Suena a trámite aduanero, a contenedor retenido en puerto por un error en la documentación. Algo técnico, casi aburrido. Un concepto con corbata y sonrisa diplomática. Pero cuando uno rasca un poco, cuando cambia el ángulo y escucha a quienes viven bajo esa categoría elegante, la palabra correcta empieza a asomar con menos maquillaje: bloqueo.
Y no es una cuestión poética. Es política. Es jurídica. Es
material.
Porque si hablamos de un país de nueve millones de
habitantes que durante más de seis décadas ha visto restringido su comercio, su
acceso a financiamiento internacional, su capacidad de adquirir medicamentos,
tecnología, repuestos, piezas, incluso insumos básicos, estamos hablando de
algo que trasciende la mera “prohibición de comerciar” bilateral. Estamos
hablando de un cerco económico con vocación pedagógica: castigar para que
aprendan.
Embargo: la palabra que tranquiliza conciencias
Los Estados Unidos prefieren “embargo”. Es la categoría
jurídica que emplean. La palabra tiene una textura suave, casi neutra. Como si
fuese una medida administrativa más en el gran libro de las relaciones
internacionales.
Pero la realidad es menos delicada.
Las llamadas “sanciones” no se limitan a impedir que
empresas estadounidenses comercien con Cuba. Tienen un alcance
extraterritorial: castigan a terceros países y empresas que se atrevan a
hacerlo. Bancos europeos que se arriesgan a multas multimillonarias. Navieras
que piensan dos veces antes de atracar en un puerto cubano. Proveedores que
prefieren evitar la molestia de aparecer en una lista negra.
Eso no es simplemente abstenerse de comerciar. Eso es impedir
que otros lo hagan.
Cuando un país utiliza su poder financiero y político para
aislar sistemáticamente a otro del sistema económico global, lo que está en
juego no es una diferencia comercial. Es un pulso de soberanía.
Naciones Unidas y la persistencia del déjà vu
Cada año, casi con la regularidad de una estación climática,
la Naciones Unidas vota una resolución que condena las llamadas “medidas
coercitivas unilaterales” contra Cuba. Año tras año, la mayoría abrumadora de
países del mundo repite lo mismo: no han sido aprobadas por el Consejo de
Seguridad, son extraterritoriales y afectan derechos básicos.
Y año tras año, nada cambia.
Es un teatro diplomático donde el guion es conocido por
todos. La comunidad internacional declara que estas sanciones desmantelan
servicios básicos, que afectan a la población civil, que no tienen respaldo en
el derecho internacional. Pero el protagonista principal, armado con su poder
financiero y su influencia global, decide que la legalidad es un asunto
interpretable.
Sesenta años de resoluciones ignoradas convierten la
repetición en un ritual incómodo: el mundo vota, Washington escucha, y la
política continúa.
Dictadura o democracia: el falso dilema cómodo
Aquí entra una frase que incomoda porque desplaza el foco:
en Cuba, la alternativa no es entre dictadura y democracia. Es entre
independencia o recolonización.
Esa idea —formulada en análisis recientes y repetida en
ciertos círculos críticos— no absuelve al gobierno cubano de responsabilidades
internas. Pero cambia la pregunta.
Porque si el debate se formula exclusivamente como “régimen
autoritario vs. democracia liberal”, la conversación se simplifica hasta
volverse caricatura. La discusión entonces se convierte en una lección moral
impartida desde el norte global, con diapositivas sobre elecciones libres y
separación de poderes.
Pero ¿qué sucede cuando esa lección proviene de actores cuya
propia política exterior incluye intervenciones, golpes de Estado, sanciones
masivas y apoyo a aliados cuestionables?
La autoridad moral empieza a temblar.
Las orgías de la democracia selectiva
Aquí el sarcasmo se vuelve inevitable.
Recibir lecciones sobre democracia de quienes organizan
fiestas ostentosas en Mar-a-Lago mientras sostienen alianzas estratégicas con
regímenes poco democráticos es, como mínimo, una experiencia surrealista. Es
como si el pirómano dictara conferencias sobre prevención de incendios.
La política internacional moderna tiene una curiosa
habilidad para indignarse selectivamente. Se condenan unas violaciones de
derechos humanos mientras se justifican otras por razones geopolíticas. Se
invoca el derecho internacional cuando conviene y se relativiza cuando estorba.
Y en ese escenario, exigir coherencia se convierte casi en
un acto revolucionario.
El bloqueo como dispositivo narrativo
Más allá de los datos económicos y jurídicos, el bloqueo
funciona también como un relato. Para el gobierno cubano, es explicación y
escudo. Para Estados Unidos, es herramienta de presión. Para el ciudadano
común, es realidad cotidiana: escasez, dificultades, carencias.
El problema es que las narrativas tienden a absolutizarse.
Reducir todos los problemas de Cuba al bloqueo es
intelectualmente cómodo. Ignorarlo por completo y atribuirlo todo a la
incompetencia interna es igualmente cómodo. Lo difícil —lo verdaderamente
serio— es sostener ambas cosas al mismo tiempo: que existe un cerco económico
con consecuencias reales y que también existen decisiones internas que agravan
o perpetúan problemas estructurales.
Pero la complejidad vende menos que el eslogan.
Una guerra sin bombas (pero no sin víctimas)
Cuando alguien dice “guerra”, imaginamos tanques, misiles,
explosiones. Pero existe una forma más sofisticada de conflicto: la guerra
económica.
No necesita uniformes ni declaraciones formales. Opera
mediante restricciones financieras, listas negras, asfixia crediticia. No
destruye edificios; desgasta sistemas de salud, retrasa importaciones, encarece
alimentos.
La pregunta incómoda es si una guerra sin bombas deja de ser
guerra.
El lenguaje como campo de batalla
Embargo. Bloqueo. Sanciones. Medidas coercitivas
unilaterales. Guerra económica.
Cada término encierra una posición política. Elegir uno u
otro no es neutral. Es tomar partido en la descripción misma de la realidad.
Y ahí reside el núcleo del debate: antes de discutir el
modelo político cubano, antes de repartir certificados de democracia o
autoritarismo, conviene acordar el vocabulario. Porque quien controla las
palabras, controla el marco mental desde el cual se juzgan los hechos.
Epílogo: lecciones con espejo
Quizá el segundo consejo debería ser este: desconfíen de las
lecciones que no vienen acompañadas de autocrítica.
Si quienes financian guerras, toleran ocupaciones y aplican
sanciones extraterritoriales hablan de democracia con tono paternal, uno tiene
derecho —al menos— a levantar la ceja.
No para absolver a nadie. No para idealizar sistemas. Sino
para exigir coherencia.
Porque en política internacional, como en la vida, la
autoridad moral no se proclama: se demuestra.
Y a veces, el acto más subversivo no es elegir bando, sino
exigir que ambos se miren al espejo antes de dar sermones.
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