Discurso sobre las costumbres
que vienen, las que se quedan y las que, por mucho que las corran, vuelven por
su propio pie
Por un curioso observador de
las cosas humanas, que de difuntos sabe poco, pero de vivos espantadizos ha
conocido bastantes.
No sé yo qué particular desgracia persigue a los hombres, que apenas descubren una costumbre diferente de las suyas, ya se apresuran a condenarla como si el mismísimo Lucifer la hubiese traído en sus alforjas.
Y así sucede que, llegando los
últimos días de octubre, cuando los campos mexicanos se visten de flores
amarillas y las cocinas comienzan a despedir aromas de pan, chocolate y otros
consuelos del estómago, aparecen por calles y escuelas ciertos personajes de
espantosa catadura: brujas, vampiros, esqueletos y demonios de ocasión, que por
más horribles que parezcan no buscan llevarse las almas de los cristianos, sino
conseguir algunos caramelos.
No falta entonces quien,
escandalizado, exclame:
—¡Esto es una vergüenza! ¡Se
están perdiendo nuestras tradiciones!
Y yo, que siempre he desconfiado
de quienes se apresuran a declarar perdido aquello que todavía no se han tomado
la molestia de conocer, me pregunto:
—¿Y cuáles son, señores míos,
esas tradiciones tan puras que jamás recibieron influencia de pueblo alguno?
Porque si vamos a examinar sus
antecedentes, mucho me temo que acabaremos descubriendo que hasta nuestras
costumbres más queridas tienen parientes extranjeros.
De cómo los muertos tenían
diferentes caminos
Mucho antes de que los españoles
pusieran pie en las tierras de Anáhuac, sus habitantes ya se ocupaban de los
muertos con una diligencia que habría causado admiración a cualquier sacristán
de Castilla.
Los antiguos mexicas creían que,
después de la muerte, las almas emprendían distintos caminos, no tanto por
haber sido buenas o malas, sino por las circunstancias en que habían abandonado
este mundo.
Algunos marchaban al Mictlán,
otros al Tlalocan, y ciertos difuntos alcanzaban destinos relacionados con el
Sol.
No era, pues, el Mictlán un
infierno semejante al que predicaban nuestros frailes, aunque más de un
religioso, empeñado en encontrar al demonio hasta debajo de las piedras,
quisiera interpretarlo de aquella manera.
Y tampoco debe creerse que todos
los pueblos de estas tierras pensaban lo mismo, pues mayas, zapotecas,
purépechas y mexicas tenían sus propias maneras de comprender la muerte.
También celebraban ceremonias
dedicadas a sus difuntos, aunque no necesariamente en las fechas que hoy
acostumbramos.
De cómo llegaron los españoles
y comenzaron a mezclarse las costumbres
Cuando los españoles arribaron a
estas tierras, trajeron consigo sus santos, sus cruces, sus campanas y sus
celebraciones religiosas.
Entre ellas figuraban la
solemnidad de Todos los Santos, el primero de noviembre, y la conmemoración de
los Fieles Difuntos, el día siguiente.
Y como los habitantes de estas
tierras tampoco estaban dispuestos a olvidar de un plumazo las costumbres de
sus mayores, comenzó un largo proceso de encuentros, adaptaciones y
transformaciones.
Con el correr de los siglos
aparecieron las ofrendas que hoy conocemos, donde conviven el copal, las flores
de cempasúchil, los alimentos, los crucifijos, las imágenes religiosas y las
veladoras.
Y digo ofrendas, aunque
algunos las llamen altares, porque no todo sitio donde se enciende una vela y
se coloca una imagen sagrada debe confundirse con el altar donde el sacerdote
celebra la misa.
Tampoco faltaron los panes, las
bebidas y los guisos favoritos de quienes habían partido de este mundo.
Lo cual siempre me ha parecido
una costumbre muy considerada, pues no veo razón para que un difunto, después
de tan largo viaje, haya de encontrarse con la mesa vacía.
De aquella convivencia nació
buena parte de lo que hoy conocemos como Día de Muertos.
