Una sombra en el espejo.
Cristina Pacheco (1996) México,
Siempre que ordeno mi clóset me encuentro un montón de
zapatos que no uso. Cuando he intentado tirarlos o regalarlos me arrepiento y
los devuelvo a su lugar. El absurdo se justifica por mi superstición: mientras
conserve esos zapatos podré volver a las etapas de mi vida con que están
asociados.
Me gustaría tener la misma relación con los paraguas. Es
imposible porque todos los pierdo. Cuando empieza la temporada de lluvias tengo
que comprarme uno. En cuanto me encariño con él lo extravío. Nunca hago nada
por recuperarlo. Quizá se deba a que son demasiado corrientes o a que pienso
que su destino es bogar en la lluvia. Por eso me llamó la atención oírme decir:
Tengo que volver al restaurante, olvidé mi paraguas.
Fue difícil rechazar la gentileza de mis anfitriones, que
insistían en acompañarme, pero logré quedarme sola para reencontrarme con ese
espacio del que había estado ausente más de diez años. La modificación de las
calles, los nuevos edificios, las casas demolidas, se encargaron de cobrarme mi
abandono, haciéndome sentir extraña en el sitio al que me llegaron recuerdos
familiares y, sobre todo, la memoria de Aurelio. Me hice la pregunta
inevitable: ¿Qué habrá sido de él? Tal vez había realizado el proyecto que
compartimos de jóvenes como espacio de un destino común: comprar un terreno,
construir una casa y formar una familia.
Sentí algo parecido a los celos cuando me asaltó la idea de
que quizá estaría realizando nuestro sueño con otra mujer, tuve la certeza de
que estaba casado. Probablemente le habría hablado a su esposa de mí, de
nuestras caminatas bajo la lluvia perpetua que aísla y protege a San Andrés
Cholula con tanto celo como las montañas que lo rodean. Si ella advirtió alguna
emoción en el relato, de seguro inquirió por el motivo de nuestra separación.
La pregunta tuvo que haberse quedado sin respuesta porque yo
misma nunca le di una explicación.
Ocurrió durante las vacaciones. Cuando Aurelio fue a
despedirme, me alejé por el camino asfaltado. No le mentí al decirle: Nos vemos
en septiembre. Sin embargo, pasaron diez años para que yo regresara. La capital
me atrapó … su figura, su voz se fueron diluyendo como un terrón de azúcar en
el café. Muchas veces tuve la intención de escribirle y explicarle lo que
estaba sucediendo; pero la debilidad de mis argumentos me orilló a destruir las
cartas.
Al final suspendí ese diálogo silencioso.
Llegué al restaurante. A sesenta minutos de mi primera
visita, me pareció diferente, mucho más animado y agradable. Me sobresaltó
escuchar una voz: Uy, ¿regresó tan pronto? ¡Qué bueno, qué bueno! Eso quiere
decir que le gustó el lugar. ¿Qué le servimos? Me tranquilicé en cuanto
reconocí al mesero que, en mangas de camisa y con mandil blanco, nos había
atendido apenas una hora antes. Nada, gracias. Lo que pasa es que olvidé mi
paraguas, ¿me permite entrar a buscarlo?
El mismo me condujo hasta el saloncito interior. Mientras
nos abríamos paso entre las mesas demasiado juntas teorizó acerca de los
paraguas: Yo no sé qué tienen, todo el mundo los pierde. Y si no me cree,
pregúntele a cualquiera de las personas que están aquí. En ningún momento se
volvió a verme. No esperaba respuesta alguna.
En cuanto llegamos a la mesa vi que la ocupaban nuevos
comensales a los que el mesero interrogó: La señorita dejó aquí un paraguas
amarillo. ¿No lo vieron? Los comensales indicaron un no con la cabeza. Entonces
vaya con la cajera. Es posible que se lo hayan entregado … aunque en estos
tiempos nunca se sabe. La gente ha cambiado mucho, lo mismo que el mundo.
Terminada la frase, el filosofó desapareció.
Caminé hacia la cajera y pregunté por mi paraguas. Sin mirarme
siguió contando billetes; Estoy haciendo el corte. Si me espera un momento por
favor… Celebré su ocupación porque me justificaba para permanecer en un sitio
que se me volvía más fascinante a cada minuto.
Sin que nadie me viera, podía mirarlo todo, desde los
adornos hasta las parejitas que reflejaban su amor en el espejo italiano. Allí encontré
el rostro de Aurelio. Tuve que taparme la boca para no gritar su nombre. Me concreté
a observarlo: era él. Diez años lo habían cambiado muy poco: más grueso, más
profundas las líneas que definían su rostro. Acabé de reconocerlo cuando lo vi
adelantar los hombros hacia la persona que lo fascinaba con su conversación a
la cual no logré ver.
Su paraguas, me dijo abruptamente la mesera que, sorprendida
por mi quietud, tuvo que ponerme el objeto en las manos. Le sonreí, pero ella
siguió viéndome con cierta molestia. Mi permanencia junto a la caja le
despertaba desconfianza. No me quedó otro remedio que salir del restaurante.
Caminé de prisa, huyendo de algo que, aunque quisiera, no
iba a dejar atrás: mis sentimientos. Los había descubierto en el espejo donde
encontré reflejado el rostro de Aurelio. Entonces me di cuenta de que era la única
persona de la que siempre estuve enamorada. ¿Tenía derecho a decírselo? ¿Tenía
derecho a buscarlo y a tomarlo con la misma naturalidad como recuperé el
paraguas?
La tentación de volver al restaurante crecía y crecía
conforme iba alejándome. No lo pensé más y desandé el camino. Me impulsaban muchas emociones. La más fuerte,
la más profunda era la esperanza: una casa de adobe olorosa a madera y a barro.
Cuando entré en el restaurante escuché la voz burlona del
mesero: Y ahora, ¿Qué se le olvidó? Me limité a reír y seguí de largo. Me sorprendió
ver personas desconocidas ocupando las mesas, a otras parejas de enamorados reflejándose
en el espejo.
Ignoro cómo salí del lugar. Caminé despacio, aún con la
esperanza de toparme con Aurelio en la calle. No lo hallé. Tomé mi paraguas. Lo
abrí. Su color amarillo me protegió contra la noche lluviosa, intensamente
oscura.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario