Hay palabras que, apenas las escuchamos, nos hacen sospechar
que alguien pretende examinarnos.
Prosopografía, por ejemplo.
Uno oye semejante palabrota y piensa que debe tratarse de alguna enfermedad de difícil diagnóstico:
—Señora, los análisis confirman nuestras sospechas: su marido
padece prosopografía aguda.
—¡Virgen Santísima! ¿Y eso se cura, doctor?
Afortunadamente, la prosopografía no mata a nadie. Aunque,
mal empleada, puede acabar con alguna amistad.
La etopeya tampoco es una medicina ni una isla griega, y el retrato
literario no requiere pintor, pinceles ni que uno permanezca tres horas sentado
sin moverse.
Las tres son maneras de describir a una persona.
Y aunque sus nombres parezcan reservados a escritores con
lentes, pipa y biblioteca de caoba, todos practicamos estas figuras literarias
con sorprendente naturalidad.
Especialmente cuando hablamos de alguien que acaba de
marcharse.
Primero, veamos la mercancía por fuera
Supongamos que llega un desconocido a una fiesta.
—¿Quién es el que acaba de entrar?
Y alguien contesta:
—Es aquel señor alto, gordito, medio calvo, de bigote, camisa
amarilla y unos lentes grandotes.
¡Prosopografía!
Así, sin dolor.
La prosopografía consiste precisamente en describir los
rasgos físicos de una persona: facciones, estatura, contextura, cabello, nariz,
ojos, piel y demás accidentes con que la naturaleza tuvo a bien mandarnos al
mundo.
Los escritores, naturalmente, pueden hacerlo con mayor
elegancia.
Cervantes, por ejemplo, cuando don Quijote describe a
Dulcinea, no se conforma con decir que era bonita. Aquello habría sido
demasiado poco para un enamorado. Sus cabellos son oro, sus cejas arcos del
cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales y sus dientes
perlas.
Enamorado el hombre, sí; corto de comparaciones, jamás.
Ahora bien, la prosopografía cotidiana suele ser bastante
menos poética:
—¿Te acuerdas de Roberto?
—¿Cuál Roberto?
—¡Hombre!, el chaparrito, barrigón, de lentes, que tiene unas
cejas como de secretario general de sindicato.
—¡Ah, Roberto! ¿Qué pasó con él?
Y ya está.
Gracias a una eficiente prosopografía hemos identificado a
Roberto sin necesidad de fotografía, credencial de elector ni reconocimiento de
huellas digitales.
Ahora vamos a verle el alma
Pero imaginemos que preguntamos:
—¿Y cómo es Roberto?
Esta vez nos contestan:
—Es buenísima persona. Muy trabajador, servicial,
tranquilo... aunque es tan agarrado que cuando invita un café procura que sea
en casa ajena.
Acabamos de pasar de la prosopografía a la etopeya.
La etopeya no se ocupa de la nariz de Roberto, ni de su
barriga ni de aquellas cejas sindicales. Se interesa por lo que lleva adentro:
su carácter, sus virtudes, defectos, sentimientos, costumbres y manera de
comportarse.
Un ejemplo delicioso: don Gumersindo, hombre afable,
servicial y compasivo que estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio por los
demás... siempre y cuando no le costase un real.
¡Qué extraordinaria criatura!
Se desvelaba por el prójimo, trabajaba por el prójimo, se
fatigaba por el prójimo...
Pero pagar por el prójimo ya le parecía meterse demasiado en
la vida privada de la gente.
Todos conocemos algún don Gumersindo.
Es aquel amigo que, cuando llega la cuenta en el restaurante,
experimenta repentinamente un enorme interés por el techo:
—Qué bonita lámpara tienen aquí...
Mientras los demás sacan la cartera.
Eso es precisamente lo maravilloso de la etopeya: unas
cuantas pinceladas psicológicas pueden presentarnos un personaje entero.
Cuando juntamos el envase con el contenido
Ahora hagamos el experimento completo:
—¿Quién es Roberto?
—Un hombre chaparrito y regordete, de bigote espeso y lentes
enormes. Siempre anda muy arreglado y camina deprisa, como si debiera dinero.
Es amable, trabajador y servicial, pero tiene fama de tacaño. Si alguna vez te
dice «yo invito», procura averiguar primero a qué.
Eso ya es un retrato literario.
Porque el retrato combina las dos cosas: lo que vemos y lo
que no vemos.
Nos dice cómo es físicamente el personaje y también cómo
piensa, siente o se comporta. Es una especie de espejo hecho de palabras: reúne
los rasgos físicos con los psicológicos y puede añadir detalles de vestimenta,
posesiones y conducta.
Dicho en términos menos académicos:
Prosopografía: cómo viene empacado.
Etopeya: qué trae adentro.
Retrato: el paquete completo.
En realidad llevamos toda la vida haciendo literatura
Lo curioso es que nadie necesita estudiar figuras literarias
para comenzar a utilizarlas.
Una madre puede decir:
—Mi hijo es alto, moreno y de ojos grandes.
Prosopografía.
Y treinta segundos después:
—Es muy noble, muy responsable y muy buen muchacho.
Etopeya.
Y si la conversación continúa otros cinco minutos:
—Nada más que deja los zapatos tirados, nunca encuentra las
llaves y para levantarse temprano hay que mandar una comisión negociadora.
Retrato.
Y probablemente uno bastante fiel.
También practicamos estas artes cuando tratamos de explicar
quién es alguien:
—¿Conoces a la nueva vecina?
—¿La güerita
de pelo corto?
Prosopografía.
—Sí. Parece muy seria, pero es simpatiquísima.
Etopeya.
—¡Ah, sí, ya sé quién es!
Retrato concluido. Caso cerrado.
El peligro de entusiasmarse
Naturalmente, describir personas requiere cierta prudencia.
Porque existe una frontera delicadísima entre hacer un
retrato literario y dedicarse al chisme profesional.
No es lo mismo escribir:
«Era un hombre reservado, de carácter desconfiado y poco
inclinado a revelar sus sentimientos».
que decir:
«Ese señor es un viejo metiche que no presta ni la escalera».
Aunque quizá estemos hablando exactamente del mismo
individuo.
Ahí entra el arte.
El buen escritor observa, selecciona y sugiere. No necesita
presentar un inventario como si estuviera describiendo mercancía decomisada en
la aduana.
Un detalle bien escogido puede decir muchísimo.
Un hombre que limpia sus zapatos tres veces al día nos está
contando algo de sí mismo.
Una señora que guarda en una cajita los moños de los regalos
nos cuenta otra cosa.
Y el señor que siempre llega al restaurante después de que
los demás han pedido y pregunta inocentemente:
—¿Ya ordenaron?
también nos está proporcionando material literario de primer
orden.
Así que no les tengamos miedo a los nombres
Etopeya.
Prosopografía.
Retrato.
Parecen términos complicados solamente mientras viven
encerrados en un libro de texto.
En cuanto los sacamos a pasear descubrimos que forman parte
de nuestra conversación cotidiana. Describimos cuerpos, caracteres, manías,
virtudes y defectos constantemente.
Los escritores simplemente aprendieron a hacerlo mejor.
La próxima vez que alguien te diga:
—¿Conoces a fulano?
y respondas:
—¿El señor alto, flaco, canoso, muy amable, que habla hasta
por los codos y jamás deja que nadie pague la cuenta?
puedes detenerte un instante y sentirte orgulloso.
Acabas de elaborar un retrato literario.
Eso sí: si agregas quién es su amante, cuánto debe en el
banco y por qué no se habla con su cuñado...
eso ya no es literatura.
Eso es otra materia.
Y de esa, curiosamente, casi todos llegamos al mundo con Edoctorado.
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