¿Qué somos mientras pasa el
tiempo?
Hay una vieja pregunta que parece
un juego de palabras y termina por meternos en honduras: ¿existe realmente el
tiempo?
San Agustín confesaba que sabía
perfectamente qué era el tiempo mientras nadie se lo preguntara; pero que, si
alguien le pedía explicarlo, dejaba de saberlo. Y no era para menos.
El pasado fue, pero ya no es. El futuro será, pero todavía no es. Y el presente, que parece ser lo único verdaderamente existente, tiene una condición desconcertante: apenas intentamos atraparlo, ya se convirtió en pasado.
Parecería, entonces, que vivimos
en un instante diminuto suspendido entre dos inmensidades inexistentes. Pero
basta una flor para convertir este problema filosófico en algo cotidiano.
La gardenia que solamente existe
ahora
Pensemos en una gardenia recién
abierta después de una noche lluviosa. Está blanca, fresca, olorosa; todavía
conserva algunas gotas de agua sobre los pétalos y nos parece una pequeña
perfección de la naturaleza.
Hace una semana esa flor no
existía. Había acaso un botón verde donde ahora está ella. Dentro de otra
semana tampoco existirá como la vemos: estará marchita, habrá perdido su
perfume y quizá sus pétalos hayan caído. Y, sin embargo, existe ahora.
¿Quiere decir su fugacidad que la
gardenia es menos real?
Todo lo contrario. Quizá nuestro
error consiste en imaginar que, para que algo sea verdaderamente real, debe
permanecer. Pero la naturaleza parece decirnos otra cosa: existir no significa
necesariamente permanecer.
La gardenia no deja de ser real
porque mañana se marchite. El niño no fue menos real porque desapareciera para
dejar sitio al adolescente, ni el joven deja de haber sido él mismo porque un
día descubra canas en el espejo.
Y entonces aparece una pregunta
bastante más inquietante:
¿Qué somos nosotros?
¿Cuál de todos ellos soy yo?
Imaginemos que colocamos sobre
una mesa varias fotografías de una misma persona. En una aparece como niño de
cinco años; en otra tiene quince; después veinticinco, cuarenta, sesenta y
finalmente ochenta.
Los rostros pueden llegar a ser
tan diferentes que un desconocido quizá ni siquiera adivinaría que pertenecen a
la misma persona. Entonces preguntamos:
¿Cuál de todos ellos es el
verdadero?
La respuesta más razonable parece
ser también la más extraña: Todos.
El niño no era un borrador
imperfecto del adulto que vendría después. Aquel niño era plenamente él.
También lo fue el adolescente, lo es el adulto y lo será el anciano.
Esto nos obliga a distinguir dos
cosas que solemos confundir: ser el mismo y permanecer igual. No son lo mismo. Quizá
por eso una persona se parece más a una melodía que a una estatua.
Una estatua parece ser ella misma
porque permanece. La melodía, en cambio, solamente puede existir cambiando.
Cuando escuchamos la quinta nota, la primera ya desapareció; cuando llega la
última, casi todas las anteriores han dejado de sonar. Y, sin embargo, hemos
escuchado una sola canción.
Es más: si pretendiéramos
conservar todas sus notas simultáneamente para evitar que desaparecieran,
destruiríamos la melodía. Tal vez algo parecido ocurre con nosotros.
No somos una cosa inmóvil que
accidentalmente sufre modificaciones. Somos una historia que se va desplegando
en el tiempo. Nuestra identidad no consiste en no cambiar, sino en que todos
esos cambios pertenecen a una misma vida.
«Ese soy yo»
Hay una experiencia muy sencilla
que encierra todo este misterio. Una persona de setenta años encuentra una
fotografía suya a los veinte. La mira y puede decir:
—Ese ya no soy yo.
Pero un instante después podría
decir con idéntica verdad:
—Ese soy yo.
¿Cómo pueden ser ciertas ambas
afirmaciones?
Porque cuando dice «ese ya no soy
yo» está hablando de su aspecto presente: aquel cuerpo joven ya no existe de
esa manera. Pero cuando dice «ese soy yo» está hablando de algo mucho más
profundo: reconoce aquella juventud como parte inseparable de su propia
existencia.
Quizá por eso sería más exacto
decir: «Ese soy yo cuando tenía veinte años.»
No hemos expulsado de nuestra
identidad al niño que fuimos simplemente porque ya no tenemos su cuerpo. Lo
llevamos dentro de nuestra historia.
El extraño milagro del cine
El cine añadió a este misterio
algo que nuestros antepasados jamás pudieron experimentar. Podemos ver una
película mexicana de los años cuarenta y encontrarnos de pronto con María
Félix, Dolores del Río, Jorge Negrete o Pedro Armendáriz.
No los vemos como figuras
inmóviles en un retrato. Caminan. Hablan. Sonríen. Vuelven la cabeza. Sus ojos
miran a otra persona. El viento les mueve el cabello. Entran por una puerta y
salen por otra. Y nosotros sabemos que ese instante ocurrió hace ochenta años.
El cine consiguió así algo
extraordinario: separó la apariencia de una persona del tiempo al que
pertenecía.
Antes de la fotografía y del
cine, la juventud desaparecía casi enteramente con quien la había poseído.
Quedaba algún retrato pintado, alguna descripción, acaso una escultura. Ahora
podemos contemplar el rostro joven de alguien mucho después de que esa juventud
—e incluso la persona misma— haya desaparecido.
Por eso sucede algo curioso con
las estrellas cinematográficas: nuestra memoria puede conservarlas en una edad
que ya no tiene relación con el tiempo.
