Hubo un tiempo —no tan lejano como creemos— en que saber la hora era casi un privilegio social.
En las décadas de 1960, llevar un reloj de pulso no era un detalle trivial: era un pequeño símbolo de prosperidad. El reloj brillaba en la muñeca como una credencial silenciosa de orden y puntualidad. Quien lo poseía adquiría, sin saberlo, una responsabilidad pública: responder a la pregunta más repetida del siglo XX:
—Disculpe… ¿qué horas son?
Y ahí estaba el orgulloso
propietario, girando ligeramente la muñeca con elegancia casi diplomática, como
si consultara un secreto importante del universo.
Porque el tiempo —entonces— aún
parecía algo serio.
Cuando preguntar la hora era
un acto humano
Preguntar la hora implicaba
conversación, contacto, confianza momentánea entre desconocidos. El tiempo no
era individual: era compartido.
Hoy, en cambio, hasta el más
humilde de los bolsillos guarda un teléfono capaz de mostrar la hora exacta,
los segundos exactos y, si uno quiere, la hora exacta de Tokio, Oslo o Buenos
Aires mientras realiza una videollamada que habría parecido magia pura en 1965.
El milagro tecnológico se volvió
costumbre. Y la costumbre, invisible. Ya no preguntamos la hora. La consultamos
en silencio.
Un viajero del Renacimiento
perdido en el presente
Imaginemos ahora algo más
divertido.
Supongamos que un navegante del
Renacimiento resucita de pronto en una comunidad rural contemporánea. Lleva
consigo su orgulloso astrolabio, quizá un cuadrante de latón cuidadosamente
grabado, instrumentos que durante siglos representaron la cima del conocimiento
humano.
Una anciana se le acerca:
—Joven, ¿qué horas cree que sean?
El hombre sonríe con dignidad
científica. Observa el cielo. Ajusta su instrumento. Calcula la altura del Sol.
Consulta tablas mentales aprendidas tras años de estudio. Pasan diez minutos. Finalmente
anuncia:
—Buena señora, considerando la
estación invernal y la posición solar… estimo que son aproximadamente las
cuatro de la tarde.
La ancianita lo mira con
paciencia campesina y responde:
—¡Ave María! Tanto batalló para
eso… ni los minutos me dijo. Para la próxima mejor prendo mi radio en la XELG;
ahí dan la hora después de cada canción.
Y así, en un instante, cinco
siglos de astronomía aplicada quedan derrotados por la programación musical.
El triunfo de la precisión… y
una pequeña pérdida
Hoy un niño de primaria lleva en
el bolsillo un dispositivo que supera en cálculo a todos los observatorios del
Renacimiento juntos. Ya ni siquiera necesita interpretar manecillas: los
números aparecen claros, exactos, indiscutibles.
La hora ya no se deduce. Se
recibe. Pero en esa comodidad silenciosa ocurrió algo curioso: dejamos de mirar
el cielo para saber dónde estamos en el tiempo.
Cuando medir la hora era
conversar con el cosmos
Quienes dominaban el astrolabio
no sólo medían horas; medían relaciones:
v entre
la Tierra y el Sol,
v entre
las estrellas y las estaciones,
v entre
el movimiento del cielo y la vida humana.
Cada cálculo era un diálogo con
el universo.
Para saber la hora había que
comprender el mundo: observar sombras, reconocer constelaciones, sentir la
inclinación del planeta bajo los pies. El tiempo no era un número; era un
fenómeno cósmico. El pulso del cielo y el pulso humano parecían sincronizados.
La paradoja moderna
Hoy conocemos la hora con una
precisión absurda —atómica incluso— y sin embargo rara vez sentimos el paso
real del tiempo.
Sabemos exactamente qué minuto
es… pero casi nunca dónde estamos dentro del universo. Hemos ganado exactitud y
perdido asombro.
No se trata, claro, de abandonar
la tecnología ni de regresar al astrolabio como si la nostalgia fuera progreso.
Sería tan impráctico como romántico. La invitación es otra.
Recuperar el vértigo
Tal vez baste con algo sencillo: detenernos
alguna noche, levantar la mirada y recordar que durante miles de años los seres
humanos conocieron la hora mirando estrellas que giraban lentamente sobre sus
cabezas. Sentir —aunque sea por un instante— ese vértigo antiguo: el de habitar
un planeta que rota en silencio, el de vivir dentro de un reloj cósmico
inmenso, el de comprender nuestra pequeñez sin dejar de maravillarnos por ella.
Porque quizá el verdadero
progreso no consiste sólo en saber la hora exacta… sino en no olvidar dónde
estamos cuando el tiempo pasa.
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