sábado, 8 de agosto de 2026

ETOPEYA, PROSOPOGRAFÍA Y RETRATO: EL NOBLE ARTE DE HABLAR DEL PRÓJIMO

 



Hay palabras que, apenas las escuchamos, nos hacen sospechar que alguien pretende examinarnos.

Prosopografía, por ejemplo.

Uno oye semejante palabrota y piensa que debe tratarse de alguna enfermedad de difícil diagnóstico:

—Señora, los análisis confirman nuestras sospechas: su marido padece prosopografía aguda.

—¡Virgen Santísima! ¿Y eso se cura, doctor?

Afortunadamente, la prosopografía no mata a nadie. Aunque, mal empleada, puede acabar con alguna amistad.

La etopeya tampoco es una medicina ni una isla griega, y el retrato literario no requiere pintor, pinceles ni que uno permanezca tres horas sentado sin moverse.

Las tres son maneras de describir a una persona.

Y aunque sus nombres parezcan reservados a escritores con lentes, pipa y biblioteca de caoba, todos practicamos estas figuras literarias con sorprendente naturalidad.

Especialmente cuando hablamos de alguien que acaba de marcharse.

Primero, veamos la mercancía por fuera

Supongamos que llega un desconocido a una fiesta.

—¿Quién es el que acaba de entrar?

Y alguien contesta:

—Es aquel señor alto, gordito, medio calvo, de bigote, camisa amarilla y unos lentes grandotes.

¡Prosopografía!

Así, sin dolor.

La prosopografía consiste precisamente en describir los rasgos físicos de una persona: facciones, estatura, contextura, cabello, nariz, ojos, piel y demás accidentes con que la naturaleza tuvo a bien mandarnos al mundo.

Los escritores, naturalmente, pueden hacerlo con mayor elegancia.

Cervantes, por ejemplo, cuando don Quijote describe a Dulcinea, no se conforma con decir que era bonita. Aquello habría sido demasiado poco para un enamorado. Sus cabellos son oro, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales y sus dientes perlas.

Enamorado el hombre, sí; corto de comparaciones, jamás.

Ahora bien, la prosopografía cotidiana suele ser bastante menos poética:

—¿Te acuerdas de Roberto?

—¿Cuál Roberto?

—¡Hombre!, el chaparrito, barrigón, de lentes, que tiene unas cejas como de secretario general de sindicato.

—¡Ah, Roberto! ¿Qué pasó con él?

Y ya está.

Gracias a una eficiente prosopografía hemos identificado a Roberto sin necesidad de fotografía, credencial de elector ni reconocimiento de huellas digitales.

Ahora vamos a verle el alma

Pero imaginemos que preguntamos:

—¿Y cómo es Roberto?

Esta vez nos contestan:

—Es buenísima persona. Muy trabajador, servicial, tranquilo... aunque es tan agarrado que cuando invita un café procura que sea en casa ajena.

Acabamos de pasar de la prosopografía a la etopeya.

La etopeya no se ocupa de la nariz de Roberto, ni de su barriga ni de aquellas cejas sindicales. Se interesa por lo que lleva adentro: su carácter, sus virtudes, defectos, sentimientos, costumbres y manera de comportarse.

Un ejemplo delicioso: don Gumersindo, hombre afable, servicial y compasivo que estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio por los demás... siempre y cuando no le costase un real.

¡Qué extraordinaria criatura!

Se desvelaba por el prójimo, trabajaba por el prójimo, se fatigaba por el prójimo...

Pero pagar por el prójimo ya le parecía meterse demasiado en la vida privada de la gente.

Todos conocemos algún don Gumersindo.

Es aquel amigo que, cuando llega la cuenta en el restaurante, experimenta repentinamente un enorme interés por el techo:

—Qué bonita lámpara tienen aquí...

Mientras los demás sacan la cartera.

Eso es precisamente lo maravilloso de la etopeya: unas cuantas pinceladas psicológicas pueden presentarnos un personaje entero.

Cuando juntamos el envase con el contenido

Ahora hagamos el experimento completo:

—¿Quién es Roberto?

—Un hombre chaparrito y regordete, de bigote espeso y lentes enormes. Siempre anda muy arreglado y camina deprisa, como si debiera dinero. Es amable, trabajador y servicial, pero tiene fama de tacaño. Si alguna vez te dice «yo invito», procura averiguar primero a qué.

Eso ya es un retrato literario.

Porque el retrato combina las dos cosas: lo que vemos y lo que no vemos.

Nos dice cómo es físicamente el personaje y también cómo piensa, siente o se comporta. Es una especie de espejo hecho de palabras: reúne los rasgos físicos con los psicológicos y puede añadir detalles de vestimenta, posesiones y conducta.

Dicho en términos menos académicos:

Prosopografía: cómo viene empacado.

Etopeya: qué trae adentro.

Retrato: el paquete completo.

En realidad llevamos toda la vida haciendo literatura

Lo curioso es que nadie necesita estudiar figuras literarias para comenzar a utilizarlas.

Una madre puede decir:

—Mi hijo es alto, moreno y de ojos grandes.

Prosopografía.

Y treinta segundos después:

—Es muy noble, muy responsable y muy buen muchacho.

Etopeya.

Y si la conversación continúa otros cinco minutos:

—Nada más que deja los zapatos tirados, nunca encuentra las llaves y para levantarse temprano hay que mandar una comisión negociadora.

Retrato.

Y probablemente uno bastante fiel.

También practicamos estas artes cuando tratamos de explicar quién es alguien:

—¿Conoces a la nueva vecina?

—¿La güerita de pelo corto?

Prosopografía.

—Sí. Parece muy seria, pero es simpatiquísima.

Etopeya.

—¡Ah, sí, ya sé quién es!

Retrato concluido. Caso cerrado.

El peligro de entusiasmarse

Naturalmente, describir personas requiere cierta prudencia.

Porque existe una frontera delicadísima entre hacer un retrato literario y dedicarse al chisme profesional.

No es lo mismo escribir:

«Era un hombre reservado, de carácter desconfiado y poco inclinado a revelar sus sentimientos».

que decir:

«Ese señor es un viejo metiche que no presta ni la escalera».

Aunque quizá estemos hablando exactamente del mismo individuo.

Ahí entra el arte.

El buen escritor observa, selecciona y sugiere. No necesita presentar un inventario como si estuviera describiendo mercancía decomisada en la aduana.

Un detalle bien escogido puede decir muchísimo.

Un hombre que limpia sus zapatos tres veces al día nos está contando algo de sí mismo.

Una señora que guarda en una cajita los moños de los regalos nos cuenta otra cosa.

Y el señor que siempre llega al restaurante después de que los demás han pedido y pregunta inocentemente:

—¿Ya ordenaron?

también nos está proporcionando material literario de primer orden.

Así que no les tengamos miedo a los nombres

Etopeya.

Prosopografía.

Retrato.

Parecen términos complicados solamente mientras viven encerrados en un libro de texto.

En cuanto los sacamos a pasear descubrimos que forman parte de nuestra conversación cotidiana. Describimos cuerpos, caracteres, manías, virtudes y defectos constantemente.

Los escritores simplemente aprendieron a hacerlo mejor.

La próxima vez que alguien te diga:

—¿Conoces a fulano?

y respondas:

—¿El señor alto, flaco, canoso, muy amable, que habla hasta por los codos y jamás deja que nadie pague la cuenta?

puedes detenerte un instante y sentirte orgulloso.

Acabas de elaborar un retrato literario.

Eso sí: si agregas quién es su amante, cuánto debe en el banco y por qué no se habla con su cuñado...

eso ya no es literatura.

Eso es otra materia.

Y de esa, curiosamente, casi todos llegamos al mundo con Edoctorado.

 

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