jueves, 12 de febrero de 2026

LA ISLA DEL TRSORO

 

Ahora vamos a hablar de un libro que huele a salitre, a pólvora y a manzanas escondidas en barriles sospechosos. Una novela que nos hizo sospechar de todo marinero cojo y desconfiar cordialmente de cualquier loro demasiado parlanchín.

La isla del tesoro no es solo una historia de piratas; es la culpable de que varias generaciones hayan mirado un mapa con una “X” y hayan sentido un impulso casi irrefrenable de salir corriendo con pala en mano. Porque, admitámoslo: todos llevamos dentro un niño que quiere encontrar un cofre enterrado… aunque sea en el patio de la casa de la abuela.

Si alguna vez soñaste con barcos, tormentas y monedas de oro tintineando en la oscuridad, este libro ya te estaba esperando.

 


La historia comienza cuando el joven Jim Hawkins encuentra en la posada de su familia el misterioso cofre de un viejo marino. Dentro hay un mapa que señala la ubicación de un fabuloso tesoro enterrado en una isla lejana. Lo que sigue es una expedición marítima que pronto deja de ser simple aventura para convertirse en una peligrosa partida de ajedrez entre lealtad y traición.

Entre los personajes destaca el inolvidable Long John Silver: carismático, inteligente, ambiguo. Un villano tan encantador que uno no sabe si temerle o invitarlo a cenar. La travesía está llena de motines, combates, conspiraciones y decisiones que obligan a Jim a crecer de golpe.

Más que una historia de piratas, La isla del tesoro es un relato sobre el paso de la inocencia a la experiencia, sobre la codicia humana y sobre esa eterna pregunta: ¿vale la pena el oro cuando se pierde la honra?

Y al final, cuando se cierra el libro, uno no sabe si ha regresado de una isla… o si la isla se ha quedado viviendo para siempre en uno mismo.

 

JUAN RULFO Y EL REALISMO MÁGICO

 




El realismo mágico es ese territorio literario donde lo extraordinario no irrumpe con estrépito, sino que se sienta a la mesa como si siempre hubiera vivido allí. En este estilo, lo sobrenatural convive con lo cotidiano sin necesidad de explicaciones; los muertos conversan, el tiempo se pliega, la memoria respira… y nadie se sorprende demasiado. No es fantasía: es una forma distinta de mirar la realidad latinoamericana, donde lo mítico, lo espiritual y lo histórico se entrelazan como raíces bajo la tierra.

En este horizonte narrativo incursionó Juan Rulfo, quien escribió Pedro Páramo, una obra magistral, digna —sin exageración alguna— del Premio Nobel de Literatura. No la nominaron, hasta donde yo sé; pero también sé que hay obras que han ganado el Nobel y son inferiores al trabajo de Rulfo. Pero, en fin, como dicen de los santos: no todos los que la Iglesia canoniza son santos, ni todos los que no canoniza dejan de serlo.

Asimismo, el premio a la obra de Rulfo no se lo han otorgado tanto los académicos como la vox populi, que tiene un olfato más certero para la eternidad. Pedro Páramo ha sido llevada tres veces a la pantalla grande —en distintas adaptaciones cinematográficas— con notable resonancia, prueba de que Comala no solo se lee: también se ve, se oye y casi se palpa en la penumbra de una sala de cine.

La novela inicia con una promesa filial: Juan Preciado viaja a Comala para buscar a su padre, Pedro Páramo, cumpliendo el último deseo de su madre. Pero al llegar descubre que el pueblo no es exactamente un pueblo… es un murmullo. Las calles arden bajo el sol, las casas parecen vacías y, sin embargo, las voces susurran por todas partes.

Pronto comprendemos que Comala es un territorio habitado por recuerdos, culpas y ánimas. Los muertos hablan con naturalidad, el tiempo se fragmenta y la figura de Pedro Páramo emerge como un cacique poderoso, duro y contradictorio, cuya ambición y pasión marcaron el destino de todos. Su amor obsesivo por Susana San Juan es tan intenso como estéril; su poder, tan vasto como devastador.

La novela no se cuenta linealmente: se reconstruye como quien arma un rompecabezas hecho de ecos. Es una obra breve, pero de una densidad extraordinaria. Cada frase parece cincelada en piedra, cada silencio tiene peso.

Pedro Páramo no solo narra la muerte de un hombre o la ruina de un pueblo; narra la descomposición de un mundo entero, donde la memoria es lo único que sigue hablando cuando todo lo demás ha callado. Y quizás por eso sigue viva: porque mientras haya alguien que escuche esos murmullos, Comala no terminará de morir.

 

MARÍA

 


Ahora tengo el gusto —y casi la tentación cómplice— de presentar una novela americana que, sin duda, será del agrado de todos los amantes del romanticismo; es decir, de todos nosotros. Porque, seamos sinceros: ¿quién puede declararse inmune al hechizo de un ocaso púrpura que incendia el horizonte? ¿Quién permanece indiferente cuando, en la noche tibia, una guitarra deshilvana una serenata que parece hablarle al alma? ¿Y quién, al borde de un río, con unas cervecitas conversadoras y el murmullo del agua como testigo, no siente que el corazón se le vuelve un poco más poeta?

MARÍA es una de las novelas más delicadas y profundamente sentimentales del romanticismo hispanoamericano. Publicada en 1867, es, ante todo, una elegía del amor imposible, un canto a la memoria y una pintura nostálgica del paraíso perdido.

La historia narra el amor entre María y Efraín, dos jóvenes que crecen juntos en una hacienda del Valle del Cauca. Su amor no nace de la pasión arrebatada, sino de la cercanía, de la infancia compartida, de las miradas que poco a poco descubren lo que el corazón ya sabía. Pero como suele ocurrir en el romanticismo, la dicha es frágil y el destino —marcado por la enfermedad y la separación— se cierne sobre ellos como una sombra inevitable.

La novela no es solo una historia de amor; es también un retrato del paisaje colombiano. La naturaleza no funciona como simple escenario, sino como reflejo del alma de los personajes: exuberante cuando el amor florece, melancólica cuando la tragedia se anuncia. Los ríos, las montañas y los atardeceres están descritos con una sensibilidad casi musical.

En esencia, María es:

Una historia de amor puro y trágico.

 Una exaltación romántica de la naturaleza americana.

 Una meditación sobre la memoria y la pérdida.

 Una de las obras fundacionales de la novela latinoamericana.

Leerla es entrar en un mundo donde el sentimiento gobierna y donde el recuerdo duele con dulzura. Es una novela que no se lee con prisa; se contempla, como un atardecer que sabemos hermoso precisamente porque sabemos que se va a acabar.

BEN HUR

 



En cierta ocasión, conversando con un sacerdote muy carismático y entrañable amigo mío, le comenté —con cierto aire de satisfacción espiritual— que había leído Quo vadis?, y que me había parecido una lectura tan edificante como divinamente humana.

Sonrió con esa sonrisa suya que mezclaba ternura y sagacidad pastoral, y me respondió:

—Te gusta leer lo puro bueno… entonces me imagino que ya leíste Ben-Hur, Fabiola y El manto sagrado.

—Sí —respondí muy serio, fingiendo una erudición que no poseía y pidiéndole discretamente al cielo que no me examinara sobre tramas ni personajes.

Y como pude, cambié de tema con habilidad diplomática digna de cancillería vaticana. Pero en cuanto tuve oportunidad, me di a la tarea de leer aquellos libros, antes de que el santo varón recordara nuestra charla y decidiera continuarla con preguntas específicas y mirada penetrante.

A decir verdad, los tres títulos son buenos y conmovedores; cada uno, a su manera, abre una ventana hacia los primeros siglos del cristianismo y hacia el corazón humano. Pero el que más me impactó fue Ben-Hur.

Se trata de la historia de Judá Ben-Hur, un joven príncipe judío traicionado por su amigo de infancia, el romano Mesala. Una injusticia lo arrastra a las galeras, separa a su familia y siembra en su alma una sed ardiente de venganza. Desde los remos ensangrentados del Mediterráneo hasta la gloria vibrante del circo romano, donde las cuadrigas rugen como tempestades sobre la arena, la novela nos conduce por un camino de dolor, honor y redención.

Pero la verdadera grandeza del relato no está solo en la espectacular carrera de carros ni en la épica confrontación con el poder imperial; está en el encuentro silencioso y transformador con Cristo. Mientras Judá busca venganza, la figura serena del Nazareno aparece como una presencia que no impone, sino que ilumina. La historia avanza entonces desde la furia hacia el perdón, desde la pérdida hacia la esperanza.

Ben-Hur no es solo una novela histórica; es un viaje interior. Es el tránsito de un corazón herido que aprende que la victoria más alta no se conquista en la arena, sino en el alma. Por eso la recomiendo ampliamente: porque es aventura, sí; es drama, sin duda; pero, sobre todo, es una lección de humanidad atravesada por la gracia.

 

EL HINGENIOSO HIDALGO, DON QUIJOTE DE LA MANCHA

 



Cuando cursaba los primeros semestres de la universidad, allá en la Valenciana —donde el frío parecía formar parte del plan de estudios—, tuve un profesor que aún hoy vuelve a mi memoria con nitidez: medio excéntrico, hondamente carismático y dueño de una cultura que no necesitaba alardes. Nos impartía la materia de Historia de las Relaciones Diplomáticas entre México y los Estados Unidos, pero en realidad nos enseñaba algo más sutil: a sospechar que la historia y la literatura conversan en voz baja.

Una mañana, mientras el viento se colaba por los ventanales y nosotros fingíamos estoicismo académico, el profesor sorprendió a una compañera —que también cursaba Letras Españolas— leyendo en secreto El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Yo, con la severidad juvenil de quien cree que el mundo es un reglamento, pensé que la expulsaría de clase por semejante atrevimiento.

—¿Qué lees? —preguntó el docente, con voz grave pero curiosa.

La muchacha, roja como amapola en invierno, casi se escondió detrás de otro compañero. Con timidez levantó el pequeño volumen para que el profesor pudiera leer el título.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Esperábamos una reprimenda ejemplar. En cambio, ocurrió lo inesperado.

—¿Quién de ustedes ya leyó ese libro? —preguntó.

