En Mineral de Pozos, el pasado no pesa como ruina, sino como presencia invisible. Uno camina y tiene la extraña certeza de no interrumpir nada, de llegar tarde a una escena que sigue ocurriendo aunque ya no haya actores visibles. Todo parece en pausa, pero no detenido: simplemente atento.
Es comprender que lo que vibra en ti no te pertenece del todo. Que esa emoción profunda —esa mezcla de asombro, silencio y gravedad— ya vivió en otros y volverá a vivir en alguien más. Sabes, y lo aceptas sin drama, que la vida no empieza contigo y no termina contigo.
Pero también sabes algo esencial: se atraviesa de manera única.
La vida pasa por ti como la luz por una grieta específica del muro. No vuelve a entrar igual, no deja la misma sombra, no calienta del mismo modo. Tú no eres el origen ni el final, pero eres un modo irrepetible de sentirla.
Quizá, algún día, otro ser humano se detenga en otro pueblo semivacío, en otro tiempo, bajo otro cielo, y sienta en el pecho algo inexplicable y verdadero. No sabrá de ti. No dirá tu nombre. Pero sentirá esa misma hondura.
Y en ese instante, sin conocerse, ustedes dos —separados por décadas, por historias, por polvo— estarán unidos por la misma respiración lenta del tiempo.

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