiles, hipócritas o crueles. Desencantado y cansado de traiciones, Mikael se aleja del mundo cristiano y se interna en el ámbito del Imperio Otomano, cruzando una frontera que no es solo geográfica, sino espiritual y moral.

En tierras musulmanas, Mikael adopta una nueva identidad y se convierte en un “renegado”: un hombre que ha cambiado de fe y de lealtad, pero que en el fondo sigue siendo extranjero en todas partes. Esta transformación no es fruto del fanatismo ni de una conversión mística, sino de la necesidad de sobrevivir y de encontrar un lugar donde el orden parezca más coherente que el caos europeo que dejó atrás. Sin embargo, pronto descubre que ningún sistema está libre de violencia, intriga o injusticia.

La novela avanza como una lenta y dolorosa introspección. Mikael observa con lucidez el funcionamiento del poder otomano, la disciplina férrea del ejército, la grandeza y el esplendor de Constantinopla, pero también la crueldad de la guerra, la fragilidad de la vida humana y la facilidad con la que el hombre justifica la barbarie en nombre de Dios o del Estado. Mikael ya no se ilusiona: analiza, compara, recuerda. Vive con la amarga sabiduría de quien sabe que el mundo siempre exige un precio.

A lo largo de El renegado, Mikael asciende socialmente, participa en campañas militares y se mueve en los márgenes del poder, pero su éxito exterior contrasta con un vacío interior cada vez más profundo. Ha ganado seguridad y estatus, pero ha perdido algo esencial: la capacidad de creer. El amor, cuando aparece, es frágil y transitorio; la amistad, escasa; la lealtad, siempre condicionada. Mikael entiende que la libertad absoluta es una ilusión y que toda pertenencia implica renuncia.

El tono de la novela es sombrío, casi crepuscular. Waltari no idealiza ni condena de forma simplista: muestra tanto la decadencia del mundo cristiano como las luces y sombras del Islam otomano. A través de Mikael, el lector asiste a un choque de civilizaciones sin vencedores morales, donde todas las culturas comparten las mismas debilidades humanas: ambición, miedo, deseo de poder y necesidad de justificar la violencia.

Hacia el final, El renegado se convierte en una meditación sobre la identidad. Mikael comprende que ya no pertenece a ningún lugar ni a ninguna fe, y que su verdadera patria es la memoria. Ha renegado de todo, incluso de sí mismo, y en esa renuncia encuentra una forma amarga de lucidez. No hay redención plena ni final luminoso, solo aceptación: la del hombre que ha visto demasiado y que ya no espera salvación.

Con esta segunda parte, Mika Waltari cierra la historia de Mikael Karvajalka con una profundidad filosófica notable. El renegado no es solo una novela histórica, sino una reflexión sobre la fe, la identidad, el exilio interior y la soledad del ser humano frente a un mundo que nunca cumple sus promesas. Un final duro, honesto y profundamente humano, que deja al lector con una sensación de silencio interior… como después de una verdad que duele, pero que no se puede ignorar.

EL AVENTURERO MIKAEL KARVAJALKA

 


No me gustaría presentar dos veces al mismo autor, pero como ya comentamos en la lectura de Sinuhé el egipcio, Mika Waltari fue un escritor verdaderamente fuera de serie dentro de la novela histórica. Su capacidad para fundir rigor histórico, profundidad psicológica y una mirada profundamente humana sobre el destino del hombre lo convierte en una voz única, difícil de igualar.

Por ello, quiero presentar ahora dos joyas menos conocidas pero igualmente magistrales de su obra, que forman un solo gran relato dividido en dos libros: El aventurero Mikael Karvajalka y El renegado.

En estas páginas, Waltari nos invita a acompañar a un hombre a lo largo de su vida, desde el impulso idealista de la juventud hasta la amarga lucidez de la madurez, en un viaje que atraviesa la Europa del siglo XVI y el mundo otomano, pero que en realidad explora un territorio mucho más profundo: el del alma humana frente al poder, la fe, la violencia y la pérdida de las certezas.

Más que dos novelas de aventuras, estos libros son una sola gran reflexión sobre el desencanto, sobre la búsqueda de identidad y sobre el precio que se paga por comprender el mundo. Dos obras que se leen como una travesía completa: primero con los ojos llenos de asombro… y al final, con la mirada cansada pero profundamente lúcida.

El aventurero Mikael Karvajalka es una novela profunda y melancólica, escrita como si fuera una confesión tardía, un largo recuerdo narrado por alguien que ha vivido demasiado y ha visto romperse demasiadas ilusiones. Desde las primeras páginas, Mikael se nos presenta como un joven finlandés inquieto, marcado por la orfandad y por una sed casi dolorosa de mundo, de conocimiento y de sentido.

Impulsado por la curiosidad y el deseo de escapar de una vida estrecha, Mikael se lanza a recorrer la Europa del siglo XVI, un continente convulso, desgarrado por guerras, intrigas políticas, fanatismos religiosos y una belleza peligrosa. Cada ciudad que pisa —cada puerto, cada corte, cada calle oscura— le ofrece promesas de grandeza, pero también trampas morales. Mikael ama, cree, se entusiasma… y se equivoca. Aprende que la ambición puede vestir ropajes nobles y que la fe, cuando se vuelve ciega, puede ser tan cruel como una espada.

La novela está impregnada de una sensación constante de aprendizaje amargo. Mikael asciende y cae, confía y es traicionado, se deja llevar por pasiones que cree eternas y descubre que el mundo no recompensa la inocencia. Sin embargo, no pierde del todo su capacidad de asombro: sigue observando, reflexionando, anotando mentalmente cada experiencia como si supiera que algún día necesitará comprenderlo todo desde la distancia.

Uno de los momentos más poderosos y desoladores del libro es cuando Mikael se convierte en testigo del saqueo de Roma en 1527, un episodio brutal que simboliza el derrumbe de un ideal. La ciudad eterna, centro espiritual y cultural de Occidente, aparece ante sus ojos convertida en un infierno de fuego, violencia y sacrilegio. Allí, entre ruinas, cadáveres y templos profanados, Mikael contempla no solo la caída de Roma, sino también el colapso definitivo de sus propias ilusiones sobre la grandeza humana, la fe y el orden del mundo.

Ese acontecimiento marca el cierre de la obra. El aventurero Mikael Karvajalka termina con un sabor profundamente nostálgico y amargo: el fin de la juventud, de la confianza ingenua, del deseo de pertenecer a algo puro. El lector entiende que Mikael ya no puede seguir siendo el mismo después de lo que ha visto y vivido.

Este final no es un adiós, sino una transición. La novela concluye justo en el punto donde el aventurero deja paso a otra figura más dura, más escéptica, más herida: el Mikael que protagonizará la segunda parte, El renegado, donde el mundo será aún más sombrío y las certezas aún más escasas.

Con una prosa rica, reflexiva y cargada de humanidad, Mika Waltari nos entrega no solo una novela histórica, sino una meditación sobre la pérdida de la inocencia, el paso del tiempo y la dolorosa sabiduría que solo llega después de haberlo perdido casi todo. Un libro que se cierra como se cierran las grandes etapas de la vida: en silencio, con el corazón pesado… y con la certeza de que ya no hay marcha atrás.


EL CONDE DE MONTECRISTO: UN TESORO ENCONTRADO EN EL CAMINO

 



Hay libros que uno busca durante años y otros que, como los verdaderos tesoros, se dejan encontrar cuando menos lo esperas.
Este llegó a mí en un viaje sencillo, casi doméstico, de Yuriria a Morelia. El autobús avanzaba con esa parsimonia provinciana que invita al ensueño, y en una parada cualquiera —un pasajero dejó olvidado un libro en su asiento al bajar en Moroleón— lo vi. No lo estaba buscando. De hecho, creo que él me encontró a mí.

