lunes, 19 de enero de 2026

EL FESTIVAL DE LA OTI: LAS NOCHES EN QUE CANTABAN LOS PAÍSES IBEROAMERICANOS




Cuando pienso en el Festival OTI, no lo recuerdo como un programa de televisión, sino como una atmósfera. Era una de esas pocas noches en que la casa cambiaba de ritmo: se bajaba el volumen de las conversaciones, se acercaban las sillas a la pantalla y alguien decía, casi en susurro, “ya va a empezar”. Yo era adolescente —luego adulto muy joven— y no entendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero intuía que aquello era importante.

Las canciones del OTI no entraban corriendo. Se presentaban con respeto, con orquesta, con intérpretes que parecían cargar una responsabilidad mayor que la suya. A veces no entendía la letra completa, pero la emoción llegaba igual. Recuerdo escuchar Que alegra va María y sentir que algo se acomodaba por dentro, como si la música supiera más de mí que yo mismo. Aquella canción sonaba a verdad, a promesa limpia, a una ternura que no necesitaba explicarse.

En otras ediciones, la memoria se llena de melodías más íntimas, como Hoy canto por cantar, que parecía demasiado grande para la sala de la casa y, sin embargo, ahí estaba, llenándolo todo. Los adultos guardaban silencio, y uno aprendía —sin que nadie lo dijera— que el amor podía doler y ser hermoso al mismo tiempo.

Hubo canciones que se quedaron para siempre, como El amor, cosa tan rara, que resonaban en la radio días después y nos hacían revivir la noche del festival. O Canta cigarra, que parecía escrita para esos momentos en que la infancia empezaba a despedirse sin avisar.

En mi juventud, el OTI seguía siendo una referencia. No siempre ganaban las canciones que más nos marcaban, pero eso daba igual. Lo importante era discutirlas al día siguiente, tararearlas sin saber bien la letra, defender una melodía como si fuera propia. Canciones como Un bolero se colaban en la vida cotidiana, acompañando viajes, tardes largas, primeros silencios compartidos.

Hoy, cuando las escucho de nuevo, no solo oigo música: veo la sala, la luz tibia del televisor, los rostros atentos, la sensación de estar creciendo sin darme cuenta. El Festival OTI fue una educación sentimental. Nos enseñó a escuchar con paciencia, a emocionarnos sin vergüenza, a entender que una canción podía ser un lugar al que volver.

Tal vez por eso se le extraña. Porque no era solo un certamen: era un ritual. Un momento en que los países cantaban y, sin saberlo, también cantaba nuestra infancia. Y aunque el tiempo haya pasado y el festival ya no exista, esas canciones siguen ahí, intactas, esperándonos. Basta escucharlas para que todo vuelva: la casa, la noche, la emoción… y nosotros mismos, un poco más jóvenes, un poco más inocentes, creyendo que el mundo cabía entero en una canción.

 

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