Hay cerros que son sólo
geografía. Y hay cerros que, sin pedir permiso, se vuelven símbolo.
En el corazón de Guanajuato, justo donde los caminos parecen dudar hacia dónde ir, se levanta el Cerro del Cubilete, coronado por una figura que no solo mira al horizonte: lo bendice. Es el Cristo Rey del Cubilete, uno de los monumentos religiosos más imponentes y cargados de historia de México.
Y sí: también es un cerro que se
canta. El ombligo simbólico de México.
El Cubilete no es el cerro más
alto del país, pero sí uno de los más centrales. Durante mucho tiempo se le
consideró, simbólicamente, el “centro geográfico” de México. No tanto por
exactitud cartográfica, sino por algo más profundo: desde ahí, el país parece
abrirse en todas direcciones.
Quizá por eso los peregrinos
suben. Quizá por eso los músicos lo nombran. Quizá por eso el viento ahí arriba
suena distinto.
Un Cristo con historia (y
resistencia)
El Cristo que hoy domina el cerro
no fue el primero. El original se levantó en 1920, pero fue destruido pocos
años después durante la Guerra Cristera, cuando la fe se volvió también
conflicto político y social.
El actual Cristo Rey —colosal,
solemne, con los brazos abiertos y la mirada firme— fue inaugurado en 1950.
Está hecho de bronce, mide más de 20 metros y se alza sobre un santuario
circular que recuerda más a una fortaleza que a una simple iglesia.
No es un Cristo frágil. Es un
Cristo de altura, viento y piedra. Un Cristo que no baja al pueblo: el pueblo
sube a él.
“No hay más que ir siguiendo los caminos…” Y
entonces aparece la música.
En su inmortal corrido Caminos de
Guanajuato, José Alfredo Jiménez no sólo recorre brechas y ciudades: levanta un
mapa sentimental donde la tierra y la fe caminan juntas.
Y entonces lo dice sin rodeos,
como quien señala algo sagrado que todos reconocen desde lejos:
El
Cristo de tu montaña
El
cerro del Cubilete
Consuelo
de los que sufren
Adoración
de la gente
El
Cristo de tu montaña
Del
cerro del Cubilete
Aquí no hay metáfora escondida ni
paisaje insinuado. José Alfredo nombra el cerro con la misma naturalidad con la
que uno menciona la casa de la infancia. El Cubilete no es fondo escénico: es
consuelo. Es promesa. Es punto de referencia espiritual en medio de los caminos
torcidos del estado.
Cuando lo canta, no habla sólo de
polvo y carretera; habla de ese lugar al que se mira cuando la vida aprieta. De
ese Cristo que, desde lo alto, parece escuchar rancheras, plegarias y
despedidas al mismo tiempo.
El Cubilete no aparece como
postal turística, sino como presencia implícita: ese lugar que todos saben que
está ahí, aunque no siempre se nombre. Como la fe. Como la tierra natal. Como
la canción que uno no necesita terminar para saber cómo duele.
Peregrinos, motociclistas y
viajeros.
Hoy el cerro es punto de
encuentro para: Peregrinaciones masivas, viajeros curiosos, motociclistas que
suben en caravana, creyentes, no creyentes y contemplativos
Algunos suben a rezar. Otros, a
mirar el paisaje. Otros, simplemente a estar. Y todos, de algún modo, guardan
silencio cuando llegan arriba.
Un cerro que une cielo, tierra y
canción
El Cerro del Cubilete no es sólo
religión. No es sólo historia. No es sólo paisaje.
Es uno de esos raros lugares
donde México se explica a sí mismo: con fe, con heridas, con canciones y con
caminos que no siempre llevan a donde uno planeaba… pero sí a donde uno
recuerda.
Quizá por eso José Alfredo lo
entendió tan bien. Porque hay cerros que se visitan. Y hay cerros que se
cantan. Y el Cubilete, hace ambas cosas al mismo tiempo.
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