Vivimos en una época extraordinaria: ya no necesitamos amigos, familia ni enemigos. El teléfono se encarga de todo. Basta con que uno tenga línea —fija, móvil o imaginaria— para recibir, varias veces al día, el milagro moderno de la llamada de spam.
Estas llamadas no llegan solas. Llegan con una seguridad
aplastante, con una voz sonriente que no conoce la duda y con la firme
convicción de que uno lleva toda la vida esperando exactamente eso que jamás
pidió.
—Buenos días, le hablamos de su banco —dicen.
—Tenemos una promoción exclusiva para usted —continúan—,
porque es un cliente preferente.
Preferente… aunque uno tenga la cuenta en ceros, la tarjeta
al límite y el historial financiero más triste que un bolero de los años
cincuenta.
El catálogo es vasto y creativo:
- Tarjetas
platino, oro, diamante o hechas con polvo de estrellas.
- Seguros
que cubren desde accidentes hasta mordeduras de perro con trauma
emocional.
- Créditos
“preautorizados” que uno no pidió, no quiere y no podría pagar ni
vendiendo el refrigerador.
Y cuando uno dice que no, empieza el verdadero espectáculo.
—¿Me permite explicarle los beneficios?
Luego están las llamadas que ya no venden… pescan.
—Señor, detectamos un cargo sospechoso en su cuenta.
Aquí el tono cambia. Ya no son amables. Ahora son héroes.
Salvadores financieros. Ángeles de la banca armados con diademas baratas.
—Para proteger su dinero, necesitamos que confirme sus
datos.
Hay quien cuelga. Hay quien insulta. Y hay quien, como
deporte extremo, decide divertirse un poco.
—Claro que sí —dice uno—, anote: cuatro, ocho, quince,
dieciséis, veintitrés, cuarenta y dos…
—Señor, eso no es un número de tarjeta.
—Ah, disculpe, es que esa es la clave del universo.
Normalmente cuelgan.
Con el tiempo, uno aprende que estas llamadas son como los
mosquitos: no sirven para nada, aparecen sin aviso y siempre pican cuando uno
está más vulnerable. No distinguen horario, humor ni voluntad. Llaman mientras
uno maneja, come o intenta recordar para qué entró a la cocina.
Eso, en estos tiempos, ya es casi un acto de fe.
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