Ayer decidí hacer un experimento
social… o al menos eso me repito para no aceptar que, en realidad, hice el
ridículo con método científico.
Salí a la calle vestido como si la vida me hubiera pasado por encima con llantas nuevas: pantalón de mezclilla medio roto y sospechosamente sucio, camisa vieja que parecía haber sobrevivido a tres guerras mundiales, el cabello todo crespo y rebelde —como si hubiera discutido con una licuadora y la licuadora hubiera ganado— y unos zapatos polvorosos, de esos que hacen pensar que uno viene de echar mezcla en una obra… o de cavar su propio destino