María Félix puede seguir entrando
eternamente en aquella habitación. Jorge Negrete puede volver a cantar la misma
canción. Nosotros envejecemos mientras ellos, dentro de la película, permanecen
jóvenes. Pero solamente permanecen jóvenes para nosotros. Ellos siguieron
viviendo.
Los que nunca envejecieron. Existe
todavía otro fenómeno: las personas que murieron jóvenes. Alejandro Magno murió
aproximadamente a los treinta y dos años. Por eso no existe un Alejandro
anciano que simplemente hayamos olvidado. Alejandro nunca fue viejo. Su
existencia completa contiene al niño, al adolescente y al joven conquistador,
pero jamás al hombre de setenta años.
Algo semejante ocurre con tantas
figuras históricas, artistas o personas de nuestra propia familia que murieron
en plena juventud. La muerte parece haberlas detenido. Decimos:
—Siempre será joven.
Pero tampoco es exactamente
cierto. No sigue siendo joven en algún lugar del tiempo. Sencillamente, su
historia terminó siendo joven. Y nosotros conservamos su última imagen.
Heráclito y Parménides siguen
discutiendo Esta dificultad nuestra no es nueva. Hace unos dos mil quinientos
años, los filósofos griegos ya estaban peleándose con ella. A Heráclito se le
atribuye la imagen del río en el que no podemos entrar dos veces, porque sus
aguas están fluyendo continuamente. Todo cambia.
Parménides tomó el camino
contrario: si algo verdaderamente «es», ¿cómo puede dejar de ser? ¿Cómo puede
surgir algo de lo que no era? Su razonamiento lo llevó a desconfiar del cambio
y a considerar que nuestros sentidos podían engañarnos acerca de la verdadera
naturaleza del ser.
Dos milenios y medio después
seguimos atrapados entre aquellas dos intuiciones. Nuestros ojos dicen: «Todo
cambia.» Pero algo dentro de nosotros responde: «Y, sin embargo, sigo siendo
yo.»
Quizá ninguno de los dos impulsos
deba eliminar al otro.
El cambio es real. Nuestros
cuerpos envejecen, nuestra manera de pensar se modifica, olvidamos cosas,
aprendemos otras, perdemos personas, encontramos personas. Pero también existe
una continuidad que permite reunir todos esos instantes bajo una palabra
pequeñísima: yo.
La belleza y su pequeña tragedia.
Esto se vuelve particularmente visible cuando hablamos de belleza. Vemos a una
persona extraordinariamente hermosa a los veinte años y sentimos casi
instintivamente el deseo absurdo de detenerla allí.
«¡Quédate así!» Pero no puede.
Dentro de treinta años aquella
persona puede seguir siendo atractiva, incluso adquirir una belleza distinta,
quizá más interesante. Pero aquella belleza concreta de los veinte años habrá
desaparecido. Y eso no significa que haya sido falsa.
Una gardenia no necesita
permanecer eternamente abierta para haber sido verdaderamente hermosa. Tal vez
incluso una parte de su hermosura procede precisamente de que sabemos, aunque
no lo pensemos conscientemente, que no durará.
Una flor de plástico puede
conservar durante cincuenta años exactamente la misma forma y el mismo color.
La gardenia verdadera tiene una mañana de esplendor y comienza después a
marchitarse.
¿Preferiríamos por ello la de
plástico?
Probablemente no. Hay una belleza
particular en las cosas que pasan.
¿Somos entonces una ilusión?
Podríamos llevar todo esto al
extremo y preguntarnos si acaso somos solamente una sucesión de apariencias: un
niño que desaparece, sustituido por un adolescente; este por un joven; el joven
por un adulto y finalmente por un anciano.
¿Dónde está entonces la persona?
Quizá la pregunta esté mal
formulada. Buscamos a la persona como si debajo de todos esos cambios tuviera
que existir una estatua inmutable. Y tal vez la persona sea precisamente la
continuidad de todos ellos.
Volvamos a la melodía.
¿Dónde está una canción? ¿En la
primera nota? No. ¿En la última? Tampoco. ¿En una nota intermedia? Mucho menos.
La canción existe en la relación
y continuidad de todas ellas. Necesita que unas notas nazcan y otras
desaparezcan para poder ser lo que es. Tal vez nuestra vida tenga algo de eso.
Somos el niño, el adolescente, el
joven, el adulto y el anciano; somos lo que recordamos de ellos y también mucho
de lo que hemos olvidado. Somos las personas que fuimos y aquella en la que nos
estamos convirtiendo. Permanecer siendo nosotros mismos no exige permanecer
iguales.
La gardenia, otra vez. Regresemos
finalmente a aquella gardenia después de la lluvia. Podríamos lamentarnos
porque dentro de una semana ya no estará. Pero también podemos acercarnos hoy,
contemplarla y aspirar su perfume.
No necesita existir eternamente
para justificar su existencia. Quizá nosotros tampoco. Puede que una parte
importante de vivir consista precisamente en comprender que las cosas no
necesitan durar para ser verdaderas, ni permanecer para haber sido nuestras.
Algún día alguien encontrará una
fotografía nuestra. Quizá sonría al verla. Quizá diga: —Mira qué joven era.
Y nosotros ya no estaremos para
explicar quién aparecía allí. Pero aquel instante habrá existido. Aquella
persona fuimos nosotros.
Como fueron nuestros el niño que
jugaba, el adolescente que soñaba, el joven que se enamoraba y el adulto que un
día, al contemplar una flor o el rostro hermoso de alguien, se quedó pensando
en todo esto. Porque acaso nuestra identidad no sea una estatua condenada a
resistir intacta el paso del tiempo.
Quizá seamos algo bastante más
hermoso:,una melodía que solamente puede ser ella misma mientras sus notas van
pasando.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario