viernes, 27 de febrero de 2026

¿SOY EL GUARDIÁN DE MI HERMANO?

 


(Buss Mitchell Hellen, Raíces de sabiduría)

Una reflexión breve sobre justicia y sociedad

“¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” — Génesis 4:9

Vivimos en una época que nos enseña algo desde pequeños: cada persona es responsable de sí misma. Si triunfas, es por tu esfuerzo; si fracasas, debes buscar la explicación dentro de ti. El éxito parece mérito personal y la dificultad, un problema individual.

Pero no todas las culturas han pensado así.

Durante siglos, muchas sociedades entendieron la vida como una tarea compartida. En comunidades tradicionales —desde pueblos europeos hasta culturas indígenas americanas— la tierra, el trabajo y la supervivencia eran asuntos colectivos. Alimentar al hambriento o cuidar al enfermo no era caridad: era simplemente lo normal.

Hoy, en cambio, el individualismo domina nuestra forma de pensar. Vivimos rodeados de vecinos cuyos nombres no conocemos y aprendemos a competir antes que a cooperar. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto somos responsables unos de otros?

 

¿Qué es una sociedad justa?

Las preguntas sobre justicia nacen precisamente aquí.

¿Debe cada persona recibir según su mérito?

¿Todos empiezan realmente con las mismas oportunidades?

¿Es justo hablar de igualdad cuando las condiciones de vida son tan distintas?

La filosofía lleva más de dos mil años intentando responder estas preguntas.

 

Los griegos: la armonía del conjunto

Para Platón, una sociedad justa era como un organismo bien coordinado: cada persona debía cumplir la función para la que estaba mejor preparada. La justicia no consistía en que todos hicieran lo mismo, sino en que cada parte contribuyera a la armonía del todo.

Aristóteles, más práctico, pensaba que la clave estaba en el equilibrio: una sociedad estable debía educar ciudadanos capaces de vivir juntos y buscar el bien común.

Para ambos, la comunidad era más importante que el individuo aislado.

 

El utilitarismo: la felicidad de la mayoría

Siglos después, pensadores como Jeremy Bentham y John Stuart Mill propusieron una idea distinta: una sociedad justa es aquella que produce más felicidad y menos sufrimiento para el mayor número de personas.

Mill añadió algo esencial: no todos los placeres son iguales. Los placeres intelectuales y humanos tienen mayor valor que los meramente físicos, y una sociedad progresa cuando amplía las capacidades de sus miembros —incluyendo, por ejemplo, la igualdad entre hombres y mujeres.

 

Marx: cuando la justicia depende de la economía

Karl Marx observó la revolución industrial y llegó a otra conclusión: no puede existir justicia si las estructuras económicas producen desigualdad constante.

Para él, el trabajador moderno se había vuelto extraño a su propio trabajo. Ya no creaba algo propio, sino que vendía su tiempo mientras otros acumulaban riqueza. La injusticia no era un problema moral individual, sino estructural.

 

Rawls: imaginar sin saber quién eres

En el siglo XX, John Rawls propuso un experimento mental brillante: imaginar que diseñamos la sociedad sin saber qué lugar ocuparemos en ella —ricos o pobres, sanos o enfermos, privilegiados o vulnerables.

Desde ese “velo de ignorancia”, elegiríamos reglas justas para todos.

Su conclusión fue sencilla pero poderosa:

  • todos deben tener las mismas libertades básicas;
  • las desigualdades solo son aceptables si benefician también a los menos favorecidos.

La justicia, entonces, es imparcialidad.

 

Nozick: la libertad antes que la igualdad

Robert Nozick respondió desde otra perspectiva: el Estado no debe redistribuir la riqueza para crear igualdad. La justicia consiste en respetar los derechos individuales y aquello que cada persona adquiere legítimamente.

Para él, una sociedad libre permitiría múltiples formas de vida distintas, sin imponer un único modelo de justicia.

 

La pregunta que permanece

Después de siglos de debate, ninguna teoría ha cerrado definitivamente la discusión. Pero todas giran alrededor de la misma inquietud:

¿Somos individuos completamente separados… o partes de una comunidad donde el destino de otros también nos pertenece?

Tal vez la justicia no consista en elegir entre individuo o comunidad, sino en encontrar un equilibrio donde la libertad personal y la responsabilidad colectiva puedan coexistir.

Porque la pregunta antigua sigue viva:

¿Soy el guardián de mi hermano… o simplemente su vecino?

 

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