(Refranero español)
Historia de un burro, un ingenuo y una verdad eterna
Hay dichos que nacen del ingenio.
Otros, del dolor.
Y algunos —los mejores— nacen de una sonrisa mezclada con compasión humana. Este
pertenece a estos últimos.
Dicen —aunque nadie se atreve a jurarlo— que el protagonista fue un hombre llamado el tío Cándido, vecino quizá de la antigua ciudad de Carmona, allá donde el sol andaluz cae despacio sobre los olivares y las historias se cuentan más que se escriben.
No sabemos si así lo bautizaron,
pero todos coincidían en algo: jamás existió hombre más merecedor de aquel
nombre.
Era bueno como el pan hasta el
exceso.
El hombre demasiado confiado
El tío Cándido poseía lo
suficiente para vivir sin apuros: un olivar heredado, una pequeña casa y un
corazón grande como la campiña. No tenía hijos, pero sí una naturaleza generosa
que le hacía tratar a todos como si fueran familia.
Era caritativo, amable y
profundamente inocente.
Tan buena vida llevaba que se
había vuelto rollizo y sonrosado. Para cuidar la salud, cuando visitaba su
olivar montaba sólo parte del camino en su hermoso burro y el resto lo hacía a
pie, llevando al animal sujeto del cabestro para no fatigarlo demasiado.
Porque incluso con los animales
era considerado. Y fue precisamente esa bondad la que llamó la atención
equivocada.
La burla de los estudiantes
Un día, unos estudiantes pobres y
bromistas —más inclinados a la travesura que al estudio— lo vieron caminar
distraído con el burro detrás.
Reconocieron enseguida su fama de
ingenuo. Y decidieron divertirse.
Mientras el tío Cándido caminaba
absorto en sus pensamientos, dos de ellos soltaron silenciosamente el cabestro
y se llevaron el animal. Otro, descarado y rápido de lengua, tomó el lugar del
burro y siguió caminando detrás de él, sosteniendo la cuerda.
Al cabo de unos pasos, tiró
suavemente. El tío Cándido volvió la cabeza… y en vez de su burro encontró a un
estudiante.
El muchacho suspiró
profundamente.
—¡Alabado sea el Todopoderoso!
—Por siempre bendito —respondió
Cándido, sin sospechar aún nada.
Entonces el joven comenzó una
historia extraordinaria.
Contó que había sido un
estudiante vicioso y desobediente, maldecido por su padre con estas palabras: “¡Eres
un asno!”. Y que, por castigo divino, se había transformado literalmente en
burro durante cuatro largos años… hasta que, gracias al arrepentimiento
paterno, acababa de recuperar su forma humana.
El tío Cándido escuchó
maravillado.
No dudó. No sospechó. No se
indignó. Se compadeció. Lo perdonó todo y lo animó a reconciliarse con su
padre, prometiendo además guardar el secreto para que nadie supiera que alguna
vez había sido burro.
Y regresó a casa… caminando solo.
Sin burro, pero feliz por haber ayudado a un alma redimida.
El reencuentro en la feria
Pasó el tiempo, y llegó la feria
de Mairena. El tío Cándido decidió comprar otro animal.
Un gitano le ofreció uno
magnífico. Cuando lo vio de cerca, el corazón le dio un vuelco.
Era su burro. El mismo. Las
mismas orejas, la misma mirada paciente. Entonces pensó, con profunda tristeza:
—Este pobre muchacho… no habrá
cambiado sus malas costumbres. Su padre lo habrá vuelto a maldecir.
Se acercó lentamente al animal,
inclinó la cabeza y le susurró al oído, con ternura más que con reproche:
—Quien no te conozca… que te
compre.
Y así nació el refrán.
Epílogo — La sabiduría que
llega tarde
El dicho no se burla realmente
del tío Cándido. Al contrario: lo honra. Porque todos, alguna vez, hemos sido
Cándido.
Todos hemos creído historias
imposibles porque queríamos creer en la bondad del otro. Todos hemos confundido
apariencia con verdad. Todos hemos aprendido —a veces demasiado tarde— que
conocer a alguien lleva tiempo, y que la ingenuidad tiene un precio.
El refrán no habla del engañado. Habla
del aprendizaje. “Quien no te conozca que te compre” no significa sólo cuidado
con los tramposos.
Significa algo más profundo: Que
la experiencia transforma la mirada. Que la inocencia perdida se convierte en
sabiduría. Y que hay verdades que sólo se comprenden después de haber confiado
demasiado.
Porque el mundo está lleno de
disfraces… pero también de corazones como el del tío Cándido, capaces de seguir
creyendo incluso después del engaño.
Y quizá —sólo quizá— el lenguaje
conservó su historia para recordarnos algo esencial: Ser ingenuo puede hacernos
perder un burro. Pero dejar de confiar puede hacernos perder algo mucho más
valioso.
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