miércoles, 7 de enero de 2026

CRISTINA PACHECO: LA VOZ QUE NOS ENSEÑÓ A MIRAR LO VALIOSO DE LO COTIDIANO

 



En mi comunidad, durante muchos años, el mundo cabía en unos cuantos canales. Televisa e Imevisión marcaban el pulso de nuestras tardes y noches, hasta que, ya entrados los años noventa, el cable comenzó a abrir rendijas por donde se colaba otra realidad. Fue así como llegué a un canal distinto, sobrio y luminoso, perteneciente al Instituto Politécnico Nacional: el entrañable Canal Once.

Ahí descubrí un programa que, sin estridencias ni artificios, me enseñó a mirar de otro modo la ciudad que creía conocer. Se llamaba Aquí nos tocó vivir. Cada emisión era una caminata pausada por calles invisibles, un encuentro con rostros anónimos, con oficios humildes y vidas profundas. Su conductora —de voz serena, mirada atenta y palabra justa— conversaba con la gente como quien se sienta a escuchar, no como quien interroga. Nos abría una ventana a ese México cotidiano que siempre está ahí, pero que tantas veces atravesamos sin ver. Al terminar cada programa quedaba un dejo de nostalgia, una sensación suave de añoranza que invitaba a volver la semana siguiente, como se vuelve a una casa conocida.

Más adelante, el Once nos regaló otro espacio conducido por la misma mano sensible: Conversando con Cristina Pacheco. Ahí, el diálogo se elevaba hacia los territorios de la cultura, sin perder nunca la calidez humana. Escritores, cineastas, músicos, periodistas y artistas pasaban por ese sillón donde la conversación era un arte. Cristina Pacheco desplegaba entonces su vastísima cultura con elegancia y respeto, cuidando cada pregunta, extrayendo lo mejor de sus interlocutores. En esas charlas aprendíamos de cine, de música, de literatura, de la vida misma.

Hubo un momento, sin embargo, en que su voz me alcanzó por otros caminos. Cierta vez, durante la aplicación de un examen de comprensión lectora a estudiantes de bachillerato, me tocó leer junto con ellos un texto breve titulado “Una sombra en el espejo”. Su belleza me desarmó. Pensé que era de Juan Rulfo: tenía esa poesía silenciosa, esa melancolía honda que se queda a vivir en la memoria. Al terminar el examen pedí, casi suplicando, que me regalaran el cuadernillo. La respuesta fue tajante: era material de la SEP, no podía salir de ahí.

Pasó el tiempo, llegó internet y, con él, la posibilidad de buscar lo que uno no quiere olvidar. Encontré el texto. La autora era Cristina Pacheco. Descubrí entonces que ese relato formaba parte de una colección publicada en los suplementos dominicales del periódico La Jornada, bajo el hermoso título de Un mar de historias. Seguí leyendo sobre ella y supe que casi era paisana mía, nacida en San Felipe Torres Mochas; que fue compañera de vida del escritor Emilio Pacheco; que comenzó a escribir bajo seudónimo, temerosa de no estar “a la altura” de su esposo. Nada más injusto. Cristina brillaba —y sigue brillando— con luz propia: por su inteligencia, su sensibilidad, su prosa delicada y su mirada profundamente humana.

El tiempo, que a veces sabe ser generoso, terminó de cerrar el círculo. En un intercambio navideño, alguien que me conoce muy bien —o quizá Cristinita, desde algún lugar luminoso— inspiró el regalo perfecto: el libro que reúne Un mar de historias. Desde entonces lo disfruto con calma, como se disfrutan las cosas que importan, sabiendo que en cada página vive esa voz que nos enseñó a escuchar, a mirar despacio y a reconocer la dignidad escondida en lo cotidiano.

Porque a Cristina Pacheco no solo nos tocó verla vivir: nos tocó aprender a vivir un poco mejor gracias a ella.

2 comentarios:

  1. Muy bonito y conmovedor programa, cómo no recordar con nostalgia a la inolvidable Cristina Pacheco.

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    1. Cristina fue una gran conductora y escritora, pero sobre todo una persona excepcional. Supo prestar su voz a quienes vivían en el anonimato y convertir sus historias en presencia y dignidad.

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