Durante los últimos años,
la inteligencia artificial —y en particular los chats de IA— han pasado de ser
una curiosidad tecnológica a una presencia cotidiana en aulas, hogares y
teléfonos móviles. Para muchos estudiantes, hoy resulta tan natural consultar a
un chat de IA como antes lo era abrir un libro o buscar en internet. Esto, por
supuesto, no es malo en sí mismo. Al contrario: estamos frente a una herramienta
revolucionaria, con un potencial educativo enorme. Sin embargo, como toda
herramienta poderosa, su uso acrítico conlleva riesgos.
El
encanto de la respuesta inmediata
Uno de los mayores
atractivos de los chats de IA es su fluidez. Responden rápido, con
seguridad, con un lenguaje claro y bien estructurado. Hablan de medicina,
filosofía, literatura, historia o astronomía con una soltura que puede dar la
impresión de que estamos ante una fuente casi infalible, cercana a una verdad absoluta.
Ese encanto no es casual:
los chats de IA están diseñados para responder siempre. Prefieren
ofrecer una respuesta plausible antes que decir “no sé”. Esta característica,
que los vuelve útiles y agradables, es también su mayor debilidad. Una
respuesta bien redactada no siempre es una respuesta correcta.
Cuando la
IA se equivoca… y nos despierta
Muchos usuarios descubren
los límites de la IA cuando esta falla en algo que ellos sí conocen bien: un
dato cultural, una autoría, una clasificación básica. El desconcierto aparece
de inmediato: ¿cómo puede acertar en temas complejos y equivocarse en algo
aparentemente sencillo?
La respuesta es clara: la
IA no verifica hechos ni razona como un ser humano. Genera probabilidades.
Funciona mejor en lo general que en lo específico; en lo universal más que en
lo local; en lo consensuado más que en lo preciso. No piensa: imita patrones
del lenguaje humano.
El riesgo
educativo: la pereza intelectual
Aquí surge una preocupación
legítima, especialmente en el ámbito educativo. El problema no es que los
estudiantes usen IA, sino cómo la usan.
Un alumno que delega
completamente su razonamiento en la máquina corre el riesgo de atrofiar
habilidades fundamentales:
- formular preguntas correctas
- detectar inconsistencias
- dudar de una respuesta
- contrastar fuentes
La IA no vuelve perezoso al
estudiante; el mal uso de la IA sí puede hacerlo. Lo mismo ocurrió en su
momento con la calculadora, el buscador web o incluso el GPS: herramientas que
ayudan enormemente, pero que mal empleadas sustituyen el esfuerzo mental en
lugar de acompañarlo.
Preguntar
mal, entender peor
Existe además un riesgo más
delicado: el de la mala interpretación. Una persona sin formación sólida
puede plantear preguntas imprecisas y recibir respuestas que parecen
suficientes, cuando en realidad no lo son.
Esto se vuelve
especialmente preocupante en temas sensibles como la salud. La IA puede ofrecer
información general sobre síntomas o tratamientos, pero no puede diagnosticar
ni asumir responsabilidad clínica. Confiar ciegamente en una respuesta —por
ejemplo, automedicarse ante lo que se cree una simple gripe— puede tener
consecuencias graves.
El error no es tecnológico,
sino humano: creer que una respuesta fluida equivale a una verdad segura.
La IA
como amplificador, no como sustituto
La inteligencia artificial amplifica
lo que ya existe:
- en manos de un estudiante crítico, potencia el
aprendizaje
- en manos de alguien acrítico, refuerza la
superficialidad
La IA ayuda mucho a quien
ya sabe pensar; no enseña a pensar por sí sola. Por eso, más que prohibirla, el
verdadero reto educativo es enseñar a usarla: a hacer buenas preguntas,
a reconocer sus límites y a saber cuándo no confiar en ella.
Una
conclusión necesaria
La inteligencia artificial
no es un enemigo del conocimiento humano, pero tampoco es su reemplazo. Es una
herramienta extraordinaria que exige, paradójicamente, más pensamiento
crítico, no menos.
Usada con criterio, puede
enriquecer el aprendizaje; usada sin él, puede empobrecerlo. La responsabilidad
final no recae en la máquina, sino en quienes la utilizan y, especialmente, en
quienes educan.
Porque, al final, ninguna
inteligencia artificial puede sustituir la capacidad humana de dudar,
reflexionar y reconocer con honestidad una frase tan simple como necesaria: “no
lo sé, voy a investigarlo”.
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