lunes, 25 de mayo de 2026

MOTOCICLETAS: ENTRE LA NECESIDAD Y EL CAOS

 

Hace unos quince años, ver una motocicleta en mi pueblo era casi un acontecimiento antropológico: uno levantaba la vista con la misma curiosidad con que se observa un ave migratoria fuera de temporada. No así en las vecinas y conurbadas Moroleón y Uriangato, donde las motocicletas ya eran parte del paisaje urbano, tan cotidianas como el pan dulce en la merienda.

Ahí circulaban con una libertad casi existencialista: en el sentido correcto, en el incorrecto, sobre la calle, sobre la banqueta, por la derecha, por la izquierda y, si la física lo permitía, quizá hasta por la cuarta dimensión. Si llevaban prisa —y siempre parecía que la llevaban— convertían cualquier espacio libre en vialidad legítima.

Recuerdo una charla con mi buen amigo Rigo, psicólogo y orgulloso hijo de Moroleón. Yo le confesaba mi inexplicable fobia a los perros. De niño, mis pesadillas tenían banda sonora de ladridos: me veía perseguido por caninos que surgían de todos los rincones, como acreedores del destino. Yo corría con desesperación, aceleraba el paso, pero en esa lógica cruel de los sueños avanzaba como si corriera dentro de melaza, quedando a merced de aquellas fauces imaginarias.

Rigo, con esa parsimonia clínica de quien disfruta encontrar traumas ajenos como arqueólogo del subconsciente, me preguntó:

—¿De niño frecuentabas pueblos o ranchos donde hubiera perros sueltos?

—Sí —respondí.

—Por ahí va el asunto. Si esas pesadillas persisten, habría que excavar más.

Luego añadió:

—Yo no soñaba con perros. Mi pesadilla era otra. Antes de cruzar una calle miraba a ambos lados; veía que no venía ningún coche, me lanzaba confiado… y entonces, de la nada, como aparición apocalíptica, emergía una motocicleta que me atropellaba. Caía al suelo, sin aire, y ahí despertaba.

Solté la carcajada.

—Tiene toda la lógica del mundo, Rigo. Cada quien fabrica sus monstruos con el material de su propia biografía.

Porque así somos: unos temen a los perros, otros a los motociclistas, y algunos más —los verdaderamente evolucionados— a las llamadas del banco.

Pero el tiempo, que todo democratiza, terminó trayéndonos la invasión de los vehículos de dos ruedas. Lo que antes era rareza ahora es un desfile perpetuo. Van serpenteando entre coches con la elegancia de una anguila con prisa, cargando uno, dos, tres pasajeros… o la familia completa en versión compacta: el padre al volante, la madre detrás, tres niños incrustados en medio y el mayorcito sosteniendo al bebé con una confianza que desafía tanto a Newton como al sentido común.

Las reglas de tránsito parecen, para muchos, simples sugerencias literarias. Se les ve en carreteras, calles y banquetas; con casco, sin casco, o con el casco colgando decorativamente del brazo, como quien lleva un accesorio de moda.

El semáforo merece capítulo aparte. Para el ciudadano promedio, el verde significa avanzar, el amarillo precaución y el rojo detenerse. Para cierto motociclista metafísico, en cambio, el verde significa “acelera como si te persiguiera el apocalipsis”; el amarillo, “todavía alcanzas”; y el rojo… bueno, el rojo es más bien una propuesta sujeta a interpretación personal.

Y estacionarse… ¡ah, estacionarse! Ahí despliegan una creatividad digna del urbanismo futurista. Encuentran acomodo en cualquier rendija molecular entre dos coches o, si la inspiración los visita, colonizan generosamente banquetas enteras, obligando al peatón a practicar parkour o resignarse a caminar por la calle.

A veces dan ganas de colocar un letrero patriótico que rece:

“Haz patria: llévate una moto.”

Pero el asunto deja de ser chistoso cuando recordamos la realidad: los accidentes en motocicleta son ya parte del paisaje cotidiano, y en carretera, con demasiada frecuencia, el desenlace no admite ironías.

Porque, al final, toda civilización revela su verdadera naturaleza en cómo se mueve. Y la nuestra, sospecho, ha decidido moverse con prisa… aunque no siempre sepa hacia dónde.

 

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