Hablar de Los miserables es
como abrir una ventana y dejar entrar el viento del siglo XIX con toda su carga
de polvo, esperanza y lágrimas.
Los miserables, la gran novela de Victor Hugo, publicada en 1862, no es simplemente una historia ambientada en la Francia convulsa posterior a la Revolución y cercana a las insurrecciones de 1832. Es, ante todo, una meditación profunda sobre la justicia, la pobreza, la dignidad humana y la posibilidad —o no— de la redención. Es una obra que no se limita a contar hechos: interroga al lector.
En el centro de la narración está
Jean Valjean, un hombre condenado a diecinueve años de prisión por haber robado
un pan para alimentar a su familia. Ese gesto mínimo, nacido del hambre, lo
convierte en enemigo del orden. Cuando finalmente recupera la libertad,
descubre que la sociedad no perdona: el estigma del presidiario lo sigue como
una sombra. Sin embargo, en el momento más oscuro, un obispo le ofrece
hospitalidad y misericordia. Ese acto, pequeño en apariencia, desencadena la
transformación moral que sostiene toda la novela. Hugo plantea entonces una
pregunta que atraviesa el libro como un río subterráneo: ¿puede un ser humano
cambiar cuando el mundo ya lo ha condenado?
A partir de ahí, la historia se
despliega como un vasto fresco social. Valjean intenta rehacer su vida bajo
otra identidad, mientras el inspector Javert —encarnación implacable de la ley—
lo persigue con una fidelidad casi religiosa al deber. La novela nos muestra
también el destino trágico de Fantine, aplastada por la pobreza y la hipocresía
social; el crecimiento de Cosette, hija de Fantine, protegida por Valjean como
una promesa de luz; y la pasión idealista de los jóvenes revolucionarios que
levantan barricadas en París soñando con un mundo más justo. Entre conventos y
fábricas, salones burgueses y cloacas subterráneas, Hugo retrata todos los
estratos de la sociedad, como si quisiera demostrar que la miseria no es un
accidente, sino un sistema.
Leer Los miserables es, en
realidad, entrar en una conversación moral. Hugo no reduce la pobreza a un
fallo individual, sino que la presenta como el resultado de engranajes sociales
que marginan y expulsan. En este sentido, la novela se adelanta a muchas
críticas modernas sobre la injusticia estructural. No es sólo un drama humano;
es también una denuncia. Pero, al mismo tiempo, es una afirmación de la
compasión como fuerza transformadora. Frente a la rigidez de la ley
representada por Javert, Hugo coloca la misericordia como principio superior,
casi como una ley más alta que la escrita en los códigos.
La obra es extensa, ambiciosa y a
veces digresiva. Hugo se detiene en episodios históricos como Waterloo,
reflexiona sobre la arquitectura de París, describe con minucia los barrios
miserables y hasta las cloacas de la ciudad. Esa amplitud puede parecer desmesurada,
pero forma parte de su proyecto: construir una “novela total”, una especie de
enciclopedia moral del siglo XIX. No quiere contar sólo una historia
individual; quiere explicar un mundo.
Y, sin embargo, más allá de su
dimensión histórica y filosófica, Los miserables es profundamente
emocional. Es una novela que hiere y consuela. Nos hace presenciar la
injusticia, pero también la generosidad; nos confronta con el sufrimiento, pero
también con la posibilidad del perdón. Hugo parece susurrarnos que la humanidad
no se define por la ley que castiga, sino por el gesto que salva.
Quizá por eso sigue leyéndose más
de un siglo y medio después. Porque no trata únicamente de la Francia del XIX,
sino de preguntas eternas: qué es la justicia, qué vale más —la ley o la
misericordia—, si la sociedad fabrica a sus propios “miserables”, y si el amor
puede redimir aquello que el mundo ha declarado irremediable.
Leerla no es sólo recorrer una
historia: es enfrentarse a un espejo moral. Y pocos libros logran eso con tanta
grandeza.
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