miércoles, 4 de febrero de 2026

ROBERTO CARLOS E AS CANÇÕES QUE MORAM NA MEMÓRIA





 Houve um tempo — não tão distante, mas muito diferente do de hoje — em que a música chegava até nós como um pequeno ritual diário. Em León, Guanajuato, existia uma emissora de rádio que parecia alcançar todo o estado: LG La Grande. Todos os dias, das uma às duas da tarde, quando o sol estava forte e o dia dava uma pausa, começava um programa que marcou muita gente. Chamava-se Os Três Grandes da LG e, durante uma hora inteira, três vozes dominavam o ar: Roberto Carlos, José José e Camilo Sesto.

Não era só música tocando no rádio. Era companhia. Era consolo. Era aprendizado emocional. Sem perceber, a gente aprendia ali como falar de amor, de saudade, de perda, de esperança.

Entre esses três gigantes, houve um que me tocou de um jeito especial desde cedo: Roberto Carlos. Talvez pela clareza das letras, talvez pela suavidade da voz, ou talvez porque suas canções tinham algo raro: eram simples, mas profundas. Algumas traziam mensagens diretas, quase como conselhos; outras eram declarações de amor sem rodeios. Mas todas tinham algo em comum: eram bem feitas, bem cuidadas e cheias de verdade.

Lembro que, quando criança, cheguei a pensar que Roberto Carlos fosse mexicano. Não me parecia possível que alguém de outro país dominasse tão bem o espanhol e soubesse falar de amor de um jeito tão próximo do nosso. Canções como Amigo, Detalhes, Amada amante, Um gato no escuro, Emoções, O dia em que me quiseres, Se o amor se vai, Pleno verão, Proposta ou O amor e a moda não eram apenas músicas que tocavam no rádio. Elas ficavam com a gente. Acompanhavam nossa vida, primeiro sem que notássemos, depois como parte da nossa própria história.

Com o passar do tempo, a forma de ouvir música muda. A gente começa a prestar atenção nos detalhes, nos arranjos, nas palavras bem escolhidas. E é aí que fica claro: Roberto Carlos é um compositor completo e extremamente prolífico. Sua popularidade não diminuiu com os anos — pelo contrário. Como um bom vinho, sua obra amadureceu. Hoje ela parece ainda mais valiosa, talvez porque o tempo tenha sido seletivo.

E aqui falo de forma muito pessoal: o cenário musical mudou bastante. Hoje existem muitas músicas feitas para durar pouco, pensadas para o momento, para a moda do mês. Bons letristas são cada vez mais raros, e muitos músicos já não se preocupam em criar algo que atravesse gerações. Nesse contexto, as canções de Roberto Carlos continuam firmes. Elas resistem. Elas permanecem.

Roberto Carlos também não foi apenas um fenômeno no Brasil. Sua música atravessou fronteiras com uma naturalidade impressionante. Ele foi ouvido em toda a América Latina, cantando em português, espanhol e italiano — e, em alguns momentos, até em inglês e francês. Poucos artistas conseguem isso sem perder sua essência. Ele conseguiu porque falava algo que vai além do idioma: falava direto ao coração.

E talvez o mais bonito de tudo seja isso: apesar da fama, dos palcos lotados e de uma carreira gigantesca, Roberto Carlos sempre manteve algo muito humano. Simplicidade. Calor. Proximidade. Ele nunca pareceu distante do seu público. Pelo contrário, sempre deu a sensação de estar ali, perto, cantando para cada um de nós.

Ouvir hoje aquelas músicas que tocavam em Os Três Grandes da LG é voltar, por um instante, àquela uma da tarde parada no tempo. É lembrar que houve vozes que nos ensinaram a sentir antes mesmo de sabermos explicar o que sentíamos. E nessa memória, Roberto Carlos continua presente: sereno, verdadeiro, humano, cantando como se nunca tivesse ido embora.

ROBERTO CARLOS Y AQUELLA MÚSICA QUE NOS ACOMPAÑÓ PARA SIEMPRE


 

Hubo un tiempo —no tan lejano, pero sí profundamente distinto— en que la música llegaba a la vida como un ritual cotidiano. En León, Guanajuato, existía una estación radial que parecía abrazar a todo el estado con sus ondas: LG La Grande. A la una de la tarde, cuando el sol estaba en lo alto y el día hacía una pausa para respirar, comenzaba un programa que muchos esperábamos sin saber todavía por qué nos marcaba tanto. Se llamaba Los Tres Grandes de la LG y, durante una hora exacta, desfilaban tres voces que hoy forman parte del ADN sentimental de toda una generación: Roberto Carlos, José José y Camilo Sesto.

No era sólo música. Era compañía. Era educación sentimental. Era una forma de aprender, sin darnos cuenta, cómo se nombra el amor, la ausencia, la nostalgia y la esperanza.

Entre esas tres presencias monumentales, hubo una que, desde muy temprano, me llamó de manera especial: Roberto Carlos. Tal vez por la claridad de sus letras, tal vez por la dulzura firme de su voz, o quizá porque sus canciones tenían algo que no siempre se encuentra: una mezcla precisa entre sencillez y profundidad. Algunas traían mensajes claros, casi confesionales; otras eran cantos directos al amor, sin pretensiones filosóficas, pero todas —absolutamente todas— estaban construidas con una armonía impecable y una honestidad que se sentía verdadera.

Recuerdo haber pensado, con la lógica ingenua de la infancia, que Roberto Carlos debía ser mexicano. No se me ocurría otra explicación para su dominio tan natural del idioma, para esa manera tan nuestra de decir “te quiero”, “amigo”, “no te apartes de mí”. Canciones como Amigo, Detalles, Amada amante, Un gato en la oscuridad, Emociones, El día que me quieras, Si el amor se va, Pleno verano, Propuesta o El amor y la moda no sólo sonaban en la radio: se quedaban. Se incrustaban en la memoria y nos acompañaban, primero sin que lo notáramos y luego como fieles testigos de nuestra propia historia.

Con el paso de los años, uno aprende a escuchar de otra manera. Ya no sólo se deja llevar por la melodía; empieza a notar la arquitectura de las canciones, el cuidado en los arreglos, la elegancia con la que cada palabra encuentra su lugar exacto. Y es ahí donde se confirma una intuición temprana: Roberto Carlos es un cantautor completo y profundamente prolífico. Su popularidad no ha disminuido con el tiempo; al contrario, se ha decantado. Como el buen vino, su obra parece ganar cuerpo y sentido conforme pasan las décadas.

Quizá esto se deba —y aquí hablo desde una percepción personal— a que el panorama musical ha cambiado de manera radical. Hoy abundan las canciones inmediatas, pensadas para durar lo que dura una moda. Los grandes letristas son cada vez más escasos y muchos músicos han dejado de preocuparse por crear obras que resistan el paso del tiempo. En ese contexto, la obra de Roberto Carlos no sólo sobrevive: destaca. Se mantiene en pie como un recordatorio de que la música también puede ser un oficio paciente, una artesanía del alma.

Pero su grandeza no se limita a lo musical. Roberto Carlos no ha sido únicamente un fenómeno brasileño. Su voz cruzó fronteras con una naturalidad asombrosa: lo escuchamos en toda América Latina, cantando en portugués, en español y en italiano; en ocasiones incluso en inglés y francés. Pocos artistas logran algo así sin perder identidad, sin diluir su esencia. Él lo consiguió porque, más allá del idioma, hablaba un lenguaje universal: el de las emociones humanas más básicas.

Y quizá lo más admirable de todo es que, a pesar de la fama, de los escenarios multitudinarios y de una carrera que abarca generaciones enteras, Roberto Carlos ha conservado una cualidad cada vez más rara: la sencillez. Hay en él una humanidad visible, una calidez que no se aprende en conservatorios ni se fabrica con estrategias de mercado. Esa cercanía —real, no actuada— es la que hace que su público no lo vea como una figura lejana, sino como alguien que ha estado ahí siempre, cantándonos al oído en los momentos importantes de la vida.

Escuchar hoy aquellas canciones que sonaban en Los Tres Grandes de la LG es volver, por un instante, a esa una de la tarde detenida en el tiempo. Es recordar que hubo voces que nos enseñaron a sentir antes incluso de saber ponerle nombre a lo que sentíamos. Y en ese recuerdo, Roberto Carlos sigue ahí: firme, amable, humano, cantando como si nunca se hubiera ido.

AMIGO: LA BALADA QUE CONVIRTIÓ UNA AMISTAD ÍNTIMA EN UN HIMNO ETERNO

 

 





En algún rincón de Brasil, hace más de seis décadas, dos jóvenes cruzaron sus caminos sin saber que, juntos, darían forma a una de las historias más profundas de la música romántica y humana del siglo XX.

El destino reunió a Roberto Carlos, un muchacho de voz cálida y ánimo incansable por contar historias con su canto, con Erasmo Esteves, un guitarrista talentoso lleno de ritmo y corazón. Fue en los barrios de Río de Janeiro, en los años 50, donde todo comenzó: entre charlas sobre acordes, sueños compartidos y tardes eternas practicando bajo la luz del atardecer. Su vínculo artístico y personal era sólido desde el principio, y pronto su complicidad musical trascendió de lo profesional a lo profundamente fraternal.

Una amistad forjada en notas y confidencias

Roberto y Erasmo no eran solo compañeros de estudios o colegas de canción tras canción: eran hermanos del alma. Caminaban juntos por la vida, compartiendo alegrías y derrotas, gira tras gira. Roberto se encargaba de las letras —esas que golpean dulce y profundamente el corazón— y Erasmo componía melodías que hacían latir más fuerte cada palabra. La música los unió, pero la amistad los mantuvo inseparables durante más de medio siglo.

La música fue su refugio en los días difíciles, su lenguaje en los silencios y su hogar cuando la fama se hizo inevitable. A través de los años, esa hermandad se convirtió en la fuerza invisible que impulsó algunos de los éxitos más recordados del repertorio latinoamericano.

 El regalo más sincero: “Amigo”

Corría 1977 cuando Roberto decidió hacer algo que no estaba en ningún plan comercial ni estrategia de venta. Quiso transmitir con música lo que muchas veces las palabras no alcanzan: la gratitud, la lealtad, la verdad pura de una amistad incondicional. Así nació “Amigo” —una carta musical para Erasmo Carlos, su compañero eterno.

La letra no es sólo un poema: es un retrato vivo de lo que significa tener a alguien que te acompaña en cada sendero:

“Tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo / que en todo camino y jornada está siempre conmigo…”

No son palabras vacías: son el eco de risas, lágrimas, largas giras, arduos ensayos, el apoyo en momentos de duda y la celebración en cada éxito.

Cuando Erasmo escuchó la canción por primera vez en el estudio, su corazón se llenó de emoción. No había espectáculo ni público en ese momento, sólo dos almas conectadas profundamente a través de una canción que valía más que mil discursos.

Más allá de Brasil — un himno universal

Aunque “Amigo” nació en la intimidad de una amistad, su vuelo terminó alcanzando millones de corazones alrededor del mundo. El tema fue lanzado en español poco después, adaptado por Buddy y Mary McCluskey, conservando la esencia sincera de la versión original.

Y su historia dio un giro inesperado y mágico cuando se convirtió en parte de un momento histórico: en 1979, durante la primera visita del Papa Juan Pablo II a México, un coro de niños entonó “Amigo” como parte de la bienvenida al pontífice. Esa interpretación hizo que la canción se escuchara en plazas, radios y hogares, conectando su mensaje de fraternidad con millones de personas de diferentes culturas.

A partir de ese instante, “Amigo” dejó de ser sólo una pieza musical; se convirtió en un símbolo de amistad verdadera, un espejo donde cualquiera podía ver reflejado el rostro de quienes nos aman sin condiciones.

 Reflexión final

Hoy, “Amigo” no es sólo una canción de radio o un recuerdo nostálgico. Es un testimonio de que las amistades profundas pueden convertirse en arte universal. Nos enseña que la música puede ser un abrazo para quien nos escucha y un refugio para quien la comparte.

En un mundo donde lo efímero domina, “Amigo” sigue recordándonos que los vínculos sinceros trascienden el tiempo, las fronteras y los hombres.

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LAS CAMPANAS QUE NO ERAN DE ESTE MUNDO

 



No sé si lo que les voy a contar pasó de veras o si fue una de esas pesadillas que el río se mete en la cabeza cuando crece y trae recuerdos ajenos. Lo único que sé es que nunca se me olvidó. Hay noches en que cierro los ojos y vuelvo a oír esas campanas, lentas y hondas, como si llamaran desde debajo de la tierra. Campanas que no eran de este mundo.

Pero mejor empiezo desde el principio, antes de que la memoria me apriete el pecho.

