Dicen que en todas las casas
mexicanas existe un cajón destinado a guardar "por si algún día se
ofrece". Nadie sabe quién lo inauguró, pero ahí terminan una llave que ya
no abre ninguna puerta, tres pilas descargadas, un foco fundido "que todavía
puede servir", un cargador de un celular que dejó de existir cuando
todavía se vendían discos compactos y un tornillo que, según el dueño de la
casa, "ha de ser importante, porque estaba solito".
Pues bien, el idioma también tiene su cajón de los "por si acaso". Los lingüistas le llaman palabras baúl.
Y el nombre les queda como anillo
al dedo.
Porque son palabras donde cabe
todo.
Absolutamente todo.
La reina de ese reino es, sin
discusión alguna, la palabra cosa.
Los mexicanos hemos logrado
hazañas lingüísticas verdaderamente admirables con ella.
—Oye, pásame esa cosa.
—¿Cuál?
—Pues esa cosa que está encima de
la otra cosa, junto a aquella cosita.
Y, contra toda lógica, el
destinatario encuentra exactamente el objeto solicitado.
Si la UNESCO supiera este
prodigio de comunicación, ya nos habría declarado Patrimonio Cultural
Inmaterial de la Humanidad.
"Cosa" sirve para
designar un automóvil, un sartén, una enfermedad, una preocupación, una
noticia, un sentimiento, un aparato electrónico o el misterioso objeto que
lleva meses rodando debajo del asiento del coche.
Lo mismo puede uno decir:
—Traigo una cosa en el ojo.
que
—Me contó una cosa...
Y dependiendo del tono de voz,
aquello puede significar desde una pestaña hasta un escándalo familiar digno de
telenovela.
Pero la pobre "cosa" no
trabaja sola.
Tiene compañeros igual de
chambeadores.
Está el verbo hacer, que
parece empleado de confianza.
Uno hace de comer, hace
ejercicio, hace fila, hace corajes, hace tiempo, hace amigos, hace cuentas,
hace milagros y, cuando ya no encuentra qué hacer... hace como que trabaja.
Luego aparece tener, otro
mártir del idioma.
Tenemos frío, tenemos calor,
tenemos paciencia, tenemos hambre, tenemos coche, tenemos problemas, tenemos
esperanzas y hasta tenemos la culpa... aunque muchas veces sea del vecino.
Y qué decir del verbo haber.
"Hay" sirve para
anunciar desde una fiesta hasta el Apocalipsis.
—Hay tamales.
—Hay tráfico.
—Hay descuentos.
—Hay un perro bravo.
—Hay suegra.
No todas las noticias producen el
mismo entusiasmo.
Estas palabras son tan nobles que
nunca se quejan. Siempre están disponibles para sacarnos del apuro cuando la
palabra exacta decidió esconderse.
Porque, aceptémoslo, a todos nos
ha pasado.
Sabemos perfectamente qué
queremos decir, pero el nombre no aparece por ninguna parte.
Entonces comienza el espectáculo.
—Pásame... este... ¿cómo se
llama?... el... el... ese que sirve para... bueno, la cosa esa.
Y el interlocutor, que ya nos
conoce desde hace veinte años, responde con absoluta tranquilidad:
—¿El destapador?
—¡Ese mero!
Más que una conversación, aquello
parece un acto de telepatía.
Las palabras baúl no son enemigas
del idioma.
Al contrario.
Son el aceite que evita que la
conversación se amarre.
El problema empieza cuando les
dejamos hacer todo el trabajo.
Es como ese empleado de oficina
que termina haciendo el trabajo de ocho compañeros mientras los demás sólo
pasan a preguntarle la hora.
Nuestro idioma posee miles y
miles de palabras hermosas: utensilio, herramienta, artilugio, aparato,
cachivache, adminículo, artefacto, ocurrencia, peripecia, circunstancia...
Pero por pura comodidad
terminamos llamándolas a todas "cosa".
Y luego nos preguntamos por qué
nuestro vocabulario se volvió tan flaco.
Así que la próxima vez que vaya
usted a pronunciar esa respetabilísima palabra, haga una pequeña pausa.
Quizá descubra que en realidad
quería decir "linterna", "martillo", "cafetera",
"destornillador", "ocurrencia", "travesura",
"problema" o "milagro".
Y si no encuentra la palabra...
No se preocupe.
Siempre quedará la cosa esa.
Usted ya sabe cuál.
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