Y así sucedió que una tradición
formada por diversos encuentros culturales acabó convirtiéndose en uno de los
símbolos más queridos de México.
¡Cosa admirable! Pues algunos de
sus más fervorosos defensores parecen olvidar que aquello que llaman puramente
nuestro nació, precisamente, de la mezcla.
De unas calabazas que llegaron
del extranjero
Mas he aquí que, andando los
siglos, apareció otra celebración llamada Halloween, que algunos consideran una
invención de los comerciantes norteamericanos.
Y aunque no negaré que los
mercaderes saben sacar provecho hasta de los sustos, conviene advertir que la
fiesta es bastante más antigua que sus escaparates.
Sus antecedentes se encuentran en
distintas costumbres europeas, particularmente irlandesas y escocesas,
relacionadas con el final de las cosechas, antiguas celebraciones estacionales
y la víspera cristiana de Todos los Santos.
Con el tiempo, aquellas prácticas
viajaron a Norteamérica, donde se transformaron hasta adquirir los disfraces,
las calabazas iluminadas y las golosinas que hoy conocemos.
De manera que tampoco Halloween
nació de una sola pieza ni permaneció inmutable desde tiempos remotos.
Y aquí comienza lo verdaderamente
divertido.
Porque mientras algunos mexicanos
se escandalizan de las calabazas extranjeras, hay estadounidenses que preparan
ofrendas de muertos, adornan sus casas con cempasúchil y participan en
celebraciones inspiradas en las costumbres mexicanas.
¡Válgame Dios! ¡Resulta que las
tradiciones viajan en ambas direcciones y nadie ha podido detenerlas en la
aduana!
De cómo los españoles también
aprendieron costumbres ajenas
A quienes todavía se empeñan en
defender la absoluta pureza de las culturas, quisiera recordarles lo ocurrido
en la propia España.
Durante siglos convivieron, no
siempre pacíficamente, cristianos, musulmanes y judíos, intercambiando
conocimientos, palabras, técnicas y costumbres.
Y de aquellos encuentros quedaron
huellas que todavía llevamos en la lengua.
Decimos almohada, alcalde,
albahaca, aljibe y hasta ojalá, sin que por ello tengamos que
solicitar permiso al califa de Córdoba.
Y si examinamos la música
mexicana, encontraremos instrumentos de procedencia europea que, al mezclarse
con las expresiones de estas tierras, acabaron formando parte de tradiciones
tan nuestras como el mariachi.
De manera que si alguno
pretendiese expulsar de México todo cuanto tuvo origen extranjero, habría que
comenzar por quitarles a los mariachis los violines, las guitarras y las
trompetas.
¡Y entonces sí que tendríamos una
desgracia nacional!
De cómo quisieron salvar a los
muertos de las brujas
Durante el siglo XX, las
celebraciones de muertos permanecieron vivas en muchas comunidades mexicanas,
aunque con distinta fuerza y visibilidad.
En Michoacán, Oaxaca, Mixquic y
otros lugares se conservaron prácticas de gran riqueza cultural.
Pero al aumentar la presencia de
Halloween, comenzaron también los esfuerzos por fortalecer nuestras propias
celebraciones.
Escuelas, instituciones
culturales y comunidades promovieron ofrendas, concursos, exposiciones y otras
actividades.
Y ocurrió algo digno de
admiración: mientras se pretendía defender el Día de Muertos de las influencias
extranjeras, ambas celebraciones empezaron a compartir espacios.
Así, no era extraño encontrar a
un muchacho que el 31 de octubre se disfrazaba de vampiro y el primero de
noviembre colocaba flores y pan en memoria de sus abuelos.
Y yo me pregunto:
—¿Acaso por ponerse unos
colmillos de plástico ha dejado de querer a su abuela?
No parece razonable.
Otra cosa sería que, entretenido
con los disfraces, olvidara por completo las historias de sus mayores. Pero
semejante descuido se remedia mejor con enseñanza que con prohibiciones.
De ciertos maestros que
quisieran prohibir hasta los espantos
No faltan personas respetables
que consideran peligroso permitir a los jóvenes celebrar Halloween.