Dos o tres manos se alzaron con cautela.

—Todos deberían leerlo —sentenció—. Es más, quien lo lea le pongo diez en esta clase.

Hubo un murmullo, una chispa de incredulidad y deseo. Yo, que no quería leerlo precisamente porque todos hablaban de él —y porque siempre he tenido cierta inclinación a remar contra la corriente—, me atreví a preguntar:

—¿Quiere que le hagamos un resumen cuando lo terminemos?

—No —respondió con serenidad—. Yo me daré cuenta si lo leyeron o no.

—¿Cómo? —insistí, intrigado.

El profesor se encogió de hombros y dibujó una sonrisa enigmática que aún hoy no he descifrado. No añadió palabra.

Al final del semestre presenté examen. Obtuve un diez. Nunca supe si fue por haber leído el Quijote, o por alguna otra razón invisible que el profesor sí supo ver.

Y tal vez ahí radique el misterio: hay libros que no se leen para aprobar una materia, sino para que la vida nos apruebe a nosotros.

¿Por qué Don Quijote de la Mancha es una gran obra de la literatura universal?

 

La novela Don Quijote de la Mancha, escrita por Miguel de Cervantes, es considerada una de las cumbres de la literatura universal por varias razones sencillas pero profundas:

1. Porque inventó la novela moderna

Antes del Quijote, las historias eran más lineales y menos conscientes de sí mismas. Cervantes creó personajes complejos, con contradicciones, que evolucionan. Don Quijote y Sancho Panza no son símbolos rígidos: cambian, dudan, se transforman.

2. Porque mezcla realidad y fantasía

El protagonista ve gigantes donde hay molinos, ejércitos donde hay ovejas. Esa tensión entre lo que es y lo que creemos que es sigue siendo profundamente humana. Todos, en algún momento, vemos el mundo a través de nuestros propios sueños.

3. Porque es profundamente humano

Habla del idealismo, del fracaso, de la dignidad en la derrota. Don Quijote puede estar loco, pero su locura es noble: quiere justicia, amor, honor. Nos recuerda que aspirar a algo más grande que uno mismo es parte esencial de ser humano.

4. Porque es irónico y divertido

No es solo un libro solemne: es ingenioso, paródico, lleno de humor. Cervantes se burla de las novelas de caballería y, al mismo tiempo, las honra.

5. Porque sigue vigente

Más de cuatro siglos después, seguimos hablando del quijotismo, de luchar contra molinos de viento, de la tensión entre ideal y realidad. Pocas obras logran atravesar tanto tiempo sin perder actualidad.

En resumen: el Quijote es grande porque habla de nosotros. Porque en algún rincón de nuestra vida hemos sido Sancho, prácticos y terrenales; y en otro, inevitablemente, hemos sido Quijote, soñadores incurables.

 

MI DESCUBRIMIENTO DE HERMANN HESSE

 



Hubo un momento decisivo en mi vida lectora. Cursaba la preparatoria cuando un profesor de español —de esos que no solo enseñan gramática sino inquietudes— me sugirió leer Demian. No lo impuso como tarea; lo recomendó como quien comparte un secreto.

Lo leí sin saber que estaba abriendo una puerta.

A partir de esa novela me nació la curiosidad por explorar casi toda la obra de Hesse. Me sumergí en sus búsquedas espirituales, sus crisis interiores y sus personajes que parecen caminar siempre al borde de sí mismos. Pero si tuviera que quedarme con tres libros que realmente me marcaron, serían:

  • Demian
  • Narciso y Goldmundo
  • Bajo la rueda

Cada uno, a su manera, habla del crecimiento, del conflicto entre lo que somos y lo que esperan que seamos.

 

Demian: el despertar interior

Es la historia de Emil Sinclair, un joven que vive dividido entre el “mundo luminoso” de la moral establecida y un mundo más oscuro, ambiguo y fascinante. La figura de Demian aparece como guía, casi como conciencia alternativa, que lo empuja a cuestionarlo todo.

Más que una novela, es un proceso de iniciación. Habla de identidad, de romper moldes, de atreverse a pensar distinto. No es escandalosa; es inquietante. Y para un adolescente que empieza a preguntarse quién es, puede sentirse como una conversación íntima.

 

Narciso y Goldmundo: razón y pasión

Aquí Hesse plantea un contraste poderoso.

Narciso representa la disciplina, el pensamiento, la vida monástica.
Goldmundo, en cambio, encarna la sensibilidad, el arte, la experiencia, el deseo de vivir intensamente.

La novela sigue el camino de Goldmundo a través del amor, el arte, la pérdida y el descubrimiento. Es una reflexión sobre las dos fuerzas que habitan en todo ser humano: la mente y el corazón.

Es quizá la más narrativa de las tres, la más rica en episodios y paisajes, y también una de las más profundas.

 

Bajo la rueda: el peso de las expectativas

Esta novela es más breve y más directa, pero también más dolorosa.

Cuenta la historia de Hans Giebenrath, un joven brillante que es empujado por su entorno académico a convertirse en ejemplo de éxito. Sin embargo, el sistema que lo exalta termina por aplastarlo.