Tomé El conde de Montecristo como quien acepta un objeto olvidado por un desconocido, un regalo sin remitente. Lo abrí con curiosidad distraída, leí unas líneas… y algo hizo clic. De pronto, el viaje dejó de existir. Ya no estaba en la carretera ni entre maletas ajenas: estaba en Marsella, en un puerto lleno de promesas, con un joven marinero convencido de que la vida por fin le sonreía.

Desde esas primeras páginas sentí que aquel libro era un obsequio secreto, como esos que alguien deja a propósito para que otro los encuentre y cambie con ellos. No exagero si digo que fue uno de esos encuentros que marcan un antes y un después en la manera de leer… y de entender la justicia, la venganza y el paso del tiempo.

Un resumen cautivador de una novela inmortal

La historia comienza con Edmond Dantès, un joven honesto, trabajador y lleno de ilusiones. Está a punto de convertirse en capitán de barco y de casarse con la mujer que ama. Todo parece encaminarse hacia una felicidad sencilla y merecida. Pero la envidia, esa sombra silenciosa, empieza a moverse a su alrededor.

Víctima de una conspiración vil y calculada, Edmond es acusado falsamente de traición y encerrado sin juicio en el temible Castillo de If, una prisión donde el tiempo no avanza: se pudre. Allí, en la oscuridad y la desesperanza, el muchacho aprende que la injusticia no solo encadena el cuerpo, sino también el alma.

Cuando la esperanza parece extinguida, surge una figura decisiva: el abate Faria, un prisionero sabio y excéntrico que se convierte en su maestro, su padre y su faro. De él aprende ciencias, lenguas, filosofía… y, sobre todo, descubre la existencia de un tesoro fabuloso escondido en la isla de Montecristo. No es solo un tesoro material: es la llave de una nueva vida.

Tras una fuga tan improbable como memorable, Edmond renace convertido en el conde de Montecristo. Ya no es el joven ingenuo que fue traicionado, sino un hombre envuelto en misterio, riqueza y silencio. Regresa al mundo no para recuperar lo perdido, sino para ajustar cuentas con quienes lo condenaron injustamente.

Y aquí la novela despliega toda su grandeza: la venganza no es inmediata ni vulgar. Es paciente, elegante, casi quirúrgica. Cada enemigo recibe exactamente aquello que sembró, pero no siempre de la manera que espera. La justicia del conde no es la de los tribunales: es la del destino, esa que tarda, observa y golpea cuando más duele.

Sin embargo, El conde de Montecristo no es solo una novela de venganza. Es, ante todo, una reflexión profunda sobre el tiempo, el perdón y los límites del rencor. Porque a medida que Edmond ejecuta su plan, también descubre que el odio prolongado puede deformar el alma, y que incluso el castigo más merecido deja cicatrices en quien lo impone.

Por qué este libro se queda contigo

Lo que hace inmortal a esta obra no es solo su trama llena de giros, identidades ocultas y destinos cruzados, sino su humanidad. Los personajes aman, traicionan, esperan, se arrepienten. Nadie sale ileso del paso del tiempo.

Al cerrar el libro, uno entiende que la verdadera riqueza no está en el oro enterrado, sino en la transformación interior: en aprender cuándo castigar, cuándo soltar… y cuándo simplemente dejar que la vida siga su curso.

Aquel ejemplar encontrado por casualidad entre Yuriria y Morelia no fue un simple libro. Fue un espejo, una advertencia y una aventura.
Un tesoro dejado a propósito por un desconocido —quizá por el propio Alexandre Dumas— para recordarnos que algunas historias no se leen: se viven.

QUO VADIS? CUANDO ROMA BRILLABA... Y EL ALMA BUSCABA LUZ


 


Hubo un tiempo en que Roma me parecía solo mármol, columnas y emperadores crueles. Hasta que llegó a mis manos Quo vadis, de Henryk Sienkiewicz, y entonces entendí que también ahí, en medio del ruido, el lujo y la sangre, latía el corazón frágil y contradictorio del ser humano.

La novela nos lleva a la Roma de Nerón, espléndida y decadente a la vez, donde el poder se ejerce con capricho y la crueldad se disfraza de espectáculo. En ese mundo se cruzan los destinos de Marco Vinicio, un patricio romano, y Ligia, una joven cristiana cuyo amor puro y silencioso se convierte en una fuerza capaz de transformar incluso al más endurecido de los hombres.

Pero Quo vadis no sería la misma sin dos figuras inolvidables que orbitan esta historia como sombras llenas de significado. Petronio, el refinado esteta, tío de Vinicio, es quizá uno de los personajes más fascinantes de la novela. Amante de la belleza, del ingenio y del placer elegante, representa lo mejor de una Roma que sabe que está condenada, pero que decide morir con dignidad, ironía y buen gusto. Su final, sereno y consciente, es uno de los momentos más bellos y tristes del libro.

En el extremo opuesto está Chilón Chilonides, oscuro, miserable y oportunista. Espía, delator y sobreviviente de su propia bajeza, encarna la miseria moral de un mundo sin fe ni principios. Sin embargo, incluso en él la novela siembra una semilla inesperada: la posibilidad del arrepentimiento y la redención, recordándonos que nadie está completamente perdido mientras conserve un resto de conciencia.

Entre persecuciones, incendios y martirios, los primeros cristianos avanzan con una fe humilde pero indestructible. Y cuando aparece la figura del apóstol Pedro, el título cobra su sentido más profundo: Quo vadis? —¿a dónde vas?— no es solo una pregunta para él, sino para cada personaje… y para cada lector.

Quo vadis es una novela de amor, sí, pero también de contraste: entre el poder y la humildad, la belleza y la crueldad, la caída de un mundo viejo y el nacimiento silencioso de otro nuevo. Un libro que se lee con emoción, se cierra con nostalgia y se queda acompañándonos, como una pregunta que nunca termina de apagarse.

SINUHÉ EL EGIPCIO Y ESE EGIPTO QUE PARECÍA RECORDARME

 



Por alguna razón misteriosa —de esas que solo se instalan en la infancia y ya no se van— siempre me ha fascinado la historia del antiguo Egipto. Cuando era niño me quedaba hipnotizado frente a las imágenes de la escritura jeroglífica y los grabados de las tumbas que aparecían en los libros de primaria. Mientras otros pasaban la página con prisa, yo me quedaba ahí, como si esas figuras me estuvieran diciendo algo en voz muy baja.

Me resultaban rarísimos e intrigantes aquellos dioses con cuerpo humano y cabeza de chacal, cocodrilo o ibis. Me cautivaba verlos de perfil, con esos ojos enormes que, aun así, parecían mirarte de frente. Sentía que pertenecían a otro mundo… y, al mismo tiempo, que en algún tiempo muy lejano yo mismo había salido de ahí. Una sensación extraña, dulce y familiar, imposible de explicar con palabras de niño.

Había otra cosa que no lograba concebir: que hubiese existido alguna civilización más antigua que Jesús de Nazaret. En mi alma infantil, nada podía haber ocurrido antes de Él. Todo empezaba ahí. Egipto, para mí, era una especie de sueño antiguo que no sabía muy bien dónde colocar.

Un buen día, ya en la preparatoria, un amigo —sabedor de mi fascinación por esa cultura— me dijo con total naturalidad: “Te presto este libro, sé que te va a encantar”. Y así, casi como quien entrega una llave sin saberlo, puso en mis manos Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari.

Lo leí con cuidado y mucha calma, como se disfruta un helado en una tarde calurosa: sin prisas, saboreando cada página. Y entonces ocurrió algo hermoso e inesperado: los egipcios dejaron de ser figuras solemnes talladas en piedra y se volvieron profundamente humanos… tan humanos y tan parecidos a mí. La novela narra la vida de Sinuhé, un médico egipcio, hijo adoptivo y viajero incansable, que recorre el mundo antiguo intentando comprender el amor, el poder y el sentido de la existencia, en tiempos del faraón Akenatón. Vive entre la gloria y la desilusión, siempre acompañado por las consecuencias de sus propias decisiones.

