sábado, 1 de agosto de 2026

EL FUTURO YA VIENE EN CAMINO… Y SEGURAMENTE SE REIRÁ DE NOSOTROS

 

Un viaje a las décadas de 2030, 2040 y 2050

Imagina por un momento que un hombre de 1920 despertara esta mañana en nuestra casa.

Entraría a la cocina y descubriría una caja que conserva los alimentos durante semanas sin necesidad de hielo. Vería un aparato diminuto con el que hablamos con personas del otro lado del planeta, tomamos fotografías, consultamos mapas, leemos libros, hacemos operaciones bancarias y hasta preguntamos cualquier duda imaginable. Luego observaría que una inteligencia artificial redacta textos, compone música, traduce idiomas y sostiene conversaciones.

Estoy casi seguro de que no buscaría una explicación científica.

Simplemente concluiría que ha llegado al reino de los magos.

Lo más curioso es que nosotros ya no vemos nada extraordinario en todo eso. Hemos domesticado el asombro. Nos acostumbramos a lo que hace apenas unos años parecía imposible.

Mi abuelo contaba que, en los años cincuenta, la radio era una maravilla. La televisión era un lujo reservado para unas cuantas familias, y el vecindario entero podía reunirse para ver un solo aparato. Si retrocediéramos todavía más, a finales del siglo XIX, el cine causaba auténtico desconcierto. Se cuenta que algunas personas, al ver proyectada una locomotora acercándose a la cámara, se levantaban de sus asientos creyendo que el tren iba a salir de la pantalla.

Entonces surge una pregunta inevitable:

¿Qué cosas parecerán absolutamente normales dentro de veinte o treinta años y hoy nos dejarían con la boca abierta?

La década de 2030: cuando la inteligencia artificial deje de ser noticia

Probablemente la inteligencia artificial dejará de ser un tema de conversación para convertirse simplemente en parte de la vida cotidiana.

Los automóviles conducirán solos con mucha mayor frecuencia. Los médicos detectarán enfermedades antes de que aparezcan los primeros síntomas. Los profesores tendrán asistentes digitales capaces de preparar ejercicios distintos para cada alumno. Las traducciones entre idiomas serán prácticamente instantáneas.

Y los electrodomésticos comenzarán a tener... demasiada personalidad.

Hace años les decía en broma a mis alumnos que algún día los refrigeradores reconocerían las huellas digitales de quienes los abrieran.

Imagino perfectamente la escena. Son las once de la noche. Abro el refrigerador por tercera vez para sacar una cerveza y una generosa rebanada de pastel.

De pronto se escucha una voz muy seria:

"¡Pinche Marcel!... deja eso. De por sí ya se te nota esa panzota cervecera."

Cierro la puerta con dignidad. Cinco minutos después regreso sigilosamente. El refrigerador responde:

"¿De verdad pensaste que no te iba a reconocer? Además, ya le envié un reporte a tu báscula inteligente."

En ese momento interviene la báscula desde el baño:

"Confirmo. Este individuo necesita una ensalada... y caminar unos cuantos kilómetros."

Y el reloj inteligente remata:

"Por cierto, hoy solo has dado 1,842 pasos. La mayoría fueron hacia el refrigerador."

Ese día comprenderé que las máquinas han desarrollado algo todavía más peligroso que la inteligencia:

el sarcasmo.

La década de 2040: cuando los robots sean nuestros compañeros de trabajo

Durante muchos años imaginamos robots metálicos caminando torpemente como en las películas antiguas.

La realidad probablemente será mucho más sencilla... y mucho más útil. Habrá robots preparando alimentos, limpiando hospitales, ayudando a personas mayores, trabajando en minas, reparando instalaciones peligrosas y colaborando con médicos y arquitectos.

Claro que también aprenderán ciertas costumbres humanas.

—"Robot, ¿ya limpiaste la sala?"

—"Sí."

—"¿Y por qué sigue desordenada?"

—"Porque usted volvió a dejar los zapatos en medio mientras yo barría."

También podrían existir gafas tan ligeras que sustituyan completamente al teléfono celular.

Bastará mirar un edificio para conocer su historia.

Ver un restaurante para saber qué tan bueno es.

Observar un monumento para escuchar automáticamente una explicación.

Y desaparecerá una escena clásica.

Ya nadie preguntará:

—"Disculpe, ¿dónde queda la farmacia?"

Porque las gafas responderán antes:

"A cuarenta y tres metros. Y sí... es la tercera vez que preguntas esta semana."

La década de 2050: cuando nuestros nietos nos miren con compasión

Si la medicina continúa avanzando, muchas enfermedades serán tratables o incluso evitables.

Tal vez vivir cien años con buena salud sea algo completamente normal.

Quizá cultivar órganos para trasplantes resulte tan cotidiano como hoy fabricar una prótesis.

Entonces escucharemos conversaciones como ésta.

—"Abuelo, ¿es cierto que ustedes escribían con los dedos?"

—"Sí."

—"¿Y también manejaban personalmente los automóviles?"

—"Así es."

Los nietos intercambiarán una mirada de asombro.

—"¡Qué peligrosos eran ustedes!"

Y luego llegará la pregunta definitiva.

—"¿También es cierto que tenían que cargar un teléfono en el bolsillo?"

—"Claro."

—"¡Pobrecitos! Todavía estaban en la prehistoria digital."

Pero quizá el cambio más grande no sea tecnológico

Existe una curiosa costumbre humana. Cada generación cree que vive la época más extraordinaria de la historia. Nuestros bisabuelos jamás imaginaron internet.

Nuestros abuelos jamás imaginaron un teléfono que también fuera cámara, biblioteca, banco, traductor, mapa y profesor.

Nosotros difícilmente imaginamos cuál será el invento que transformará la segunda mitad del siglo XXI. Tal vez dentro de cien años alguien pregunte con auténtica sorpresa:

—"¿De verdad la gente del siglo XXI vivía apenas ochenta años?"

Y esa frase les sonará tan natural como a nosotros nos parece increíble saber que, hace dos siglos, muchas personas morían antes de cumplir cincuenta.

Una última reflexión

La historia tiene una costumbre muy curiosa. Siempre llega alguien convencido de que ya se inventó todo. Y poco después aparece una nueva generación para demostrar que todavía faltaba lo más sorprendente.

Quizá dentro de treinta años nuestros teléfonos nos parezcan tan antiguos como hoy nos parecen los teléfonos de disco.

Quizá los automóviles se conduzcan solos.

Quizá las enfermedades que hoy nos preocupan sean apenas un recuerdo.

Quizá el refrigerador se convierta en nuestro nutriólogo particular.

Sólo espero que conserve un poco de educación.

Porque una cosa es que la tecnología avance...

¡y otra muy distinta que el refrigerador tenga la confianza de decirme "pinche Marcel" cada vez que quiera comerme un pastel!

Pero, bromas aparte, hay una enseñanza que vale la pena conservar.

Las máquinas serán más rápidas. Los robots serán más inteligentes. La medicina será más poderosa.

Sin embargo, el futuro seguirá necesitando seres humanos capaces de imaginar, de amar, de crear... y, sobre todo, de reírse de sí mismos.

Porque quizá la mayor lección de la historia sea ésta:

Cada generación cree haber contemplado el mayor milagro de la tecnología... hasta que nace la siguiente.

 

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