Dicen que la curiosidad mató al
gato… pero nunca dicen que antes lo entretuvo bastante. Y si algo distingue al
ser humano desde que dejó las cavernas para mudarse a vecindarios con bardas y
ventanas, es esa vieja inclinación a asomarse por la rendija —real o
imaginaria— para enterarse de lo que pasa en casa ajena.
No nos hagamos: todos hemos sido,
alguna vez, discretos investigadores del prójimo. No espías profesionales,
claro, pero sí arqueólogos del rumor, exploradores del comentario casual, y en
ocasiones, devotos oyentes de esa frase que empieza con:
—No es por chisme, pero…