(Buss Mitchell Hellen, Raíces de sabiduría)
Una reflexión breve sobre
justicia y sociedad
“¿Acaso soy yo el guardián de
mi hermano?” — Génesis 4:9
Vivimos en una época que nos enseña algo desde pequeños: cada persona es responsable de sí misma. Si triunfas, es por tu esfuerzo; si fracasas, debes buscar la explicación dentro de ti. El éxito parece mérito personal y la dificultad, un problema individual.
Pero no todas las culturas han
pensado así.
Durante siglos, muchas sociedades
entendieron la vida como una tarea compartida. En comunidades tradicionales
—desde pueblos europeos hasta culturas indígenas americanas— la tierra, el
trabajo y la supervivencia eran asuntos colectivos. Alimentar al hambriento o
cuidar al enfermo no era caridad: era simplemente lo normal.
Hoy, en cambio, el individualismo
domina nuestra forma de pensar. Vivimos rodeados de vecinos cuyos nombres no
conocemos y aprendemos a competir antes que a cooperar. Entonces surge una
pregunta inevitable: ¿hasta qué punto somos responsables unos de otros?
¿Qué es una sociedad justa?
Las preguntas sobre justicia
nacen precisamente aquí.
¿Debe cada persona recibir según
su mérito?
¿Todos empiezan realmente con las
mismas oportunidades?
¿Es justo hablar de igualdad
cuando las condiciones de vida son tan distintas?
La filosofía lleva más de dos mil
años intentando responder estas preguntas.
Los griegos: la armonía del
conjunto
Para Platón, una sociedad justa
era como un organismo bien coordinado: cada persona debía cumplir la función
para la que estaba mejor preparada. La justicia no consistía en que todos
hicieran lo mismo, sino en que cada parte contribuyera a la armonía del todo.
Aristóteles, más práctico,
pensaba que la clave estaba en el equilibrio: una sociedad estable debía educar
ciudadanos capaces de vivir juntos y buscar el bien común.
Para ambos, la comunidad era más
importante que el individuo aislado.
El utilitarismo: la felicidad
de la mayoría
Siglos después, pensadores como
Jeremy Bentham y John Stuart Mill propusieron una idea distinta: una sociedad
justa es aquella que produce más felicidad y menos sufrimiento para el mayor
número de personas.
Mill añadió algo esencial: no
todos los placeres son iguales. Los placeres intelectuales y humanos tienen
mayor valor que los meramente físicos, y una sociedad progresa cuando amplía
las capacidades de sus miembros —incluyendo, por ejemplo, la igualdad entre
hombres y mujeres.
Marx: cuando la justicia
depende de la economía
Karl Marx observó la revolución
industrial y llegó a otra conclusión: no puede existir justicia si las
estructuras económicas producen desigualdad constante.
Para él, el trabajador moderno se
había vuelto extraño a su propio trabajo. Ya no creaba algo propio, sino que
vendía su tiempo mientras otros acumulaban riqueza. La injusticia no era un
problema moral individual, sino estructural.
Rawls: imaginar sin saber
quién eres
En el siglo XX, John Rawls
propuso un experimento mental brillante: imaginar que diseñamos la sociedad sin
saber qué lugar ocuparemos en ella —ricos o pobres, sanos o enfermos,
privilegiados o vulnerables.
Desde ese “velo de ignorancia”,
elegiríamos reglas justas para todos.
Su conclusión fue sencilla pero
poderosa:
- todos deben tener las mismas libertades básicas;
- las desigualdades solo son aceptables si benefician
también a los menos favorecidos.
La justicia, entonces, es
imparcialidad.
Nozick: la libertad antes que
la igualdad
Robert Nozick respondió desde
otra perspectiva: el Estado no debe redistribuir la riqueza para crear
igualdad. La justicia consiste en respetar los derechos individuales y aquello
que cada persona adquiere legítimamente.
Para él, una sociedad libre
permitiría múltiples formas de vida distintas, sin imponer un único modelo de
justicia.
La pregunta que permanece
Después de siglos de debate,
ninguna teoría ha cerrado definitivamente la discusión. Pero todas giran
alrededor de la misma inquietud:
¿Somos individuos completamente
separados… o partes de una comunidad donde el destino de otros también nos
pertenece?
Tal vez la justicia no consista
en elegir entre individuo o comunidad, sino en encontrar un equilibrio donde la
libertad personal y la responsabilidad colectiva puedan coexistir.
Porque la pregunta antigua sigue
viva:
¿Soy el guardián de mi
hermano… o simplemente su vecino?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario