Como diría aquella canción: “¿Cómo
han pasado los años, cómo han cambiado las cosas?”
Recuerdo cuando México organizó el Mundial de Futbol de 1986, en aquellos tiempos en que estos eventos todavía eran accesibles para el pueblo de a pie. Para llevar a mis dos hijos al Estadio Azteca tuve que vender mi televisión y una consola, no lo niego, pero al final pude estar ahí, sentado en las gradas donde alguna vez filmó su famoso comercial la legendaria chica Chiquitibum de Carta Blanca.
Hoy la situación es muy distinta.
Si quisiera repetir la experiencia y llevar ahora a mis hijos y a mis nietos al
estadio, probablemente tendría que vender la casa, el coche y quizá hasta
hipotecar al perro.
La FIFA logró una hazaña que
parecía imposible: convertir una fiesta popular en un lujo de alta gama. El
futbol, que alguna vez fue un deporte de unidad y convivencia, parece ahora
diseñado para que la afición lo contemple desde lejos, preferentemente por
televisión y pagando sus respectivas suscripciones.
Lo más curioso es que hasta los
dueños de los palcos, esos que diría López Obrador son los famosos fifís,
terminaron perjudicados. Y no precisamente por los temidos “comunistas de la
4T”, sino por la propia FIFA. Esa FIFA voraz que llegó exigiendo que en México
se obedecieran primero sus reglamentos y después, si quedaba tiempo, la
legislación mexicana.
Así, los propietarios de palcos
se encontraron con la sorpresa de que ya no podían introducir libremente
alimentos. La razón era sencilla: los mismos organizadores querían venderlos. Y
no cualquier cosa. Por la módica cantidad de 700 mil pesos para doce personas
durante los cuatro partidos disputados en el Azteca, el afortunado consumidor
puede acceder a un menú de primer nivel compuesto por alitas, hamburguesas,
tablas de quesos, carnes frías y vinos importados.
Figúrese nomás.
Mi tía, por esa misma cantidad,
les serviría durante los 365 días del año tlayudas, sopes, tlacoyos, pulque y,
los domingos, birria recién hecha. Y todavía le sobraría presupuesto para
bailarles el Jarabe Tapatío acompañada de mariachi. Aunque si el cliente fuera
más moderno, también podría interpretar El Sinaloense con banda
incluida.
Pero bueno, estas situaciones
surrealistas parecen ser una especialidad nacional. Secuelas, quizá, del
presidente más guapo que hemos tenido, quien permitió a la FIFA hacer negocios
en México prácticamente libres de impuestos, con la amable comprensión de
ciertos medios de comunicación privados; esos mismos que siempre dicen la
puritita verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Y ya que hablamos de
espectáculos, qué decir de los comentaristas deportivos, esos filósofos de la
cancha que estudiaron comunicación directamente en los vestidores. Ellos nos
explican, con admirable convicción, que lo mejor para el futbol mexicano es exportar
a nuestros mejores jugadores a Europa.
La teoría es conmovedora: los
futbolistas se van, triunfan en el extranjero y todos debemos sentirnos
orgullosos. Tan orgullosos, de hecho, que nos quedamos aquí viendo una Liga MX
donde cada vez es más difícil encontrar a los que destacaban. Pero no importa,
porque según nos explican, es por nuestro propio bien.
La lógica me recuerda a las
famosas fresas de Irapuato. Las mejores se exportan a Estados Unidos y aquí
consumimos las que no alcanzaron visa. Total, para qué cambiar una tradición
nacional. Al fin y al cabo, llevamos décadas perfeccionando el arte de enviar
lo mejor al extranjero y quedarnos celebrando que nos dejaron las sobras.
Y así han pasado los años. El
futbol sigue siendo negocio, la FIFA sigue cobrando, los comentaristas siguen
explicando por qué todo es maravilloso y nosotros seguimos recordando aquellos
tiempos en que para ir al Mundial bastaba vender una televisión. Hoy, en
cambio, hay que vender el patrimonio familiar completo.
Eso sí: el espectáculo está
garantizado.
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