jueves, 26 de febrero de 2026

LA HORA DEL UNIVERSO, O CÓMO PASAMOS DEL ASTROLABIO AL CELULAR… Y QUIZÁ OLVIDAMOS MIRAR EL CIELO

 


Hubo un tiempo —no tan lejano como creemos— en que saber la hora era casi un privilegio social.

En las décadas de 1960, llevar un reloj de pulso no era un detalle trivial: era un pequeño símbolo de prosperidad. El reloj brillaba en la muñeca como una credencial silenciosa de orden y puntualidad. Quien lo poseía adquiría, sin saberlo, una responsabilidad pública: responder a la pregunta más repetida del siglo XX:

—Disculpe… ¿qué horas son?

Y ahí estaba el orgulloso propietario, girando ligeramente la muñeca con elegancia casi diplomática, como si consultara un secreto importante del universo.

Porque el tiempo —entonces— aún parecía algo serio.

Cuando preguntar la hora era un acto humano

Preguntar la hora implicaba conversación, contacto, confianza momentánea entre desconocidos. El tiempo no era individual: era compartido.

Hoy, en cambio, hasta el más humilde de los bolsillos guarda un teléfono capaz de mostrar la hora exacta, los segundos exactos y, si uno quiere, la hora exacta de Tokio, Oslo o Buenos Aires mientras realiza una videollamada que habría parecido magia pura en 1965.

El milagro tecnológico se volvió costumbre. Y la costumbre, invisible. Ya no preguntamos la hora. La consultamos en silencio.

Un viajero del Renacimiento perdido en el presente

Imaginemos ahora algo más divertido.

Supongamos que un navegante del Renacimiento resucita de pronto en una comunidad rural contemporánea. Lleva consigo su orgulloso astrolabio, quizá un cuadrante de latón cuidadosamente grabado, instrumentos que durante siglos representaron la cima del conocimiento humano.

Una anciana se le acerca:

—Joven, ¿qué horas cree que sean?

El hombre sonríe con dignidad científica. Observa el cielo. Ajusta su instrumento. Calcula la altura del Sol. Consulta tablas mentales aprendidas tras años de estudio. Pasan diez minutos. Finalmente anuncia:

—Buena señora, considerando la estación invernal y la posición solar… estimo que son aproximadamente las cuatro de la tarde.

La ancianita lo mira con paciencia campesina y responde:

—¡Ave María! Tanto batalló para eso… ni los minutos me dijo. Para la próxima mejor prendo mi radio en la XELG; ahí dan la hora después de cada canción.

Y así, en un instante, cinco siglos de astronomía aplicada quedan derrotados por la programación musical.

El triunfo de la precisión… y una pequeña pérdida

Hoy un niño de primaria lleva en el bolsillo un dispositivo que supera en cálculo a todos los observatorios del Renacimiento juntos. Ya ni siquiera necesita interpretar manecillas: los números aparecen claros, exactos, indiscutibles.

La hora ya no se deduce. Se recibe. Pero en esa comodidad silenciosa ocurrió algo curioso: dejamos de mirar el cielo para saber dónde estamos en el tiempo.

Cuando medir la hora era conversar con el cosmos

Quienes dominaban el astrolabio no sólo medían horas; medían relaciones:

v  entre la Tierra y el Sol,

v  entre las estrellas y las estaciones,

v  entre el movimiento del cielo y la vida humana.

Cada cálculo era un diálogo con el universo.

Para saber la hora había que comprender el mundo: observar sombras, reconocer constelaciones, sentir la inclinación del planeta bajo los pies. El tiempo no era un número; era un fenómeno cósmico. El pulso del cielo y el pulso humano parecían sincronizados.

La paradoja moderna

Hoy conocemos la hora con una precisión absurda —atómica incluso— y sin embargo rara vez sentimos el paso real del tiempo.

Sabemos exactamente qué minuto es… pero casi nunca dónde estamos dentro del universo. Hemos ganado exactitud y perdido asombro.

No se trata, claro, de abandonar la tecnología ni de regresar al astrolabio como si la nostalgia fuera progreso. Sería tan impráctico como romántico. La invitación es otra.

Recuperar el vértigo

Tal vez baste con algo sencillo: detenernos alguna noche, levantar la mirada y recordar que durante miles de años los seres humanos conocieron la hora mirando estrellas que giraban lentamente sobre sus cabezas. Sentir —aunque sea por un instante— ese vértigo antiguo: el de habitar un planeta que rota en silencio, el de vivir dentro de un reloj cósmico inmenso, el de comprender nuestra pequeñez sin dejar de maravillarnos por ella.

Porque quizá el verdadero progreso no consiste sólo en saber la hora exacta… sino en no olvidar dónde estamos cuando el tiempo pasa.

 


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