Pocas cosas hay tan pacíficas
durante el día como un cementerio.
Árboles, flores, pájaros, lápidas
antiguas y un silencio que hasta se agradece. Uno puede recorrerlo
tranquilamente, detenerse ante una inscripción curiosa y preguntarse quién
habrá sido aquel señor que murió en 1887.
Pero vuelva usted a las doce de
la noche.
El árbol que por la tarde parecía
muy bonito ahora tiene demasiadas ramas. La estatua del angelito ya no inspira
tanta ternura. Y aquella sombra junto al mausoleo, que seguramente es un
arbusto, parece tener sombrero.
Porque una cosa es decir a las
cuatro de la tarde:
—Yo no creo en fantasmas.
Y otra muy distinta repetirlo a medianoche, solo, en medio del camposanto.
¿Hay fantasmas en los
cementerios?
La respuesta científicamente
responsable es sencilla: hasta ahora no existe evidencia reproducible y
suficientemente sólida que demuestre que los espíritus de los muertos anden
apareciéndose entre las tumbas.
Pero eso no significa que sean
falsas todas las historias de personas que aseguran haber visto, oído o sentido
algo extraordinario.
Aquí conviene distinguir dos
afirmaciones que frecuentemente confundimos:
—Vi un fantasma.
—Vi algo que no pude explicar y
pensé que era un fantasma.
La diferencia parece pequeña,
pero es enorme.
Porque las experiencias extrañas
existen. Lo discutible es su explicación.
Cuando el cerebro completa lo
que los ojos apenas alcanzan a ver
Nuestro cerebro es una
extraordinaria máquina para reconocer formas. Tan extraordinaria que algunas
veces se entusiasma demasiado.
Vemos caras en las nubes, figuras
en las manchas de humedad y hasta rostros sorprendidos en ciertos enchufes
eléctricos.
Este fenómeno recibe el nombre de
pareidolia.
En un cementerio nocturno las
condiciones son ideales para ella: poca luz, formas irregulares, monumentos,
árboles, estatuas y sombras.
El cerebro recibe una imagen
incompleta y trata inmediatamente de interpretarla.
Una lápida alta puede convertirse
por un instante en un hombre.
Una rama que se mueve detrás de
una cruz puede parecer una mano.
Y una estatua femenina cubierta
por la oscuridad puede ocasionar que uno descubra capacidades atléticas que
hasta entonces desconocía poseer.
Todo depende de dónde suene el
ruido
La expectativa modifica muchísimo
nuestra percepción.
Supongamos que estamos
tranquilamente comprando unas carpetas en Office Depot y de pronto
escuchamos un golpecito detrás de nosotros.
Pensamos:
—Se cayó una caja.
Volteamos, comprobamos que
efectivamente alguna cosa se cayó y seguimos buscando las carpetas.
Ahora pongamos exactamente el
mismo ruido a las doce de la noche en un cementerio.
Tac.
Detrás de nosotros. Ya no
pensamos:
—Se cayó una caja.
Pensamos:
—¿QUIÉN ANDA AHÍ?
Y si además diez minutos antes el
velador nos contó que precisamente en ese lugar se aparece un sepulturero
muerto en 1893, aquel sencillo tac adquiere inmediatamente nombre,
apellido, fecha de defunción y probablemente hasta causa de muerte.
El ruido es exactamente el mismo.
Lo que cambió fue nuestra cabeza.
Un cementerio posee una enorme
carga simbólica. Sabemos que debajo de nosotros hay personas muertas. Leemos
sus nombres. Vemos sus fotografías. Conocemos sus fechas de nacimiento y
defunción.
Por eso entramos psicológicamente
preparados para interpretar cualquier acontecimiento extraño dentro de ese
contexto.
En Office Depot se cayó una caja.
En el panteón, don Eustaquio no descansa en paz. La misteriosa
sensación de que «hay alguien aquí» Pero existe un fenómeno bastante más
interesante.
Personas perfectamente sanas han
relatado sentir con absoluta claridad la presencia de alguien a su lado
aunque no puedan verlo.
La psicología y las neurociencias
estudian este fenómeno como sensed presence, o sensación de presencia.
También aparecen experiencias
semejantes durante el duelo.
Una viuda puede despertarse
convencida de que su marido está acostado junto a ella. Alguien puede creer
haber escuchado la voz de su madre fallecida llamándolo desde otra habitación.
Otros aseguran haber visto durante unos segundos a la persona querida sentada
en su lugar habitual.
Y esto es importante: tener
una experiencia semejante no significa necesariamente padecer un trastorno
mental.
Puede formar parte de los
complejos mecanismos mediante los cuales nuestra mente procesa la ausencia, los
recuerdos y el duelo.
La experiencia puede haber sido
intensamente real para quien la vivió. Otra cuestión muy distinta es determinar
qué la produjo.
«Yo sé perfectamente lo que
vi»
Ésta es quizá una de las frases
más frecuentes en las historias de fantasmas. Y merece respeto.
Cuando alguien asegura haber
visto una figura atravesar un corredor, no necesitamos elegir únicamente entre
dos posibilidades:
- Vio realmente el espíritu de un muerto.
- Está mintiendo.
Existe una tercera: vio
realmente algo, pero no sabemos qué era.
