Un
viaje a las décadas de 2030, 2040 y 2050
Imagina por
un momento que un hombre de 1920 despertara esta mañana en nuestra casa.
Entraría a la cocina y descubriría una caja que conserva los alimentos durante semanas sin necesidad de hielo. Vería un aparato diminuto con el que hablamos con personas del otro lado del planeta, tomamos fotografías, consultamos mapas, leemos libros, hacemos operaciones bancarias y hasta preguntamos cualquier duda imaginable. Luego observaría que una inteligencia artificial redacta textos, compone música, traduce idiomas y sostiene conversaciones.
Estoy casi
seguro de que no buscaría una explicación científica.
Simplemente
concluiría que ha llegado al reino de los magos.
Lo más
curioso es que nosotros ya no vemos nada extraordinario en todo eso. Hemos
domesticado el asombro. Nos acostumbramos a lo que hace apenas unos años
parecía imposible.
Mi abuelo
contaba que, en los años cincuenta, la radio era una maravilla. La televisión
era un lujo reservado para unas cuantas familias, y el vecindario entero podía
reunirse para ver un solo aparato. Si retrocediéramos todavía más, a finales
del siglo XIX, el cine causaba auténtico desconcierto. Se cuenta que algunas
personas, al ver proyectada una locomotora acercándose a la cámara, se
levantaban de sus asientos creyendo que el tren iba a salir de la pantalla.
Entonces
surge una pregunta inevitable:
¿Qué
cosas parecerán absolutamente normales dentro de veinte o treinta años y hoy
nos dejarían con la boca abierta?
La década
de 2030: cuando la inteligencia artificial deje de ser noticia
Probablemente
la inteligencia artificial dejará de ser un tema de conversación para
convertirse simplemente en parte de la vida cotidiana.
Los
automóviles conducirán solos con mucha mayor frecuencia. Los médicos detectarán
enfermedades antes de que aparezcan los primeros síntomas. Los profesores
tendrán asistentes digitales capaces de preparar ejercicios distintos para cada
alumno. Las traducciones entre idiomas serán prácticamente instantáneas.
Y los
electrodomésticos comenzarán a tener... demasiada personalidad.
Hace años
les decía en broma a mis alumnos que algún día los refrigeradores reconocerían
las huellas digitales de quienes los abrieran.
Imagino
perfectamente la escena. Son las once de la noche. Abro el refrigerador por
tercera vez para sacar una cerveza y una generosa rebanada de pastel.
De pronto se
escucha una voz muy seria:
—"¡Pinche
Marcel!... deja eso. De por sí ya se te nota esa panzota cervecera."
Cierro la
puerta con dignidad. Cinco minutos después regreso sigilosamente. El
refrigerador responde:
—"¿De
verdad pensaste que no te iba a reconocer? Además, ya le envié un reporte a tu
báscula inteligente."
En ese
momento interviene la báscula desde el baño:
—"Confirmo.
Este individuo necesita una ensalada... y caminar unos cuantos
kilómetros."
Y el reloj
inteligente remata:
—"Por
cierto, hoy solo has dado 1,842 pasos. La mayoría fueron hacia el
refrigerador."
Ese día
comprenderé que las máquinas han desarrollado algo todavía más peligroso que la
inteligencia:
el
sarcasmo.
La década
de 2040: cuando los robots sean nuestros compañeros de trabajo
Durante
muchos años imaginamos robots metálicos caminando torpemente como en las
películas antiguas.
La realidad
probablemente será mucho más sencilla... y mucho más útil. Habrá robots
preparando alimentos, limpiando hospitales, ayudando a personas mayores,
trabajando en minas, reparando instalaciones peligrosas y colaborando con
médicos y arquitectos.
Claro que
también aprenderán ciertas costumbres humanas.
—"Robot, ¿ya limpiaste la sala?"
—"Sí."
—"¿Y
por qué sigue desordenada?"
—"Porque
usted volvió a dejar los zapatos en medio mientras yo barría."
También
podrían existir gafas tan ligeras que sustituyan completamente al teléfono
celular.
Bastará
mirar un edificio para conocer su historia.
Ver un
restaurante para saber qué tan bueno es.
Observar un
monumento para escuchar automáticamente una explicación.
Y
desaparecerá una escena clásica.
Ya nadie
preguntará:
—"Disculpe,
¿dónde queda la farmacia?"
Porque las
gafas responderán antes:
—"A
cuarenta y tres metros. Y sí... es la tercera vez que preguntas esta
semana."
La década
de 2050: cuando nuestros nietos nos miren con compasión
Si la
medicina continúa avanzando, muchas enfermedades serán tratables o incluso
evitables.
Tal vez
vivir cien años con buena salud sea algo completamente normal.
Quizá
cultivar órganos para trasplantes resulte tan cotidiano como hoy fabricar una
prótesis.
Entonces
escucharemos conversaciones como ésta.
—"Abuelo,
¿es cierto que ustedes escribían con los dedos?"
—"Sí."
—"¿Y
también manejaban personalmente los automóviles?"
—"Así
es."
Los nietos
intercambiarán una mirada de asombro.
—"¡Qué
peligrosos eran ustedes!"
Y luego
llegará la pregunta definitiva.
—"¿También
es cierto que tenían que cargar un teléfono en el bolsillo?"
—"Claro."
—"¡Pobrecitos!
Todavía estaban en la prehistoria digital."
Pero
quizá el cambio más grande no sea tecnológico
Existe una
curiosa costumbre humana. Cada generación cree que vive la época más
extraordinaria de la historia. Nuestros bisabuelos jamás imaginaron internet.
Nuestros
abuelos jamás imaginaron un teléfono que también fuera cámara, biblioteca,
banco, traductor, mapa y profesor.
Nosotros
difícilmente imaginamos cuál será el invento que transformará la segunda mitad
del siglo XXI. Tal vez dentro de cien años alguien pregunte con auténtica
sorpresa:
—"¿De
verdad la gente del siglo XXI vivía apenas ochenta años?"
Y esa frase
les sonará tan natural como a nosotros nos parece increíble saber que, hace dos
siglos, muchas personas morían antes de cumplir cincuenta.
Una
última reflexión
La historia
tiene una costumbre muy curiosa. Siempre llega alguien convencido de que ya se
inventó todo. Y poco después aparece una nueva generación para demostrar que
todavía faltaba lo más sorprendente.
Quizá dentro
de treinta años nuestros teléfonos nos parezcan tan antiguos como hoy nos
parecen los teléfonos de disco.
Quizá los
automóviles se conduzcan solos.
Quizá las
enfermedades que hoy nos preocupan sean apenas un recuerdo.
Quizá el
refrigerador se convierta en nuestro nutriólogo particular.
Sólo espero
que conserve un poco de educación.
Porque una
cosa es que la tecnología avance...
¡y otra muy
distinta que el refrigerador tenga la confianza de decirme "pinche
Marcel" cada vez que quiera comerme un pastel!
Pero, bromas
aparte, hay una enseñanza que vale la pena conservar.
Las máquinas
serán más rápidas. Los robots serán más inteligentes. La medicina será más
poderosa.
Sin embargo,
el futuro seguirá necesitando seres humanos capaces de imaginar, de amar, de
crear... y, sobre todo, de reírse de sí mismos.
Porque quizá
la mayor lección de la historia sea ésta:
Cada
generación cree haber contemplado el mayor milagro de la tecnología... hasta
que nace la siguiente.
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