Hay fascinaciones que no nacen de
la razón sino de la memoria profunda, como si pertenecieran a una vida
anterior. A algunos les ocurre con el mar, a otros con las estrellas. Y a
muchos —desde la infancia, sin explicación posible— nos sucede con Egipto.
Algo en sus símbolos parece hablarnos en un idioma olvidado: los ojos delineados que miran desde la eternidad, las columnas como papiros petrificados, los dioses con rostro animal que no inspiran miedo sino misterio. Egipto no es sólo una civilización antigua; es una emoción persistente. Una pregunta sin respuesta que atraviesa los siglos.