viernes, 27 de febrero de 2026

LA LETRA QUE NACIÓ ESPAÑOLA… Y TUVO QUE EMIGRAR, Historia curiosa de la Ç, la hija olvidada del castellano

 

Hay letras que viven tranquilas dentro de un idioma durante siglos. Y hay otras que nacen, reinan… y desaparecen.

La Ç—la cedilla— pertenece a esta segunda categoría: una letra que nació en el castellano, viajó por Europa, conquistó otros idiomas… y terminó expulsada de su propia casa.

Su historia es casi humana: nacimiento, gloria, exilio y supervivencia en tierras lejanas.

 

Una invención medieval hecha en España

Aunque hoy asociamos la ç al francés o al portugués, su origen está en la Península Ibérica.

Durante la Edad Media, los escribas que copiaban textos en escritura visigótica se enfrentaban a un problema: el castellano antiguo tenía un sonido que ya no existe hoy.

Era algo parecido a un “ts”, como la zz italiana de pizza.

Para representarlo, comenzaron escribiendo una z con una pequeña marca debajo. Con el tiempo, aquella z estilizada fue cambiando de forma hasta convertirse en una c con un pequeño gancho inferior.

Así nació la cedilla. No fue heredada del latín clásico. No llegó de Roma. Fue una solución gráfica creada por escribas hispánicos para un sonido nuevo.

En palabras simples: la ç es una invención medieval española.

 

Cuando las letras viajan más que las personas

Las lenguas romances estaban evolucionando al mismo tiempo, y la escritura medieval circulaba junto con manuscritos, comerciantes y universidades.

La nueva letra resultó útil. Pronto fue adoptada por otras lenguas:

Ø  Francés para suavizar la c ante a, o, u (garçon, façade).

Ø  Portugués donde sigue siendo esencial (coração, açaí).

Ø  Catalán conservándola como parte viva del sistema ortográfico.

Incluso el rumano, siglos después, desarrolló signos con coma inferior (ș, ț) inspirados gráficamente en esa idea: modificar letras mediante marcas inferiores.

La pequeña invención castellana se había vuelto internacional.

 

El gran cambio: cuando los sonidos desaparecen

Pero mientras la letra triunfaba fuera, algo profundo ocurría dentro del español. Entre los siglos XVI y XVII, el idioma sufrió una auténtica revolución fonética. Dos sonidos distintos comenzaron a fusionarse:

Ø  el sonido “ts” (representado por ç),

Ø  y el sonido “dz” (representado por z).

Al desaparecer la diferencia sonora, la letra dejó de tener función. El idioma ya no necesitaba distinguir lo que el oído ya no diferenciaba. Entonces ocurrió algo decisivo:

Ø  En el norte de España, el sonido evolucionó hacia la z interdental (la actual pronunciación española).

Ø  En el sur y en América, evolucionó hacia la s (el seseo).

La Ç quedó sin trabajo.

 

El decreto final: 1726

Cuando la Real Academia Española comenzó a fijar la ortografía moderna, tomó una decisión práctica:

Si el sonido ya no existe, la letra sobra. En la reforma ortográfica de 1726, la RAE eliminó oficialmente la cedilla del castellano, sustituyéndola por:

Ø  z, o

Ø  c delante de e e i.

Así, palabras antiguas como:

Ø  caça caza

Ø  façer hacer

La letra española desapareció… silenciosamente.

 

El viaje inesperado: Turquía

Pero la historia aún guardaba una sorpresa. En 1928, el líder turco Mustafa Kemal Atatürk decidió modernizar el país sustituyendo el alfabeto árabe por uno latino.

Los lingüistas turcos necesitaban símbolos para nuevos sonidos. Buscando entre alfabetos europeos encontraron una vieja conocida: la ç. Era perfecta para representar el sonido “ch”. Y así, siglos después de haber sido abandonada por el español, la cedilla encontró una nueva patria.

Hoy vive plenamente en palabras turcas como:

Ø  çay (té)

Ø  çiçek (flor)

Una letra medieval española convertida en ciudadana del mundo.

 

Epílogo — La memoria invisible de las letras

La historia de la ç nos recuerda algo fascinante: Los idiomas no son estructuras fijas. Son organismos vivos.

Las letras nacen porque las personas necesitan nombrar sonidos. Y mueren cuando esos sonidos dejan de existir.

El español perdió la ç no por descuido, sino porque evolucionó.

Sin embargo, cada vez que vemos un garçon francés, un coração portugués o un çay turco, estamos mirando un pequeño fósil del castellano antiguo.

Una letra que nació aquí… pero que el tiempo convirtió en viajera. Porque las palabras, igual que las personas, a veces deben marcharse para seguir viviendo.

 


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