Hay pueblos donde las imágenes religiosas no son simples esculturas: son presencias. Y como toda presencia viva, pareciera que eligen dónde quedarse. Así ha ocurrido, desde hace siglos, con innumerables Cristos y santos de España y América Latina, protagonistas de relatos en los que las imágenes se vuelven inexplicablemente pesadas, crecen de tamaño o regresan una y otra vez al sitio donde desean ser veneradas. Son los llamados santos arraigados: imágenes que, según la tradición popular, manifiestan con prodigios el lugar que han escogido como morada.
Ahí están, por ejemplo, el
célebre Cristo de La Laguna, en Tenerife; el Cristo Negro de Esquipulas, en
Guatemala; la Virgen de la Caridad del Cobre, en Cuba; o el Señor de los
Milagros, en Perú. Historias distintas, pero un mismo trasfondo: el misterio de
una imagen que parece tener voluntad propia.
Y precisamente dentro de esa
antigua tradición se inscribe la historia del venerado Señor del Encinal,
patrono de Maravatío del Encinal, cuya leyenda —recogida por Marcel López en Historia
de Maravatío del Encinal— todavía se cuenta con respeto, asombro… y ese
brillo en los ojos con que los pueblos hablan de las cosas que consideran
milagrosas.
Dicen los mayores que, hacia
finales del siglo XIX, en las comunidades de la Estancia del Carmen y la
Lagunilla del Carmen, los campesinos acostumbraban practicar un curioso rito
para adivinar cómo vendría el temporal. La noche de Año Nuevo dejaban pequeñas
piedras bajo el sereno y, al amanecer del primero de enero, revisaban si
guardaban humedad por debajo: si estaban mojadas, habría lluvias abundantes; si
aparecían secas, el año prometía escasez.
Fue en una de aquellas madrugadas
frías y silenciosas cuando ocurrió algo que nadie olvidaría.
Unos labradores acudieron al
solar de Tomás Lule, en la Lagunilla, para recoger sus piedras. El alba apenas
clareaba entre los encinos centenarios cuando, bajo el ramaje oscuro,
descubrieron algo inesperado: un crucifijo de extraordinaria belleza descansaba
entre el follaje, como si hubiese aparecido allí durante la noche. Nadie supo
explicar de dónde vino. No había huellas, ni señales de quién pudo llevarlo.
Simplemente estaba ahí. Y aquello bastó para que muchos comenzaran a murmurar
que no era una imagen cualquiera, sino una aparición concedida al pueblo.
La imagen impresionaba
profundamente. De tamaño casi humano, el Cristo tenía un rostro sereno y una
expresión tan viva que algunos aseguraban sentir que los miraba. Los
campesinos, conmovidos, lo llevaron a la comunidad del Carmen y lo colocaron en
una capilla de aquella comunidad, donde muy pronto comenzó a despertar una
intensa devoción.
Con los años, la fama del Cristo
se extendió por rancherías, haciendas y pueblos vecinos. Pero el episodio que
terminó de convertirlo en leyenda ocurrió tiempo después, cuando don Isidro
Olace, hacendado de Maravatío del Encinal, emprendió un viaje a España. Cuenta
la tradición que, en plena travesía, una tormenta feroz estuvo a punto de
hundir el barco. Entre el estruendo del mar y el miedo de los pasajeros, don
Isidro invocó con fervor al Cristo de la Estancia… y, casi de inmediato, el
temporal comenzó a calmarse.
Convencido de haber recibido un
milagro, el hacendado prometió honrar solemnemente al Cristo a su regreso. Y
así lo hizo. Organizó una gran celebración: música, flores, cohetes,
procesiones y misas llenaron de fiesta la hacienda de Maravatío. La imagen fue
trasladada desde la Estancia con toda la pompa que permitían aquellos tiempos.
Pero al terminar las festividades
sucedió lo inesperado.
Cuando los fieles intentaron
devolver el Cristo a su antigua capilla, descubrieron que no podían moverlo. La
imagen parecía haberse afianzado al nicho con una fuerza imposible de explicar.
Entre varios hombres intentaron levantarla… inútilmente. El Cristo, según
dijeron, había elegido quedarse en Maravatío del Encinal.
Desde entonces, el Señor del
Encinal quedó para siempre en la hacienda, convertido en el corazón espiritual
del pueblo y en destino de peregrinaciones y promesas cada enero.
¿Fue realmente una aparición? ¿Un
milagro? ¿O una de esas leyendas que los pueblos alimentan con el paso de las
generaciones? Cada quien tendrá su respuesta. Pero en Maravatío del Encinal hay
algo que nadie discute: la devoción al Señor del Encinal sigue viva. Y quizá
ahí radique el verdadero prodigio. Porque más allá de explicaciones, hay
imágenes que terminan perteneciendo tanto al alma de un pueblo, que resulta
imposible imaginar que alguna vez hayan venido de otra parte.
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