La extraordinaria historia de dos
naves espaciales que abandonaron la Tierra llevando consigo un disco de oro con
música, imágenes, voces y sonidos de nuestro planeta, destinado a unos
destinatarios que quizá nunca lleguemos a conocer.


Una botella arrojada al océano
del universo
Imaginemos por un momento que
pudiéramos enviar una carta a las estrellas. Una carta que contuviera algo de
lo que somos, de lo que hemos aprendido, de nuestra música, de nuestros
paisajes y de nuestra manera de entender la vida. Una carta que pudiera viajar
durante millones de años, mucho después de que quienes la escribieron hayan
desaparecido.
Pues bien, esa carta existe. No está escrita en papel, sino grabada en un disco de cobre recubierto de oro, y viaja por el espacio a bordo de dos pequeñas naves llamadas Voyager.
Su historia comenzó en 1977,
cuando la humanidad emprendió una de las aventuras científicas más
extraordinarias de todos los tiempos. Lo que inicialmente sería una expedición para
estudiar los grandes planetas del sistema solar terminó convirtiéndose en algo
mucho más poético: el envío de un mensaje de la Tierra hacia la inmensidad del
cosmos.
1977: dos viajeras parten de
la Tierra
La NASA lanzó dos sondas
espaciales, pero, curiosamente, la Voyager 2 partió antes que su hermana.
- Voyager 2: lanzada el 20 de agosto de 1977 desde
Cabo Cañaveral, Florida.
- Voyager 1: lanzada el 5 de septiembre de 1977,
desde el mismo lugar.
¿Por qué la número dos salió
primero? Porque ambas seguirían trayectorias diferentes. La Voyager 1 tomaría
una ruta más rápida hacia Júpiter y Saturno, mientras que la Voyager 2 seguiría
un recorrido que le permitiría visitar también Urano y Neptuno.
La oportunidad era excepcional.
Los grandes planetas exteriores se encontraban en una disposición favorable que
ocurre aproximadamente cada 176 años. Gracias a ella, las sondas podrían
aprovechar la gravedad de un planeta para impulsarse hacia el siguiente,
ahorrando enormes cantidades de combustible.
Era como si Júpiter, Saturno,
Urano y Neptuno se hubieran puesto de acuerdo para abrirles camino.
La Voyager 1 exploró Júpiter en
1979 y Saturno en 1980. La Voyager 2 visitó Júpiter en 1979, Saturno en 1981,
Urano en 1986 y Neptuno en 1989.
Los descubrimientos fueron
asombrosos. Se observaron volcanes activos en Ío, una luna de Júpiter; se
estudiaron los complejos anillos de Saturno y se obtuvieron imágenes cercanas
de mundos que hasta entonces apenas eran pequeñas manchas en los telescopios.
Pero las Voyager llevaban algo
que no era necesario para estudiar planetas. Algo que no tenía una finalidad
científica inmediata y que, sin embargo, acabaría siendo uno de los símbolos
más conmovedores de aquella aventura.
Cada nave transportaba un disco
de oro con un mensaje de la humanidad.
El disco de oro: ¿qué le
contaríamos de nosotros a un extraterrestre?

LA CÁPSULA DEL TIEMPO
El
disco de oro de las Voyager
Diámetro:
30,5 centímetros.
Material: cobre recubierto de oro.
Contenido: imágenes, música, saludos y sonidos terrestres.
Velocidad de reproducción: 16⅔
revoluciones por minuto.
La idea surgió del célebre
astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, quien encabezó un equipo
encargado de seleccionar el contenido del mensaje.
La pregunta que debieron
plantearse era tan fascinante como difícil: ¿cómo explicar a unos seres
desconocidos qué es la Tierra y quiénes somos sus habitantes?
No podían dar por supuesto que
aquellos seres hablaran inglés, español o cualquier otro idioma humano. Ni
siquiera podían suponer que tuvieran ojos u oídos semejantes a los nuestros.
Decidieron entonces reunir una
especie de álbum familiar de la humanidad: fotografías, sonidos de la
naturaleza, expresiones de afecto, manifestaciones culturales y, por supuesto,
música.
El resultado fue una verdadera
antología de la vida terrestre.
NASA Science+1
Las 115 imágenes: así es
nuestro mundo
El disco contiene 115 imágenes
codificadas mediante señales analógicas. No se trata de fotografías impresas,
sino de información que podría reconstruirse visualmente siguiendo las
instrucciones grabadas en su cubierta.
Entre ellas aparecen
representaciones del sistema solar, de la estructura del ADN, de la anatomía
humana y de la reproducción. También hay fotografías de paisajes, animales,
plantas, ciudades, viviendas, medios de transporte y personas de diferentes
culturas.


Hay imágenes de seres humanos
comiendo, trabajando, aprendiendo y conviviendo. Otras muestran aspectos de
nuestra ciencia y tecnología.
Es como si dijéramos a los
posibles descubridores del disco: «Este es nuestro planeta. Así son nuestros
cuerpos, así vivimos, así nos reproducimos, así construimos nuestras casas y
así tratamos de comprender el universo».
Resulta interesante que los
responsables no pretendieran enviar una enciclopedia completa. Era imposible.
Eligieron, más bien, una muestra de aquello que consideraban representativo de
la Tierra.
Y aquí surge una reflexión
inevitable: ¿pueden 115 imágenes representar la extraordinaria diversidad de
miles de millones de seres humanos?
Desde luego que no. Pero quizá
basten para despertar la curiosidad de quien las contemple.
Los sonidos de la Tierra: un
planeta que respira, canta y ríe
Antes de escuchar nuestra música,
los hipotéticos extraterrestres podrían descubrir que la Tierra es un mundo
extraordinariamente ruidoso.
El disco conserva sonidos del
viento, la lluvia, los truenos, las olas del mar y el canto de las aves.
También se escuchan animales, entre ellos ballenas, cuyos cantos parecen surgir
de las profundidades de un océano misterioso.
Pero no todo es naturaleza.
Se incluyeron sonidos de pasos,
risas, besos, herramientas, vehículos y otras manifestaciones de la actividad
humana. Incluso aparece el llanto de un bebé.
¡Qué curioso sería que una
civilización situada a miles de años luz escuchara por primera vez el llanto de
un niño terrestre!
Tal vez no comprendería qué
significa. Quizá lo interpretaría como una señal de alarma, un sonido biológico
o una forma de comunicación.
Nosotros, en cambio, sabemos que
detrás de ese llanto se encuentra una de las experiencias más universales de
nuestra especie: el comienzo de una vida.
Cincuenta y cinco idiomas para
decir: «¡Hola, aquí estamos!»
El disco contiene saludos
pronunciados en 55 idiomas, desde lenguas antiguas hasta idiomas hablados en la
actualidad.
Entre ellos figuran el español,
el inglés, el francés, el alemán, el ruso, el árabe, el japonés y diversas
lenguas asiáticas y africanas.
El recorrido comienza con el
acadio, una lengua de la antigua Mesopotamia, y termina con el chino wu.
Los mensajes son generalmente sencillos.
Algunos expresan buenos deseos; otros manifiestan amistad y esperanza de un
encuentro.
Uno de los saludos, pronunciado
en una variedad del chino, pregunta cordialmente a los desconocidos si ya han
comido y los invita a visitarnos cuando tengan tiempo.
¡Una invitación a comer enviada a
las estrellas! Tal vez sea una de las muestras más simpáticas de nuestra
hospitalidad.
También se incluyeron mensajes
del presidente estadounidense Jimmy Carter y del secretario general de las
Naciones Unidas, Kurt Waldheim.
En su conjunto, los saludos
transmiten una idea: aunque hablamos idiomas diferentes y vivimos en sociedades
muy distintas, compartimos un mismo hogar.
NASA Science+1
La música: Bach, Mozart,
Beethoven y Chuck Berry rumbo a la eternidad
Quizá la parte más hermosa del
disco sea su selección musical.
Los responsables reservaron
aproximadamente 90 minutos para reunir 27 piezas musicales de distintas épocas
y culturas.
La selección incluye
composiciones de Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart, Ludwig van
Beethoven e Ígor Stravinski, junto con músicas tradicionales de diferentes
regiones del mundo.
Entre las obras elegidas se
encuentran el primer movimiento del Concierto de Brandeburgo n.º 2, de Bach; un
fragmento de La flauta mágica, de Mozart; y el primer movimiento de la Quinta
Sinfonía de Beethoven.
También viajan por el espacio
melodías tradicionales de Japón, India, Indonesia, África y otras regiones.
Y, como muestra de la música
popular del siglo XX, se incluyó Johnny B. Goode, de Chuck Berry, una de las
piezas emblemáticas del rock and roll.
La selección tiene algo de
maravilloso y también de divertido. Pensemos que, si alguna vez unos seres
extraterrestres consiguen reproducir el disco, podrían escuchar primero una
obra de Bach y después encontrarse con una guitarra eléctrica.
¡Menuda sorpresa les espera!
Una de las piezas más
conmovedoras es Dark Was the Night, Cold Was the Ground, interpretada por el
músico de blues Blind Willie Johnson. Es una composición casi sin palabras,
donde la guitarra y la voz transmiten una profunda sensación de soledad y anhelo.
Tal vez fue una elección
especialmente acertada: la música puede comunicar emociones incluso cuando las
palabras resultan incomprensibles.
Y aunque ignoramos si otros seres
serían capaces de experimentar la música como nosotros, la humanidad decidió
presentarse ante el universo no solamente mediante fórmulas matemáticas y
conocimientos científicos, sino también a través de su sensibilidad artística.
Como si quisiéramos decir: «Somos
capaces de pensar, pero también de emocionarnos».
¿Cómo sabrían los
extraterrestres reproducir el disco?
Aquí aparece otro detalle
verdaderamente ingenioso.
Los responsables comprendieron
que no bastaba con enviar un disco. También era necesario explicar cómo
utilizarlo.
Por eso colocaron una cubierta
protectora con instrucciones representadas mediante símbolos científicos.
En ella aparecen dibujos que
indican cómo colocar la aguja y a qué velocidad debe girar el disco. También
hay instrucciones para reconstruir las imágenes.
Además, se incluyó un mapa que
señala la posición de nuestro Sol con respecto a catorce púlsares, estrellas de
neutrones que emiten señales periódicas extraordinariamente regulares.
La idea era que una civilización suficientemente
avanzada pudiera utilizar esas referencias para identificar el lugar del
universo del que procedía la nave.
Incluso se recurrió a las
propiedades del átomo de hidrógeno para establecer unidades de tiempo.
En otras palabras, se intentó
utilizar un lenguaje que no perteneciera exclusivamente a ninguna cultura
humana: el de las leyes físicas.
Sin embargo, nadie puede
garantizar que los posibles descubridores comprendan las instrucciones. El
disco es, en buena medida, un experimento de comunicación entre inteligencias
que quizá sean radicalmente diferentes.
Una historia de amor escondida
entre las estrellas
Existe otro episodio
particularmente hermoso relacionado con el disco.
Ann Druyan, una de las
integrantes del equipo de Carl Sagan, participó en la elaboración de los
sonidos que viajarían a bordo de las Voyager.
Durante aquel trabajo, Sagan y
Druyan se enamoraron.
En el disco se incluyeron
registros de las ondas cerebrales de Druyan, obtenidos mientras pensaba en
diferentes asuntos, entre ellos sus sentimientos amorosos.
De este modo, junto con la música
de Beethoven, los cantos de las ballenas y los saludos de distintas naciones,
viaja también una huella de la actividad cerebral de una mujer enamorada.
Es importante aclarar que esas
ondas no permitirían leer directamente sus pensamientos. Pero la intención
simbólica resulta profundamente conmovedora.
En algún lugar del espacio, una
pequeña nave transporta un registro físico relacionado con una emoción humana
que ha inspirado innumerables poemas, novelas y composiciones musicales.
El amor, de alguna manera,
también emprendió aquel viaje.
¿Dónde están las Voyager
actualmente?

Casi medio siglo después de sus
lanzamientos, las dos sondas continúan alejándose del Sol.
