martes, 30 de junio de 2026

EL SALTERIO MEXICANO: EL INSTRUMENTO QUE SE NEGÓ A DESAPARECER

 



Hay instrumentos musicales que llegan haciendo mucho ruido. La batería, por ejemplo. Apenas la golpean y ya sabe uno que ahí está.

La trompeta tampoco es tímida. En cuanto se aclara la garganta, ya se enteró toda la colonia.

El salterio, en cambio, es educado. No entra. Se asoma. Y cuando por fin uno se da cuenta de que está sonando, ya lo conquistó.

Confieso que durante muchos años pensé que el salterio era uno de esos instrumentos de los que todo mundo habla... hasta que uno descubre que, en realidad, casi nadie sabe cómo son.

Haga usted la prueba. Pregúntele a diez personas qué es un salterio. Cinco creerán que se trata de un libro religioso. Tres pensarán que es un aparato para medir la presión. Una dirá que seguramente tiene algo que ver con los salmos. Y la última, con mucha seguridad, responderá:

—¡Ah, sí! Es como una guitarra... pero acostada. No está tan lejos.

Cuando por primera vez abrí el estuche de un salterio delante de unos amigos, todos hicieron el mismo gesto que ponemos cuando alguien descubre un objeto arqueológico. Se acercaron con cuidado. Lo miraron por un lado. Luego por el otro.

Uno preguntó:

—¿Y eso cómo se toca?

Otro fue más sincero:

—¿Y eso... todavía se toca?

Son preguntas comprensibles.

El pobre salterio ha vivido una existencia curiosa. Llegó desde Europa hace siglos, encontró acomodo en México, aprendió español, seguramente hasta comió mole y terminó sintiéndose tan mexicano que ya nadie pudo convencerlo de regresar. Aquí hizo carrera.

Durante el Porfiriato era invitado frecuente a bailes elegantes, plazas públicas, teatros y serenatas. Formó parte de las orquestas típicas cuando los caballeros todavía usaban sombrero y las damas paseaban con sombrillas que servían más para lucirse que para protegerse del sol.

Luego pasó lo que suele pasar con las modas. Llegaron otros ritmos. Otros instrumentos. Otros gustos. Y el salterio fue quedándose en silencio.

No porque hubiera dejado de sonar bonito. Simplemente dejó de estar de moda. Y ya sabemos que la moda tiene muy mala memoria. Lo admirable es que nunca desapareció.

Mientras en muchas ciudades dejó de verse, en algunos pueblos hubo músicos tercos —bendita terquedad— que siguieron enseñando a sus hijos y a sus nietos que aquellas cuerdas todavía tenían mucho que decir.

Gracias a ellos, el salterio sigue respirando. Y de vez en cuando ocurre un pequeño milagro. Algún joven escucha uno por primera vez. Pregunta qué instrumento es. Se acerca. Lo prueba. Y ya no puede dejarlo.

Porque el salterio tiene una virtud muy rara. No presume. No necesita volumen para llamar la atención.

Su sonido parece hecho de cristal. Hay notas que no salen del instrumento. Parecen salir de los recuerdos.

Lo curioso es que muchos creen que sólo sirve para tocar música antigua. Error.

El día que alguien interpreta un vals, una canción napolitana, una melodía celta o incluso una balada moderna, el salterio parece reírse por lo bajo. Como diciendo:

—¿Ya ves? Yo también puedo.

Hace poco escuché una conocida canción romántica interpretada en salterio. Al principio parecía una ocurrencia.

Al terminar, parecía que la canción siempre había sido escrita para ese instrumento.

Entonces comprendí que el problema nunca ha sido el salterio. El problema ha sido nuestra imaginación.

Nos acostumbramos a encerrar los instrumentos dentro de un repertorio. Como si un violín sólo pudiera tocar música clásica. Como si una guitarra únicamente sirviera para rancheras. Como si el salterio estuviera condenado a vivir únicamente en los recuerdos.

Qué injusticia.

Los instrumentos no tienen la culpa de nuestras costumbres. Ellos sólo esperan que alguien les ponga las manos encima.

A veces imagino al viejo salterio sentado en algún rincón de México. Paciente. Cubierto por una funda. Esperando.

No está enojado. No reclama. Sabe que tarde o temprano alguien abrirá el estuche. Volverá a colocar aquellos pequeños plectros en los dedos.

Afinará con calma. Y entonces ocurrirá otra vez ese pequeño prodigio. Las cuerdas comenzarán a cantar. Alguien levantará la vista sorprendido. Y preguntará inevitablemente:

—¿Qué instrumento es ése?

Sonreirá el músico. Sonreirá también el salterio. Y ambos sabrán que acaban de conquistar un corazón más.

Porque hay instrumentos que sobreviven gracias a los museos. Otros sobreviven gracias a los conservatorios.

El salterio, en cambio, sigue viviendo gracias al cariño obstinado de quienes se niegan a dejarlo caer en el olvido.

Y pensándolo bien... Tal vez la verdadera música no sea la que se escucha. Sino la que consigue vencer al silencio durante varias generaciones.

 

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