Mi hermana ha intentado convencerme de irme al PAN. Unos
amigos aseguran que el PRI “ya no es como antes”. Mi vecina insiste en que
Movimiento Ciudadano es el futuro. Y mi esposa, con argumentos bastante sólidos
—lo admito—, cree que debería apoyar a Morena.
Así que, para sobrevivir a reuniones familiares, chats de WhatsApp y sobremesas potencialmente peligrosas, encontré una solución diplomática: le digo a todo el mundo que soy apartidista.
Funciona casi siempre. Nadie se enoja demasiado, la
conversación cambia de tema y podemos volver a hablar de cosas más pacíficas,
como el clima o el precio del aguacate.
Pero un día me quedé pensando: ¿y si esa respuesta, que
empezó como un escape elegante, en realidad decía algo verdadero sobre mí?
Porque ser apartidista no significa no tener ideas. Y
definitivamente no significa no tener convicciones. Y entonces me dije a mí
mismo:
Tengo que confesarte algo: soy apartidista.
No lo digo como quien se declara distante del mundo, sino
como quien intenta mirarlo sin lealtades previas. No pertenezco a un partido,
pero tampoco creo en la neutralidad moral. Porque hay momentos en los que no
tomar postura no es objetividad, sino comodidad.
No soy imparcial. Tengo una idea clara de lo que considero
justo.
Creo que todos deberíamos aspirar a los mismos derechos, no
como promesa retórica, sino como punto de partida real. Y quizá la pregunta más
antigua de la filosofía política siga siendo también la más incómoda: ¿qué
nos debemos unos a otros por el simple hecho de compartir el mundo?
El experimento invisible
El filósofo John Rawls propuso imaginar algo sencillo y
radical: construir una sociedad sin saber qué lugar ocuparíamos en ella. Sin
saber si naceríamos ricos o pobres, sanos o enfermos, privilegiados o
marginados. Lo llamó el velo de la ignorancia.
Detrás de ese velo —decía Rawls— elegiríamos reglas justas,
porque cualquiera podría terminar siendo el más vulnerable.
Si uno piensa honestamente en ese experimento, muchas
certezas cambian. Porque entonces el éxito deja de parecer exclusivamente
personal y empieza a revelar cuánto depende del azar: el país donde naciste, la
familia que te tocó, la escuela que pudiste pagar, el barrio que te protegió o
te expuso.
La suerte tiene más peso del que solemos admitir.
El mérito y sus condiciones
Sí, creo en el mérito. Creo en el esfuerzo sostenido, en la
disciplina, en la voluntad de mejorar. Negar el valor del esfuerzo humano sería
negar una parte esencial de nuestra libertad.
Pero también creo que el mérito sólo existe cuando las
condiciones mínimas son comparables.
Pierre Bourdieu mostró algo incómodo: que aquello que
llamamos “talento” muchas veces llega acompañado de ventajas invisibles
—capital cultural, redes sociales, códigos aprendidos desde la infancia— que
algunos reciben sin darse cuenta y otros nunca tienen oportunidad de adquirir.
No todos empiezan desde el mismo suelo, aunque la carrera
parezca la misma.
Cuando el punto de partida es desigual, el éxito corre el
riesgo de confundirse con herencia disfrazada de esfuerzo. Y entonces el mérito
deja de ser justicia para convertirse en relato.
La dignidad como límite
Mucho antes, Kant defendía que cada persona debía ser tratada
siempre como un fin en sí misma y nunca solo como un medio. Esa idea,
aparentemente abstracta, tiene consecuencias profundamente concretas.
Si cada ser humano posee dignidad, entonces ninguna vida
debería comenzar con menos valor social que otra. No debería importar el tono
de piel. No debería importar el apellido. No debería importar la familia en la
que naciste.
El futuro no debería venir preescrito por circunstancias que
nadie eligió. Porque si la dignidad es universal, también deberían serlo las
condiciones mínimas que permiten ejercerla.
La ilusión de la neutralidad
A veces confundimos imparcialidad con ausencia de compromiso.
Decimos que mantenerse neutral es ser racional. Pero cuando la desigualdad es
estructural, la neutralidad puede funcionar como una forma elegante de aceptar
el orden existente.
No intervenir también es una decisión. Cuando algunas
personas avanzan con caminos despejados y otras cargan obstáculos desde el
inicio, pedir indiferencia no crea equilibrio: lo preserva.
La filosofía política nunca trató realmente de elegir bandos,
sino de responder una pregunta moral básica: ¿qué tipo de desigualdades estamos
dispuestos a considerar legítimas?
Un mundo donde nacer no sea destino
No imagino un mundo idéntico ni uniforme. Las diferencias
humanas son inevitables y, en muchos sentidos, deseables. Habrá siempre
distintos talentos, elecciones y resultados.
La justicia no consiste en que todos lleguen al mismo lugar. Consiste
en que nadie quede excluido antes de empezar.
Que el esfuerzo tenga sentido. Que el talento encuentre
oportunidades reales. Que la movilidad social no sea una excepción celebrada
como milagro.
Un mundo justo no elimina la competencia; elimina las
condenas invisibles del origen.
Apartidista, pero con una convicción
Así que sí, soy apartidista. Pero hay algo que no negocio: la
dignidad humana y el piso parejo.
Si esa idea recibe etiquetas ideológicas, quizá el problema
no esté en la idea, sino en que todavía discutimos como posiciones políticas lo
que debería ser un acuerdo moral básico.
Tal vez la verdadera pregunta no sea a qué lado pertenece una
propuesta, sino algo más antiguo y más humano:
¿Qué derechos deberían estar garantizados para cualquiera,
incluso si mañana despertaras viviendo la vida de otro?
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