lunes, 12 de octubre de 2026

DE MUERTOS, CALABAZAS Y OTRAS COSAS QUE ESPANTAN A LOS VIVOS

 



Discurso sobre las costumbres que vienen, las que se quedan y las que, por mucho que las corran, vuelven por su propio pie

Por un curioso observador de las cosas humanas, que de difuntos sabe poco, pero de vivos espantadizos ha conocido bastantes.

No sé yo qué particular desgracia persigue a los hombres, que apenas descubren una costumbre diferente de las suyas, ya se apresuran a condenarla como si el mismísimo Lucifer la hubiese traído en sus alforjas.

Y así sucede que, llegando los últimos días de octubre, cuando los campos mexicanos se visten de flores amarillas y las cocinas comienzan a despedir aromas de pan, chocolate y otros consuelos del estómago, aparecen por calles y escuelas ciertos personajes de espantosa catadura: brujas, vampiros, esqueletos y demonios de ocasión, que por más horribles que parezcan no buscan llevarse las almas de los cristianos, sino conseguir algunos caramelos.

No falta entonces quien, escandalizado, exclame:

—¡Esto es una vergüenza! ¡Se están perdiendo nuestras tradiciones!

Y yo, que siempre he desconfiado de quienes se apresuran a declarar perdido aquello que todavía no se han tomado la molestia de conocer, me pregunto:

—¿Y cuáles son, señores míos, esas tradiciones tan puras que jamás recibieron influencia de pueblo alguno?

Porque si vamos a examinar sus antecedentes, mucho me temo que acabaremos descubriendo que hasta nuestras costumbres más queridas tienen parientes extranjeros.

De cómo los muertos tenían diferentes caminos

Mucho antes de que los españoles pusieran pie en las tierras de Anáhuac, sus habitantes ya se ocupaban de los muertos con una diligencia que habría causado admiración a cualquier sacristán de Castilla.

Los antiguos mexicas creían que, después de la muerte, las almas emprendían distintos caminos, no tanto por haber sido buenas o malas, sino por las circunstancias en que habían abandonado este mundo.

Algunos marchaban al Mictlán, otros al Tlalocan, y ciertos difuntos alcanzaban destinos relacionados con el Sol.

No era, pues, el Mictlán un infierno semejante al que predicaban nuestros frailes, aunque más de un religioso, empeñado en encontrar al demonio hasta debajo de las piedras, quisiera interpretarlo de aquella manera.

Y tampoco debe creerse que todos los pueblos de estas tierras pensaban lo mismo, pues mayas, zapotecas, purépechas y mexicas tenían sus propias maneras de comprender la muerte.

También celebraban ceremonias dedicadas a sus difuntos, aunque no necesariamente en las fechas que hoy acostumbramos.

De cómo llegaron los españoles y comenzaron a mezclarse las costumbres

Cuando los españoles arribaron a estas tierras, trajeron consigo sus santos, sus cruces, sus campanas y sus celebraciones religiosas.

Entre ellas figuraban la solemnidad de Todos los Santos, el primero de noviembre, y la conmemoración de los Fieles Difuntos, el día siguiente.

Y como los habitantes de estas tierras tampoco estaban dispuestos a olvidar de un plumazo las costumbres de sus mayores, comenzó un largo proceso de encuentros, adaptaciones y transformaciones.

Con el correr de los siglos aparecieron las ofrendas que hoy conocemos, donde conviven el copal, las flores de cempasúchil, los alimentos, los crucifijos, las imágenes religiosas y las veladoras.

Y digo ofrendas, aunque algunos las llamen altares, porque no todo sitio donde se enciende una vela y se coloca una imagen sagrada debe confundirse con el altar donde el sacerdote celebra la misa.

Tampoco faltaron los panes, las bebidas y los guisos favoritos de quienes habían partido de este mundo.

Lo cual siempre me ha parecido una costumbre muy considerada, pues no veo razón para que un difunto, después de tan largo viaje, haya de encontrarse con la mesa vacía.

De aquella convivencia nació buena parte de lo que hoy conocemos como Día de Muertos.

Y así sucedió que una tradición formada por diversos encuentros culturales acabó convirtiéndose en uno de los símbolos más queridos de México.

¡Cosa admirable! Pues algunos de sus más fervorosos defensores parecen olvidar que aquello que llaman puramente nuestro nació, precisamente, de la mezcla.

De unas calabazas que llegaron del extranjero

Mas he aquí que, andando los siglos, apareció otra celebración llamada Halloween, que algunos consideran una invención de los comerciantes norteamericanos.

Y aunque no negaré que los mercaderes saben sacar provecho hasta de los sustos, conviene advertir que la fiesta es bastante más antigua que sus escaparates.

Sus antecedentes se encuentran en distintas costumbres europeas, particularmente irlandesas y escocesas, relacionadas con el final de las cosechas, antiguas celebraciones estacionales y la víspera cristiana de Todos los Santos.

Con el tiempo, aquellas prácticas viajaron a Norteamérica, donde se transformaron hasta adquirir los disfraces, las calabazas iluminadas y las golosinas que hoy conocemos.

De manera que tampoco Halloween nació de una sola pieza ni permaneció inmutable desde tiempos remotos.

Y aquí comienza lo verdaderamente divertido.

Porque mientras algunos mexicanos se escandalizan de las calabazas extranjeras, hay estadounidenses que preparan ofrendas de muertos, adornan sus casas con cempasúchil y participan en celebraciones inspiradas en las costumbres mexicanas.

¡Válgame Dios! ¡Resulta que las tradiciones viajan en ambas direcciones y nadie ha podido detenerlas en la aduana!

De cómo los españoles también aprendieron costumbres ajenas

A quienes todavía se empeñan en defender la absoluta pureza de las culturas, quisiera recordarles lo ocurrido en la propia España.

Durante siglos convivieron, no siempre pacíficamente, cristianos, musulmanes y judíos, intercambiando conocimientos, palabras, técnicas y costumbres.

Y de aquellos encuentros quedaron huellas que todavía llevamos en la lengua.

Decimos almohada, alcalde, albahaca, aljibe y hasta ojalá, sin que por ello tengamos que solicitar permiso al califa de Córdoba.

Y si examinamos la música mexicana, encontraremos instrumentos de procedencia europea que, al mezclarse con las expresiones de estas tierras, acabaron formando parte de tradiciones tan nuestras como el mariachi.

De manera que si alguno pretendiese expulsar de México todo cuanto tuvo origen extranjero, habría que comenzar por quitarles a los mariachis los violines, las guitarras y las trompetas.

¡Y entonces sí que tendríamos una desgracia nacional!

De cómo quisieron salvar a los muertos de las brujas

Durante el siglo XX, las celebraciones de muertos permanecieron vivas en muchas comunidades mexicanas, aunque con distinta fuerza y visibilidad.

En Michoacán, Oaxaca, Mixquic y otros lugares se conservaron prácticas de gran riqueza cultural.

Pero al aumentar la presencia de Halloween, comenzaron también los esfuerzos por fortalecer nuestras propias celebraciones.

Escuelas, instituciones culturales y comunidades promovieron ofrendas, concursos, exposiciones y otras actividades.

Y ocurrió algo digno de admiración: mientras se pretendía defender el Día de Muertos de las influencias extranjeras, ambas celebraciones empezaron a compartir espacios.

Así, no era extraño encontrar a un muchacho que el 31 de octubre se disfrazaba de vampiro y el primero de noviembre colocaba flores y pan en memoria de sus abuelos.

Y yo me pregunto:

—¿Acaso por ponerse unos colmillos de plástico ha dejado de querer a su abuela?

No parece razonable.

Otra cosa sería que, entretenido con los disfraces, olvidara por completo las historias de sus mayores. Pero semejante descuido se remedia mejor con enseñanza que con prohibiciones.

De ciertos maestros que quisieran prohibir hasta los espantos

No faltan personas respetables que consideran peligroso permitir a los jóvenes celebrar Halloween.

