Hay artistas que se vuelven famosos. Hay otros que se
convierten en leyenda. Javier Solís pertenece a estos últimos.
Su voz sigue sonando en las radios, en las reuniones familiares, en las serenatas y hasta en las cantinas donde ya casi nadie bebe por desamor. Sin embargo, alrededor de su figura ha ido creciendo un extraño halo de misterio, como si cada una de sus canciones hubiera estado anunciando el desenlace de una vida demasiado breve.
¿Fue realmente así? Tal vez no. Pero el pueblo tiene una
manera muy peculiar de escribir la historia: cuando la realidad no basta, la
completa con poesía.
Y pocas biografías mexicanas han sido tan propicias para ello
como la de Javier Solís.
El cantante que no era como los demás
Solemos decir que Javier Solís fue el gran intérprete del
bolero ranchero. Es cierto... pero no del todo.
Su manera de cantar no tenía la bravura de José Alfredo
Jiménez ni el ímpetu de muchos intérpretes rancheros de su tiempo. Mientras
otros parecían desafiar al destino con una copa en la mano, Javier Solís daba
la impresión de haber aceptado ya la derrota.
Su canto era distinto.
Había en él algo del bolero, algo del mariachi y, quién sabe
por qué misteriosos caminos de la música, también un perfume lejano de tango.
No cantaba el orgullo herido.
Cantaba la tristeza resignada.
Escucharlo era asistir a la confesión de un hombre que había
amado profundamente y que, sin embargo, aceptaba que algunas pérdidas son
irreparables.
Quizá por eso su voz nunca cansa.
No necesitaba gritar.
Bastaba un matiz.
Una respiración.
Un silencio.
Una palabra prolongada apenas un instante más de lo esperado.
En esos pequeños detalles vivía el milagro de Javier Solís.
El productor que descubrió su verdadera voz
Se cuenta que Felipe Valdés Leal fue quien lo convenció de
abandonar las imitaciones y encontrar su propia personalidad artística.
Si esa anécdota bastara para justificar la admiración hacia
Valdés Leal, sería suficiente.
Pero existe otra historia mucho más intrigante.
Según la leyenda, el productor insistía en que Javier grabara
disco tras disco, dos y hasta tres LP por año, como si presintiera que el
tiempo se agotaba.
Los números impresionan.
En apenas una década dejó una discografía enorme para un
artista cuya carrera fue tan corta.
¿Existió realmente ese presentimiento?
No hay prueba alguna.
Lo más probable es que la compañía discográfica simplemente
quisiera aprovechar el extraordinario momento comercial de un cantante que
llenaba teatros y vendía discos por miles.
Pero las leyendas nunca preguntan por documentos.
Prefieren creer en intuiciones.
Las canciones que parecían mirar hacia el final
Y entonces aparecen los títulos.
Si Dios me quita la vida.
Nuestro juramento.
Cuatro cirios.
Amigo organillero.
Sombras nada más.
Llorarás, llorarás.
Escuchadas hoy, resulta difícil no estremecerse.
Es como si todas hablaran de una despedida.
Como si Javier hubiera estado preparando, sin saberlo, el
adiós que el destino le tenía reservado.
Sin embargo, conviene recordar que esas canciones no fueron
escritas pensando en él.
Muchas existían desde años atrás.
Lo que cambió fue nuestra manera de escucharlas.
Después de su muerte, cada verso adquirió un significado
distinto.
No porque fueran profecías.
Sino porque el corazón humano siempre busca señales cuando
conoce el final de la historia.
Es el mismo fenómeno que ocurre cuando volvemos a leer una
novela cuyo desenlace ya conocemos: frases que antes parecían comunes se
convierten, de pronto, en anuncios del destino.
"Sombras nada más"
Pocas interpretaciones explican mejor ese fenómeno que Sombras
nada más.
La canción nació en Argentina y tiene profundas raíces
tangueras.
Sin embargo, en la voz de Javier Solís dejó de ser solamente
un tango hecho bolero.
Se convirtió en una confesión.
No hay exageración.
No hay teatro.
Hay una serenidad que conmueve.
Cuando llega el inolvidable "sombras... nada
más...", pareciera que el cantante no protesta contra la vida.
Simplemente acepta que el amor ya pertenece al reino de los
recuerdos.
Y quizá sea esa serenidad la que ha hecho pensar a tantos que
Javier estaba cantando su propia despedida.
La irresistible tentación de las leyendas
Los mexicanos sentimos una fascinación especial por las
historias que mezclan realidad y misterio.
Nos gusta creer que Pedro Infante tuvo un presentimiento.
Que José Alfredo escribió ciertas canciones pensando en su
muerte.
Que Pancho Villa buscaba tesoros escondidos.
Y también nos seduce imaginar que Javier Solís dejó, sin
proponérselo, un puñado de canciones que anunciaban su partida.
¿Es verdad?
Probablemente no.
Pero tampoco importa demasiado.
Porque las leyendas no sobreviven gracias a las pruebas.
Sobreviven porque expresan algo que los documentos no
alcanzan a decir.
Un hombre que cantaba como si hubiera vivido cien años
Javier Solís murió con apenas treinta y cuatro años.
Sin embargo, cada vez que uno lo escucha parece estar frente
a un hombre que ha conocido todas las alegrías y todas las tristezas posibles.
Esa es, quizá, la verdadera explicación de su permanencia.
No cantaba únicamente canciones de amor.
Cantaba la condición humana.
Por eso sigue emocionando a quienes lo descubren por primera
vez.
Y por eso continúan naciendo historias alrededor de su
figura.
Porque cuando un artista alcanza la categoría de mito, la
realidad ya no basta para contenerlo.
Y entonces sucede lo inevitable.
La historia escribe una biografía.
El pueblo escribe una leyenda.
Y, como suele ocurrir en México, ambas terminan caminando
tomadas de la mano.
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