En su vida sentimental aparecen tres mujeres que terminan por definirlo. Merit, la esposa fiel y silenciosa, representa el amor verdadero y desinteresado, ese que suele estar siempre ahí… hasta que es demasiado tarde para valorarlo. Nefere-nefer-nefer, hermosa y cruel, encarna la pasión destructiva, la ambición y el egoísmo que conducen a Sinuhé a la ruina material y moral.

Y está también la inolvidable muchacha de Creta, Mineá, a quien Sinuhé acompaña desde Babilonia hasta su tierra natal, en un viaje lleno de esperanza y tragedia que culmina simbólicamente cerca de la cueva del Minotauro, donde el sueño del amor puro se rompe para siempre.

Con un tono melancólico y profundamente humano, Sinuhé el egipcio es una reflexión sobre el destino, la soledad y los errores que acompañan al ser humano a lo largo de su vida, sin importar la época ni la civilización. Para mí, además, fue el libro que terminó de unir dos mundos: el Egipto misterioso de mi infancia y la certeza, ya de joven, de que esas figuras antiguas no eran tan ajenas… quizá porque, de algún modo, siempre habían estado conmigo.



 

EL MUNDO FASCINANTE DE LOBSANG RAMPA

 



Hay libros que uno elige con toda la intención del mundo y otros que llegan casi por accidente, como quien se sube al camión equivocado… y termina agradeciéndolo toda la vida. Así empezó una de mis historias lectoras favoritas, en un trayecto rumbo a la Universidad de Guanajuato, acompañado por el director de mi escuela preparatoria y algunos docentes más.

Durante el viaje hablamos de muchas cosas —o eso supongo— porque la verdad no recuerdo ninguna. Lo que sí recuerdo con claridad es que por aquellos días estaba de moda una película protagonizada por Patrick Swayze, titulada Ghost, o como la conocimos en español, La sombra del amor. El director comentó, con entusiasmo:

—Es una película muy buena, muy completa: tiene romance, intriga, acción, comedia…

—Es verdad —le respondí—, no decepciona, aunque es un poco fantasiosa, ¿no le parece?

Él me miró con toda seriedad.

—¿Por qué se te hace fantasiosa?

—Pues… por lo del fantasma que sigue ahí.

—No es fantasía —me dijo—. Así suele pasar en ciertas ocasiones.

Yo sonreí. No con burla, sino con esa sonrisa educada que uno pone cuando no quiere discutir… pero tampoco está convencido. Entonces remató:

—Cuando regresemos, recuérdame prestarte dos libros de Lobsang Rampa, con la condición de que los leas.

No hubo necesidad de recordarle nada. El lunes siguiente ya me esperaba con dos libros “medianitos”: El tercer ojo y El cordón de plata, de Lobsang Rampa. En dos semanas los devoré. Quedé absolutamente fascinado.

El autor describía el Tíbet de una manera tan viva que uno casi sentía el frío de las montañas y el silencio de los monasterios. Me asombraron los prodigios atribuidos a los monjes tibetanos: ver el aura de las personas para deducir su carácter, sus intenciones e incluso sus enfermedades; viajar a través del famoso cordón de plata, no solo por la Tierra, sino hasta las mismas estrellas; y, por supuesto, el tema siempre intrigante de las reencarnaciones.

Aquellas lecturas marcaron mi juventud. Tanto así, que todavía hoy dudo si una tarde no viví mi propio “viaje astral”. Regresé cansadísimo de jugar futbol, me dejé caer en la cama y me dormí. En sueños, sentí que flotaba sobre una localidad vecina. Vi claramente cómo una máquina aplanaba una calle recién abierta al tráfico. Lo curioso —y lo inquietante— es que días después fui a ese lugar y, efectivamente, estaban arreglando esa misma calle.

