jueves, 19 de febrero de 2026

LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS

 



Cuando cursaba la secundaria, el profesor de español —enemigo natural del ocio adolescente y supervisor implacable de cualquier intento de aburrimiento productivo— nos encomendó una hazaña que hoy llamaríamos “reto literario”, pero que en aquel momento sonaba más bien a penitencia ilustrada: leer una novela completa y, después, comentarla con entusiasmo fingido frente al grupo.

Mi hermano, solidario y optimista respecto a mis capacidades lectoras, apareció una tarde con La vuelta al mundo en 80 días bajo el brazo. El título me pareció ambicioso, pero razonable. Ochenta días… no parecía tanto. En mi mente juvenil aquello prometía caballos al galope, barcos de vapor cruzando mares tempestuosos, mapas antiguos extendidos sobre mesas de madera y aventureros con sombrero señalando horizontes lejanos.

Lo que no sabía era que estaba a punto de embarcarme en algo más grande que una simple excursión narrativa.

La novela comienza con un gesto tan sencillo como explosivo: Phileas Fogg, caballero británico de precisión casi matemática, apuesta en su club londinense que puede dar la vuelta al mundo en ochenta días. Nada de discursos heroicos, nada de drama previo: solo un cálculo frío y una confianza absoluta en la puntualidad de los trenes, los barcos y el progreso tecnológico del siglo XIX. Ese detalle me desconcertó al principio. ¿Dónde estaba el héroe apasionado? ¿Dónde el capitán temerario? En su lugar encontré a un hombre obsesionado con los horarios.

Pero pronto entendí que ahí residía la genialidad de Verne. El viaje no es sólo geográfico; es una carrera contra el tiempo. Cada conexión perdida, cada tormenta, cada sospecha policial —porque, claro, alguien confunde a Fogg con un ladrón— añade tensión a una aventura que avanza como reloj suizo… hasta que el mundo decide poner obstáculos.

Aparece entonces Passepartout, el criado francés, contrapunto perfecto del metódico Fogg. Si uno es cálculo, el otro es improvisación. Si uno es silencio británico, el otro es entusiasmo continental. Y juntos atraviesan continentes, culturas y peligros con una naturalidad que, para mi yo adolescente, resultaba vertiginosa.

Conforme avanzaban las páginas, descubrí algo que no esperaba: no era sólo una historia de aventuras. Era una celebración del mundo moderno. Verne escribe en una época en la que los ferrocarriles cosen territorios, los barcos de vapor acortan océanos y el planeta comienza, por primera vez, a sentirse “conectado”. La novela transmite ese asombro ante el progreso, esa fe casi científica en que la tecnología puede vencer distancias que antes parecían míticas.

Y sin embargo, detrás de la precisión del itinerario y la emoción del trayecto, hay algo profundamente humano: la perseverancia. Fogg no se mueve por gloria ni por fama; se mueve por coherencia. Ha dicho que puede hacerlo, y lo hará. Esa obstinación silenciosa terminó fascinándome más que cualquier persecución.

Recuerdo que, al principio, ochenta días me parecían una eternidad, casi una condena perpetua. Hoy sé que no son nada. Pero entonces, mientras pasaba las páginas, el tiempo se volvió el verdadero protagonista. Yo corría con Fogg sin salir de mi habitación. Cada escala era un pequeño triunfo; cada retraso, un nudo en el estómago.

Cuando terminé el libro —sí, completo— comprendí que el profesor no era enemigo del ocio adolescente; era, más bien, conspirador secreto a favor de la imaginación. Porque aquella misión de “alto riesgo” me enseñó que viajar no siempre exige maletas. A veces basta con un libro y la disposición de dejar que el mundo se despliegue en papel.

Y lo más curioso es esto: de todos los viajes que he hecho después, pocos han tenido la elegancia matemática y la emoción limpia de aquel primer recorrido literario alrededor del planeta. Tal vez porque el verdadero descubrimiento no fue la India, ni Hong Kong, ni Nueva York… sino la certeza de que la lectura también puede ser una forma de dar la vuelta al mundo.

 

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