Es una crítica dura al modelo educativo rígido y a la presión que se ejerce sobre los jóvenes talentosos. Aquí Hesse habla, con claridad casi autobiográfica, del peligro de reducir la vida a rendimiento y disciplina.

Lo que une a estos tres libros

En todos hay jóvenes que buscan su lugar.
En todos hay tensión entre libertad y norma.
En todos aparece la pregunta esencial: ¿quién soy realmente?

Quizá por eso me marcaron tanto en aquella etapa. Porque la preparatoria es precisamente el tiempo en que uno empieza a sospechar que la vida no viene con respuestas dadas.

Y tal vez por eso sigo regresando a Hesse: no porque tenga soluciones, sino porque sabe formular las preguntas correctas.

 

HAY LIBROS QUE UNO ESCOGE, Y OTROS QUE LO ESCOGEN A UNO

 





Las mil y una noches fue el primero que leí en la primaria, aunque, si soy honesto, empecé a leerlo mucho antes de abrir sus páginas. Mi iniciación no fue en una biblioteca ni por tarea escolar, sino en la cocina y el patio de mi casa, mientras una prima mayor —paciente, cómplice y narradora de tiempo completo— me contaba historias para que la acompañara en sus quehaceres diarios.

Yo no ayudaba gran cosa, pero escuchaba con devoción. Entre escobas, trastes y ropa tendida aparecían genios encerrados en lámparas, mercaderes astutos, viajes imposibles y palacios que parecían hechos de pura luna. Aquellos relatos eran el pago por mi compañía… y el anzuelo perfecto. Me nació el gusanito de querer saber más, de no depender del “mañana te cuento lo que sigue”.

Hasta que un día, en un acto de generosidad que aún le agradezco, mi prima me regaló su ejemplar: gastado, medio deshojado, con páginas que ya habían sobrevivido a muchas manos y muchas tardes. Aquel libro no era nuevo, pero para mí era un tesoro. Fue el primero que leí de principio a fin. Y fue, sin exagerar, la puerta por donde entré al hábito de leer.

 

¿De qué va Las mil y una noches?

El libro es, en realidad, una colección de cuentos tradicionales del mundo árabe, persa e indio, reunidos bajo un ingenioso hilo conductor.

Un rey traicionado decide casarse cada noche y ejecutar a su esposa al amanecer. Hasta que aparece Sherezada, una mujer tan inteligente como valiente, que idea un plan: cada noche le contará al rey una historia fascinante… pero la dejará inconclusa justo al amanecer. El rey, intrigado, pospone la ejecución para escuchar el final. Y así, durante mil y una noches.

Dentro de ese marco desfilan historias que hoy forman parte del imaginario universal: aventuras como las de Aladino, Alí Babá o Simbad el Marino, junto con relatos menos conocidos pero igualmente desbordantes de magia, astucia, amor, traición y humor.

Lo maravilloso del libro no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta: historias dentro de historias, personajes que se cruzan, giros inesperados y una imaginación que no conoce fronteras. Es un libro que enseña que contar bien una historia puede salvar la vida… literalmente.

Quizá por eso fue el libro perfecto para empezar. Porque antes de enseñarme a leer, me enseñó a escuchar. Y antes de hablarme de aventuras lejanas, me mostró que la imaginación puede caber en cualquier casa, incluso en aquella donde una prima barre el patio mientras un niño espera el siguiente “mañana te cuento lo que sigue”.

 

EL SOSPECHISMO NACIONAL (CON JUSTIFICACIÓN)

 



La renuencia no nació de la nada. Decía la abuelita: "La burra no era arisca..."

1. Fraudes y extorsiones: el “buenas tardes” que da miedo

Entre “secuestros virtuales”, supuestos bancos reportando cargos fantasma, premios inexistentes y sorteos donde uno “resultó ganador sin participar”, el teléfono dejó de ser instrumento de comunicación para convertirse en ruleta rusa digital.
El aumento de estos delitos ha sembrado una desconfianza generalizada. Hoy, un “¿me escucha?” puede ser el prólogo de una historia que empieza en pánico y termina en transferencia bancaria.

2. Exceso de spam: el club VIP al que nadie se inscribió

Ofertas de tarjetas de crédito, cambios de compañía telefónica, seguros para mascotas que uno no tiene y planes funerarios cuando apenas cumplimos 30. Hay quienes reciben varias llamadas al día. El teléfono suena más que campana de recreo.
Naturalmente, el usuario promedio piensa: si fuera importante, no sonaría con tanta insistencia.

3. Robo o filtración de datos: cuando te llaman por tu nombre

Nada eriza más la piel que escuchar: “Señor López, le hablo por su crédito”. ¿Cuál crédito? ¿Quién les dio mi número? La sensación de que “vendieron” nuestros datos incrementa la percepción de vulnerabilidad. La llamada personalizada ya no seduce; inquieta.

4. Preferencia por mensajería: si urge, manda WhatsApp

En la era del texto, la llamada se siente invasiva. Muchos piensan: si es importante, que envíe mensaje. La mensajería permite leer, pensar y contestar; la llamada exige reacción inmediata. Y reaccionar, en México, puede ser peligroso… o al menos incómodo.

