Hace unos quince años, ver una motocicleta en mi pueblo era casi un acontecimiento antropológico: uno levantaba la vista con la misma curiosidad con que se observa un ave migratoria fuera de temporada. No así en las vecinas y conurbadas Moroleón y Uriangato, donde las motocicletas ya eran parte del paisaje urbano, tan cotidianas como el pan dulce en la merienda.
Ahí
circulaban con una libertad casi existencialista: en el sentido correcto, en el
incorrecto, sobre la calle, sobre la banqueta, por la derecha, por la izquierda
y, si la física lo permitía, quizá hasta por la cuarta dimensión. Si llevaban
prisa —y siempre parecía que la llevaban— convertían cualquier espacio libre en
vialidad legítima.
Recuerdo
una charla con mi buen amigo Rigo, psicólogo y orgulloso hijo de Moroleón. Yo
le confesaba mi inexplicable fobia a los perros. De niño, mis pesadillas tenían
banda sonora de ladridos: me veía perseguido por caninos que surgían de todos
los rincones, como acreedores del destino. Yo corría con desesperación,
aceleraba el paso, pero en esa lógica cruel de los sueños avanzaba como si
corriera dentro de melaza, quedando a merced de aquellas fauces imaginarias.
Rigo,
con esa parsimonia clínica de quien disfruta encontrar traumas ajenos como
arqueólogo del subconsciente, me preguntó:
—¿De
niño frecuentabas pueblos o ranchos donde hubiera perros sueltos?
—Sí
—respondí.
—Por
ahí va el asunto. Si esas pesadillas persisten, habría que excavar más.
Luego
añadió:
—Yo
no soñaba con perros. Mi pesadilla era otra. Antes de cruzar una calle miraba a
ambos lados; veía que no venía ningún coche, me lanzaba confiado… y entonces,
de la nada, como aparición apocalíptica, emergía una motocicleta que me
atropellaba. Caía al suelo, sin aire, y ahí despertaba.
Solté
la carcajada.
—Tiene
toda la lógica del mundo, Rigo. Cada quien fabrica sus monstruos con el
material de su propia biografía.
Porque
así somos: unos temen a los perros, otros a los motociclistas, y algunos más
—los verdaderamente evolucionados— a las llamadas del banco.
Pero
el tiempo, que todo democratiza, terminó trayéndonos la invasión de los
vehículos de dos ruedas. Lo que antes era rareza ahora es un desfile perpetuo.
Van serpenteando entre coches con la elegancia de una anguila con prisa,
cargando uno, dos, tres pasajeros… o la familia completa en versión compacta:
el padre al volante, la madre detrás, tres niños incrustados en medio y el
mayorcito sosteniendo al bebé con una confianza que desafía tanto a Newton como
al sentido común.
Las
reglas de tránsito parecen, para muchos, simples sugerencias literarias. Se les
ve en carreteras, calles y banquetas; con casco, sin casco, o con el casco
colgando decorativamente del brazo, como quien lleva un accesorio de moda.
El
semáforo merece capítulo aparte. Para el ciudadano promedio, el verde significa
avanzar, el amarillo precaución y el rojo detenerse. Para cierto motociclista
metafísico, en cambio, el verde significa “acelera como si te persiguiera el
apocalipsis”; el amarillo, “todavía alcanzas”; y el rojo… bueno, el rojo es más
bien una propuesta sujeta a interpretación personal.
Y
estacionarse… ¡ah, estacionarse! Ahí despliegan una creatividad digna del
urbanismo futurista. Encuentran acomodo en cualquier rendija molecular entre
dos coches o, si la inspiración los visita, colonizan generosamente banquetas
enteras, obligando al peatón a practicar parkour o resignarse a caminar por la
calle.
A
veces dan ganas de colocar un letrero patriótico que rece:
“Haz
patria: llévate una moto.”
Pero
el asunto deja de ser chistoso cuando recordamos la realidad: los accidentes en
motocicleta son ya parte del paisaje cotidiano, y en carretera, con demasiada
frecuencia, el desenlace no admite ironías.
Porque,
al final, toda civilización revela su verdadera naturaleza en cómo se mueve. Y
la nuestra, sospecho, ha decidido moverse con prisa… aunque no siempre sepa
hacia dónde.
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