Hay artistas que se vuelven famosos. Hay otros que se
convierten en leyenda. Javier Solís pertenece a estos últimos.
Su voz sigue sonando en las radios, en las reuniones familiares, en las serenatas y hasta en las cantinas donde ya casi nadie bebe por desamor. Sin embargo, alrededor de su figura ha ido creciendo un extraño halo de misterio, como si cada una de sus canciones hubiera estado anunciando el desenlace de una vida demasiado breve.