Corrían tiempos remotos —finales del siglo pasado o albores de este milenio incierto— cuando las computadoras eran artefactos mitológicos reservados para magnates, hackers con sótano propio y uno que otro visionario con lentes gruesos. Los demás, simples mortales, nos comunicábamos a la antigua: con cartas de papel, escritas con bolígrafo, metidas en sobres y confiadas al cartero, ese personaje legendario que siempre parecía llegar cuando ya uno había perdido la esperanza… o la juventud.
Fue en esa era prehistórica cuando me sucedió una de las
anécdotas más deliciosamente absurdas que el destino tuvo a bien servirme.
En la radio de Celaya tronaba por aquellos días la voz
grave, engolada y sospechosamente iluminada de un sujeto que se hacía llamar
“el maestro Richard Johnson”. Mentalista, tarotista, sanador, vidente,
iluminado y, por lo menos, portador de otros quince títulos que ni Merlín en
día de graduación se habría atrevido a presumir. Su verdadero talento, eso sí,
era la labia: hablaba como esos vendedores medievales capaces de curarte la
peste con un frasco de agua turbia y mucha convicción.
Prometía curar males de amor, atraer fortuna, desaparecer
enfermedades y realizar limpias portentosas. Su especialidad auténtica era la
limpieza… pero de bolsillos ajenos, detalle que curiosamente nunca mencionaba
al aire.
Una mañana cualquiera, entre recibos por pagar y profundas
meditaciones sobre cómo hacer rendir la quincena como milagro bíblico, llegó a
mi casa una carta con sellos solemnes y aire de revelación divina. La abrí con
cautela. Dentro me aguardaba un mensaje que parecía dictado por el cielo… o por
un embaucador con demasiado tiempo libre.
“Estimado Hermano Marcel López —comenzaba—: he estado
soñando con usted. El arcángel Gabriel se me apareció y me dio su nombre y
dirección. Me encomendó ayudarle, pues muchos compañeros de trabajo sienten una
envidia feroz hacia usted. Porque es un hombre exitoso, noble, bien
intencionado, con un alto sentido del humor, un padre ejemplar…”
Aquí hice una pausa. Si mi esposa leía eso, iba a pensar que
me habían confundido con alguien más… o que yo llevaba una doble vida bastante
exitosa. Aun así, seguí leyendo, atrapado entre la incredulidad y el morbo.
“Sus envidiosos amigos —continuaba la misiva— han colocado
en su mochila uñas de sapo panteonero, polvo de camposanto y una pestaña de
Belcebú. Esto ha provocado que no reciba ascensos, que el dinero se le escurra
como agua en coladera, que viva estresado y hasta discuta con su pareja”.
¡Caramba!, pensé. ¿En qué universo alterno vive este hombre
donde nadie discute con su pareja, el dinero alcanza y el trabajo es una balsa
de serenidad?
La carta cerraba con broche celestial: el maestro decía
tener una encomienda directa para ayudarme. Me enviaría una poderosísima Cruz
de Jerusalén, fabricada con siete metales rarísimos de Tierra Santa, bendecida
por ermitaños expertos en asuntos místicos. Además, prendería siete veladoras
aromáticas con fragancias exóticas de Saba, importadas nada menos que de
Etiopía. Todo —aseguraba— completamente gratis. Solo pedía un “donativo
voluntario” para gastos de recuperación espiritual. Y añadía, con sutil delicadeza:
no escatime en su generosidad, pues ha sido usted elegido.
La tentación era grande. Así que decidí responderle… pero a
su mismo nivel místico.
“Hermano Richard —le escribí—, todo lo que me dice es
absolutamente cierto. Estoy rodeado de envidiosos y su carta ha confirmado mis
sospechas más profundas. De hecho, al leerla caí en tal angustia que pasé cinco
días sin dormir, dudando si aquello era obra divina o un ardid demoníaco. Al
sexto día, rendido por el cansancio, me dormí profundamente y entonces ocurrió
el milagro.
Se me apareció el arcángel Gabriel en todo su esplendor y me
dijo: Marcel, no temas. El maestro Richard Johnson es un hombre de Dios. Ponte
en sus manos… pero con una condición: no aceptes una cruz de Jerusalén, sino
diez, para repartir entre tus cuates. A ellos también les urge protección,
sobre todo para que sus mujeres no los celen y puedan ir contigo a echarse unas
cervezas. Porque no es bueno que el hombre se sumerja solo en el trabajo; el
exceso de trabajo… que se vaya al carajo’.
El arcángel también me pidió decirle que no me solicitara
donativos, pues todo correría por su cuenta. A cambio, le prometió que usted se
sacaría el premio gordo de la lotería al décimo día”.
Pero, curiosamente, tampoco volvió a escribirme ningún otro
iluminado.
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