LA LOTERÍA DE HABER NACIDO
Cuando dispongo de tiempo libre —que en realidad es casi siempre— me descubro pensando. No por disciplina ni por método, sino por una especie de necesidad íntima, como si mi mundo interior exigiera ser ordenado de vez en cuando para no desbordarse. A veces creo que es una manía; otras, sospecho que es algo más profundo, quizá una inclinación antigua que me acompaña desde antes de tener palabras para nombrarla.
Aquel día llovía. La lluvia golpeaba los vidrios de la ventana con una insistencia serena, y la luz del sol, filtrada por las nubes, parecía cansada, desprovista de su habitual entusiasmo, como si también ella pudiera experimentar melancolía. El agua se abrió paso por una rendija casi invisible y estuvo a punto de mojar mi salterio, que reposaba cerca del alféizar. Me apresuré a cambiarlo de sitio y, llevado por el ánimo del momento, intenté tocar una melodía nostálgica. Sin embargo, el instrumento estaba desafinado y yo no me sentía con fuerzas para poner de acuerdo sus noventa cuerdas. Afinar requiere paciencia, y aquel día mi paciencia estaba ocupada en otra parte.
Renuncié a la música y dejé que el pensamiento tomara su lugar. Como suele ocurrir, mis ideas comenzaron a desplazarse sin rumbo fijo, saltando de una a otra como mariposas atraídas por una luz que no saben explicar, hasta que fueron a posarse en una pregunta tan simple como inquietante: ¿están todas las cosas condenadas a ser lo que son?
Los animales parecen no plantearse semejante dilema. Los perros no se angustian por el alimento del mañana ni por el destino de sus crías; les basta un refugio cálido y la certeza inmediata de la comida diaria. Las plantas, por su parte, ni siquiera tienen la posibilidad de cambiar de lugar: esta nació jacaranda, aquella acacia, esta manzano, y a aquella le tocó, por una suerte ciega, ser hiedra venenosa. Cada una cumple su ciclo sin protestar, sin preguntarse si pudo haber sido otra cosa. La vida, para ellas, es simplemente eso: ocurrir.
Pensé entonces en el sol, ese astro del que depende nuestra existencia cotidiana y al que solemos atribuir una importancia casi absoluta. Existirá aún por millones de años más, es cierto, pero incluso él tiene un límite. Con toda su grandeza, el sol es sol, y de ahí no pasa. No puede elegir otra forma de arder ni otro destino que el de consumirse lentamente en su propia naturaleza.
El ser humano, en cambio, parece una anomalía en ese orden fijo. Es la única criatura que no viene terminada del todo. Puede hacerse y rehacerse, desviarse, corregirse o perderse. Puede elegir ser alguien que cuida, que construye, que enseña; o alguien que destruye, que somete, que violenta. Puede convertirse en ingeniero, médico o profesor, pero también en delincuente, traficante o verdugo. Puede detenerse a contemplar el mundo, crear música y palabras, aprender lenguas ajenas, convivir en armonía con otros, o bien cerrar los ojos y fingir que nada de esto merece atención known.
Sin embargo, cuanto más pensaba en esa supuesta libertad, más se filtraba la duda. ¿Somos realmente los autores de nosotros mismos, o solo actores convencidos de que improvisan un guion ya escrito? ¿No serán las circunstancias —la cuna, el cuerpo, la época, el entorno— las que nos moldean con mayor fuerza, mientras nos permiten conservar la ilusión de que elegimos?
Hay personas que parecen llegar al mundo con ventaja. Sin haber hecho mérito alguno, nacen con rasgos considerados bellos: proporciones armónicas, rostros aceptados, voces que inspiran confianza, pieles que encajan en los cánones dominantes. Estas personas suelen caminar con una seguridad que no siempre saben explicar. En cambio, quienes no cumplen con esos estándares aprenden pronto que la belleza funciona como un salvoconducto invisible. Son ignorados, desplazados, y si se atreven a irrumpir en el territorio de los favorecidos, se les mira como intrusos, como errores de cálculo, a menudo convertidos en objeto de burla o rechazo.
Entonces vuelve a imponerse una verdad incómoda: el ser humano no es solo lo que decide ser, sino también lo que le ha sido dado. Somos nosotros y nuestras circunstancias, inseparables, entrelazados. Nos hacemos, sí, pero solo dentro de un marco que no hemos elegido del todo. La libertad existe, pero no es absoluta; se mueve dentro de límites que a veces apenas alcanzamos a percibir.
Y aun así, la pregunta persiste. ¿Hasta qué punto podemos trascender ese marco? ¿No habrá, acaso, un pequeño genio burlón —una ironía del universo— que nos concede conciencia para que la carga pese más, para que empujemos nuestra piedra con la esperanza de que esta vez llegará a la cima, aunque el destino se repita? Como Sísifo, convencidos de que el esfuerzo tiene sentido, incluso cuando la rutina amenaza con imponerse.
La lluvia seguía cayendo cuando terminé de pensar en todo esto. El salterio permanecía en silencio, intacto, como esperando un día más propicio para ser afinado. Comprendí entonces que pensar quizá no sea encontrar respuestas definitivas, sino aprender a convivir con las preguntas, sostenerlas sin rompernos, y aceptar que, en esa tensión entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser, se juega silenciosamente el sentido de nuestra vida.

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