5. El celular como guardaespaldas

Los teléfonos ahora identifican spam, bloquean números y silencian llamadas desconocidas. La tecnología nos dio la opción de ignorar con elegancia automatizada. Y la estamos usando.

6. Experiencias negativas: el trauma del “llamada grabada”

Quien ha sido víctima de fraude, o ha contestado para escuchar una grabación automática que empieza con “No cuelgue”, entiende por qué el dedo se vuelve prudente. La memoria también filtra llamadas.

Las consecuencias positivas: silencio productivo

No contestar tiene su lado luminoso.

  • Menor exposición a fraudes: disminuyen las probabilidades de caer en extorsiones y phishing telefónico. Menos manipulación emocional, menos sobresaltos.

  • Mejor control del tiempo: menos interrupciones, menos estrés por ofertas irrelevantes, más concentración.
    En resumen: más paz, menos “¿tiene cinco minutos para escuchar una promoción?”.

El 56% que no contesta duerme, quizás, un poco mejor.

Pero… no todo es miel sobre hojuelas

El silencio también tiene costos.

  • Oportunidades laborales: reclutadores y entrevistas pueden llamar desde números desconocidos. El trabajo soñado pudo sonar a las 10:32 a.m. y morir en el buzón.

  • Clientes nuevos: para emprendedores, cada llamada perdida podría ser ingreso perdido.

  • Paquetería y confirmaciones médicas o escolares: el repartidor afuera diciendo “no contesta nadie”.

  • Emergencias: hospitales, aseguradoras, autoridades o familiares llamando desde otro número en un momento urgente.

     Aquí el “no contestar” deja de ser estrategia y se convierte en riesgo.

Cambio cultural: del “¿bueno?” al “¿me escribes?”

Estamos presenciando una migración casi total hacia la mensajería. La llamada, que antes era señal de cercanía, hoy puede interpretarse como intromisión.
Este cambio trae mayor dependencia de aplicaciones, pero también menor confianza interpersonal. Hemos pasado de la inmediatez de la voz al filtro del texto. La conversación espontánea se volvió sospechosa.

Paradójicamente, en un país famoso por su calidez, el número desconocido nos enfría.

Entonces, ¿contestamos o no?

Quizás la respuesta no sea absoluta. Tal vez el nuevo protocolo mexicano sea:

  1. No contestar.

  2. Esperar mensaje.

  3. Buscar el número en internet.

  4. Si insiste… considerar la posibilidad de que no sea un estafador.

Vivimos tiempos donde la prudencia compite con la oportunidad. Donde el silencio protege, pero también aísla.

Al final, el 44% valiente y el 56% precavido comparten la misma realidad: el teléfono ya no es sólo un aparato; es una frontera. Y cada vez que suena, decidimos si abrimos la puerta… o miramos por la mirilla digital y seguimos de largo.

miércoles, 11 de febrero de 2026

LA DULCE OPRESIÓN DEL TIEMPO

 



Hay una emoción que no cabe en los manuales médicos ni en los diagnósticos modernos. No es tristeza, aunque roza su orilla. No es felicidad, aunque tiene su luz. Es una presión leve en el pecho, como si el corazón hubiera descubierto que el tiempo existe.

Imagina esto:

Estás frente a unas ruinas, que podrían estar en el Mineral de Pozos. No hay música. No hay multitud. Solo piedra, viento y un cielo que lentamente va cambiando de color desde un azul nítido hasta llegar a un rojizo púrpura.



De pronto, algo se acomoda dentro de ti.

No es el lugar. Es la conciencia de que ese lugar tuvo voces, risas, pasos, planes, urgencias… y ahora solo queda el eco. Y entonces comprendes —sin palabras— que todo lo que vibra terminará en silencio.

Y esa comprensión no te destruye, sino que es algo así como una caricia fría.
Es como si el pecho se apretara suavemente para decir: “Esto es real. Y precisamente por eso es irrepetible.”

La sensación es parecida a sostener una fotografía antigua y sentir que la escena aún respira, pero ya no puedes entrar en ella. Es querer volver y saber que no se puede. Es aceptar que la belleza está hecha del mismo material que la pérdida.

No es una herida abierta.
Es una cicatriz luminosa.

Hay en esa opresión algo casi sagrado. Porque por un instante percibes la fragilidad del mundo entero: civilizaciones, amigos, atardeceres, tu propia juventud. Todo fluye. Todo pasa. Todo deja una huella invisible.

Es el eco de lo que fue.

Es la nostalgia de lo que no volverá a repetirse en la misma forma.

Es el asombro de estar vivo justo ahora, en medio de un río que no se detiene.

Esa presión no es un malestar clínico. Es el roce fugaz de la eternidad sobre la piel temblorosa de un instante humano. Es el momento en que el alma se da cuenta de que participa en algo más grande que su propia biografía.

Y paradójicamente, duele porque fue hermoso. Y es hermoso porque fue verdadero.

Quizá esa sensación no sea enfermedad alguna. Tal vez sea la prueba de que no estás anestesiado.

Tal vez sea el latido secreto que nos recuerda que vivir es, inevitablemente, despedirse un poco… mientras contemplamos.

