viernes, 20 de febrero de 2026

EL CERRO DONDE MÉXICO SE ARRODILLA… Y CANTA

 



Hay cerros que son sólo geografía. Y hay cerros que, sin pedir permiso, se vuelven símbolo.

En el corazón de Guanajuato, justo donde los caminos parecen dudar hacia dónde ir, se levanta el Cerro del Cubilete, coronado por una figura que no solo mira al horizonte: lo bendice. Es el Cristo Rey del Cubilete, uno de los monumentos religiosos más imponentes y cargados de historia de México.

Y sí: también es un cerro que se canta. El ombligo simbólico de México.

El Cubilete no es el cerro más alto del país, pero sí uno de los más centrales. Durante mucho tiempo se le consideró, simbólicamente, el “centro geográfico” de México. No tanto por exactitud cartográfica, sino por algo más profundo: desde ahí, el país parece abrirse en todas direcciones.

Quizá por eso los peregrinos suben. Quizá por eso los músicos lo nombran. Quizá por eso el viento ahí arriba suena distinto.

Un Cristo con historia (y resistencia)

El Cristo que hoy domina el cerro no fue el primero. El original se levantó en 1920, pero fue destruido pocos años después durante la Guerra Cristera, cuando la fe se volvió también conflicto político y social.

El actual Cristo Rey —colosal, solemne, con los brazos abiertos y la mirada firme— fue inaugurado en 1950. Está hecho de bronce, mide más de 20 metros y se alza sobre un santuario circular que recuerda más a una fortaleza que a una simple iglesia.

No es un Cristo frágil. Es un Cristo de altura, viento y piedra. Un Cristo que no baja al pueblo: el pueblo sube a él.

 “No hay más que ir siguiendo los caminos…” Y entonces aparece la música.

En su inmortal corrido Caminos de Guanajuato, José Alfredo Jiménez no sólo recorre brechas y ciudades: levanta un mapa sentimental donde la tierra y la fe caminan juntas.

Y entonces lo dice sin rodeos, como quien señala algo sagrado que todos reconocen desde lejos:

 

El Cristo de tu montaña

El cerro del Cubilete

Consuelo de los que sufren

Adoración de la gente

El Cristo de tu montaña

Del cerro del Cubilete

 

Aquí no hay metáfora escondida ni paisaje insinuado. José Alfredo nombra el cerro con la misma naturalidad con la que uno menciona la casa de la infancia. El Cubilete no es fondo escénico: es consuelo. Es promesa. Es punto de referencia espiritual en medio de los caminos torcidos del estado.

Cuando lo canta, no habla sólo de polvo y carretera; habla de ese lugar al que se mira cuando la vida aprieta. De ese Cristo que, desde lo alto, parece escuchar rancheras, plegarias y despedidas al mismo tiempo.

El Cubilete no aparece como postal turística, sino como presencia implícita: ese lugar que todos saben que está ahí, aunque no siempre se nombre. Como la fe. Como la tierra natal. Como la canción que uno no necesita terminar para saber cómo duele.

Peregrinos, motociclistas y viajeros.

Hoy el cerro es punto de encuentro para: Peregrinaciones masivas, viajeros curiosos, motociclistas que suben en caravana, creyentes, no creyentes y contemplativos

Algunos suben a rezar. Otros, a mirar el paisaje. Otros, simplemente a estar. Y todos, de algún modo, guardan silencio cuando llegan arriba.

Un cerro que une cielo, tierra y canción

El Cerro del Cubilete no es sólo religión. No es sólo historia. No es sólo paisaje.

Es uno de esos raros lugares donde México se explica a sí mismo: con fe, con heridas, con canciones y con caminos que no siempre llevan a donde uno planeaba… pero sí a donde uno recuerda.

Quizá por eso José Alfredo lo entendió tan bien. Porque hay cerros que se visitan. Y hay cerros que se cantan. Y el Cubilete, hace ambas cosas al mismo tiempo.

 

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