Hay letras que viven tranquilas
dentro de un idioma durante siglos. Y hay otras que nacen, reinan… y
desaparecen.
La Ç—la cedilla—
pertenece a esta segunda categoría: una letra que nació en el castellano,
viajó por Europa, conquistó otros idiomas… y terminó expulsada de su propia
casa.
Su historia es casi humana: nacimiento, gloria, exilio y supervivencia en tierras lejanas.
Una invención medieval hecha
en España
Aunque hoy asociamos la ç
al francés o al portugués, su origen está en la Península Ibérica.
Durante la Edad Media, los
escribas que copiaban textos en escritura visigótica se enfrentaban a un
problema: el castellano antiguo tenía un sonido que ya no existe hoy.
Era algo parecido a un “ts”,
como la zz italiana de pizza.
Para representarlo, comenzaron
escribiendo una z con una pequeña marca debajo. Con el tiempo, aquella z
estilizada fue cambiando de forma hasta convertirse en una c con un pequeño
gancho inferior.
Así nació la cedilla. No fue
heredada del latín clásico. No llegó de Roma. Fue una solución gráfica creada
por escribas hispánicos para un sonido nuevo.
En palabras simples: la ç es una
invención medieval española.
Cuando las letras viajan más
que las personas
Las lenguas romances estaban
evolucionando al mismo tiempo, y la escritura medieval circulaba junto con
manuscritos, comerciantes y universidades.
La nueva letra resultó útil. Pronto
fue adoptada por otras lenguas:
Ø Francés
→ para suavizar la c
ante a, o, u (garçon, façade).
Ø Portugués
→ donde sigue siendo
esencial (coração, açaí).
Ø Catalán
→ conservándola como parte viva del
sistema ortográfico.
Incluso el rumano, siglos
después, desarrolló signos con coma inferior (ș,
ț) inspirados gráficamente en esa idea:
modificar letras mediante marcas inferiores.
La pequeña invención castellana
se había vuelto internacional.
El gran cambio: cuando los
sonidos desaparecen
Pero mientras la letra triunfaba
fuera, algo profundo ocurría dentro del español. Entre los siglos XVI y XVII,
el idioma sufrió una auténtica revolución fonética. Dos sonidos distintos
comenzaron a fusionarse:
Ø el
sonido “ts” (representado por ç),
Ø y
el sonido “dz” (representado por z).
Al desaparecer la diferencia
sonora, la letra dejó de tener función. El idioma ya no necesitaba distinguir
lo que el oído ya no diferenciaba. Entonces ocurrió algo decisivo:
Ø En
el norte de España, el sonido evolucionó hacia la z interdental (la actual
pronunciación española).
Ø En
el sur y en América, evolucionó hacia la s (el seseo).
La Ç quedó sin trabajo.
El decreto final: 1726
Cuando la Real Academia Española
comenzó a fijar la ortografía moderna, tomó una decisión práctica:
Si el sonido ya no existe, la
letra sobra. En la reforma ortográfica de 1726, la RAE eliminó
oficialmente la cedilla del castellano, sustituyéndola por:
Ø z,
o
Ø c delante de e e i.
Así, palabras antiguas como:
Ø caça
→ caza
Ø façer
→ hacer
La letra española desapareció…
silenciosamente.
El viaje inesperado: Turquía
Pero la historia aún guardaba una
sorpresa. En 1928, el líder turco Mustafa Kemal Atatürk decidió
modernizar el país sustituyendo el alfabeto árabe por uno latino.
Los lingüistas turcos necesitaban
símbolos para nuevos sonidos. Buscando entre alfabetos europeos encontraron una
vieja conocida: la ç. Era perfecta para representar el sonido “ch”.
Y así, siglos después de haber sido abandonada por el español, la cedilla
encontró una nueva patria.
Hoy vive plenamente en palabras
turcas como:
Ø çay
(té)
Ø çiçek
(flor)
Una letra medieval española
convertida en ciudadana del mundo.
Epílogo — La memoria invisible
de las letras
La historia de la ç nos recuerda
algo fascinante: Los idiomas no son estructuras fijas. Son organismos vivos.
Las letras nacen porque las
personas necesitan nombrar sonidos. Y mueren cuando esos sonidos dejan de
existir.
El español perdió la ç no por
descuido, sino porque evolucionó.
Sin embargo, cada vez que vemos
un garçon francés, un coração portugués o un çay turco,
estamos mirando un pequeño fósil del castellano antiguo.
Una letra que nació aquí… pero
que el tiempo convirtió en viajera. Porque las palabras, igual que las
personas, a veces deben marcharse para seguir viviendo.
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