 


martes, 10 de febrero de 2026

LIBERTAD POR AGOTAMIENTO Y SANCIONES HUMANITARIAS: EL EXPERIMENTO CUBANO DEL SIGLO XXI



Una de las grandes aspiraciones del segundo mandato de Donald Trump es, ahora sí, torcerle definitivamente el brazo a Cuba. No porque el hombre tenga una brújula ideológica —Trump carece de ellas como de pudor—, sino por el empuje constante de Marco Rubio y del siempre diligente lobby del exilio cubano en Miami, ese que lleva setenta años anunciando el “colapso final” con la fe intacta y el calendario siempre mal.

Hace apenas dos días, el The New York Times lo formuló sin rodeos ni anestesia: los numerosos exiliados cubanos que han esperado durante casi siete décadas la caída del gobierno comunista aseguran que ahora sí podría ser el momento. Pero atención a la joya retórica que sigue:

“El gobierno estadounidense ha determinado que Cuba debe ser libre antes de finales de 2026”, dijo Marcel Felipe, líder del exilio en Miami.

Uno agradece la claridad. En ese universo semántico tan particular, ser libre equivale a ser asfixiado, bombardeado o, en su defecto, invadido. El presente regional ofrece abundantes ejemplos para no dejar lugar a dudas.

El plan está en marcha y lo que ocurre hoy en la isla es de una gravedad extrema. El método que parece estar funcionando es simple, eficaz y brutal: cortar el suministro petrolero y amenazar con sanciones a cualquiera que se atreva a vender combustible a Cuba. Sin energía no hay fábricas; sin fábricas no hay producción; sin transporte no hay alimentos. Todo esto en un país que ya sufre una escasez crónica tras siete décadas de bloqueo. Libertad, versión PowerPoint.

Pero no es sólo el petróleo. Según el propio New York Times, el plan incluye también estrangular las divisas: eliminar el turismo y las misiones médicas en el exterior. El resultado es inmediato y pedagógico: combustible de aviación agotado, actividades educativas canceladas, eventos suspendidos y apagones constantes. Democracia a oscuras.

Tras el “secuestro” de Nicolás Maduro el pasado 13 de enero, Cuba perdió además un aliado clave. Los envíos de combustible desde Venezuela y México quedaron bloqueados. Ya no hará falta disparar un solo misil: la economía colapsará por inanición. Y siguiendo la lógica impecable del disidente entrevistado desde Miami, la gente será finalmente libre.
Libertad por agotamiento. Democracia por hambre.

Así, Cuba aparece hoy sin apoyo real y se convierte en el símbolo grotesco del nuevo orden mundial bajo la doctrina “Donroe”: estrangulamiento metódico, documentado y teatralizado, mientras el resto del mundo observa paralizado por miedo a las sanciones secundarias.

Esta ofensiva pone a prueba no solo a la isla, sino a toda la izquierda global y a los aliados históricos de Cuba. Defenderla frente a la violencia imperial no es una consigna trasnochada: es una obligación moral.

La pregunta es si existe aún la capacidad para hacerlo después de años de genocidio televisado en Palestina sin consecuencias reales. La respuesta parece obvia, pero conviene repetirla una vez más: mirar hacia otro lado para no incomodar al Agente Naranja no compra seguridad; sólo aplaza el turno.
Después de Cuba, la ruleta rusa seguirá.

EL DÍA QUE MI ABUELITA PIDIÓ EL WI-FI

 



Si mi abuelita —que partió a principios de los ochenta— resucitara hoy, no pediría café ni preguntaría por los difuntos: pediría la contraseña del Wi-Fi. Y no por vicio tecnológico, sino por pura supervivencia lingüística. Porque lo primero que notaría, antes incluso de los coches sin llaves o los relojes que te regañan por no caminar, es que sus bisnietos ya no hablan castellano. Hablan otra cosa. Una lengua extraña, con acento de güero del norte, pero todavía perfumada a taco de suadero.

Escucharía conversaciones que, a sus oídos, sonarían como trabalenguas con pasaporte extranjero:
que si burnout (agotamiento, astenia, cansancio del alma),
que si el captcha (la prueba moderna de que no eres robot, aunque a veces uno lo duda),
que si el check-in, el check-out y el check-up (llegar, irse y dejar que te revisen, todo en inglés para que duela menos),
que el coach y el coaching (entrenador y entrenamiento, pero con tenis caros),
el crush (amor platónico que no paga renta),
el ghosting (irse sin despedirse, como alma en pena digital),
el like, el follower, el influencer (antiguamente conocidos como “me cae bien”, “me sigue” y “ese muchacho al que todos escuchan”),
el mail, el inbox, el feedback, el update
y así hasta completar un playlist interminable de anglicismos que entran por los oídos y salen por la boca sin pedir permiso.

La buena mujer tendría razones de sobra para pensar que está frente a una nueva lengua. Y no le faltaría razón. Porque esto no es solo moda: es velocidad. Es el idioma tratando de correr al ritmo del ranking, del performance y de las views. El español, que siempre fue ancho y hospitalario, ahora anda trotando como runner urbano, sudando para no quedarse atrás.

