No sé si lo que les voy a contar pasó de veras o si fue una de esas pesadillas que el río se mete en la cabeza cuando crece y trae recuerdos ajenos. Lo único que sé es que nunca se me olvidó. Hay noches en que cierro los ojos y vuelvo a oír esas campanas, lentas y hondas, como si llamaran desde debajo de la tierra. Campanas que no eran de este mundo.
Me llamo Juan Salvador Cruz, hijo de don Juan Cruz y
de doña Amelia Arellano, gente humilde que vivía cerquita del Río Lerma, por el
Callejón de Lerdo de Tejada. En marzo, en esa ocasión, el pueblo olía a tierra
mojada y a flores aplastadas por la lluvia. El río estaba un poco crecidito, arrastraba
rumores de lugares lejanos, y los sabinos crujían como si se quejaran de tantas
cosas que han visto y nunca han dicho.
Era 18 de marzo, día de mi santo. Mi madre me
despertó con un abrazo de esos que duran más que las palabras.
—Chava, no se te olvide darle gracias al Señor. Hoy es tu
día. Ve al templo y prende una veladora.
—Sí, mamá —le contesté, aunque sin mucha firmeza. El cielo
estaba limpio, el aire olía a monte fresco… y yo tenía la cabeza en otra parte.
Al salir me encontré con Juan Aguirre y Paco Ruiz,
sin prisa y con ganas de echar a perder el día. Me invitaron a celebrar, y uno,
cuando es joven, rara vez dice que no. Compramos tequila en el mercado y nos
fuimos a la orilla del río, al lugar que llaman El Salto, donde el agua
corre entre las piedras como si rezara en voz baja. Ahí estuvimos bebiendo y
hablando de nada, creyendo que el tiempo nos debía algo.
Cuando el sol empezó a esconderse, ya no era yo dueño de mis
pasos. La cabeza me daba vueltas y las voces de mis amigos sonaban lejos, como
desde otro mundo. Pensé en volver a casa, pero me ganó el miedo a la mirada de
mi padre. Así que me fui al establo de don Onofre, seguro de encontrar un
rincón de paja donde dejarme caer.
El olor a heno y estiércol me envolvió, y la noche me tragó
sin hacer ruido.
No dormí en paz.
Me despertó el sonido de una campana. No como las del
templo: esta era más grave, más lenta, como si viniera desde muy abajo. Salí a
la calle sin saber por qué, siguiendo ese llamado.
El templo de San Francisco estaba encendido, pero no
con luz de velas. Era una claridad pálida, fría, como si las piedras mismas
alumbraran. Entonces los vi: una procesión de figuras vestidas de blanco,
caminando en silencio. No hablaban, pero sus pasos sonaban pesados, como si llevaran
siglos andando el mismo camino.
Entré detrás de ellos.
Adentro, el aire era espeso y helado. En el altar, un fraile
decía misa. Vestía el hábito franciscano, pero la capucha le tapaba el rostro.
Su voz sonaba hueca, lejana, y aunque hablaba en latín y yo no entendía nada,
cada palabra me pesaba en el pecho.
De pronto, una anciana salió de entre la gente. Nadie la
había visto llegar. Me tomó del brazo con una fuerza que no era de este mundo.
—Anda, hijo —me dijo—. Ayuda al padre. Ya es tu turno.
Quise decir que no, pero mis pies caminaron solos. Cuando el
fraile me agarró la mano, sentí un frío tan hondo que me dolieron los huesos.
Sus dedos eran como de hielo. Quise gritar, pero no pude. La iglesia entera me
tenía atrapado.
La misa siguió, y el aire se llenó de lamentos que no se
veían. Al dar la paz, el fraile levantó el rostro: donde debían estar los ojos
había dos huecos oscuros, y su piel parecía cera derretida. A duras penas me
sostuve.
Al terminar, los fieles se desvanecieron como humo. Sólo
quedamos la anciana, el fraile… y yo.
—Somos almas que no cumplieron su promesa de misas
gregorianas —me dijo ella—. Cada 19 de marzo se nos permite volver. Pero
necesitamos que un vivo nos ayude. Hoy te tocó a ti.
Puso entonces tres monedas de oro en mi mano. Pesaban
distinto, como si no fueran de este mundo.
—Guárdalas bien —me dijo—. Te servirán cuando llegue tu
hora.
Después de eso, no recuerdo nada.
Desperté en una banca del templo, con el sacristán don Jesús
sacudiéndome y regañándome por haberme quedado dormido ahí. Cuando quise
contarle lo ocurrido, sólo me miró raro, como si ni él mismo quisiera oírlo.
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