Y no niego que sus preocupaciones
nazcan del deseo de conservar nuestras costumbres.
Pero habiendo conocido yo a no
pocos muchachos, puedo asegurar que nada despierta tanto su curiosidad como
aquello que los mayores les prohíben sin explicarles las razones.
Decidle a un joven que no mire
detrás de una puerta, y antes de terminar la advertencia ya tendrá la cabeza
metida por la cerradura.
Prohibidle un disfraz de vampiro
y probablemente al día siguiente aparecerá vestido de conde de Transilvania,
con capa, colmillos y hasta certificado de nobleza.
Más provechoso sería contarle
quién era Mictlantecuhtli, cómo concebían la muerte los antiguos pueblos
mesoamericanos, por qué se enciende el copal y qué significan las celebraciones
cristianas de noviembre.
Y después explicarle también de
dónde viene Halloween.
Porque quien conoce sus
tradiciones tiene mejores razones para apreciarlas que aquel a quien solamente
le han ordenado conservarlas.
De la filosofía de un tal José
Alfredo
Llegados a este punto, y aunque
algunos doctores me reprendan por mezclar la historia con las canciones,
quisiera invocar la autoridad de un filósofo mexicano llamado José Alfredo
Jiménez.
No sé si escribió tratados ni si
disputó con los sabios de Salamanca, pero tengo entendido que sus enseñanzas se
cantan acompañadas de guitarras, violines y trompetas, y que han provocado más
lágrimas que muchos sermones.
En una de sus composiciones,
titulada La media vuelta, expresa una idea que bien puede aplicarse a
nuestro asunto: permitir que alguien conozca otras personas y compare por sí
mismo.
Pues algo semejante deberíamos
decirles a nuestros estudiantes:
—Andad por el mundo, conoced
otras costumbres, escuchad otras músicas, aprended otras lenguas y observad
cómo celebran los demás pueblos. Pero no olvidéis de dónde venís ni dejéis de
conocer las historias que os legaron vuestros mayores.
No se trata de exigirles que
regresen siempre a las mismas prácticas, sino de ofrecerles una herencia
cultural que puedan apreciar libremente.
Porque una tradición que
solamente sobrevive gracias a la prohibición corre el riesgo de convertirse en
una obligación vacía.
En cambio, aquella que se
transmite mediante el conocimiento, el afecto, la música y la memoria tiene
mayores posibilidades de continuar viva.
De cómo un vampiro terminó
comiendo pozole
Y para concluir esta relación,
contaré lo que bien podría suceder en cualquiera de nuestros pueblos.
Imaginemos a un muchacho que,
llegado el 31 de octubre, sale de su casa vestido de vampiro, con capa negra,
colmillos postizos y el rostro tan pálido que su propia madre apenas lo
reconoce.
Recorre las calles pidiendo
dulces, espantando a los vecinos y haciendo cuantas travesuras permite la
ocasión.
Al día siguiente ayuda a colocar
la ofrenda familiar, acomoda las flores de cempasúchil, enciende las veladoras
y escucha a su abuela contarle historias de quienes ya no están.
Y llegada la noche, después de
tantas emociones, entra en la cocina y pregunta:
—¡Amá! ¿Todavía quedó pozole?
La madre le sirve un plato
generoso, y nuestro vampiro, olvidándose de su supuesta sed de sangre, se
entrega con entusiasmo a los granos de maíz, la carne, la lechuga y los
rábanos.
Y yo, que he visto a muchos
hombres presumir de costumbres extranjeras mientras conservan los gustos de su
tierra, no puedo menos que sonreír.
Porque las culturas no son
fortalezas cerradas ni las tradiciones permanecen inmóviles.
Son herencias vivas que viajan,
se encuentran, se transforman y adquieren nuevos significados.
Y si después de conocer medio
mundo nuestro muchacho todavía encuentra placer en el pozole de su madre, no
veo por qué habríamos de declararle la guerra a una calabaza.
Que bastante trabajo tienen ya
los muertos con estar muertos, para que encima los vivos nos peleemos por la
manera de recordarlos.

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