miércoles, 4 de febrero de 2026

ROBERTO CARLOS E AS CANÇÕES QUE MORAM NA MEMÓRIA





 Houve um tempo — não tão distante, mas muito diferente do de hoje — em que a música chegava até nós como um pequeno ritual diário. Em León, Guanajuato, existia uma emissora de rádio que parecia alcançar todo o estado: LG La Grande. Todos os dias, das uma às duas da tarde, quando o sol estava forte e o dia dava uma pausa, começava um programa que marcou muita gente. Chamava-se Os Três Grandes da LG e, durante uma hora inteira, três vozes dominavam o ar: Roberto Carlos, José José e Camilo Sesto.

Não era só música tocando no rádio. Era companhia. Era consolo. Era aprendizado emocional. Sem perceber, a gente aprendia ali como falar de amor, de saudade, de perda, de esperança.

Entre esses três gigantes, houve um que me tocou de um jeito especial desde cedo: Roberto Carlos. Talvez pela clareza das letras, talvez pela suavidade da voz, ou talvez porque suas canções tinham algo raro: eram simples, mas profundas. Algumas traziam mensagens diretas, quase como conselhos; outras eram declarações de amor sem rodeios. Mas todas tinham algo em comum: eram bem feitas, bem cuidadas e cheias de verdade.

Lembro que, quando criança, cheguei a pensar que Roberto Carlos fosse mexicano. Não me parecia possível que alguém de outro país dominasse tão bem o espanhol e soubesse falar de amor de um jeito tão próximo do nosso. Canções como Amigo, Detalhes, Amada amante, Um gato no escuro, Emoções, O dia em que me quiseres, Se o amor se vai, Pleno verão, Proposta ou O amor e a moda não eram apenas músicas que tocavam no rádio. Elas ficavam com a gente. Acompanhavam nossa vida, primeiro sem que notássemos, depois como parte da nossa própria história.

Com o passar do tempo, a forma de ouvir música muda. A gente começa a prestar atenção nos detalhes, nos arranjos, nas palavras bem escolhidas. E é aí que fica claro: Roberto Carlos é um compositor completo e extremamente prolífico. Sua popularidade não diminuiu com os anos — pelo contrário. Como um bom vinho, sua obra amadureceu. Hoje ela parece ainda mais valiosa, talvez porque o tempo tenha sido seletivo.

E aqui falo de forma muito pessoal: o cenário musical mudou bastante. Hoje existem muitas músicas feitas para durar pouco, pensadas para o momento, para a moda do mês. Bons letristas são cada vez mais raros, e muitos músicos já não se preocupam em criar algo que atravesse gerações. Nesse contexto, as canções de Roberto Carlos continuam firmes. Elas resistem. Elas permanecem.

Roberto Carlos também não foi apenas um fenômeno no Brasil. Sua música atravessou fronteiras com uma naturalidade impressionante. Ele foi ouvido em toda a América Latina, cantando em português, espanhol e italiano — e, em alguns momentos, até em inglês e francês. Poucos artistas conseguem isso sem perder sua essência. Ele conseguiu porque falava algo que vai além do idioma: falava direto ao coração.

E talvez o mais bonito de tudo seja isso: apesar da fama, dos palcos lotados e de uma carreira gigantesca, Roberto Carlos sempre manteve algo muito humano. Simplicidade. Calor. Proximidade. Ele nunca pareceu distante do seu público. Pelo contrário, sempre deu a sensação de estar ali, perto, cantando para cada um de nós.

Ouvir hoje aquelas músicas que tocavam em Os Três Grandes da LG é voltar, por um instante, àquela uma da tarde parada no tempo. É lembrar que houve vozes que nos ensinaram a sentir antes mesmo de sabermos explicar o que sentíamos. E nessa memória, Roberto Carlos continua presente: sereno, verdadeiro, humano, cantando como se nunca tivesse ido embora.

ROBERTO CARLOS Y AQUELLA MÚSICA QUE NOS ACOMPAÑÓ PARA SIEMPRE


 

Hubo un tiempo —no tan lejano, pero sí profundamente distinto— en que la música llegaba a la vida como un ritual cotidiano. En León, Guanajuato, existía una estación radial que parecía abrazar a todo el estado con sus ondas: LG La Grande. A la una de la tarde, cuando el sol estaba en lo alto y el día hacía una pausa para respirar, comenzaba un programa que muchos esperábamos sin saber todavía por qué nos marcaba tanto. Se llamaba Los Tres Grandes de la LG y, durante una hora exacta, desfilaban tres voces que hoy forman parte del ADN sentimental de toda una generación: Roberto Carlos, José José y Camilo Sesto.

No era sólo música. Era compañía. Era educación sentimental. Era una forma de aprender, sin darnos cuenta, cómo se nombra el amor, la ausencia, la nostalgia y la esperanza.

Entre esas tres presencias monumentales, hubo una que, desde muy temprano, me llamó de manera especial: Roberto Carlos. Tal vez por la claridad de sus letras, tal vez por la dulzura firme de su voz, o quizá porque sus canciones tenían algo que no siempre se encuentra: una mezcla precisa entre sencillez y profundidad. Algunas traían mensajes claros, casi confesionales; otras eran cantos directos al amor, sin pretensiones filosóficas, pero todas —absolutamente todas— estaban construidas con una armonía impecable y una honestidad que se sentía verdadera.

Recuerdo haber pensado, con la lógica ingenua de la infancia, que Roberto Carlos debía ser mexicano. No se me ocurría otra explicación para su dominio tan natural del idioma, para esa manera tan nuestra de decir “te quiero”, “amigo”, “no te apartes de mí”. Canciones como Amigo, Detalles, Amada amante, Un gato en la oscuridad, Emociones, El día que me quieras, Si el amor se va, Pleno verano, Propuesta o El amor y la moda no sólo sonaban en la radio: se quedaban. Se incrustaban en la memoria y nos acompañaban, primero sin que lo notáramos y luego como fieles testigos de nuestra propia historia.

Con el paso de los años, uno aprende a escuchar de otra manera. Ya no sólo se deja llevar por la melodía; empieza a notar la arquitectura de las canciones, el cuidado en los arreglos, la elegancia con la que cada palabra encuentra su lugar exacto. Y es ahí donde se confirma una intuición temprana: Roberto Carlos es un cantautor completo y profundamente prolífico. Su popularidad no ha disminuido con el tiempo; al contrario, se ha decantado. Como el buen vino, su obra parece ganar cuerpo y sentido conforme pasan las décadas.

Quizá esto se deba —y aquí hablo desde una percepción personal— a que el panorama musical ha cambiado de manera radical. Hoy abundan las canciones inmediatas, pensadas para durar lo que dura una moda. Los grandes letristas son cada vez más escasos y muchos músicos han dejado de preocuparse por crear obras que resistan el paso del tiempo. En ese contexto, la obra de Roberto Carlos no sólo sobrevive: destaca. Se mantiene en pie como un recordatorio de que la música también puede ser un oficio paciente, una artesanía del alma.

Pero su grandeza no se limita a lo musical. Roberto Carlos no ha sido únicamente un fenómeno brasileño. Su voz cruzó fronteras con una naturalidad asombrosa: lo escuchamos en toda América Latina, cantando en portugués, en español y en italiano; en ocasiones incluso en inglés y francés. Pocos artistas logran algo así sin perder identidad, sin diluir su esencia. Él lo consiguió porque, más allá del idioma, hablaba un lenguaje universal: el de las emociones humanas más básicas.

Y quizá lo más admirable de todo es que, a pesar de la fama, de los escenarios multitudinarios y de una carrera que abarca generaciones enteras, Roberto Carlos ha conservado una cualidad cada vez más rara: la sencillez. Hay en él una humanidad visible, una calidez que no se aprende en conservatorios ni se fabrica con estrategias de mercado. Esa cercanía —real, no actuada— es la que hace que su público no lo vea como una figura lejana, sino como alguien que ha estado ahí siempre, cantándonos al oído en los momentos importantes de la vida.

Escuchar hoy aquellas canciones que sonaban en Los Tres Grandes de la LG es volver, por un instante, a esa una de la tarde detenida en el tiempo. Es recordar que hubo voces que nos enseñaron a sentir antes incluso de saber ponerle nombre a lo que sentíamos. Y en ese recuerdo, Roberto Carlos sigue ahí: firme, amable, humano, cantando como si nunca se hubiera ido.

AMIGO: LA BALADA QUE CONVIRTIÓ UNA AMISTAD ÍNTIMA EN UN HIMNO ETERNO

 

 





En algún rincón de Brasil, hace más de seis décadas, dos jóvenes cruzaron sus caminos sin saber que, juntos, darían forma a una de las historias más profundas de la música romántica y humana del siglo XX.

El destino reunió a Roberto Carlos, un muchacho de voz cálida y ánimo incansable por contar historias con su canto, con Erasmo Esteves, un guitarrista talentoso lleno de ritmo y corazón. Fue en los barrios de Río de Janeiro, en los años 50, donde todo comenzó: entre charlas sobre acordes, sueños compartidos y tardes eternas practicando bajo la luz del atardecer. Su vínculo artístico y personal era sólido desde el principio, y pronto su complicidad musical trascendió de lo profesional a lo profundamente fraternal.

Una amistad forjada en notas y confidencias

Roberto y Erasmo no eran solo compañeros de estudios o colegas de canción tras canción: eran hermanos del alma. Caminaban juntos por la vida, compartiendo alegrías y derrotas, gira tras gira. Roberto se encargaba de las letras —esas que golpean dulce y profundamente el corazón— y Erasmo componía melodías que hacían latir más fuerte cada palabra. La música los unió, pero la amistad los mantuvo inseparables durante más de medio siglo.

La música fue su refugio en los días difíciles, su lenguaje en los silencios y su hogar cuando la fama se hizo inevitable. A través de los años, esa hermandad se convirtió en la fuerza invisible que impulsó algunos de los éxitos más recordados del repertorio latinoamericano.

 El regalo más sincero: “Amigo”

Corría 1977 cuando Roberto decidió hacer algo que no estaba en ningún plan comercial ni estrategia de venta. Quiso transmitir con música lo que muchas veces las palabras no alcanzan: la gratitud, la lealtad, la verdad pura de una amistad incondicional. Así nació “Amigo” —una carta musical para Erasmo Carlos, su compañero eterno.

La letra no es sólo un poema: es un retrato vivo de lo que significa tener a alguien que te acompaña en cada sendero:

“Tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo / que en todo camino y jornada está siempre conmigo…”

No son palabras vacías: son el eco de risas, lágrimas, largas giras, arduos ensayos, el apoyo en momentos de duda y la celebración en cada éxito.

Cuando Erasmo escuchó la canción por primera vez en el estudio, su corazón se llenó de emoción. No había espectáculo ni público en ese momento, sólo dos almas conectadas profundamente a través de una canción que valía más que mil discursos.

Más allá de Brasil — un himno universal

Aunque “Amigo” nació en la intimidad de una amistad, su vuelo terminó alcanzando millones de corazones alrededor del mundo. El tema fue lanzado en español poco después, adaptado por Buddy y Mary McCluskey, conservando la esencia sincera de la versión original.

Y su historia dio un giro inesperado y mágico cuando se convirtió en parte de un momento histórico: en 1979, durante la primera visita del Papa Juan Pablo II a México, un coro de niños entonó “Amigo” como parte de la bienvenida al pontífice. Esa interpretación hizo que la canción se escuchara en plazas, radios y hogares, conectando su mensaje de fraternidad con millones de personas de diferentes culturas.

A partir de ese instante, “Amigo” dejó de ser sólo una pieza musical; se convirtió en un símbolo de amistad verdadera, un espejo donde cualquiera podía ver reflejado el rostro de quienes nos aman sin condiciones.

 Reflexión final

Hoy, “Amigo” no es sólo una canción de radio o un recuerdo nostálgico. Es un testimonio de que las amistades profundas pueden convertirse en arte universal. Nos enseña que la música puede ser un abrazo para quien nos escucha y un refugio para quien la comparte.

En un mundo donde lo efímero domina, “Amigo” sigue recordándonos que los vínculos sinceros trascienden el tiempo, las fronteras y los hombres.

Principio del formulario

 

Final del formulario

LAS CAMPANAS QUE NO ERAN DE ESTE MUNDO

 



No sé si lo que les voy a contar pasó de veras o si fue una de esas pesadillas que el río se mete en la cabeza cuando crece y trae recuerdos ajenos. Lo único que sé es que nunca se me olvidó. Hay noches en que cierro los ojos y vuelvo a oír esas campanas, lentas y hondas, como si llamaran desde debajo de la tierra. Campanas que no eran de este mundo.

Pero mejor empiezo desde el principio, antes de que la memoria me apriete el pecho.

Me llamo Juan Salvador Cruz, hijo de don Juan Cruz y de doña Amelia Arellano, gente humilde que vivía cerquita del Río Lerma, por el Callejón de Lerdo de Tejada. En marzo, en esa ocasión, el pueblo olía a tierra mojada y a flores aplastadas por la lluvia. El río estaba un poco crecidito, arrastraba rumores de lugares lejanos, y los sabinos crujían como si se quejaran de tantas cosas que han visto y nunca han dicho.

Era 18 de marzo, día de mi santo. Mi madre me despertó con un abrazo de esos que duran más que las palabras.

—Chava, no se te olvide darle gracias al Señor. Hoy es tu día. Ve al templo y prende una veladora.

—Sí, mamá —le contesté, aunque sin mucha firmeza. El cielo estaba limpio, el aire olía a monte fresco… y yo tenía la cabeza en otra parte.

Al salir me encontré con Juan Aguirre y Paco Ruiz, sin prisa y con ganas de echar a perder el día. Me invitaron a celebrar, y uno, cuando es joven, rara vez dice que no. Compramos tequila en el mercado y nos fuimos a la orilla del río, al lugar que llaman El Salto, donde el agua corre entre las piedras como si rezara en voz baja. Ahí estuvimos bebiendo y hablando de nada, creyendo que el tiempo nos debía algo.

Cuando el sol empezó a esconderse, ya no era yo dueño de mis pasos. La cabeza me daba vueltas y las voces de mis amigos sonaban lejos, como desde otro mundo. Pensé en volver a casa, pero me ganó el miedo a la mirada de mi padre. Así que me fui al establo de don Onofre, seguro de encontrar un rincón de paja donde dejarme caer.

El olor a heno y estiércol me envolvió, y la noche me tragó sin hacer ruido.

No dormí en paz.

Me despertó el sonido de una campana. No como las del templo: esta era más grave, más lenta, como si viniera desde muy abajo. Salí a la calle sin saber por qué, siguiendo ese llamado.

El templo de San Francisco estaba encendido, pero no con luz de velas. Era una claridad pálida, fría, como si las piedras mismas alumbraran. Entonces los vi: una procesión de figuras vestidas de blanco, caminando en silencio. No hablaban, pero sus pasos sonaban pesados, como si llevaran siglos andando el mismo camino.

Entré detrás de ellos.

Adentro, el aire era espeso y helado. En el altar, un fraile decía misa. Vestía el hábito franciscano, pero la capucha le tapaba el rostro. Su voz sonaba hueca, lejana, y aunque hablaba en latín y yo no entendía nada, cada palabra me pesaba en el pecho.

De pronto, una anciana salió de entre la gente. Nadie la había visto llegar. Me tomó del brazo con una fuerza que no era de este mundo.

—Anda, hijo —me dijo—. Ayuda al padre. Ya es tu turno.

Quise decir que no, pero mis pies caminaron solos. Cuando el fraile me agarró la mano, sentí un frío tan hondo que me dolieron los huesos. Sus dedos eran como de hielo. Quise gritar, pero no pude. La iglesia entera me tenía atrapado.

La misa siguió, y el aire se llenó de lamentos que no se veían. Al dar la paz, el fraile levantó el rostro: donde debían estar los ojos había dos huecos oscuros, y su piel parecía cera derretida. A duras penas me sostuve.

Al terminar, los fieles se desvanecieron como humo. Sólo quedamos la anciana, el fraile… y yo.

—Somos almas que no cumplieron su promesa de misas gregorianas —me dijo ella—. Cada 19 de marzo se nos permite volver. Pero necesitamos que un vivo nos ayude. Hoy te tocó a ti.

Puso entonces tres monedas de oro en mi mano. Pesaban distinto, como si no fueran de este mundo.

—Guárdalas bien —me dijo—. Te servirán cuando llegue tu hora.

Después de eso, no recuerdo nada.

Desperté en una banca del templo, con el sacristán don Jesús sacudiéndome y regañándome por haberme quedado dormido ahí. Cuando quise contarle lo ocurrido, sólo me miró raro, como si ni él mismo quisiera oírlo.

Las monedas siguen conmigo. No sé si son reales o si el recuerdo se volvió cosa. Mi mujer dice que no las gaste, que son para mi alma.
Y yo las guardo, porque a veces, en las noches de marzo, me parece oír de nuevo esas campanas… y siento que todavía me están esperando.

 

Advertencia

Dicen los viejos que no es bueno celebrar el santo olvidándose de la promesa, ni quedarse dormido cerca del río cuando anda crecido.
Porque hay campanas que no llaman a misa, sino a cuentas pendientes…
y hay quien las oye una sola vez en la vida, pero hay otros que las oyen hasta que les toca responder.

ROBERTO CARLOS E AS CANÇÕES QUE MORAM NA MEMÓRIA

 Houve um tempo — não tão distante, mas muito diferente do de hoje — em que a música chegava até nós como um pequeno ritual diário. Em León,...