Hablar de Pachita —nombre con el que fue conocida Bárbara
Guerrero— exige respeto y sobriedad. Su historia se mueve en un territorio
delicado, donde conviven la experiencia íntima, la tradición cultural y
preguntas que aún no encuentran un lenguaje común. Para quienes acudieron a
ella, Pachita fue, ante todo, una presencia que ofrecía alivio; para quienes la
observaron con rigor, un fenómeno que invitaba a pensar sin burlas.
Pachita atendía en la Ciudad de México, en un espacio
modesto, sin pretensiones escénicas. Decía entrar en trance y actuar guiada por
una entidad espiritual a la que llamaba el “Hermano Cuauhtémoc”. Nunca buscó
fama ni reconocimiento. Quienes la conocieron coinciden en un rasgo esencial:
su trato era directo, casi austero, y su atención se centraba en la persona, no
en el espectáculo.
La mirada que no se rinde al prejuicio: Jacobo Grinberg
Entre quienes se acercaron con genuino respeto estuvo Jacobo
Grinberg, psicólogo y neurofisiólogo mexicano. Grinberg observó, registró y
preguntó. No llegó para confirmar milagros ni para desacreditarlos, sino para
comprender qué ocurría cuando la experiencia humana desbordaba los marcos
habituales de explicación.
De esa aproximación nacieron reflexiones que hoy siguen
abiertas: ¿hasta dónde alcanza la conciencia?, ¿qué papel juegan la percepción,
la fe y la relación terapeuta–paciente? Grinberg fue claro en algo fundamental:
no proclamó certezas finales. Reconoció límites, y en ese gesto de honestidad
científica, Pachita se convirtió menos en un “caso” y más en un umbral.
Leo Dan: cuando la gratitud se vuelve canción
El mundo del arte también se cruzó con Pachita. Entre los
testimonios más significativos está el de Leo Dan, figura esencial de la
balada latinoamericana. En un momento personal complejo, el cantautor acudió a
ella buscando alivio. La experiencia, según se ha contado de manera consistente
y discreta, lo marcó profundamente.
A diferencia de otros encuentros que quedan en el silenci
o privado, Leo Dan transformó esa vivencia en música: compuso una canción dedicada a Pachita, no como estrategia de promoción ni como anécdota sensacionalista, sino como un acto de gratitud. La canción —más íntima que testimonial— funciona como un gesto artístico: cuando las palabras no alcanzan, la melodía agradece.
Ese detalle es revelador. Un científico observa y formula
preguntas; un artista siente y responde con creación. En ambos casos, Pachita
no es convertida en ícono ruidoso, sino en experiencia significativa.
Entre milagro, cultura y consuelo
¿Fue Pachita una hacedora de milagros? ¿Un fenómeno
psicosomático extremo? ¿Una figura central del curanderismo mexicano?
Probablemente, algo de todo ello y, al mismo tiempo, algo que no cabe del todo
en ninguna categoría.
Lo verosímil —y quizá lo más honesto— es entenderla dentro
de una tradición donde el curanderismo ha sido, durante siglos, una forma de
acompañar el dolor cuando la medicina no basta o no llega. Pachita no prometía
certezas: ofrecía presencia. Y, para muchas personas, eso fue suficiente para
transformar la experiencia de la enfermedad o la angustia.
Un legado que permanece abierto
Hoy, Pachita sigue viva en la memoria colectiva no porque
haya sido “explicada”, sino porque conectó mundos: la ciencia que se
atreve a dudar, el arte que sabe agradecer y la fe cotidiana de quienes buscan
alivio. Jacobo Grinberg dejó preguntas; Leo Dan dejó una canción. Entre ambos
gestos se dibuja el verdadero legado de Pachita: un misterio tratado con respeto,
capaz de recordarnos que no todo lo valioso necesita ser reducido para ser
comprendido.

