Cuando cursaba la secundaria, el profesor de español —enemigo natural del ocio adolescente y supervisor implacable de cualquier intento de aburrimiento productivo— nos encomendó una hazaña que hoy llamaríamos “reto literario”, pero que en aquel momento sonaba más bien a penitencia ilustrada: leer una novela completa y, después, comentarla con entusiasmo fingido frente al grupo.
Mi hermano, solidario y
optimista respecto a mis capacidades lectoras, apareció una tarde con La vuelta
al mundo en 80 días bajo el brazo. El título me pareció ambicioso, pero
razonable. Ochenta días… no parecía tanto. En mi mente juvenil aquello prometía
caballos al galope, barcos de vapor cruzando mares tempestuosos, mapas antiguos
extendidos sobre mesas de madera y aventureros con sombrero señalando
horizontes lejanos.
Lo que no sabía era que estaba
a punto de embarcarme en algo más grande que una simple excursión narrativa.
La novela comienza con un
gesto tan sencillo como explosivo: Phileas Fogg, caballero británico de
precisión casi matemática, apuesta en su club londinense que puede dar la
vuelta al mundo en ochenta días. Nada de discursos heroicos, nada de drama
previo: solo un cálculo frío y una confianza absoluta en la puntualidad de los
trenes, los barcos y el progreso tecnológico del siglo XIX. Ese detalle me
desconcertó al principio. ¿Dónde estaba el héroe apasionado? ¿Dónde el capitán
temerario? En su lugar encontré a un hombre obsesionado con los horarios.
Pero pronto entendí que ahí
residía la genialidad de Verne. El viaje no es sólo geográfico; es una carrera
contra el tiempo. Cada conexión perdida, cada tormenta, cada sospecha policial
—porque, claro, alguien confunde a Fogg con un ladrón— añade tensión a una
aventura que avanza como reloj suizo… hasta que el mundo decide poner obstáculos.
Aparece entonces Passepartout,
el criado francés, contrapunto perfecto del metódico Fogg. Si uno es cálculo,
el otro es improvisación. Si uno es silencio británico, el otro es entusiasmo
continental. Y juntos atraviesan continentes, culturas y peligros con una
naturalidad que, para mi yo adolescente, resultaba vertiginosa.
Conforme avanzaban las
páginas, descubrí algo que no esperaba: no era sólo una historia de aventuras.
Era una celebración del mundo moderno. Verne escribe en una época en la que los
ferrocarriles cosen territorios, los barcos de vapor acortan océanos y el
planeta comienza, por primera vez, a sentirse “conectado”. La novela transmite
ese asombro ante el progreso, esa fe casi científica en que la tecnología puede
vencer distancias que antes parecían míticas.
Y sin embargo, detrás de la
precisión del itinerario y la emoción del trayecto, hay algo profundamente
humano: la perseverancia. Fogg no se mueve por gloria ni por fama; se mueve por
coherencia. Ha dicho que puede hacerlo, y lo hará. Esa obstinación silenciosa
terminó fascinándome más que cualquier persecución.
Recuerdo que, al principio,
ochenta días me parecían una eternidad, casi una condena perpetua. Hoy sé que
no son nada. Pero entonces, mientras pasaba las páginas, el tiempo se volvió el
verdadero protagonista. Yo corría con Fogg sin salir de mi habitación. Cada
escala era un pequeño triunfo; cada retraso, un nudo en el estómago.
Cuando terminé el libro —sí,
completo— comprendí que el profesor no era enemigo del ocio adolescente; era,
más bien, conspirador secreto a favor de la imaginación. Porque aquella misión
de “alto riesgo” me enseñó que viajar no siempre exige maletas. A veces basta
con un libro y la disposición de dejar que el mundo se despliegue en papel.
Y lo más curioso es esto: de
todos los viajes que he hecho después, pocos han tenido la elegancia matemática
y la emoción limpia de aquel primer recorrido literario alrededor del planeta.
Tal vez porque el verdadero descubrimiento no fue la India, ni Hong Kong, ni
Nueva York… sino la certeza de que la lectura también puede ser una forma de
dar la vuelta al mundo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario