miércoles, 4 de febrero de 2026

LAS CAMPANAS QUE NO ERAN DE ESTE MUNDO

 



No sé si lo que les voy a contar pasó de veras o si fue una de esas pesadillas que el río se mete en la cabeza cuando crece y trae recuerdos ajenos. Lo único que sé es que nunca se me olvidó. Hay noches en que cierro los ojos y vuelvo a oír esas campanas, lentas y hondas, como si llamaran desde debajo de la tierra. Campanas que no eran de este mundo.

Pero mejor empiezo desde el principio, antes de que la memoria me apriete el pecho.

Me llamo Juan Salvador Cruz, hijo de don Juan Cruz y de doña Amelia Arellano, gente humilde que vivía cerquita del Río Lerma, por el Callejón de Lerdo de Tejada. En marzo, en esa ocasión, el pueblo olía a tierra mojada y a flores aplastadas por la lluvia. El río estaba un poco crecidito, arrastraba rumores de lugares lejanos, y los sabinos crujían como si se quejaran de tantas cosas que han visto y nunca han dicho.

Era 18 de marzo, día de mi santo. Mi madre me despertó con un abrazo de esos que duran más que las palabras.

—Chava, no se te olvide darle gracias al Señor. Hoy es tu día. Ve al templo y prende una veladora.

—Sí, mamá —le contesté, aunque sin mucha firmeza. El cielo estaba limpio, el aire olía a monte fresco… y yo tenía la cabeza en otra parte.

Al salir me encontré con Juan Aguirre y Paco Ruiz, sin prisa y con ganas de echar a perder el día. Me invitaron a celebrar, y uno, cuando es joven, rara vez dice que no. Compramos tequila en el mercado y nos fuimos a la orilla del río, al lugar que llaman El Salto, donde el agua corre entre las piedras como si rezara en voz baja. Ahí estuvimos bebiendo y hablando de nada, creyendo que el tiempo nos debía algo.

Cuando el sol empezó a esconderse, ya no era yo dueño de mis pasos. La cabeza me daba vueltas y las voces de mis amigos sonaban lejos, como desde otro mundo. Pensé en volver a casa, pero me ganó el miedo a la mirada de mi padre. Así que me fui al establo de don Onofre, seguro de encontrar un rincón de paja donde dejarme caer.

El olor a heno y estiércol me envolvió, y la noche me tragó sin hacer ruido.

No dormí en paz.

Me despertó el sonido de una campana. No como las del templo: esta era más grave, más lenta, como si viniera desde muy abajo. Salí a la calle sin saber por qué, siguiendo ese llamado.

El templo de San Francisco estaba encendido, pero no con luz de velas. Era una claridad pálida, fría, como si las piedras mismas alumbraran. Entonces los vi: una procesión de figuras vestidas de blanco, caminando en silencio. No hablaban, pero sus pasos sonaban pesados, como si llevaran siglos andando el mismo camino.

Entré detrás de ellos.

Adentro, el aire era espeso y helado. En el altar, un fraile decía misa. Vestía el hábito franciscano, pero la capucha le tapaba el rostro. Su voz sonaba hueca, lejana, y aunque hablaba en latín y yo no entendía nada, cada palabra me pesaba en el pecho.

De pronto, una anciana salió de entre la gente. Nadie la había visto llegar. Me tomó del brazo con una fuerza que no era de este mundo.

—Anda, hijo —me dijo—. Ayuda al padre. Ya es tu turno.

Quise decir que no, pero mis pies caminaron solos. Cuando el fraile me agarró la mano, sentí un frío tan hondo que me dolieron los huesos. Sus dedos eran como de hielo. Quise gritar, pero no pude. La iglesia entera me tenía atrapado.

La misa siguió, y el aire se llenó de lamentos que no se veían. Al dar la paz, el fraile levantó el rostro: donde debían estar los ojos había dos huecos oscuros, y su piel parecía cera derretida. A duras penas me sostuve.

Al terminar, los fieles se desvanecieron como humo. Sólo quedamos la anciana, el fraile… y yo.

—Somos almas que no cumplieron su promesa de misas gregorianas —me dijo ella—. Cada 19 de marzo se nos permite volver. Pero necesitamos que un vivo nos ayude. Hoy te tocó a ti.

Puso entonces tres monedas de oro en mi mano. Pesaban distinto, como si no fueran de este mundo.

—Guárdalas bien —me dijo—. Te servirán cuando llegue tu hora.

Después de eso, no recuerdo nada.

Desperté en una banca del templo, con el sacristán don Jesús sacudiéndome y regañándome por haberme quedado dormido ahí. Cuando quise contarle lo ocurrido, sólo me miró raro, como si ni él mismo quisiera oírlo.

Las monedas siguen conmigo. No sé si son reales o si el recuerdo se volvió cosa. Mi mujer dice que no las gaste, que son para mi alma.
Y yo las guardo, porque a veces, en las noches de marzo, me parece oír de nuevo esas campanas… y siento que todavía me están esperando.

 

Advertencia

Dicen los viejos que no es bueno celebrar el santo olvidándose de la promesa, ni quedarse dormido cerca del río cuando anda crecido.
Porque hay campanas que no llaman a misa, sino a cuentas pendientes…
y hay quien las oye una sola vez en la vida, pero hay otros que las oyen hasta que les toca responder.

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