Confieso que yo mismo he sudado la gota gorda intentando actualizarme a diario, y aun así me pierdo entre tanto anglicismo. Trabajo con jóvenes y hago un esfuerzo sincero por estar al tanto, pero siempre me sorprenden. No puedo evitar poner los ojos como pesos antiguos de plata y una cara de what? que disimulo con sonrisa diplomática. Ya no me sorprenden tanto mis estudiantes —uno se va curtiendo—, pero lo que sí me dejó francamente perplejo fue mi propio corrector de la computadora.

Escribí, muy campante, “correo” y “mercadotecnia”. Y ahí estaban: subrayadas en rojo, acusadas de incorrectas como si hubieran cometido un delito ortográfico. Obediente, le di a “corregir” y, sin titubeos, aparecieron las palabras Mail y Marketing. Como si la máquina me dijera: “Mira, amigo, eso que tú llamas español ya viene en versión on sale”.

Y ahí fue cuando entendí que el problema no es que el idioma cambie —siempre lo ha hecho—, sino que ahora cambia con software, con updates automáticos y sin pedirnos feedback. No es que el inglés nos invada; es que nosotros lo invitamos, le pusimos snacks y lo sentamos en la sala. Porque es práctico, rápido y, hay que decirlo, suena cool.

Mi abuelita, después del susto inicial, seguramente se encogería de hombros. Ella sabía que las lenguas viven, se mezclan y se reinventan. Quizá no entendería qué es un smart watch, pero sí entendería algo esencial: que mientras todavía nos riamos, nos enamoremos, discutamos y contemos historias —aunque sea con likes y emojis—, el idioma sigue vivo.

Eso sí: probablemente nos pediría un favor. Que, de vez en cuando, apaguemos el speaker, dejemos el feed en silencio, y recordemos que también se puede decir “correo”, “equipo”, “entrenador” y “cita” sin que el mundo se caiga. No por nostalgia, sino por cariño. Porque las palabras, como las abuelas, también merecen que no las mandemos tan rápido al ghosting.

domingo, 8 de febrero de 2026

EL NUEVO ORÁCULO, ¿QUIÉN SABRÁ INTERROGARLO?


 

Dice un adagio que el sabio saca más provecho de su enemigo que el necio de su amigo. Tal vez porque el sabio no se conforma con lo que le ofrecen, sino que extrae enseñanza aun de la adversidad, mientras el necio ni siquiera sabe aprovechar la fortuna que lo acaricia. Esta vieja sentencia resuena con inquietante actualidad en los tiempos de la inteligencia artificial, como si advirtiera que también aquí la balanza de la inteligencia se inclinará según la destreza del alma que la empuñe.

El neoliberalismo, con su promesa de libertad y progreso, resultó ser un artificio de espejos: una economía que en nombre de la competencia premia a los poderosos y condena a los débiles. Hizo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, no por crueldad explícita, sino por una geometría invisible que orienta todas las rutas del éxito hacia quienes ya poseen los medios para recorrerlas.

Los pudientes encontraron sus caminos allanados por la solvencia, el acceso a la educación, las redes de influencia y las oportunidades que sólo se abren entre iguales. El pobre, en cambio, se vio relegado a sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo, cada vez más devaluada, y a recibir del sistema lo justo para seguir sosteniéndolo. Es el peón de una maquinaria que lo necesita, pero no lo libera.

La inteligencia artificial promete ser el gran democratizador del conocimiento, la voz universal que responde a todos, sin importar clase ni condición. Pero quizá, como el neoliberalismo, su aparente neutralidad oculte un nuevo tipo de desigualdad: la del espíritu.

Porque aunque todos tengan acceso a la herramienta, no todos sabrán usarla con sabiduría.

El hombre inquieto, el que busca comprender el mundo, sabrá ver en la IA una puerta abierta hacia la eternidad del pensamiento: podrá dialogar con los grandes maestros, reconstruir las preguntas de Kant, desentrañar los laberintos de Freud, conversar con Cervantes o debatir con Galileo. No necesitará una universidad de mármol ni un tutor de carne y hueso; bastará con su sed de saber para convertir la máquina en oráculo.

La inteligencia artificial será para él lo que la biblioteca fue para Borges: un universo infinito al alcance de una mirada.

Pero el hombre sin inquietud, aquel que ha sido domesticado por el ruido y la banalidad, usará la misma herramienta como se usa un espejo empañado: sólo para mirarse en lo superficial. Preguntará por el campeón del torneo, el chisme del día, el rumor que se disuelve antes de amanecer.

Y lo más triste no será la trivialidad de sus preguntas, sino que, poco a poco, delegará en la máquina la función misma de pensar. Como si el músculo del juicio, no ejercitado, se atrofiara sin remedio. Lo que antes resolvíamos con sentido común —la sabiduría de los abuelos, los refranes, la intuición cultivada por la experiencia— será entregado a un asistente digital que decidirá hasta lo que debemos sentir.

La inteligencia artificial no hará más sabios a los hombres, sino más visibles las diferencias entre los que ya lo eran y los que nunca se esforzaron por serlo. No es una herramienta para igualar, sino un espejo que amplifica: multiplica la inteligencia del sabio y la torpeza del necio.

Así, del mismo modo que el neoliberalismo concentró la riqueza material, la IA concentrará la riqueza intelectual. Los nuevos ricos no serán los que poseen dinero, sino los que poseen criterio; y los nuevos pobres, los que se contentan con respuestas automáticas.

Quizá la verdadera pregunta que nos deja esta era no sea qué puede hacer la IA por nosotros, sino qué clase de espíritu llevamos a su encuentro. Porque la máquina no enseña a pensar: sólo devuelve, magnificada, la luz —o la sombra— que cada uno lleva dentro.

Reflexión final

“La inteligencia artificial no es una lámpara mágica, sino un espejo. No concede deseos: refleja quién los pide.”

¿Nos hará la IA más lúcidos o simplemente más cómodos?

Esa, quizá, será la gran pregunta filosófica del siglo XXI.

 

 

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: HERRAMIENTA PRODIGIOSA Y RIESGO EDUCATIVO

 

Durante los últimos años, la inteligencia artificial —y en particular los chats de IA— han pasado de ser una curiosidad tecnológica a una presencia cotidiana en aulas, hogares y teléfonos móviles. Para muchos estudiantes, hoy resulta tan natural consultar a un chat de IA como antes lo era abrir un libro o buscar en internet. Esto, por supuesto, no es malo en sí mismo. Al contrario: estamos frente a una herramienta revolucionaria, con un potencial educativo enorme. Sin embargo, como toda herramienta poderosa, su uso acrítico conlleva riesgos.

El encanto de la respuesta inmediata

Uno de los mayores atractivos de los chats de IA es su fluidez. Responden rápido, con seguridad, con un lenguaje claro y bien estructurado. Hablan de medicina, filosofía, literatura, historia o astronomía con una soltura que puede dar la impresión de que estamos ante una fuente casi infalible, cercana a una verdad absoluta.

Ese encanto no es casual: los chats de IA están diseñados para responder siempre. Prefieren ofrecer una respuesta plausible antes que decir “no sé”. Esta característica, que los vuelve útiles y agradables, es también su mayor debilidad. Una respuesta bien redactada no siempre es una respuesta correcta.

Cuando la IA se equivoca… y nos despierta

Muchos usuarios descubren los límites de la IA cuando esta falla en algo que ellos sí conocen bien: un dato cultural, una autoría, una clasificación básica. El desconcierto aparece de inmediato: ¿cómo puede acertar en temas complejos y equivocarse en algo aparentemente sencillo?

La respuesta es clara: la IA no verifica hechos ni razona como un ser humano. Genera probabilidades. Funciona mejor en lo general que en lo específico; en lo universal más que en lo local; en lo consensuado más que en lo preciso. No piensa: imita patrones del lenguaje humano.

El riesgo educativo: la pereza intelectual

Aquí surge una preocupación legítima, especialmente en el ámbito educativo. El problema no es que los estudiantes usen IA, sino cómo la usan.

Un alumno que delega completamente su razonamiento en la máquina corre el riesgo de atrofiar habilidades fundamentales:

  • formular preguntas correctas
  • detectar inconsistencias
  • dudar de una respuesta
  • contrastar fuentes

La IA no vuelve perezoso al estudiante; el mal uso de la IA sí puede hacerlo. Lo mismo ocurrió en su momento con la calculadora, el buscador web o incluso el GPS: herramientas que ayudan enormemente, pero que mal empleadas sustituyen el esfuerzo mental en lugar de acompañarlo.

Preguntar mal, entender peor

Existe además un riesgo más delicado: el de la mala interpretación. Una persona sin formación sólida puede plantear preguntas imprecisas y recibir respuestas que parecen suficientes, cuando en realidad no lo son.

Esto se vuelve especialmente preocupante en temas sensibles como la salud. La IA puede ofrecer información general sobre síntomas o tratamientos, pero no puede diagnosticar ni asumir responsabilidad clínica. Confiar ciegamente en una respuesta —por ejemplo, automedicarse ante lo que se cree una simple gripe— puede tener consecuencias graves.

El error no es tecnológico, sino humano: creer que una respuesta fluida equivale a una verdad segura.

La IA como amplificador, no como sustituto

La inteligencia artificial amplifica lo que ya existe:

  • en manos de un estudiante crítico, potencia el aprendizaje
  • en manos de alguien acrítico, refuerza la superficialidad

La IA ayuda mucho a quien ya sabe pensar; no enseña a pensar por sí sola. Por eso, más que prohibirla, el verdadero reto educativo es enseñar a usarla: a hacer buenas preguntas, a reconocer sus límites y a saber cuándo no confiar en ella.

Una conclusión necesaria

La inteligencia artificial no es un enemigo del conocimiento humano, pero tampoco es su reemplazo. Es una herramienta extraordinaria que exige, paradójicamente, más pensamiento crítico, no menos.

Usada con criterio, puede enriquecer el aprendizaje; usada sin él, puede empobrecerlo. La responsabilidad final no recae en la máquina, sino en quienes la utilizan y, especialmente, en quienes educan.

Porque, al final, ninguna inteligencia artificial puede sustituir la capacidad humana de dudar, reflexionar y reconocer con honestidad una frase tan simple como necesaria: “no lo sé, voy a investigarlo”.