viernes, 7 de agosto de 2026

TRES LECCIONES QUE ME SALIERON SORPRENDENTEMENTE BARATAS

 



Dicen que la experiencia es una maestra muy exigente: primero cobra y después enseña. Si eso es cierto, debo admitir que yo he tenido la fortuna de recibir algunos cursos intensivos a muy buen precio.

El hombre más agradecido del mundo

Hubo una época en que yo todavía no sabía hacer recargas telefónicas desde el celular. Así que, cuando necesitaba saldo, acudía a un establecimiento donde una señorita realizaba la operación.

Un día pedí una recarga de doscientos pesos. Le dicté el número con toda seguridad, pagué y me retiré convencido de que en unos minutos podría seguir hablando por teléfono.

Pasaron varios minutos y... nada.

Regresé al mostrador.

—¿Podría revisar qué pasó? Es que no me ha llegado la recarga.

La señorita verificó el comprobante y enseguida descubrió el problema.

—Aquí está el detalle. Usted dio un tres donde debía ir un dos.

Es decir, el saldo había llegado puntualmente... pero al teléfono de otra persona.

Con cierta esperanza pregunté:

—¿Y ahora qué hacemos?

La respuesta fue tan breve como desalentadora.

—Nada. Una vez hecha la recarga ya no puede recuperarse. Lo único que puede hacer es enviarle un mensaje al número que la recibió por error y pedirle, si quiere, que le haga una recarga a usted.

No perdía nada con intentarlo.

Escribí un mensaje explicando lo sucedido.

Al poco rato recibí la contestación.

Todavía la recuerdo porque pocas veces he visto una mezcla tan perfecta de sinceridad y descaro:

"Ni puedo regresarte el tiempo aire, pero si puedo darte sinceramente las gracias por la recarga".

Confieso que no supe si reírme o aplaudir la honestidad del hombre.

Desde entonces aprendí que, cuando uno se equivoca al marcar un número, siempre habrá alguien dispuesto a agradecer profundamente el error.


El curso de griego moderno



Hace algunos años viajé a la Ciudad de México.

Mientras caminaba por la calle vi un puesto donde vendían DVD piratas con cursos de inglés.

Como siempre he sentido curiosidad por los idiomas, me acerqué y pregunté:

—¿No tendrán un curso de griego moderno?

El vendedor respondió con una seguridad que inspiraba confianza.

—Claro que sí. Ahorita mismo voy por él.

Lo vi desaparecer por una puerta humilde que conducía a un callejón.

Aquello debió despertar mis sospechas.

No las despertó.

A los pocos minutos regresó sosteniendo un DVD cuya portada decía, escrita con plumón negro:

"Curso de griego moderno".

Lo compré sin pensarlo dos veces.

Regresé a Celaya orgulloso de mi hallazgo. Imaginaba que muy pronto estaría leyendo a los filósofos griegos en su idioma original.

Llegué a casa, introduje el DVD en la computadora...

...y descubrí que estaba completamente en blanco.

Ni una sola lección.

Ni un menú.

Ni siquiera un archivo perdido.

Nada.

Me quedé viendo el disco durante unos segundos y terminé soltando una carcajada.

Pensé:

—Bueno, Marcel, acabas de pagar trescientos pesos por aprender la primera palabra de griego.

La palabra era:

Desconfianza.


Las camisas milagrosas



Otra ocasión salía de la preparatoria cuando una camioneta se detuvo junto a mí.

Desde la ventanilla me llamaron con toda familiaridad.

—¡Oye! ¿Dónde te habías metido? ¡Hace mucho que no te veíamos!

Como he conocido a muchísima gente a lo largo de mi vida, pensé que quizá eran antiguos conocidos.

Me acerqué.

Uno de ellos comenzó a explicarme que acababan de entregar un lote de ropa y les habían sobrado varias camisas nuevas.

—La verdad queremos venderlas para irnos a echar unas cervezas. Mira, por ser tú, te dejamos tres camisas en trescientos pesos.

La frase "por ser tú" hizo estragos en mi capacidad de razonar.

Acepté inmediatamente.

Cuando ya tenía el dinero en la mano, vino la segunda ofensiva.

—Llévate otras tres.

Y ahí apareció ese viejo enemigo del sentido común: la ambición.

También las compré.

Todavía insistieron:

—¿No quieres más?

Afortunadamente, en ese momento mi cartera tuvo más criterio que mi cerebro.

—No, con esas tengo.

Me fui caminando feliz.

Tan feliz que por un momento pensé en entrar al templo para agradecerle a Dios aquella inesperada lluvia de bendiciones.

Pero las bendiciones suelen pedir paciencia.

Llegué a casa.

Abrí los paquetes.

Las camisas estaban viejas, usadas y algunas hasta carcomidas.

Me senté, respiré profundo y me dije a mí mismo:

—¡Ay, Marcel! No has evolucionado nada. Sigues reaccionando igual que esos monos a los que atrapan enseñándoles un plátano.

Desde entonces aprendí que la ambición tiene un extraño poder: consigue que uno vea seda donde solo hay harapos.

Y, curiosamente, esas camisas terminaron siendo la prenda más cara que jamás compré... porque el verdadero precio no fueron los seiscientos pesos, sino la lección de no dejar que la emoción piense por mí.

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