Ana Karenina, la gran obra de León Tolstói, publicada entre 1875 y 1877, no es simplemente una historia de adulterio ambientada en la Rusia imperial. Es una exploración monumental del amor, la moral social, el matrimonio, el deseo, la fe y el sentido mismo de la vida. Si Los miserables miraba hacia la justicia pública y la redención social, aquí el drama es íntimo, psicológico, casi microscópico. La tragedia no estalla en barricadas, sino en el interior del alma.
La novela se abre con una frase
que ya contiene una filosofía entera: “Todas las familias felices se parecen;
cada familia infeliz lo es a su manera.” Desde esa declaración inicial, Tolstói
despliega un universo humano complejo y vibrante. Ana, una mujer brillante,
culta y profundamente sensible, vive en un matrimonio correcto pero frío con
Karenin, un alto funcionario cuya vida está regida por la norma, el deber y la
apariencia. Cuando conoce al conde Vronski, la pasión irrumpe como una fuerza
que desborda cualquier cálculo social. Lo que comienza como un romance se
convierte en una lucha devastadora entre amor y reputación, entre deseo y
pertenencia, entre autenticidad y condena.
Sin embargo, la novela no se
limita a su tragedia. En paralelo, Tolstói nos conduce hacia la historia de
Levin, terrateniente reflexivo y casi alter ego del propio autor. Levin no vive
el drama del escándalo, sino el de la búsqueda interior. Se pregunta por el
sentido del trabajo rural, por la autenticidad del matrimonio, por la
posibilidad de una verdad moral estable en un mundo cambiante. Su relación con
Kitty ofrece un contrapunto más luminoso —aunque no exento de dudas y
dificultades— frente a la espiral emocional de Ana. Así, mientras una historia
desciende hacia la desintegración, la otra intenta construir sentido.
Tolstói se mueve con naturalidad
entre los salones aristocráticos iluminados por velas, los bailes donde se
decide el destino social de una joven, los campos rusos donde el trabajo físico
parece ofrecer una forma más pura de existencia, y los debates políticos que
recorren la nobleza. No narra únicamente un escándalo sentimental; disecciona
una sociedad entera. Y en esa disección aparece una crítica sutil pero
implacable a la hipocresía moral. La aristocracia tolera ciertas faltas, pero
castiga otras. El mismo acto puede ser perdonado o condenado según quién lo
cometa. La moral, que pretende ser universal, revela fisuras profundamente
humanas.
Lo más impresionante quizá sea la
penetración psicológica. Tolstói entra en la mente de sus personajes con una
precisión sorprendente: los celos que se filtran como una sombra, la
inseguridad que transforma el amor en angustia, la necesidad de aprobación
social que erosiona la libertad interior. Ana no es una heroína romántica
idealizada ni una villana moral; es contradictoria, apasionada, vulnerable,
orgullosa y frágil al mismo tiempo. Tolstói no la juzga con simpleza: la
observa con una lucidez casi clínica, pero también con compasión.
En el personaje de Levin, en
cambio, se articula una novela filosófica encubierta. A través de él surgen
preguntas fundamentales: ¿qué sentido tiene el trabajo? ¿Cómo vivir bien?
¿Existe una verdad moral que no dependa de la moda social? ¿Puede la fe reconciliar
la razón con la angustia? Levin no busca escandalizar; busca comprender. Y su
búsqueda convierte la novela en algo más que una tragedia amorosa: la
transforma en una indagación existencial.
La tristeza atraviesa la obra con
una intensidad difícil de esquivar. Sí, es una novela profundamente triste.
Pero no es una tristeza vacía ni melodramática; es la tristeza que nace de
comprender que el ser humano vive atrapado entre lo que siente y lo que el
mundo le permite sentir. Entre la autenticidad y la estructura social. Entre el
impulso y la consecuencia. En esa tensión se decide el destino de los
personajes.
Al mismo tiempo, hay belleza
narrativa pura. Los paisajes nevados, los trenes que cruzan estaciones heladas,
los campos segados bajo el sol, las conversaciones nocturnas en salones
iluminados por candelabros: todo está descrito con una musicalidad que vuelve
tangible a Rusia. Tolstói no escribe solo para contar; escribe para hacer
sentir la textura del mundo.
Leer Ana Karenina es
enfrentarse a preguntas que no envejecen: ¿puede el amor justificarlo todo?
¿Qué es más fuerte, la pasión o la estructura social? ¿Se puede ser auténtico
sin pagar un precio? ¿Dónde se encuentra el sentido de la vida: en el amor, en
el trabajo, en la fe, o en una reconciliación silenciosa entre todos ellos?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario