Hay músicas que hacen bailar los
pies… y hay músicas que hacen respirar el alma.
La música gregoriana pertenece a
esta segunda especie. No nació para el espectáculo ni para el aplauso, sino
para acompañar el misterio del silencio, como si cada nota fuera una lámpara
encendida en la penumbra de un monasterio.
Cuando uno escucha esos cantos —largos, serenos, flotantes— tiene la impresión de que el tiempo se vuelve más lento, más profundo… casi como si la historia entera respirara al compás de una oración.