A lo largo de la historia, pocas frases han sido tan eficaces para justificar la destrucción como esta: “Era una guerra necesaria.”
Es una frase poderosa, casi
hipnótica. Convierte la guerra en un acto moral, en una especie de cirugía
dolorosa pero inevitable. Bajo esa fórmula, la violencia deja de parecer una
elección y se presenta como una obligación histórica: un sacrificio momentáneo
para salvar al mundo de un mal mayor.
Las guerras necesarias, se nos
dice, no se desean; simplemente no pueden evitarse. Pero hay una pregunta que
rara vez se formula con la claridad que merece:
¿Quién decide que una guerra es necesaria?