martes, 22 de septiembre de 2026

SOMOS UNA MELODÍA, NO UNA ESTATUA Sobre el tiempo, la belleza y aquello que permanece de nosotros

 



¿Qué somos mientras pasa el tiempo?

Hay una vieja pregunta que parece un juego de palabras y termina por meternos en honduras: ¿existe realmente el tiempo?

San Agustín confesaba que sabía perfectamente qué era el tiempo mientras nadie se lo preguntara; pero que, si alguien le pedía explicarlo, dejaba de saberlo. Y no era para menos.

El pasado fue, pero ya no es. El futuro será, pero todavía no es. Y el presente, que parece ser lo único verdaderamente existente, tiene una condición desconcertante: apenas intentamos atraparlo, ya se convirtió en pasado.

Parecería, entonces, que vivimos en un instante diminuto suspendido entre dos inmensidades inexistentes. Pero basta una flor para convertir este problema filosófico en algo cotidiano.

La gardenia que solamente existe ahora

Pensemos en una gardenia recién abierta después de una noche lluviosa. Está blanca, fresca, olorosa; todavía conserva algunas gotas de agua sobre los pétalos y nos parece una pequeña perfección de la naturaleza.

Hace una semana esa flor no existía. Había acaso un botón verde donde ahora está ella. Dentro de otra semana tampoco existirá como la vemos: estará marchita, habrá perdido su perfume y quizá sus pétalos hayan caído. Y, sin embargo, existe ahora.

¿Quiere decir su fugacidad que la gardenia es menos real?

Todo lo contrario. Quizá nuestro error consiste en imaginar que, para que algo sea verdaderamente real, debe permanecer. Pero la naturaleza parece decirnos otra cosa: existir no significa necesariamente permanecer.

La gardenia no deja de ser real porque mañana se marchite. El niño no fue menos real porque desapareciera para dejar sitio al adolescente, ni el joven deja de haber sido él mismo porque un día descubra canas en el espejo.

Y entonces aparece una pregunta bastante más inquietante:

¿Qué somos nosotros?

¿Cuál de todos ellos soy yo?

Imaginemos que colocamos sobre una mesa varias fotografías de una misma persona. En una aparece como niño de cinco años; en otra tiene quince; después veinticinco, cuarenta, sesenta y finalmente ochenta.

Los rostros pueden llegar a ser tan diferentes que un desconocido quizá ni siquiera adivinaría que pertenecen a la misma persona. Entonces preguntamos:

¿Cuál de todos ellos es el verdadero?

La respuesta más razonable parece ser también la más extraña: Todos.

El niño no era un borrador imperfecto del adulto que vendría después. Aquel niño era plenamente él. También lo fue el adolescente, lo es el adulto y lo será el anciano.

Esto nos obliga a distinguir dos cosas que solemos confundir: ser el mismo y permanecer igual. No son lo mismo. Quizá por eso una persona se parece más a una melodía que a una estatua.

Una estatua parece ser ella misma porque permanece. La melodía, en cambio, solamente puede existir cambiando. Cuando escuchamos la quinta nota, la primera ya desapareció; cuando llega la última, casi todas las anteriores han dejado de sonar. Y, sin embargo, hemos escuchado una sola canción.

Es más: si pretendiéramos conservar todas sus notas simultáneamente para evitar que desaparecieran, destruiríamos la melodía. Tal vez algo parecido ocurre con nosotros.

No somos una cosa inmóvil que accidentalmente sufre modificaciones. Somos una historia que se va desplegando en el tiempo. Nuestra identidad no consiste en no cambiar, sino en que todos esos cambios pertenecen a una misma vida.

«Ese soy yo»

Hay una experiencia muy sencilla que encierra todo este misterio. Una persona de setenta años encuentra una fotografía suya a los veinte. La mira y puede decir:

—Ese ya no soy yo.

Pero un instante después podría decir con idéntica verdad:

—Ese soy yo.

¿Cómo pueden ser ciertas ambas afirmaciones?

Porque cuando dice «ese ya no soy yo» está hablando de su aspecto presente: aquel cuerpo joven ya no existe de esa manera. Pero cuando dice «ese soy yo» está hablando de algo mucho más profundo: reconoce aquella juventud como parte inseparable de su propia existencia.

Quizá por eso sería más exacto decir: «Ese soy yo cuando tenía veinte años.»

No hemos expulsado de nuestra identidad al niño que fuimos simplemente porque ya no tenemos su cuerpo. Lo llevamos dentro de nuestra historia.

El extraño milagro del cine

El cine añadió a este misterio algo que nuestros antepasados jamás pudieron experimentar. Podemos ver una película mexicana de los años cuarenta y encontrarnos de pronto con María Félix, Dolores del Río, Jorge Negrete o Pedro Armendáriz.

 

 

No los vemos como figuras inmóviles en un retrato. Caminan. Hablan. Sonríen. Vuelven la cabeza. Sus ojos miran a otra persona. El viento les mueve el cabello. Entran por una puerta y salen por otra. Y nosotros sabemos que ese instante ocurrió hace ochenta años.

El cine consiguió así algo extraordinario: separó la apariencia de una persona del tiempo al que pertenecía.

Antes de la fotografía y del cine, la juventud desaparecía casi enteramente con quien la había poseído. Quedaba algún retrato pintado, alguna descripción, acaso una escultura. Ahora podemos contemplar el rostro joven de alguien mucho después de que esa juventud —e incluso la persona misma— haya desaparecido.

Por eso sucede algo curioso con las estrellas cinematográficas: nuestra memoria puede conservarlas en una edad que ya no tiene relación con el tiempo.

