viernes, 7 de agosto de 2026

LAS PALABRAS BAÚL, ESE CLÓSET DONDE METEMOS TODO

 



Dicen que en todas las casas mexicanas existe un cajón destinado a guardar "por si algún día se ofrece". Nadie sabe quién lo inauguró, pero ahí terminan una llave que ya no abre ninguna puerta, tres pilas descargadas, un foco fundido "que todavía puede servir", un cargador de un celular que dejó de existir cuando todavía se vendían discos compactos y un tornillo que, según el dueño de la casa, "ha de ser importante, porque estaba solito".

Pues bien, el idioma también tiene su cajón de los "por si acaso". Los lingüistas le llaman palabras baúl.

Y el nombre les queda como anillo al dedo.

Porque son palabras donde cabe todo.

Absolutamente todo.

La reina de ese reino es, sin discusión alguna, la palabra cosa.

Los mexicanos hemos logrado hazañas lingüísticas verdaderamente admirables con ella.

—Oye, pásame esa cosa.

—¿Cuál?

—Pues esa cosa que está encima de la otra cosa, junto a aquella cosita.

Y, contra toda lógica, el destinatario encuentra exactamente el objeto solicitado.

Si la UNESCO supiera este prodigio de comunicación, ya nos habría declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

"Cosa" sirve para designar un automóvil, un sartén, una enfermedad, una preocupación, una noticia, un sentimiento, un aparato electrónico o el misterioso objeto que lleva meses rodando debajo del asiento del coche.

Lo mismo puede uno decir:

—Traigo una cosa en el ojo.

que

—Me contó una cosa...

Y dependiendo del tono de voz, aquello puede significar desde una pestaña hasta un escándalo familiar digno de telenovela.

Pero la pobre "cosa" no trabaja sola.

Tiene compañeros igual de chambeadores.

Está el verbo hacer, que parece empleado de confianza.

Uno hace de comer, hace ejercicio, hace fila, hace corajes, hace tiempo, hace amigos, hace cuentas, hace milagros y, cuando ya no encuentra qué hacer... hace como que trabaja.

Luego aparece tener, otro mártir del idioma.

Tenemos frío, tenemos calor, tenemos paciencia, tenemos hambre, tenemos coche, tenemos problemas, tenemos esperanzas y hasta tenemos la culpa... aunque muchas veces sea del vecino.

Y qué decir del verbo haber.

"Hay" sirve para anunciar desde una fiesta hasta el Apocalipsis.

—Hay tamales.

—Hay tráfico.

—Hay descuentos.

—Hay un perro bravo.

—Hay suegra.

No todas las noticias producen el mismo entusiasmo.

Estas palabras son tan nobles que nunca se quejan. Siempre están disponibles para sacarnos del apuro cuando la palabra exacta decidió esconderse.

Porque, aceptémoslo, a todos nos ha pasado.

Sabemos perfectamente qué queremos decir, pero el nombre no aparece por ninguna parte.

Entonces comienza el espectáculo.

—Pásame... este... ¿cómo se llama?... el... el... ese que sirve para... bueno, la cosa esa.

Y el interlocutor, que ya nos conoce desde hace veinte años, responde con absoluta tranquilidad:

—¿El destapador?

—¡Ese mero!

Más que una conversación, aquello parece un acto de telepatía.

Las palabras baúl no son enemigas del idioma.

Al contrario.

Son el aceite que evita que la conversación se amarre.

El problema empieza cuando les dejamos hacer todo el trabajo.

Es como ese empleado de oficina que termina haciendo el trabajo de ocho compañeros mientras los demás sólo pasan a preguntarle la hora.

Nuestro idioma posee miles y miles de palabras hermosas: utensilio, herramienta, artilugio, aparato, cachivache, adminículo, artefacto, ocurrencia, peripecia, circunstancia...

Pero por pura comodidad terminamos llamándolas a todas "cosa".

Y luego nos preguntamos por qué nuestro vocabulario se volvió tan flaco.

Así que la próxima vez que vaya usted a pronunciar esa respetabilísima palabra, haga una pequeña pausa.

Quizá descubra que en realidad quería decir "linterna", "martillo", "cafetera", "destornillador", "ocurrencia", "travesura", "problema" o "milagro".

Y si no encuentra la palabra...

No se preocupe.

Siempre quedará la cosa esa.

Usted ya sabe cuál.

 

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