Me llamo Juan Salvador Cruz, hijo de don Juan Cruz y de doña Amelia Arellano, gente humilde que vivía cerquita del Río Lerma, por el Callejón de Lerdo de Tejada. En marzo, en esa ocasión, el pueblo olía a tierra mojada y a flores aplastadas por la lluvia. El río estaba un poco crecidito, arrastraba rumores de lugares lejanos, y los sabinos crujían como si se quejaran de tantas cosas que han visto y nunca han dicho.

Era 18 de marzo, día de mi santo. Mi madre me despertó con un abrazo de esos que duran más que las palabras.

—Chava, no se te olvide darle gracias al Señor. Hoy es tu día. Ve al templo y prende una veladora.

—Sí, mamá —le contesté, aunque sin mucha firmeza. El cielo estaba limpio, el aire olía a monte fresco… y yo tenía la cabeza en otra parte.

Al salir me encontré con Juan Aguirre y Paco Ruiz, sin prisa y con ganas de echar a perder el día. Me invitaron a celebrar, y uno, cuando es joven, rara vez dice que no. Compramos tequila en el mercado y nos fuimos a la orilla del río, al lugar que llaman El Salto, donde el agua corre entre las piedras como si rezara en voz baja. Ahí estuvimos bebiendo y hablando de nada, creyendo que el tiempo nos debía algo.

Cuando el sol empezó a esconderse, ya no era yo dueño de mis pasos. La cabeza me daba vueltas y las voces de mis amigos sonaban lejos, como desde otro mundo. Pensé en volver a casa, pero me ganó el miedo a la mirada de mi padre. Así que me fui al establo de don Onofre, seguro de encontrar un rincón de paja donde dejarme caer.

El olor a heno y estiércol me envolvió, y la noche me tragó sin hacer ruido.

No dormí en paz.

Me despertó el sonido de una campana. No como las del templo: esta era más grave, más lenta, como si viniera desde muy abajo. Salí a la calle sin saber por qué, siguiendo ese llamado.

El templo de San Francisco estaba encendido, pero no con luz de velas. Era una claridad pálida, fría, como si las piedras mismas alumbraran. Entonces los vi: una procesión de figuras vestidas de blanco, caminando en silencio. No hablaban, pero sus pasos sonaban pesados, como si llevaran siglos andando el mismo camino.

Entré detrás de ellos.

Adentro, el aire era espeso y helado. En el altar, un fraile decía misa. Vestía el hábito franciscano, pero la capucha le tapaba el rostro. Su voz sonaba hueca, lejana, y aunque hablaba en latín y yo no entendía nada, cada palabra me pesaba en el pecho.

De pronto, una anciana salió de entre la gente. Nadie la había visto llegar. Me tomó del brazo con una fuerza que no era de este mundo.

—Anda, hijo —me dijo—. Ayuda al padre. Ya es tu turno.

Quise decir que no, pero mis pies caminaron solos. Cuando el fraile me agarró la mano, sentí un frío tan hondo que me dolieron los huesos. Sus dedos eran como de hielo. Quise gritar, pero no pude. La iglesia entera me tenía atrapado.

La misa siguió, y el aire se llenó de lamentos que no se veían. Al dar la paz, el fraile levantó el rostro: donde debían estar los ojos había dos huecos oscuros, y su piel parecía cera derretida. A duras penas me sostuve.

Al terminar, los fieles se desvanecieron como humo. Sólo quedamos la anciana, el fraile… y yo.

—Somos almas que no cumplieron su promesa de misas gregorianas —me dijo ella—. Cada 19 de marzo se nos permite volver. Pero necesitamos que un vivo nos ayude. Hoy te tocó a ti.

Puso entonces tres monedas de oro en mi mano. Pesaban distinto, como si no fueran de este mundo.

—Guárdalas bien —me dijo—. Te servirán cuando llegue tu hora.

Después de eso, no recuerdo nada.

Desperté en una banca del templo, con el sacristán don Jesús sacudiéndome y regañándome por haberme quedado dormido ahí. Cuando quise contarle lo ocurrido, sólo me miró raro, como si ni él mismo quisiera oírlo.

Las monedas siguen conmigo. No sé si son reales o si el recuerdo se volvió cosa. Mi mujer dice que no las gaste, que son para mi alma.
Y yo las guardo, porque a veces, en las noches de marzo, me parece oír de nuevo esas campanas… y siento que todavía me están esperando.

 

Advertencia

Dicen los viejos que no es bueno celebrar el santo olvidándose de la promesa, ni quedarse dormido cerca del río cuando anda crecido.
Porque hay campanas que no llaman a misa, sino a cuentas pendientes…
y hay quien las oye una sola vez en la vida, pero hay otros que las oyen hasta que les toca responder.

sábado, 31 de enero de 2026

LA TIENDITA Y EL HILO INVISIBLE DEL TIEMPO

 

El 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, organicé una posada como dictan las normas no escritas de la tradición: villancicos, rezos, piñata y ese desorden alegre que trae la Navidad cuando ya se acerca el año nuevo. Todo estaba listo, o eso creía, hasta que al caer la tarde me asaltó una omisión grave: faltaban la piñata y las luces de bengala para los niños.

Pensé en ir a Salvatierra, pero el tráfico, siempre implacable a esas horas, me recordó que la posada comenzaría a las siete y media y el tiempo ya no estaba de mi lado.

—Ve a la tiendita de Julio, tu sobrino —me dijo mi esposa—. Quién quita y ahí encuentras lo que buscas.

Confieso que dudé. ¿Piñatas en Maravatío del Encinal? Sonaba improbable. Aun así, fui. Y como ocurre a veces con los actos pequeños que no esperamos gran cosa de ellos, el resultado fue una sorpresa luminosa: encontré no solo la piñata y las bengalas, sino una tienda ordenada, bien surtida, viva. Una de esas tienditas que no parecen negocio, sino extensión natural del barrio.

Al salir, caminé junto al casco de la antigua hacienda, justo donde alguna vez estuvo la llamada tienda grande o tienda de raya, aquella en la que los peones surtían su despensa cuando la hacienda de San Elías de Maravatío era el granero que alimentaba a Salvatierra. El paisaje —aparentemente inmóvil— me devolvió de golpe al pasado. Imaginé anaqueles interminables, sacos de grano, voces y cuentas anotadas con lápiz. Y luego, la ruina: la caída de la hacienda a principios de los años veinte, cuando tras las derrotas de Celaya, las hordas villistas arrasaron con buena parte del Bajío.

Pensé entonces en las pequeñas tiendas que surgieron después, como semillas que brotan tras el incendio. La tía Rafaela Chávez contaba que las primeras tienditas de Maravatío traían su mercancía desde Salvatierra: piloncillo, manteca, frijol, arroz, maíz, chocolate. Cada ocho días, los sábados, los tenderos cruzaban el cerro de las Tetillas en burro, siguiendo veredas que hoy solo existen en la memoria.

Muchas de esas tienditas desaparecieron. Pero una resistió el paso del tiempo y de las generaciones: la de mi abuela, doña Cleotilde Gamiño. En 1946 abrió una ventanita en el camino a Santa Teresa y sostuvo su tienda durante más de quince años. A principios de los sesenta, el negocio pasó a manos de su hijo menor, el tío Ángel López.

El tío Ángel amplió la tienda y añadió un molino de maíz. Antes de las cinco de la mañana ya estaba atendiendo a las amas de casa que llevaban el nixtamal para tener listas las tortillas del día. También vendía queroseno —el “petróleo”—, indispensable para lámparas, estufas y fogones, cuando la electricidad aún no había conquistado del todo la noche.

La tienda prosperó, pero la bondad del tío Ángel resultó ser una espada de doble filo. Fiaba sin garantías, regalaba “un poquito de más”, confiaba en la palabra. Las deudas se acumulaban y casi nunca se saldaban. Poco a poco, la prosperidad se fue deshilachando: se vendió el molino, la mercancía disminuyó y el negocio perdió fuerza.

El tiempo, que nunca se detiene, volvió a mover las piezas. Mi prima Tere heredó la tienda y le dio un nuevo impulso. Educadora de profesión, supo administrarla con inteligencia y devolverle su brillo. Pero partió antes de tiempo, dejando el negocio en manos de su hijo, mi sobrino Julio.

Hoy, Julio dirige la tiendita con una mezcla de orden, constancia y memoria heredada. En este 2026, el negocio cumple 80 años de existencia y cuatro generaciones de historia, convirtiéndose quizá en la tienda más antigua de la comunidad.

