jueves, 26 de febrero de 2026

¿QUÉ ES LO NORMAL?

 



Disciplina, poder y la silenciosa fabricación de la obediencia

Un día en preescolar la maestra dio una instrucción aparentemente sencilla:

—Pueden traer arcilla o hilo y aguja para coser.

Al día siguiente ocurrió algo predecible. Los niños llevaron arcilla. Las niñas llevaron aguja e hilo. Bueno… casi todos.

Un niño llegó con aguja.

Las risas comenzaron rápido. Un compañero lo señaló, llamó a otros, y en pocos segundos el salón entero parecía haber decidido que algo estaba mal. La maestra intervino y, restablecido el orden, explicó con naturalidad:

—Juan Carlos, es normal que los niños traigan arcilla y las niñas aguja. La clase continuó. Pero quedó flotando una pregunta invisible: ¿Quién decide lo que es normal?

 

La normalidad no nace, se fabrica

La palabra normal viene de norma: una regla que mide, clasifica y corrige.

Michel Foucault observó que la sociedad moderna ya no gobierna principalmente mediante castigos visibles, como ocurría en épocas antiguas. El poder cambió de estrategia. Ya no necesita imponer miedo constantemente.
Ahora produce normalidad.

La escuela, el hospital, la familia, el trabajo: todos funcionan como espacios donde aprendemos cómo debemos comportarnos, pensar y hasta desear. No se trata solo de enseñar conocimientos. Se trata de formar sujetos obedientes a ciertas expectativas sociales. La disciplina no grita. La disciplina educa.

El poder que no parece poder

Para Foucault, el poder más eficaz es aquel que no se percibe como imposición.

Cuando los niños se burlan del compañero no están obedeciendo una orden explícita. Nadie les dijo que rieran. Sin embargo, todos saben intuitivamente qué comportamiento es aceptable y cuál no.

El control ya está interiorizado. El grupo vigila al individuo. El castigo no viene de arriba; viene de los iguales.

Así funciona lo que Foucault llamó sociedad disciplinaria: un sistema donde cada persona aprende a observarse y corregirse a sí misma para encajar dentro de la norma.

No hace falta una autoridad permanente cuando cada uno se convierte en su propio vigilante.

El sentido común como tecnología de control

El poder moderno opera a través del sentido común. Lo escuchamos todos los días:

—¿Cómo que no conoces esa canción?

—¿Cómo que no viste esa serie?

—¿Cómo que no quieres lo que todos quieren?

No parecen órdenes. Parecen comentarios inocentes. Pero producen algo poderoso: el deseo de pertenecer.

Y pertenecer implica parecerse.

La normalización funciona precisamente así: no prohíbe la diferencia, la vuelve incómoda.

La disciplina desde la infancia

Desde pequeños aprendemos más que contenidos escolares. Aprendemos posturas corporales, tonos de voz, gustos aceptables, roles esperados.

Foucault diría que la escuela no sólo transmite saberes; también fabrica cuerpos dóciles y útiles. Nos enseñan cómo ser normales. Pero rara vez cómo cuestionar la norma.

No aprendemos cómo transformar la realidad, sino cómo adaptarnos a ella.

Cuando lo normal se confunde con lo bueno

El problema aparece cuando olvidamos que toda norma es histórica. Lo que hoy parece natural ayer fue impensable.

Hubo un tiempo en que era normal excluir. Hubo un tiempo en que era normal obedecer sin preguntar. Hubo un tiempo en que era normal que algunos no tuvieran voz.

La historia cambia cuando alguien rompe la normalidad antes de que la sociedad esté lista para hacerlo.

Autonomía: el gesto verdaderamente radical

Para Foucault, la libertad no consiste simplemente en desobedecer reglas, sino en algo más profundo: examinar cómo hemos sido formados por ellas.

La normalidad busca adhesión. La disciplina busca conformidad. El poder busca previsibilidad.

La autonomía, en cambio, comienza cuando una persona puede preguntarse: ¿Esto que hago lo elegí yo… o lo aprendí para encajar?

Ser libre implica aceptar un riesgo: el de no coincidir completamente con el sentido común. Porque quizá lo contrario de la normalidad no sea la rebeldía. Tal vez sea la conciencia.

Y entonces la escena del salón cambia de significado.

El niño con aguja e hilo ya no es el extraño. Es el primero que, sin saberlo, mostró que la norma no es la realidad… sino sólo una forma de organizarla.

 

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