María Félix puede seguir entrando eternamente en aquella habitación. Jorge Negrete puede volver a cantar la misma canción. Nosotros envejecemos mientras ellos, dentro de la película, permanecen jóvenes. Pero solamente permanecen jóvenes para nosotros. Ellos siguieron viviendo.

Los que nunca envejecieron. Existe todavía otro fenómeno: las personas que murieron jóvenes. Alejandro Magno murió aproximadamente a los treinta y dos años. Por eso no existe un Alejandro anciano que simplemente hayamos olvidado. Alejandro nunca fue viejo. Su existencia completa contiene al niño, al adolescente y al joven conquistador, pero jamás al hombre de setenta años.

Algo semejante ocurre con tantas figuras históricas, artistas o personas de nuestra propia familia que murieron en plena juventud. La muerte parece haberlas detenido. Decimos:

—Siempre será joven.

Pero tampoco es exactamente cierto. No sigue siendo joven en algún lugar del tiempo. Sencillamente, su historia terminó siendo joven. Y nosotros conservamos su última imagen.

Heráclito y Parménides siguen discutiendo Esta dificultad nuestra no es nueva. Hace unos dos mil quinientos años, los filósofos griegos ya estaban peleándose con ella. A Heráclito se le atribuye la imagen del río en el que no podemos entrar dos veces, porque sus aguas están fluyendo continuamente. Todo cambia.

Parménides tomó el camino contrario: si algo verdaderamente «es», ¿cómo puede dejar de ser? ¿Cómo puede surgir algo de lo que no era? Su razonamiento lo llevó a desconfiar del cambio y a considerar que nuestros sentidos podían engañarnos acerca de la verdadera naturaleza del ser.

Dos milenios y medio después seguimos atrapados entre aquellas dos intuiciones. Nuestros ojos dicen: «Todo cambia.» Pero algo dentro de nosotros responde: «Y, sin embargo, sigo siendo yo.»

Quizá ninguno de los dos impulsos deba eliminar al otro.

El cambio es real. Nuestros cuerpos envejecen, nuestra manera de pensar se modifica, olvidamos cosas, aprendemos otras, perdemos personas, encontramos personas. Pero también existe una continuidad que permite reunir todos esos instantes bajo una palabra pequeñísima: yo.

La belleza y su pequeña tragedia. Esto se vuelve particularmente visible cuando hablamos de belleza. Vemos a una persona extraordinariamente hermosa a los veinte años y sentimos casi instintivamente el deseo absurdo de detenerla allí.

«¡Quédate así!» Pero no puede.

Dentro de treinta años aquella persona puede seguir siendo atractiva, incluso adquirir una belleza distinta, quizá más interesante. Pero aquella belleza concreta de los veinte años habrá desaparecido. Y eso no significa que haya sido falsa.

Una gardenia no necesita permanecer eternamente abierta para haber sido verdaderamente hermosa. Tal vez incluso una parte de su hermosura procede precisamente de que sabemos, aunque no lo pensemos conscientemente, que no durará.

Una flor de plástico puede conservar durante cincuenta años exactamente la misma forma y el mismo color. La gardenia verdadera tiene una mañana de esplendor y comienza después a marchitarse.

¿Preferiríamos por ello la de plástico?

Probablemente no. Hay una belleza particular en las cosas que pasan.

¿Somos entonces una ilusión?

Podríamos llevar todo esto al extremo y preguntarnos si acaso somos solamente una sucesión de apariencias: un niño que desaparece, sustituido por un adolescente; este por un joven; el joven por un adulto y finalmente por un anciano.

¿Dónde está entonces la persona?

Quizá la pregunta esté mal formulada. Buscamos a la persona como si debajo de todos esos cambios tuviera que existir una estatua inmutable. Y tal vez la persona sea precisamente la continuidad de todos ellos.

Volvamos a la melodía.

¿Dónde está una canción? ¿En la primera nota? No. ¿En la última? Tampoco. ¿En una nota intermedia? Mucho menos.

La canción existe en la relación y continuidad de todas ellas. Necesita que unas notas nazcan y otras desaparezcan para poder ser lo que es. Tal vez nuestra vida tenga algo de eso.

Somos el niño, el adolescente, el joven, el adulto y el anciano; somos lo que recordamos de ellos y también mucho de lo que hemos olvidado. Somos las personas que fuimos y aquella en la que nos estamos convirtiendo. Permanecer siendo nosotros mismos no exige permanecer iguales.

La gardenia, otra vez. Regresemos finalmente a aquella gardenia después de la lluvia. Podríamos lamentarnos porque dentro de una semana ya no estará. Pero también podemos acercarnos hoy, contemplarla y aspirar su perfume.

No necesita existir eternamente para justificar su existencia. Quizá nosotros tampoco. Puede que una parte importante de vivir consista precisamente en comprender que las cosas no necesitan durar para ser verdaderas, ni permanecer para haber sido nuestras.

Algún día alguien encontrará una fotografía nuestra. Quizá sonría al verla. Quizá diga: —Mira qué joven era.

Y nosotros ya no estaremos para explicar quién aparecía allí. Pero aquel instante habrá existido. Aquella persona fuimos nosotros.

Como fueron nuestros el niño que jugaba, el adolescente que soñaba, el joven que se enamoraba y el adulto que un día, al contemplar una flor o el rostro hermoso de alguien, se quedó pensando en todo esto. Porque acaso nuestra identidad no sea una estatua condenada a resistir intacta el paso del tiempo.

Quizá seamos algo bastante más hermoso:,una melodía que solamente puede ser ella misma mientras sus notas van pasando.

 

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