Un instrumento con aspecto
elegante... y carácter rebelde
El bouzouki parece una mezcla
entre una guitarra y una mandolina. Tiene un largo mástil lleno de trastes y
una caja de resonancia en forma de pera, construida con numerosas láminas de
madera curvadas que le dan una apariencia refinada y casi aristocrática.
Pero no se deje engañar por su
elegancia.
Durante mucho tiempo fue el
instrumento de los barrios populares, de los marineros, de los trabajadores y
de los personajes bohemios que llenaban las tabernas del puerto de Atenas y del
Pireo.
Su sonido es brillante, metálico
y penetrante. Puede ser alegre como una fiesta junto al mar o melancólico como
un amor perdido. De hecho, los griegos suelen decir que el bouzouki puede hacer
reír y llorar en la misma canción.
Una historia que comenzó mucho
antes de Grecia
Aunque hoy se considera uno de
los símbolos musicales de Grecia, sus antepasados vienen de muy lejos.
Los expertos creen que desciende
de antiguos laúdes orientales que viajaron por Asia Menor y el Imperio Otomano
durante siglos. Uno de sus parientes más cercanos es el saz turco, un
instrumento de cuello largo utilizado desde hace centenares de años.
Cuando miles de refugiados
griegos llegaron desde Asia Menor tras la guerra greco-turca de 1922, llevaron
consigo sus costumbres, canciones e instrumentos. Entre ellos estaba el
antepasado directo del bouzouki moderno.
A partir de entonces comenzó una
transformación que convertiría a aquel instrumento emigrante en uno de los
mayores símbolos nacionales de Grecia.
El rey del rebetiko
Si el bouzouki tuviera una
biografía, el capítulo más emocionante sería su relación con el rebetiko.
El rebetiko es una especie de
"blues griego". Nació en los puertos y barrios populares, y sus
canciones hablaban de amores imposibles, pobreza, nostalgia, aventuras y
personajes marginales.
En las décadas de 1930 y 1940, el
gran maestro Markos Vamvakaris convirtió el bouzouki en la voz principal de
este género.
Muchos sectores conservadores
veían aquella música con desconfianza. Sin embargo, cuanto más intentaban
ignorarla, más popular se volvía.
Como suele ocurrir con las
expresiones auténticas del pueblo, terminó conquistando a toda la nación.
De las tabernas al cine
mundial
La fama internacional llegó en la
década de 1960 gracias a la película Zorba the Greek.
La música compuesta por Mikis
Theodorakis y el célebre baile de Zorba hicieron que millones de personas
asociaran inmediatamente el sonido del bouzouki con Grecia.
Desde entonces, el instrumento
pasó de las pequeñas tabernas a los grandes escenarios internacionales.
¿Cuántas cuerdas tiene?
Aquí viene una curiosidad.
Originalmente, el bouzouki tenía
tres órdenes dobles de cuerdas (seis cuerdas en total agrupadas de dos en dos).
A este modelo se le llama trichordo.
Más tarde apareció el tetrachordo,
con cuatro órdenes dobles (ocho cuerdas), que permitía tocar armonías más
complejas y facilitaba la interpretación de música moderna.
Los músicos griegos todavía
debaten cuál es mejor, algo parecido a las discusiones entre guitarristas sobre
la guitarra clásica y la acústica.
El primo irlandés
Lo más curioso es que el bouzouki
emigró nuevamente.
En los años sesenta algunos
músicos irlandeses quedaron fascinados por su sonido y adaptaron el instrumento
a la música celta.
Así nació el bouzouki irlandés,
hoy muy común en grupos de música tradicional de Irlanda y Escocia. Tiene una
caja más plana y afinaciones diferentes, pero conserva ese sonido brillante y
mágico que lo hace inconfundible.
¿Por qué enamora tanto?
Porque tiene una personalidad
única.
La guitarra puede ser íntima. El
violín puede ser apasionado. La flauta puede ser delicada.
El bouzouki, en cambio, parece
contar historias. Cada nota tiene algo de viaje, de puerto antiguo, de mar, de
nostalgia y de celebración.
Es un instrumento capaz de
acompañar una canción de amor, una danza frenética o una melodía que haga
imaginar islas blancas frente a un mar azul imposible.
Y quizá por eso, cuando uno
escucha un buen bouzouki, entiende inmediatamente por qué los griegos lo
consideran mucho más que un instrumento: es una parte de su alma musical.
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