Pudo tratarse de una ilusión
óptica, una persona, un animal, una sombra, un fenómeno relacionado con el
sueño o alguna circunstancia ambiental.
O quizá nunca podremos saberlo. Y
reconocer que no sabemos es perfectamente válido.
El problema comienza cuando
transformamos automáticamente lo desconocido en sobrenatural.
—No encontramos explicación.
—Entonces era un fantasma.
No necesariamente. Eso
equivaldría a decir:
—No encuentro mis lentes.
—Entonces se los llevó un duende.
Aunque, después de media hora
buscándolos y descubrir que los llevábamos puestos, quizá el duende resulte una
explicación menos humillante.
Los ruidos también tienen
vocación de fantasma
Los edificios antiguos crujen. La
madera se dilata y contrae. El viento entra por lugares insospechados. Las
tuberías vibran. Las ramas rozan paredes y ventanas. Los animales nocturnos
producen sonidos sorprendentemente humanos.
Y nuestro oído también
interpreta. Un sonido indistinto puede parecernos un murmullo. Dos ruidos
sucesivos pueden convertirse en pasos.
Incluso los sonidos de muy baja
frecuencia —los llamados infrasonidos— han sido estudiados por su
posible relación, en determinadas circunstancias, con sensaciones de inquietud
o malestar.
Esto tampoco significa que
hayamos encontrado «la frecuencia de los fantasmas».
Simplemente demuestra que nuestro
ambiente puede influir en cómo nos sentimos y percibimos un lugar.
Entonces, ¿todo es
imaginación?
Tampoco podemos afirmar eso. Ese
sería justamente el error contrario. Podemos explicar muchos relatos mediante
fenómenos conocidos, pero no tenemos información suficiente para reconstruir
cada experiencia extraña que alguien haya vivido.
Una persona puede decir:
—Vi una figura junto a aquella
tumba. Caminó unos metros, desapareció detrás de un mausoleo y cuando fui a
mirar ya no había nadie.
¿Qué ocurrió? No lo sabemos. Quizá
había una explicación perfectamente ordinaria que el testigo no alcanzó a
descubrir.
Pero si no disponemos de más
datos, lo intelectualmente correcto no es afirmar «era un fantasma» ni tampoco
asegurar «se lo imaginó».
La respuesta más sensata es mucho
menos espectacular: no sabemos qué vio. Y curiosamente ese pequeño
territorio de lo desconocido es precisamente lo que ha mantenido vivas las
historias de fantasmas durante siglos.
Los fantasmas también forman
parte de nuestra cultura
Supongamos incluso que ningún
fantasma haya existido jamás. Las leyendas sí existen. Y eso ya las vuelve
interesantes.
Un personaje querido muere y poco
después comienzan a decir que todavía se aparece. Un antiguo vigilante continúa
recorriendo el lugar. Una señora sigue asomándose a determinada ventana. Un
minero muerto vuelve a escucharse trabajando en el socavón.
Esas historias dicen mucho sobre
la relación de una comunidad con sus muertos.
Un ejemplo precioso lo tenemos en
el Panteón Inglés de Real del Monte, donde la tradición popular terminó
atribuyendo apariciones al viejo cuidador don Chencho, Inocencio
Hernández Lara.
Durante décadas conoció y contó
las historias de los ingleses enterrados allí. Después murió y fue sepultado en
el mismo cementerio que había custodiado.
¿Qué hizo entonces la leyenda? Le
renovó el contrato. Según el cuento popular, don Chencho continúa rondando
por ahí.
Después de tantos años cuidando
el panteón, aparentemente nadie tuvo el valor de avisarle que ya podía
retirarse.
¿Creemos o no creemos?
No tenemos pruebas científicas
suficientes para afirmar que los muertos regresen.
Tenemos, en cambio, explicaciones
bastante convincentes para muchos fenómenos: pareidolia, sugestión, memoria,
duelo, percepción incompleta, estados entre sueño y vigilia, sonidos
ambientales y esa fascinante sensación de presencia.
Tenemos también fraudes,
exageraciones y cuentos que mejoran considerablemente después de haber sido
narrados veinte veces.
Pero tenemos asimismo
experiencias sinceras cuyo origen, por falta de información, quizá nunca
podamos determinar.
Y ahí conviene resistir dos
tentaciones igualmente fáciles.
La primera es creer cualquier
historia porque nos emociona.
La segunda, burlarnos de
cualquier experiencia simplemente porque no sabemos explicarla.
Entre ambas existe una postura
mucho más interesante:
la curiosidad.
Podemos recorrer tranquilamente
los cementerios antiguos, leer sus lápidas, disfrutar sus leyendas y asegurar
con toda la confianza que proporciona la luz del día que los fantasmas no
existen.
Eso sí: si alguna noche estamos
solos en un panteón y vemos que detrás de una lápida sale lentamente un señor
transparente vestido de 1870, tampoco es necesario quedarse a discutir
epistemología con él.
Uno puede salir corriendo. La
ciencia exige pruebas. Pero tampoco exige que las busquemos a medianoche.
Porque, como dice aquel viejo
refrán que resume admirablemente nuestra valentía ante lo sobrenatural:
«Yo no creo en fantasmas...
pero de haberlos, haylos».
Y por si acaso, cuando salga del
cementerio, cierre usted bien la reja. No vaya a ser que salga uno detrás.
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