domingo, 8 de febrero de 2026

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: HERRAMIENTA PRODIGIOSA Y RIESGO EDUCATIVO

 

Durante los últimos años, la inteligencia artificial —y en particular los chats de IA— han pasado de ser una curiosidad tecnológica a una presencia cotidiana en aulas, hogares y teléfonos móviles. Para muchos estudiantes, hoy resulta tan natural consultar a un chat de IA como antes lo era abrir un libro o buscar en internet. Esto, por supuesto, no es malo en sí mismo. Al contrario: estamos frente a una herramienta revolucionaria, con un potencial educativo enorme. Sin embargo, como toda herramienta poderosa, su uso acrítico conlleva riesgos.

El encanto de la respuesta inmediata

Uno de los mayores atractivos de los chats de IA es su fluidez. Responden rápido, con seguridad, con un lenguaje claro y bien estructurado. Hablan de medicina, filosofía, literatura, historia o astronomía con una soltura que puede dar la impresión de que estamos ante una fuente casi infalible, cercana a una verdad absoluta.

Ese encanto no es casual: los chats de IA están diseñados para responder siempre. Prefieren ofrecer una respuesta plausible antes que decir “no sé”. Esta característica, que los vuelve útiles y agradables, es también su mayor debilidad. Una respuesta bien redactada no siempre es una respuesta correcta.

Cuando la IA se equivoca… y nos despierta

Muchos usuarios descubren los límites de la IA cuando esta falla en algo que ellos sí conocen bien: un dato cultural, una autoría, una clasificación básica. El desconcierto aparece de inmediato: ¿cómo puede acertar en temas complejos y equivocarse en algo aparentemente sencillo?

La respuesta es clara: la IA no verifica hechos ni razona como un ser humano. Genera probabilidades. Funciona mejor en lo general que en lo específico; en lo universal más que en lo local; en lo consensuado más que en lo preciso. No piensa: imita patrones del lenguaje humano.

El riesgo educativo: la pereza intelectual

Aquí surge una preocupación legítima, especialmente en el ámbito educativo. El problema no es que los estudiantes usen IA, sino cómo la usan.

Un alumno que delega completamente su razonamiento en la máquina corre el riesgo de atrofiar habilidades fundamentales:

  • formular preguntas correctas
  • detectar inconsistencias
  • dudar de una respuesta
  • contrastar fuentes

La IA no vuelve perezoso al estudiante; el mal uso de la IA sí puede hacerlo. Lo mismo ocurrió en su momento con la calculadora, el buscador web o incluso el GPS: herramientas que ayudan enormemente, pero que mal empleadas sustituyen el esfuerzo mental en lugar de acompañarlo.

Preguntar mal, entender peor

Existe además un riesgo más delicado: el de la mala interpretación. Una persona sin formación sólida puede plantear preguntas imprecisas y recibir respuestas que parecen suficientes, cuando en realidad no lo son.

Esto se vuelve especialmente preocupante en temas sensibles como la salud. La IA puede ofrecer información general sobre síntomas o tratamientos, pero no puede diagnosticar ni asumir responsabilidad clínica. Confiar ciegamente en una respuesta —por ejemplo, automedicarse ante lo que se cree una simple gripe— puede tener consecuencias graves.

El error no es tecnológico, sino humano: creer que una respuesta fluida equivale a una verdad segura.

La IA como amplificador, no como sustituto

La inteligencia artificial amplifica lo que ya existe:

  • en manos de un estudiante crítico, potencia el aprendizaje
  • en manos de alguien acrítico, refuerza la superficialidad

La IA ayuda mucho a quien ya sabe pensar; no enseña a pensar por sí sola. Por eso, más que prohibirla, el verdadero reto educativo es enseñar a usarla: a hacer buenas preguntas, a reconocer sus límites y a saber cuándo no confiar en ella.

Una conclusión necesaria

La inteligencia artificial no es un enemigo del conocimiento humano, pero tampoco es su reemplazo. Es una herramienta extraordinaria que exige, paradójicamente, más pensamiento crítico, no menos.

Usada con criterio, puede enriquecer el aprendizaje; usada sin él, puede empobrecerlo. La responsabilidad final no recae en la máquina, sino en quienes la utilizan y, especialmente, en quienes educan.

Porque, al final, ninguna inteligencia artificial puede sustituir la capacidad humana de dudar, reflexionar y reconocer con honestidad una frase tan simple como necesaria: “no lo sé, voy a investigarlo”.

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