viernes, 27 de febrero de 2026

QUIEN NO TE CONOZCA, QUE TE COMPRE

 


(Refranero español)

Historia de un burro, un ingenuo y una verdad eterna

Hay dichos que nacen del ingenio. Otros, del dolor.
Y algunos —los mejores— nacen de una sonrisa mezclada con compasión humana. Este pertenece a estos últimos.

Dicen —aunque nadie se atreve a jurarlo— que el protagonista fue un hombre llamado el tío Cándido, vecino quizá de la antigua ciudad de Carmona, allá donde el sol andaluz cae despacio sobre los olivares y las historias se cuentan más que se escriben.

No sabemos si así lo bautizaron, pero todos coincidían en algo: jamás existió hombre más merecedor de aquel nombre.

Era bueno como el pan hasta el exceso.

 

El hombre demasiado confiado

El tío Cándido poseía lo suficiente para vivir sin apuros: un olivar heredado, una pequeña casa y un corazón grande como la campiña. No tenía hijos, pero sí una naturaleza generosa que le hacía tratar a todos como si fueran familia.

Era caritativo, amable y profundamente inocente.

Tan buena vida llevaba que se había vuelto rollizo y sonrosado. Para cuidar la salud, cuando visitaba su olivar montaba sólo parte del camino en su hermoso burro y el resto lo hacía a pie, llevando al animal sujeto del cabestro para no fatigarlo demasiado.

Porque incluso con los animales era considerado. Y fue precisamente esa bondad la que llamó la atención equivocada.

 

La burla de los estudiantes

Un día, unos estudiantes pobres y bromistas —más inclinados a la travesura que al estudio— lo vieron caminar distraído con el burro detrás.

Reconocieron enseguida su fama de ingenuo. Y decidieron divertirse.

Mientras el tío Cándido caminaba absorto en sus pensamientos, dos de ellos soltaron silenciosamente el cabestro y se llevaron el animal. Otro, descarado y rápido de lengua, tomó el lugar del burro y siguió caminando detrás de él, sosteniendo la cuerda.

Al cabo de unos pasos, tiró suavemente. El tío Cándido volvió la cabeza… y en vez de su burro encontró a un estudiante.

El muchacho suspiró profundamente.

—¡Alabado sea el Todopoderoso!

—Por siempre bendito —respondió Cándido, sin sospechar aún nada.

Entonces el joven comenzó una historia extraordinaria.

Contó que había sido un estudiante vicioso y desobediente, maldecido por su padre con estas palabras: “¡Eres un asno!”. Y que, por castigo divino, se había transformado literalmente en burro durante cuatro largos años… hasta que, gracias al arrepentimiento paterno, acababa de recuperar su forma humana.

El tío Cándido escuchó maravillado.

No dudó. No sospechó. No se indignó. Se compadeció. Lo perdonó todo y lo animó a reconciliarse con su padre, prometiendo además guardar el secreto para que nadie supiera que alguna vez había sido burro.

Y regresó a casa… caminando solo. Sin burro, pero feliz por haber ayudado a un alma redimida.

 

El reencuentro en la feria

Pasó el tiempo, y llegó la feria de Mairena. El tío Cándido decidió comprar otro animal.

Un gitano le ofreció uno magnífico. Cuando lo vio de cerca, el corazón le dio un vuelco.

Era su burro. El mismo. Las mismas orejas, la misma mirada paciente. Entonces pensó, con profunda tristeza:

—Este pobre muchacho… no habrá cambiado sus malas costumbres. Su padre lo habrá vuelto a maldecir.

Se acercó lentamente al animal, inclinó la cabeza y le susurró al oído, con ternura más que con reproche:

Quien no te conozca… que te compre.

Y así nació el refrán.

 

Epílogo — La sabiduría que llega tarde

El dicho no se burla realmente del tío Cándido. Al contrario: lo honra. Porque todos, alguna vez, hemos sido Cándido.

Todos hemos creído historias imposibles porque queríamos creer en la bondad del otro. Todos hemos confundido apariencia con verdad. Todos hemos aprendido —a veces demasiado tarde— que conocer a alguien lleva tiempo, y que la ingenuidad tiene un precio.

El refrán no habla del engañado. Habla del aprendizaje. “Quien no te conozca que te compre” no significa sólo cuidado con los tramposos.

Significa algo más profundo: Que la experiencia transforma la mirada. Que la inocencia perdida se convierte en sabiduría. Y que hay verdades que sólo se comprenden después de haber confiado demasiado.

Porque el mundo está lleno de disfraces… pero también de corazones como el del tío Cándido, capaces de seguir creyendo incluso después del engaño.

Y quizá —sólo quizá— el lenguaje conservó su historia para recordarnos algo esencial: Ser ingenuo puede hacernos perder un burro. Pero dejar de confiar puede hacernos perder algo mucho más valioso.

 


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