El episodio solo avivó mi Lobsangmanía. Quise leerlo todo y saber más sobre el autor… hasta que llegó el balde de agua fría: Lobsang Rampa no era tibetano, sino un escritor inglés que jamás había estado en el Tíbet. Confieso que la decepción fue grande.

Sin embargo, con el paso del tiempo entendí algo importante: El tercer ojo y El cordón de plata siguen desbordando imaginación, fluidez y encanto. Por eso los sigo recomendando, no como historia verídica, sino como cuando leíamos Kalimán: con la mente abierta, el espíritu curioso y el simple placer de dejarnos llevar por una buena historia.

Porque al final, ¿qué sería de la lectura sin un poco de misterio… y uno que otro fantasma bien contado?

CUANDO EL CIELO PARECE PONERSE DE ACUERDO, EL MISTERIO Y LA VERDAD DE LA ALINEACIÓN DE LOS PLANETAS

 



 

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha levantado la vista al cielo buscando señales. Reyes, astrónomos, navegantes y poetas han visto en los planetas mensajes divinos, presagios de cambios o simplemente un espectáculo imposible de ignorar. Entre todos esos fenómenos celestes, hay uno que sigue provocando fascinación y rumores casi apocalípticos: la alineación de los planetas.

Pero… ¿qué es realmente? ¿Ocurre de verdad o es un mito adornado por la imaginación humana?

¿Qué significa que los planetas se alineen?

Contrario a lo que muchas ilustraciones sugieren, los planetas no se colocan en una línea recta perfecta como cuentas de un collar cósmico. En la realidad, una alineación ocurre cuando varios planetas aparecen agrupados en una misma región del cielo, vistos desde la Tierra.

Esto sucede porque todos los planetas del sistema solar orbitan alrededor del Sol en un plano parecido, llamado plano de la eclíptica. Es como si todos circularan por el mismo gran carril cósmico, cada uno a su velocidad.

Cuando varios coinciden visualmente en ese carril… sentimos que el cielo “se ordena”.

Un fenómeno raro… pero no imposible

Las alineaciones parciales (tres o cuatro planetas visibles al mismo tiempo) ocurren con relativa frecuencia.
Las alineaciones más completas, con cinco, seis o incluso siete planetas visibles, son mucho más raras y pueden tardar décadas en repetirse.

Lo interesante es que no necesitan ser visibles todos a simple vista para que la alineación exista. Algunos planetas pueden estar ocultos por el resplandor del Sol o requerir telescopio.

Y aun así, cuando sucede, los astrónomos sonríen… y los románticos también.

¿Tienen algún efecto sobre la Tierra?

Aquí conviene separar la ciencia del mito.

No provocan terremotos

No alteran la órbita de la Tierra

 No anuncian el fin del mundo

La influencia gravitatoria combinada de los planetas sobre la Tierra es minúscula, muchísimo menor que la de la Luna.

Pero —y aquí viene lo hermoso— sí tienen un efecto real en nosotros:
nos recuerdan que vivimos en un sistema vasto, ordenado y elegante, donde todo se mueve sin prisa pero sin pausa.

 

Alineaciones, historia y asombro humano

Antiguas civilizaciones como los babilonios, mayas y griegos registraban alineaciones con enorme cuidado. Para ellos, el cielo era un libro sagrado escrito en movimiento.

Incluso hoy, cuando ocurre una alineación destacada:

  • se organizan observaciones públicas
  • se llenan los foros de astronomía
  • y miles de personas miran al cielo por pura curiosidad… o pura esperanza

No porque vaya a pasar algo, sino porque algo ya está pasando arriba.

Un recordatorio silencioso

Las alineaciones planetarias no vienen a advertirnos ni a castigarnos. Vienen a recordarnos algo más sencillo y más profundo:

Que el universo funciona con una armonía que no necesita nuestra atención… pero que se vuelve extraordinaria cuando decidimos mirarla.

Quizá por eso, cada vez que los planetas parecen acercarse entre sí, nosotros también sentimos ganas de detenernos, mirar hacia arriba… y sentirnos parte de algo inmenso.

