Disciplina, poder y la
silenciosa fabricación de la obediencia
Un día en preescolar la maestra
dio una instrucción aparentemente sencilla:
—Pueden traer arcilla o hilo y
aguja para coser.
Al día siguiente ocurrió algo
predecible. Los niños llevaron arcilla. Las niñas llevaron aguja e hilo. Bueno…
casi todos.
Un niño llegó con aguja.
Las risas comenzaron rápido. Un compañero lo señaló, llamó a otros, y en pocos segundos el salón entero parecía haber decidido que algo estaba mal. La maestra intervino y, restablecido el orden, explicó con naturalidad:
—Juan Carlos, es normal que los
niños traigan arcilla y las niñas aguja. La clase continuó. Pero quedó flotando
una pregunta invisible: ¿Quién decide lo que es normal?
La normalidad no nace, se
fabrica
La palabra normal viene de
norma: una regla que mide, clasifica y corrige.
Michel Foucault observó que la
sociedad moderna ya no gobierna principalmente mediante castigos visibles, como
ocurría en épocas antiguas. El poder cambió de estrategia. Ya no necesita
imponer miedo constantemente.
Ahora produce normalidad.
La escuela, el hospital, la
familia, el trabajo: todos funcionan como espacios donde aprendemos cómo
debemos comportarnos, pensar y hasta desear. No se trata solo de enseñar
conocimientos. Se trata de formar sujetos obedientes a ciertas expectativas
sociales. La disciplina no grita. La disciplina educa.
El poder que no parece poder
Para Foucault, el poder más
eficaz es aquel que no se percibe como imposición.
Cuando los niños se burlan del
compañero no están obedeciendo una orden explícita. Nadie les dijo que rieran.
Sin embargo, todos saben intuitivamente qué comportamiento es aceptable y cuál
no.
El control ya está interiorizado.
El grupo vigila al individuo. El castigo no viene de arriba; viene de los
iguales.
Así funciona lo que Foucault
llamó sociedad disciplinaria: un sistema donde cada persona aprende a
observarse y corregirse a sí misma para encajar dentro de la norma.
No hace falta una autoridad
permanente cuando cada uno se convierte en su propio vigilante.
El sentido común como
tecnología de control
El poder moderno opera a través
del sentido común. Lo escuchamos todos los días:
—¿Cómo que no conoces esa
canción?
—¿Cómo que no viste esa serie?
—¿Cómo que no quieres lo que
todos quieren?
No parecen órdenes. Parecen
comentarios inocentes. Pero producen algo poderoso: el deseo de pertenecer.
Y pertenecer implica parecerse.
La normalización funciona
precisamente así: no prohíbe la diferencia, la vuelve incómoda.
La disciplina desde la
infancia
Desde pequeños aprendemos más que
contenidos escolares. Aprendemos posturas corporales, tonos de voz, gustos
aceptables, roles esperados.
Foucault diría que la escuela no
sólo transmite saberes; también fabrica cuerpos dóciles y útiles. Nos enseñan
cómo ser normales. Pero rara vez cómo cuestionar la norma.
No aprendemos cómo transformar la
realidad, sino cómo adaptarnos a ella.
Cuando lo normal se confunde
con lo bueno
El problema aparece cuando
olvidamos que toda norma es histórica. Lo que hoy parece natural ayer fue
impensable.
Hubo un tiempo en que era normal
excluir. Hubo un tiempo en que era normal obedecer sin preguntar. Hubo un
tiempo en que era normal que algunos no tuvieran voz.
La historia cambia cuando alguien
rompe la normalidad antes de que la sociedad esté lista para hacerlo.
Autonomía: el gesto
verdaderamente radical
Para Foucault, la libertad no
consiste simplemente en desobedecer reglas, sino en algo más profundo: examinar
cómo hemos sido formados por ellas.
La normalidad busca adhesión. La
disciplina busca conformidad. El poder busca previsibilidad.
La autonomía, en cambio, comienza
cuando una persona puede preguntarse: ¿Esto que hago lo elegí yo… o lo aprendí
para encajar?
Ser libre implica aceptar un
riesgo: el de no coincidir completamente con el sentido común. Porque quizá lo
contrario de la normalidad no sea la rebeldía. Tal vez sea la conciencia.
Y entonces la escena del salón
cambia de significado.
El niño con aguja e hilo ya no es
el extraño. Es el primero que, sin saberlo, mostró que la norma no es la
realidad… sino sólo una forma de organizarla.
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