Al salir aquella tarde con la piñata bajo el brazo, comprendí que no había comprado sólo artículos para una posada. Me llevaba también una certeza: mientras existan estas tienditas —familiares, humanas, persistentes— el tiempo no pasa del todo; simplemente cambia de manos.

jueves, 29 de enero de 2026

EL BANQUETE O FEDRO

 



La noche había descendido sobre Atenas como un manto suave y antiguo, y en la casa de Agatón las lámparas de aceite dibujaban círculos de luz tibia sobre los muros, como si cada llama guardara un secreto. No era un banquete ruidoso ni desbordado, sino uno de esos encuentros raros en los que el vino no busca embriagar el cuerpo sino aflojar el alma, y donde las palabras, antes de salir, se preguntan si están a la altura del silencio. Los invitados reposaban sobre cojines, el murmullo del exterior se había apagado, y alguien, casi sin proponérselo, lanzó la idea de un juego sencillo: hablar del amor. No discutirlo, no definirlo con severidad, sino contarlo, decir qué creía cada uno que era esa fuerza invisible que empuja a los humanos a la valentía y al abismo. Y así, como quien abre una puerta sin saber a qué paisaje da, comenzaron. Uno habló primero y dijo que el amor es una llama que vigila nuestras acciones, una presencia silenciosa que nos impide ser mezquinos cuando alguien amado podría mirarnos, una fuerza que vuelve heroico incluso al más tímido porque nadie quiere ser indigno ante los ojos de quien ama. Otro tomó la palabra y, con voz más grave, explicó que no todo lo que se llama amor merece ese nombre, que hay amores que solo desean y consumen, y otros que educan y elevan, amores que no buscan poseer sino ayudar a crecer, y mientras hablaba algunos sintieron que esas palabras rozaban recuerdos que preferían no despertar. Luego habló un médico, acostumbrado a escuchar los ritmos del cuerpo, y dijo que el amor es armonía, que está en la salud cuando todo se ordena, en la música cuando los sonidos encuentran su justa proporción, en la naturaleza cuando nada sobra ni falta, y por un instante pareció que el universo entero respiraba al compás de esa idea. Entonces el poeta, con una sonrisa melancólica, pidió la palabra y contó una historia antigua como el mundo: dijo que los humanos, en un tiempo olvidado, eran completos, redondos, autosuficientes, y que por su fuerza los dioses los partieron en dos, condenándolos a caminar desde entonces por la tierra con una nostalgia inexplicable, buscando en otros brazos, en otros rostros, la forma perdida de sí mismos; al oírlo, algunos sonrieron con ternura, otros sintieron un leve dolor en el pecho, como si alguien hubiera puesto palabras a una herida vieja. El anfitrión habló después con elegancia, describiendo el amor como algo joven, luminoso, delicado, siempre bello y siempre bueno, y sus palabras eran tan perfectas que parecían no haber tocado nunca la aspereza de la vida. Fue entonces cuando Sócrates, que hasta ese momento había escuchado con una atención casi infantil, habló sin imponerse, sin levantar la voz, diciendo que él no sabía qué era el amor, que nunca se había tenido por experto en esas cosas, pero que una vez una mujer sabia le había enseñado a mirarlo de otro modo. Y contó que el amor no es un dios satisfecho, sino un caminante, un hijo de la carencia y del deseo, alguien que no posee la belleza ni la bondad, pero las anhela con tal intensidad que no puede dejar de avanzar; el amor —dijo— nace de lo que nos falta, y por eso se mueve, por eso inquieta, por eso nunca nos deja en paz. Luego habló de una escalera invisible que el amor nos invita a subir, sin obligarnos nunca: primero nos detenemos en la belleza de un cuerpo, después descubrimos que esa belleza no es única ni exclusiva, que hay muchas formas bellas, y entonces el amor se ensancha; más tarde aprendemos a amar lo que no se ve, las almas, los gestos justos, la fidelidad silenciosa; después amamos las leyes que ordenan la convivencia y las ideas que iluminan la mente, hasta que, si hemos sido fieles al impulso del amor y no lo hemos traicionado reduciéndolo a posesión, alcanzamos a contemplar algo que ya no pertenece a nadie, una belleza que no envejece ni se rompe, una verdad que no depende del deseo, algo que no se puede abrazar pero que, al mirarlo, nos transforma. Cuando terminó de hablar, el vino quedó intacto en las copas, nadie tuvo prisa por responder, y en ese silencio denso comprendieron que el amor no es quedarse sino ascender, no es tener sino volverse otro, que amar de verdad es aceptar una falta que no se colma poseyendo, sino caminando, creando, dando a luz ideas, obras, gestos, vidas, y mientras la noche seguía su curso y las lámparas ardían con paciencia, cada uno supo, sin decirlo, que había entrado al banquete con una idea del amor y salía con una pregunta más honda, y que quizá eso —esa inquietud luminosa— era ya una forma de amar.

LA LLAMADA QUE NO PEDÍ, EL PRODUCTO QUE NO NECESITO Y EL DINERO QUE JAMÁS VERÉ

 


Vivimos en una época extraordinaria: ya no necesitamos amigos, familia ni enemigos. El teléfono se encarga de todo. Basta con que uno tenga línea —fija, móvil o imaginaria— para recibir, varias veces al día, el milagro moderno de la llamada de spam.

Estas llamadas no llegan solas. Llegan con una seguridad aplastante, con una voz sonriente que no conoce la duda y con la firme convicción de que uno lleva toda la vida esperando exactamente eso que jamás pidió.

—Buenos días, le hablamos de su banco —dicen.

Aquí conviene detenerse un segundo.
Uno no recuerda haberle dado permiso al banco para tutearlo, llamarlo “estimado cliente” ni mucho menos para interrumpir la sopa, la siesta o la crisis existencial de las tres de la tarde. Pero ahí están.

—Tenemos una promoción exclusiva para usted —continúan—, porque es un cliente preferente.

Preferente… aunque uno tenga la cuenta en ceros, la tarjeta al límite y el historial financiero más triste que un bolero de los años cincuenta.

El catálogo es vasto y creativo:

  • Tarjetas platino, oro, diamante o hechas con polvo de estrellas.
  • Seguros que cubren desde accidentes hasta mordeduras de perro con trauma emocional.
  • Créditos “preautorizados” que uno no pidió, no quiere y no podría pagar ni vendiendo el refrigerador.

Y cuando uno dice que no, empieza el verdadero espectáculo.

—¿Me permite explicarle los beneficios?

No. No me permite.
Pero aun así, explican.

Luego están las llamadas que ya no venden… pescan.

—Señor, detectamos un cargo sospechoso en su cuenta.

Aquí el tono cambia. Ya no son amables. Ahora son héroes. Salvadores financieros. Ángeles de la banca armados con diademas baratas.

—Para proteger su dinero, necesitamos que confirme sus datos.

Y uno se pregunta:
Si ustedes son el banco… ¿por qué no los tienen ya?

Pero insisten con una creatividad admirable:
—Solo dígame los números de su tarjeta. Es por su seguridad.
—Necesitamos su NIP. Para evitar fraudes.
—Dígame el código que le acaba de llegar por mensaje… rápido, antes de que el dinero desaparezca.

Uno casi siente culpa de no cooperar.
Ellos tan preocupados por nuestro patrimonio inexistente.

Hay quien cuelga. Hay quien insulta. Y hay quien, como deporte extremo, decide divertirse un poco.

—Claro que sí —dice uno—, anote: cuatro, ocho, quince, dieciséis, veintitrés, cuarenta y dos…

—Señor, eso no es un número de tarjeta.

—Ah, disculpe, es que esa es la clave del universo.

Normalmente cuelgan.

Con el tiempo, uno aprende que estas llamadas son como los mosquitos: no sirven para nada, aparecen sin aviso y siempre pican cuando uno está más vulnerable. No distinguen horario, humor ni voluntad. Llaman mientras uno maneja, come o intenta recordar para qué entró a la cocina.

Y sin embargo, hay que reconocerles algo:
son persistentes, creativos y profundamente optimistas.

Porque cada llamada nace con la esperanza de que, del otro lado, alguien diga:
—Claro, desconocido telefónico, aquí tiene mis datos, mi dinero y mi confianza.

Eso, en estos tiempos, ya es casi un acto de fe.

Epílogo práctico:
Si el número no lo conoces, si la voz suena demasiado feliz y si te ofrecen algo que no pediste…
no es una oportunidad: es una anécdota en potencia.

Y si de plano contestas, al menos diviértete.
Ellos llaman todos los días.
Uno no

 

ROBERTO CARLOS E AS CANÇÕES QUE MORAM NA MEMÓRIA

 Houve um tempo — não tão distante, mas muito diferente do de hoje — em que a música chegava até nós como um pequeno ritual diário. Em León,...