jueves, 29 de enero de 2026

CUANDO EL ARCÁNGEL GABRIEL ME ESCRIBIÓ POR CORREO

 


Corrían tiempos remotos —finales del siglo pasado o albores de este milenio incierto— cuando las computadoras eran artefactos mitológicos reservados para magnates, hackers con sótano propio y uno que otro visionario con lentes gruesos. Los demás, simples mortales, nos comunicábamos a la antigua: con cartas de papel, escritas con bolígrafo, metidas en sobres y confiadas al cartero, ese personaje legendario que siempre parecía llegar cuando ya uno había perdido la esperanza… o la juventud.

Fue en esa era prehistórica cuando me sucedió una de las anécdotas más deliciosamente absurdas que el destino tuvo a bien servirme.

En la radio de Celaya tronaba por aquellos días la voz grave, engolada y sospechosamente iluminada de un sujeto que se hacía llamar “el maestro Richard Johnson”. Mentalista, tarotista, sanador, vidente, iluminado y, por lo menos, portador de otros quince títulos que ni Merlín en día de graduación se habría atrevido a presumir. Su verdadero talento, eso sí, era la labia: hablaba como esos vendedores medievales capaces de curarte la peste con un frasco de agua turbia y mucha convicción.

Prometía curar males de amor, atraer fortuna, desaparecer enfermedades y realizar limpias portentosas. Su especialidad auténtica era la limpieza… pero de bolsillos ajenos, detalle que curiosamente nunca mencionaba al aire.

Una mañana cualquiera, entre recibos por pagar y profundas meditaciones sobre cómo hacer rendir la quincena como milagro bíblico, llegó a mi casa una carta con sellos solemnes y aire de revelación divina. La abrí con cautela. Dentro me aguardaba un mensaje que parecía dictado por el cielo… o por un embaucador con demasiado tiempo libre.

“Estimado Hermano Marcel López —comenzaba—: he estado soñando con usted. El arcángel Gabriel se me apareció y me dio su nombre y dirección. Me encomendó ayudarle, pues muchos compañeros de trabajo sienten una envidia feroz hacia usted. Porque es un hombre exitoso, noble, bien intencionado, con un alto sentido del humor, un padre ejemplar…”

Aquí hice una pausa. Si mi esposa leía eso, iba a pensar que me habían confundido con alguien más… o que yo llevaba una doble vida bastante exitosa. Aun así, seguí leyendo, atrapado entre la incredulidad y el morbo.

“Sus envidiosos amigos —continuaba la misiva— han colocado en su mochila uñas de sapo panteonero, polvo de camposanto y una pestaña de Belcebú. Esto ha provocado que no reciba ascensos, que el dinero se le escurra como agua en coladera, que viva estresado y hasta discuta con su pareja”.

¡Caramba!, pensé. ¿En qué universo alterno vive este hombre donde nadie discute con su pareja, el dinero alcanza y el trabajo es una balsa de serenidad?

La carta cerraba con broche celestial: el maestro decía tener una encomienda directa para ayudarme. Me enviaría una poderosísima Cruz de Jerusalén, fabricada con siete metales rarísimos de Tierra Santa, bendecida por ermitaños expertos en asuntos místicos. Además, prendería siete veladoras aromáticas con fragancias exóticas de Saba, importadas nada menos que de Etiopía. Todo —aseguraba— completamente gratis. Solo pedía un “donativo voluntario” para gastos de recuperación espiritual. Y añadía, con sutil delicadeza: no escatime en su generosidad, pues ha sido usted elegido.

La tentación era grande. Así que decidí responderle… pero a su mismo nivel místico.

“Hermano Richard —le escribí—, todo lo que me dice es absolutamente cierto. Estoy rodeado de envidiosos y su carta ha confirmado mis sospechas más profundas. De hecho, al leerla caí en tal angustia que pasé cinco días sin dormir, dudando si aquello era obra divina o un ardid demoníaco. Al sexto día, rendido por el cansancio, me dormí profundamente y entonces ocurrió el milagro.

Se me apareció el arcángel Gabriel en todo su esplendor y me dijo: Marcel, no temas. El maestro Richard Johnson es un hombre de Dios. Ponte en sus manos… pero con una condición: no aceptes una cruz de Jerusalén, sino diez, para repartir entre tus cuates. A ellos también les urge protección, sobre todo para que sus mujeres no los celen y puedan ir contigo a echarse unas cervezas. Porque no es bueno que el hombre se sumerja solo en el trabajo; el exceso de trabajo… que se vaya al carajo’.

El arcángel también me pidió decirle que no me solicitara donativos, pues todo correría por su cuenta. A cambio, le prometió que usted se sacaría el premio gordo de la lotería al décimo día”.

Nunca más volví a saber del maestro Richard Johnson.
Ni de las cruces.
Ni del arcángel.

Pero, curiosamente, tampoco volvió a escribirme ningún otro iluminado.

 

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