La Voyager 1 cruzó la heliopausa,
el límite de la burbuja dominada por el viento solar, en agosto de 2012. La
Voyager 2 hizo lo mismo en noviembre de 2018.
Ambas se encuentran ya en el
espacio interestelar, aunque eso no significa que hayan abandonado por completo
el sistema solar en su sentido más amplio, pues la lejana nube de Oort se
extiende muchísimo más allá.
La Voyager 1 es el objeto
fabricado por el ser humano que más lejos ha llegado. A pesar de su enorme
distancia, las sondas han continuado enviando información científica mediante
sus sistemas de comunicación, aunque sus reservas de energía disminuyen con el
paso de los años.
Llegará el momento en que sus
instrumentos dejen de funcionar y la comunicación con la Tierra se interrumpa
definitivamente.
Entonces continuarán viajando en
silencio.
Sin embargo, los discos
permanecerán a bordo. Protegidos de muchas de las condiciones que deterioran
los objetos terrestres, podrían conservarse durante períodos inmensamente prolongados.
Dentro de unos 40.000 años, cada
una de las sondas pasará relativamente cerca de otras estrellas, aunque a
distancias todavía enormes en términos humanos.
No existe garantía alguna de que
sean encontradas.
En realidad, la probabilidad de
que una civilización extraterrestre descubra alguno de los discos parece
extraordinariamente pequeña.
Pero esa posibilidad, por remota
que sea, constituye uno de los aspectos más fascinantes de la misión.
El pequeño punto azul

El 14 de febrero de 1990, cuando
la Voyager 1 se encontraba a unos 6.000 millones de kilómetros de nosotros, sus
cámaras tomaron una fotografía extraordinaria.
En ella aparece la Tierra como un
diminuto punto luminoso, casi perdido entre los reflejos de la luz solar.
La imagen recibió el nombre de Un
punto azul pálido.
Carl Sagan la utilizó para
reflexionar sobre la pequeñez de nuestro mundo frente a la inmensidad del
universo.
Desde aquella distancia,
desaparecen las fronteras políticas, las diferencias sociales y los conflictos
que tanto nos preocupan. No se distinguen los continentes, las ciudades ni los
grandes monumentos.
Todo cuanto conocemos, nuestras
alegrías y sufrimientos, nuestros descubrimientos, nuestras guerras, nuestros
amores y nuestras obras de arte, se encuentra concentrado en ese punto casi
imperceptible.
Y, sin embargo, desde ese punto
surgieron dos pequeñas máquinas capaces de aventurarse hacia las estrellas.
Un mensaje para cuando ya no
estemos
Es posible que las Voyager jamás
sean encontradas. También es posible que, cuando alguna inteligencia llegue a
descubrirlas, nuestra civilización haya desaparecido hace muchísimo tiempo.
Quizá los océanos hayan cambiado,
las ciudades actuales sean solamente ruinas y los idiomas que hablamos ya no
existan.
Pero en algún lugar del espacio
continuará viajando un disco que conserva la voz de un niño, el canto de una
ballena, el sonido de la lluvia y las notas de una composición de Bach.
Tal vez un día, dentro de
millones de años, unos seres desconocidos consigan reproducirlo.
No sabrán quién fue Mozart, qué
aspecto tenía Beethoven ni por qué los seres humanos se emocionaban escuchando
música. Quizá tampoco comprendan nuestros saludos ni nuestras fotografías.
Pero si logran descifrar algo de
aquel mensaje, descubrirán que, en un pequeño planeta de una estrella común,
existió una especie que aprendió a observar el cielo y a preguntarse qué había
más allá.
Una especie contradictoria, capaz
de destruir y de crear, de odiar y de amar, de hacer la guerra y de componer
sinfonías.
Y que, en cierto momento de su
historia, decidió enviar al universo una muestra de lo mejor que había
producido.
Las Voyager fueron construidas
para explorar otros mundos. Pero sus discos de oro tienen una misión todavía
más ambiciosa: contarles a esos mundos que nosotros también existimos.
Y acaso, si algún día alguien
escucha aquel lejano mensaje, la humanidad habrá conseguido algo
extraordinario: hacerse oír mucho después de haber guardado silencio.
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