jueves, 29 de enero de 2026

EL BANQUETE O FEDRO

 



La noche había descendido sobre Atenas como un manto suave y antiguo, y en la casa de Agatón las lámparas de aceite dibujaban círculos de luz tibia sobre los muros, como si cada llama guardara un secreto. No era un banquete ruidoso ni desbordado, sino uno de esos encuentros raros en los que el vino no busca embriagar el cuerpo sino aflojar el alma, y donde las palabras, antes de salir, se preguntan si están a la altura del silencio.

Los invitados reposaban sobre cojines, el murmullo del exterior se había apagado, y alguien, casi sin proponérselo, lanzó la idea de un juego sencillo: hablar del amor. No discutirlo, no definirlo con severidad, sino contarlo, decir qué creía cada uno que era esa fuerza invisible que empuja a los humanos a la valentía y al abismo. Y así, como quien abre una puerta sin saber a qué paisaje da, comenzaron. Uno habló primero y dijo que el amor es una llama que vigila nuestras acciones, una presencia silenciosa que nos impide ser mezquinos cuando alguien amado podría mirarnos, una fuerza que vuelve heroico incluso al más tímido porque nadie quiere ser indigno ante los ojos de quien ama. Otro tomó la palabra y, con voz más grave, explicó que no todo lo que se llama amor merece ese nombre, que hay amores que solo desean y consumen, y otros que educan y elevan, amores que no buscan poseer sino ayudar a crecer, y mientras hablaba algunos sintieron que esas palabras rozaban recuerdos que preferían no despertar. Luego habló un médico, acostumbrado a escuchar los ritmos del cuerpo, y dijo que el amor es armonía, que está en la salud cuando todo se ordena, en la música cuando los sonidos encuentran su justa proporción, en la naturaleza cuando nada sobra ni falta, y por un instante pareció que el universo entero respiraba al compás de esa idea. Entonces el poeta, con una sonrisa melancólica, pidió la palabra y contó una historia antigua como el mundo: dijo que los humanos, en un tiempo olvidado, eran completos, redondos, autosuficientes, y que por su fuerza los dioses los partieron en dos, condenándolos a caminar desde entonces por la tierra con una nostalgia inexplicable, buscando en otros brazos, en otros rostros, la forma perdida de sí mismos; al oírlo, algunos sonrieron con ternura, otros sintieron un leve dolor en el pecho, como si alguien hubiera puesto palabras a una herida vieja. El anfitrión habló después con elegancia, describiendo el amor como algo joven, luminoso, delicado, siempre bello y siempre bueno, y sus palabras eran tan perfectas que parecían no haber tocado nunca la aspereza de la vida. Fue entonces cuando Sócrates, que hasta ese momento había escuchado con una atención casi infantil, habló sin imponerse, sin levantar la voz, diciendo que él no sabía qué era el amor, que nunca se había tenido por experto en esas cosas, pero que una vez una mujer sabia le había enseñado a mirarlo de otro modo. Y contó que el amor no es un dios satisfecho, sino un caminante, un hijo de la carencia y del deseo, alguien que no posee la belleza ni la bondad, pero las anhela con tal intensidad que no puede dejar de avanzar; el amor —dijo— nace de lo que nos falta, y por eso se mueve, por eso inquieta, por eso nunca nos deja en paz. Luego habló de una escalera invisible que el amor nos invita a subir, sin obligarnos nunca: primero nos detenemos en la belleza de un cuerpo, después descubrimos que esa belleza no es única ni exclusiva, que hay muchas formas bellas, y entonces el amor se ensancha; más tarde aprendemos a amar lo que no se ve, las almas, los gestos justos, la fidelidad silenciosa; después amamos las leyes que ordenan la convivencia y las ideas que iluminan la mente, hasta que, si hemos sido fieles al impulso del amor y no lo hemos traicionado reduciéndolo a posesión, alcanzamos a contemplar algo que ya no pertenece a nadie, una belleza que no envejece ni se rompe, una verdad que no depende del deseo, algo que no se puede abrazar pero que, al mirarlo, nos transforma. Cuando terminó de hablar, el vino quedó intacto en las copas, nadie tuvo prisa por responder, y en ese silencio denso comprendieron que el amor no es quedarse sino ascender, no es tener sino volverse otro, que amar de verdad es aceptar una falta que no se colma poseyendo, sino caminando, creando, dando a luz ideas, obras, gestos, vidas, y mientras la noche seguía su curso y las lámparas ardían con paciencia, cada uno supo, sin decirlo, que había entrado al banquete con una idea del amor y salía con una pregunta más honda, y que quizá eso —esa inquietud luminosa— era ya una forma de amar.

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