Hay instrumentos musicales que
llegan haciendo mucho ruido. La batería, por ejemplo. Apenas la golpean y ya
sabe uno que ahí está.
La trompeta tampoco es tímida. En
cuanto se aclara la garganta, ya se enteró toda la colonia.
El salterio, en cambio, es educado. No entra. Se asoma. Y cuando por fin uno se da cuenta de que está sonando, ya lo conquistó.
Confieso que durante muchos años
pensé que el salterio era uno de esos instrumentos de los que todo mundo
habla... hasta que uno descubre que, en realidad, casi nadie sabe cómo son.
Haga usted la prueba. Pregúntele
a diez personas qué es un salterio. Cinco creerán que se trata de un libro
religioso. Tres pensarán que es un aparato para medir la presión. Una dirá que
seguramente tiene algo que ver con los salmos. Y la última, con mucha
seguridad, responderá:
—¡Ah, sí! Es como una guitarra...
pero acostada. No está tan lejos.
Cuando por primera vez abrí el
estuche de un salterio delante de unos amigos, todos hicieron el mismo gesto
que ponemos cuando alguien descubre un objeto arqueológico. Se acercaron con
cuidado. Lo miraron por un lado. Luego por el otro.
Uno preguntó:
—¿Y eso cómo se toca?
Otro fue más sincero:
—¿Y eso... todavía se toca?
Son preguntas comprensibles.
El pobre salterio ha vivido una
existencia curiosa. Llegó desde Europa hace siglos, encontró acomodo en México,
aprendió español, seguramente hasta comió mole y terminó sintiéndose tan
mexicano que ya nadie pudo convencerlo de regresar. Aquí hizo carrera.
Durante el Porfiriato era
invitado frecuente a bailes elegantes, plazas públicas, teatros y serenatas.
Formó parte de las orquestas típicas cuando los caballeros todavía usaban
sombrero y las damas paseaban con sombrillas que servían más para lucirse que
para protegerse del sol.
Luego pasó lo que suele pasar con
las modas. Llegaron otros ritmos. Otros instrumentos. Otros gustos. Y el
salterio fue quedándose en silencio.
No porque hubiera dejado de sonar
bonito. Simplemente dejó de estar de moda. Y ya sabemos que la moda tiene muy
mala memoria. Lo admirable es que nunca desapareció.
Mientras en muchas ciudades dejó
de verse, en algunos pueblos hubo músicos tercos —bendita terquedad— que
siguieron enseñando a sus hijos y a sus nietos que aquellas cuerdas todavía
tenían mucho que decir.
Gracias a ellos, el salterio
sigue respirando. Y de vez en cuando ocurre un pequeño milagro. Algún joven
escucha uno por primera vez. Pregunta qué instrumento es. Se acerca. Lo prueba.
Y ya no puede dejarlo.
Porque el salterio tiene una
virtud muy rara. No presume. No necesita volumen para llamar la atención.
Su sonido parece hecho de
cristal. Hay notas que no salen del instrumento. Parecen salir de los
recuerdos.
Lo curioso es que muchos creen
que sólo sirve para tocar música antigua. Error.
El día que alguien interpreta un
vals, una canción napolitana, una melodía celta o incluso una balada moderna,
el salterio parece reírse por lo bajo. Como diciendo:
—¿Ya ves? Yo también puedo.
Hace poco escuché una conocida
canción romántica interpretada en salterio. Al principio parecía una
ocurrencia.
Al terminar, parecía que la
canción siempre había sido escrita para ese instrumento.
Entonces comprendí que el
problema nunca ha sido el salterio. El problema ha sido nuestra imaginación.
Nos acostumbramos a encerrar los
instrumentos dentro de un repertorio. Como si un violín sólo pudiera tocar
música clásica. Como si una guitarra únicamente sirviera para rancheras. Como
si el salterio estuviera condenado a vivir únicamente en los recuerdos.
Qué injusticia.
Los instrumentos no tienen la
culpa de nuestras costumbres. Ellos sólo esperan que alguien les ponga las
manos encima.
A veces imagino al viejo salterio
sentado en algún rincón de México. Paciente. Cubierto por una funda. Esperando.
No está enojado. No reclama. Sabe
que tarde o temprano alguien abrirá el estuche. Volverá a colocar aquellos
pequeños plectros en los dedos.
Afinará con calma. Y entonces
ocurrirá otra vez ese pequeño prodigio. Las cuerdas comenzarán a cantar. Alguien
levantará la vista sorprendido. Y preguntará inevitablemente:
—¿Qué instrumento es ése?
Sonreirá el músico. Sonreirá
también el salterio. Y ambos sabrán que acaban de conquistar un corazón más.
Porque hay instrumentos que
sobreviven gracias a los museos. Otros sobreviven gracias a los conservatorios.
El salterio, en cambio, sigue
viviendo gracias al cariño obstinado de quienes se niegan a dejarlo caer en el
olvido.
Y pensándolo bien... Tal vez la
verdadera música no sea la que se escucha. Sino la que consigue vencer al
silencio durante varias generaciones.
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