Y no niego que sus preocupaciones nazcan del deseo de conservar nuestras costumbres.

Pero habiendo conocido yo a no pocos muchachos, puedo asegurar que nada despierta tanto su curiosidad como aquello que los mayores les prohíben sin explicarles las razones.

Decidle a un joven que no mire detrás de una puerta, y antes de terminar la advertencia ya tendrá la cabeza metida por la cerradura.

Prohibidle un disfraz de vampiro y probablemente al día siguiente aparecerá vestido de conde de Transilvania, con capa, colmillos y hasta certificado de nobleza.

Más provechoso sería contarle quién era Mictlantecuhtli, cómo concebían la muerte los antiguos pueblos mesoamericanos, por qué se enciende el copal y qué significan las celebraciones cristianas de noviembre.

Y después explicarle también de dónde viene Halloween.

Porque quien conoce sus tradiciones tiene mejores razones para apreciarlas que aquel a quien solamente le han ordenado conservarlas.

De la filosofía de un tal José Alfredo

Llegados a este punto, y aunque algunos doctores me reprendan por mezclar la historia con las canciones, quisiera invocar la autoridad de un filósofo mexicano llamado José Alfredo Jiménez.

No sé si escribió tratados ni si disputó con los sabios de Salamanca, pero tengo entendido que sus enseñanzas se cantan acompañadas de guitarras, violines y trompetas, y que han provocado más lágrimas que muchos sermones.

En una de sus composiciones, titulada La media vuelta, expresa una idea que bien puede aplicarse a nuestro asunto: permitir que alguien conozca otras personas y compare por sí mismo.

Pues algo semejante deberíamos decirles a nuestros estudiantes:

—Andad por el mundo, conoced otras costumbres, escuchad otras músicas, aprended otras lenguas y observad cómo celebran los demás pueblos. Pero no olvidéis de dónde venís ni dejéis de conocer las historias que os legaron vuestros mayores.

No se trata de exigirles que regresen siempre a las mismas prácticas, sino de ofrecerles una herencia cultural que puedan apreciar libremente.

Porque una tradición que solamente sobrevive gracias a la prohibición corre el riesgo de convertirse en una obligación vacía.

En cambio, aquella que se transmite mediante el conocimiento, el afecto, la música y la memoria tiene mayores posibilidades de continuar viva.

De cómo un vampiro terminó comiendo pozole

Y para concluir esta relación, contaré lo que bien podría suceder en cualquiera de nuestros pueblos.

Imaginemos a un muchacho que, llegado el 31 de octubre, sale de su casa vestido de vampiro, con capa negra, colmillos postizos y el rostro tan pálido que su propia madre apenas lo reconoce.

Recorre las calles pidiendo dulces, espantando a los vecinos y haciendo cuantas travesuras permite la ocasión.

Al día siguiente ayuda a colocar la ofrenda familiar, acomoda las flores de cempasúchil, enciende las veladoras y escucha a su abuela contarle historias de quienes ya no están.

Y llegada la noche, después de tantas emociones, entra en la cocina y pregunta:

—¡Amá! ¿Todavía quedó pozole?

La madre le sirve un plato generoso, y nuestro vampiro, olvidándose de su supuesta sed de sangre, se entrega con entusiasmo a los granos de maíz, la carne, la lechuga y los rábanos.

Y yo, que he visto a muchos hombres presumir de costumbres extranjeras mientras conservan los gustos de su tierra, no puedo menos que sonreír.

Porque las culturas no son fortalezas cerradas ni las tradiciones permanecen inmóviles.

Son herencias vivas que viajan, se encuentran, se transforman y adquieren nuevos significados.

Y si después de conocer medio mundo nuestro muchacho todavía encuentra placer en el pozole de su madre, no veo por qué habríamos de declararle la guerra a una calabaza.

Que bastante trabajo tienen ya los muertos con estar muertos, para que encima los vivos nos peleemos por la manera de recordarlos.

 

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