Hay historias de fantasmas que
comienzan como deben comenzar las buenas historias de fantasmas: un cementerio,
una casa abandonada, una noche de tormenta, una puerta que se abre sola.
Pero existe otra clase de relato
mucho más inquietante.
No ocurre necesariamente de
noche. No necesita cementerios. Ni cadenas. Ni siquiera necesita que usted crea
en fantasmas.
Imagine algo mucho más sencillo.
Está usted tranquilamente en su
casa y de pronto ve a una persona conocida. Quizá de pie junto a una puerta.
Quizá atravesando una habitación. Quizá solamente durante un instante.
La reconoce. No hay duda de quién
es. Después desaparece.
Horas más tarde suena el
teléfono.
Y entonces le dicen que esa persona había muerto aproximadamente a la hora en que usted creyó verla.
Bienvenido a uno de los rincones
más incómodos de la historia de lo paranormal: las llamadas apariciones de
crisis.
El detalle que cambia
completamente la historia
En nuestro artículo anterior
hablábamos de las razones por las cuales alguien puede creer que ha visto un
fantasma.
Y muchas resultan bastante
comprensibles.
Si una persona acaba de perder a
su marido, piensa constantemente en él, duerme mal y una madrugada cree verlo
sentado al borde de la cama, podemos imaginar varios mecanismos psicológicos
capaces de producir aquella experiencia.
Pero las apariciones de crisis
introducen un ingrediente particularmente perturbador:
el testigo asegura no saber
todavía que la persona ha muerto.
Ahí cambia el juego.
Porque ya no podemos explicar tan
fácilmente la aparición diciendo que la noticia de la muerte condicionó al
observador.
Según estos relatos, la
aparición llegó primero.
La noticia llegó después.
Y es justamente ese orden el que
convirtió estas historias en objeto de curiosidad desde hace más de un siglo.
Una visita que dura apenas
unos segundos
Los relatos suelen compartir
características curiosamente sencillas. No aparece necesariamente un espectro
transparente diciendo:
—He venido desde el más allá para
comunicarte mi defunción.
Eso sería casi tranquilizador. Con
frecuencia la escena es mucho más cotidiana. Alguien cree ver a su hermano
entrando por una puerta.
Una mujer despierta y distingue a
su madre junto a la cama.
Un hombre ve durante unos
segundos a un viejo amigo sentado en una silla.
En ocasiones la figura parece
perfectamente normal.
Y luego ocurre algo extraño. No
responde. Se desvanece. Dobla una esquina y ya no está. O el testigo aparta la
vista durante un instante y, cuando vuelve a mirar, ha desaparecido.
Horas después llega la noticia. La
persona acaba de morir.
Y entonces un episodio que quizá
había parecido simplemente raro adquiere de golpe un significado aterrador.
El sueño que después nos hace
pensar
Existe una variante todavía más
común: los sueños.
Alguien sueña que muere un
conocido y días después esa persona efectivamente fallece.
Es inevitable estremecerse. Pero
aquí debemos tener especial cuidado.
Soñamos muchísimo más de lo que
recordamos. Durante una vida tenemos miles y miles de sueños, muchos de ellos
relacionados con familiares, amigos, enfermedades, accidentes, despedidas y
muertes.
La inmensa mayoría no coincide
posteriormente con nada. Y ésos los olvidamos.
Pero imaginemos que una noche
soñamos con la muerte de nuestro tío Roberto y tres días después recibimos la
noticia de que Roberto ha muerto.
Ése no se olvida jamás. Nuestra
memoria coloca inmediatamente ambos acontecimientos uno junto al otro:
sueño → muerte.
Y aparece una pregunta
inevitable:
—¿Habrá sido una premonición?
Puede haberlo sido, si aceptamos
esa posibilidad. Pero también puede haber ocurrido algo estadísticamente menos
emocionante y mucho más probable: una coincidencia.
Precisamente por eso resulta tan
sensata la actitud de quien ha tenido alguna experiencia semejante y dice:
—Fue muy extraño, pero
probablemente coincidió.
Eso no elimina lo inquietante del
recuerdo.
Simplemente evita convertir una
experiencia personal en una demostración de lo sobrenatural.
Porque una coincidencia puede ser
extraordinariamente impresionante sin dejar de ser coincidencia.
Pero ¿y si estaba despierto?
Aquí se pone más feo. Porque una
cosa es soñar con alguien. Otra es decir:
—Lo vi.
Ésa fue precisamente la clase de
testimonios que empezó a interesar seriamente a ciertos investigadores durante
el siglo XIX.
En 1882 se fundó en Gran Bretaña
la Society for Psychical Research, integrada por académicos, científicos
e intelectuales interesados en estudiar de manera sistemática fenómenos que
entonces se agrupaban bajo conceptos como telepatía, apariciones y experiencias
psíquicas.
No todos eran crédulos
espiritistas esperando que alguien moviera una mesa.
Precisamente intentaban averiguar
cuánto había de fraude, error, sugestión, coincidencia... y cuánto quedaba sin
explicar.
Una de las grandes recopilaciones
de aquella época fue Phantasms of the Living, publicada en 1886 por
Edmund Gurney, Frederic W. H. Myers y Frank Podmore.
El título resulta maravilloso: Fantasmas
de los vivos.
Porque muchos de los
protagonistas de aquellas apariciones ni siquiera estaban oficialmente muertos
cuando supuestamente fueron vistos.
Se encontraban muriendo,
gravemente enfermos o atravesando alguna situación crítica lejos del testigo.
El problema de las historias
demasiado perfectas
Ahora viene la cubetada de agua
fría. Tenemos un enorme problema cuando escuchamos:
—Mi abuela vio a su hermano
exactamente a las 3:17 de la madrugada y después supimos que había muerto
exactamente a las 3:17.
¿Se anotó la experiencia a las
3:17? ¿Hay un diario fechado? ¿Se lo contó inmediatamente a otra persona? ¿O la
historia se reconstruyó después de conocer la hora de la muerte?
Porque la memoria humana no
funciona como una cámara de video. Reconstruimos nuestros recuerdos. Sin mala
intención.
Con los años, «aquella noche»
puede convertirse en «a la misma hora».
«Me pareció ver a alguien» puede
convertirse en «vi claramente a mi hermano».
Y después de tres generaciones la
historia familiar termina siendo:
—Tu bisabuela estaba cosiendo
exactamente a las once y cuarenta y siete cuando apareció tu tío Hermenegildo
envuelto en una luz azul.
Hermenegildo, naturalmente,
llevaba muerto siete minutos.
Las buenas historias adquieren
detalles como los muebles adquieren polvo. Poco a poco.
Y luego está la ley de los
números enormes
Pensemos en millones de personas.
Todas soñando. Recordando amigos.
Confundiendo siluetas. Despertándose sobresaltadas. Pensando repentinamente en
alguien. Teniendo presentimientos. Y al mismo tiempo, todos los días, en algún
lugar del mundo, otras personas mueren.
Por pura probabilidad algunas
de esas experiencias terminarán coincidiendo de manera extraordinaria.
El problema consiste en
distinguir una coincidencia impresionante de un fenómeno genuinamente
inexplicable.
Y para eso necesitaríamos algo
que las historias antiguas casi nunca proporcionan:
un registro realizado antes de
conocer la muerte.
Por ejemplo: «Son las 2:35. Acabo
de ver a Pedro junto a mi cama.» Firmado, fechado y entregado inmediatamente a
varios testigos.
Después descubrimos que Pedro, a
quinientos kilómetros de distancia, murió a las 2:35. Eso sería muchísimo más
interesante científicamente. Pero normalmente poseemos el relato después del
acontecimiento. Y ahí empieza la incertidumbre.
Sin embargo...
Aquí llega ese incómodo sin
embargo que hace que estas historias se nieguen a morir.
No todas son fácilmente
descartables.
Existen testimonios en los que
aparentemente otras personas fueron informadas de la experiencia antes de
que llegara la noticia del fallecimiento.
Eso no demuestra que un espíritu
haya viajado de un lugar a otro. Puede haber errores en los horarios. Información
previa olvidada. Coincidencias. Alteraciones posteriores del relato. O
explicaciones que simplemente desconocemos. Pero cuando un testimonio está bien
documentado, resulta legítimo decir:
«Esto es extraño».
Y decir «esto es extraño» no
equivale a decir «esto demuestra la existencia del más allá».
Entre la incredulidad absoluta y
la credulidad absoluta existe una palabra magnífica: duda.
Ahora imagine que le ocurre a
usted
Y aquí es donde prefiero
abandonar por un momento las estadísticas.
Supongamos que esta noche se
despierta. Son las tres y cuarto. No sabe por qué abrió los ojos. La habitación
está oscura.
Entonces nota que hay alguien
junto a la puerta. Reconoce la silueta. Es una persona querida que vive en otra
ciudad. No parece amenazante. Ni siquiera habla. Solamente lo mira. Usted
enciende la lámpara. No hay nadie. Naturalmente piensa que estaba medio
dormido.
Mira el reloj.
3:17.
Por la mañana prepara café. A las
nueve suena el teléfono.
—Tengo que darte una noticia.
Y antes de que la otra persona
termine la frase usted siente algo muy desagradable en el estómago.
—Anoche murió...
Usted interrumpe:
—¿A qué hora?
Hay unos segundos de silencio al
otro lado.
—Como a las tres y cuarto.
Ahora dígame usted si en ese
momento se acordaría de la pareidolia, de la estadística y de Phantasms of
the Living.
Probablemente sí.
Pero después de prender todas
las luces de la casa. Entonces, ¿pueden los muertos despedirse?
No lo sabemos. Ésa es la
respuesta menos espectacular y quizá la más honrada.
No existe evidencia científica
suficiente para afirmar que una persona, en el momento de morir, pueda
proyectar su presencia ante alguien situado a kilómetros de distancia.
Pero sí existe una larga
tradición de relatos sobre experiencias de este tipo. Unas seguramente serán
coincidencias.
Otras habrán sido transformadas
por la memoria. Algunas serán sueños reinterpretados después.
Otras serán simples leyendas
familiares. Y quizá quede alguna para la cual nunca consigamos una explicación
satisfactoria.
Eso no demuestra nada
sobrenatural. Pero deja una pregunta deliciosamente incómoda. Porque resulta
muy fácil afirmar:
—Los muertos no regresan.
Lo difícil sería mantener la
misma serenidad si una madrugada alguien a quien queremos aparece
silenciosamente junto a nuestra cama...
...y a la mañana siguiente nos
llaman para decirnos que murió precisamente aquella noche. En ese caso yo
recomiendo conservar una actitud rigurosamente científica.
Anotar la hora. Anotar
exactamente lo ocurrido. Comprobar después todos los datos. Descartar cualquier
explicación ordinaria. Y solamente entonces formular una hipótesis.
Eso sí: todas esas anotaciones
pueden hacerse perfectamente con la luz encendida.
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