Hay objetos que nacen para una fiesta y terminan acompañando
una tragedia. La armónica El Centenario pertenece a esa rara familia de
cosas pequeñas que, sin proponérselo, acaban guardando dentro de sí una parte
de la memoria de un país.
Corría el año de 1910. México se preparaba para celebrar los cien años del inicio de su Independencia. En las plazas se levantaban arcos, en las ciudades se organizaban desfiles, y el gobierno de Porfirio Díaz quería mostrar al mundo una nación ordenada, elegante y moderna. En ese ambiente de júbilo apareció una armónica alemana con nombre mexicano: El Centenario.
