Cuando pienso en el Festival OTI, no lo recuerdo como un programa de televisión, sino como una atmósfera. Era una de esas pocas noches en que la casa cambiaba de ritmo: se bajaba el volumen de las conversaciones, se acercaban las sillas a la pantalla y alguien decía, casi en susurro, “ya va a empezar”. Yo era adolescente —luego adulto muy joven— y no entendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero intuía que aquello era importante.
Las canciones del OTI no entraban corriendo. Se presentaban
con respeto, con orquesta, con intérpretes que parecían cargar una
responsabilidad mayor que la suya. A veces no entendía la letra completa, pero
la emoción llegaba igual. Recuerdo escuchar Que alegra va María y sentir
que algo se acomodaba por dentro, como si la música supiera más de mí que yo
mismo. Aquella canción sonaba a verdad, a promesa limpia, a una ternura que no
necesitaba explicarse.
En otras ediciones, la memoria se llena de melodías más
íntimas, como Hoy canto por cantar, que parecía demasiado grande para la
sala de la casa y, sin embargo, ahí estaba, llenándolo todo. Los adultos
guardaban silencio, y uno aprendía —sin que nadie lo dijera— que el amor podía
doler y ser hermoso al mismo tiempo.
Hubo canciones que se quedaron para siempre, como El amor,
cosa tan rara, que resonaban en la radio días después y nos hacían revivir
la noche del festival. O Canta cigarra, que parecía escrita para esos
momentos en que la infancia empezaba a despedirse sin avisar.
En mi juventud, el OTI seguía siendo una referencia. No
siempre ganaban las canciones que más nos marcaban, pero eso daba igual. Lo
importante era discutirlas al día siguiente, tararearlas sin saber bien la
letra, defender una melodía como si fuera propia. Canciones como Un bolero
se colaban en la vida cotidiana, acompañando viajes, tardes largas, primeros
silencios compartidos.
Hoy, cuando las escucho de nuevo, no solo oigo música: veo
la sala, la luz tibia del televisor, los rostros atentos, la sensación de estar
creciendo sin darme cuenta. El Festival OTI fue una educación sentimental.
Nos enseñó a escuchar con paciencia, a emocionarnos sin vergüenza, a entender
que una canción podía ser un lugar al que volver.
Tal vez por eso se le extraña. Porque no era solo un
certamen: era un ritual. Un momento en que los países cantaban y, sin saberlo,
también cantaba nuestra infancia. Y aunque el tiempo haya pasado y el festival
ya no exista, esas canciones siguen ahí, intactas, esperándonos. Basta
escucharlas para que todo vuelva: la casa, la noche, la emoción… y nosotros
mismos, un poco más jóvenes, un poco más inocentes, creyendo que el mundo cabía
entero en una canción.
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