 

jueves, 5 de febrero de 2026

PACHITA: EL MISTERIO QUE TOCÓ LA CIENCIA, EL ARTE Y LA FE

 


Hablar de Pachita —nombre con el que fue conocida Bárbara Guerrero— exige respeto y sobriedad. Su historia se mueve en un territorio delicado, donde conviven la experiencia íntima, la tradición cultural y preguntas que aún no encuentran un lenguaje común. Para quienes acudieron a ella, Pachita fue, ante todo, una presencia que ofrecía alivio; para quienes la observaron con rigor, un fenómeno que invitaba a pensar sin burlas.

Pachita atendía en la Ciudad de México, en un espacio modesto, sin pretensiones escénicas. Decía entrar en trance y actuar guiada por una entidad espiritual a la que llamaba el “Hermano Cuauhtémoc”. Nunca buscó fama ni reconocimiento. Quienes la conocieron coinciden en un rasgo esencial: su trato era directo, casi austero, y su atención se centraba en la persona, no en el espectáculo.

La mirada que no se rinde al prejuicio: Jacobo Grinberg

Entre quienes se acercaron con genuino respeto estuvo Jacobo Grinberg, psicólogo y neurofisiólogo mexicano. Grinberg observó, registró y preguntó. No llegó para confirmar milagros ni para desacreditarlos, sino para comprender qué ocurría cuando la experiencia humana desbordaba los marcos habituales de explicación.

De esa aproximación nacieron reflexiones que hoy siguen abiertas: ¿hasta dónde alcanza la conciencia?, ¿qué papel juegan la percepción, la fe y la relación terapeuta–paciente? Grinberg fue claro en algo fundamental: no proclamó certezas finales. Reconoció límites, y en ese gesto de honestidad científica, Pachita se convirtió menos en un “caso” y más en un umbral.

Leo Dan: cuando la gratitud se vuelve canción

El mundo del arte también se cruzó con Pachita. Entre los testimonios más significativos está el de Leo Dan, figura esencial de la balada latinoamericana. En un momento personal complejo, el cantautor acudió a ella buscando alivio. La experiencia, según se ha contado de manera consistente y discreta, lo marcó profundamente.

A diferencia de otros encuentros que quedan en el silencio privado, Leo Dan transformó esa vivencia en música: compuso una canción dedicada a Pachita, no como estrategia de promoción ni como anécdota sensacionalista, sino como un acto de gratitud. La canción —más íntima que testimonial— funciona como un gesto artístico: cuando las palabras no alcanzan, la melodía agradece.

Ese detalle es revelador. Un científico observa y formula preguntas; un artista siente y responde con creación. En ambos casos, Pachita no es convertida en ícono ruidoso, sino en experiencia significativa.

Entre milagro, cultura y consuelo

¿Fue Pachita una hacedora de milagros? ¿Un fenómeno psicosomático extremo? ¿Una figura central del curanderismo mexicano? Probablemente, algo de todo ello y, al mismo tiempo, algo que no cabe del todo en ninguna categoría.

Lo verosímil —y quizá lo más honesto— es entenderla dentro de una tradición donde el curanderismo ha sido, durante siglos, una forma de acompañar el dolor cuando la medicina no basta o no llega. Pachita no prometía certezas: ofrecía presencia. Y, para muchas personas, eso fue suficiente para transformar la experiencia de la enfermedad o la angustia.

Un legado que permanece abierto

Hoy, Pachita sigue viva en la memoria colectiva no porque haya sido “explicada”, sino porque conectó mundos: la ciencia que se atreve a dudar, el arte que sabe agradecer y la fe cotidiana de quienes buscan alivio. Jacobo Grinberg dejó preguntas; Leo Dan dejó una canción. Entre ambos gestos se dibuja el verdadero legado de Pachita: un misterio tratado con respeto, capaz de recordarnos que no todo lo valioso necesita ser reducido para ser comprendido.