jueves, 19 de febrero de 2026

LOS MISERABLES

 



Hablar de Los miserables es como abrir una ventana y dejar entrar el viento del siglo XIX con toda su carga de polvo, esperanza y lágrimas.

Los miserables, la gran novela de Victor Hugo, publicada en 1862, no es simplemente una historia ambientada en la Francia convulsa posterior a la Revolución y cercana a las insurrecciones de 1832. Es, ante todo, una meditación profunda sobre la justicia, la pobreza, la dignidad humana y la posibilidad —o no— de la redención. Es una obra que no se limita a contar hechos: interroga al lector.

En el centro de la narración está Jean Valjean, un hombre condenado a diecinueve años de prisión por haber robado un pan para alimentar a su familia. Ese gesto mínimo, nacido del hambre, lo convierte en enemigo del orden. Cuando finalmente recupera la libertad, descubre que la sociedad no perdona: el estigma del presidiario lo sigue como una sombra. Sin embargo, en el momento más oscuro, un obispo le ofrece hospitalidad y misericordia. Ese acto, pequeño en apariencia, desencadena la transformación moral que sostiene toda la novela. Hugo plantea entonces una pregunta que atraviesa el libro como un río subterráneo: ¿puede un ser humano cambiar cuando el mundo ya lo ha condenado?

A partir de ahí, la historia se despliega como un vasto fresco social. Valjean intenta rehacer su vida bajo otra identidad, mientras el inspector Javert —encarnación implacable de la ley— lo persigue con una fidelidad casi religiosa al deber. La novela nos muestra también el destino trágico de Fantine, aplastada por la pobreza y la hipocresía social; el crecimiento de Cosette, hija de Fantine, protegida por Valjean como una promesa de luz; y la pasión idealista de los jóvenes revolucionarios que levantan barricadas en París soñando con un mundo más justo. Entre conventos y fábricas, salones burgueses y cloacas subterráneas, Hugo retrata todos los estratos de la sociedad, como si quisiera demostrar que la miseria no es un accidente, sino un sistema.

Leer Los miserables es, en realidad, entrar en una conversación moral. Hugo no reduce la pobreza a un fallo individual, sino que la presenta como el resultado de engranajes sociales que marginan y expulsan. En este sentido, la novela se adelanta a muchas críticas modernas sobre la injusticia estructural. No es sólo un drama humano; es también una denuncia. Pero, al mismo tiempo, es una afirmación de la compasión como fuerza transformadora. Frente a la rigidez de la ley representada por Javert, Hugo coloca la misericordia como principio superior, casi como una ley más alta que la escrita en los códigos.

La obra es extensa, ambiciosa y a veces digresiva. Hugo se detiene en episodios históricos como Waterloo, reflexiona sobre la arquitectura de París, describe con minucia los barrios miserables y hasta las cloacas de la ciudad. Esa amplitud puede parecer desmesurada, pero forma parte de su proyecto: construir una “novela total”, una especie de enciclopedia moral del siglo XIX. No quiere contar sólo una historia individual; quiere explicar un mundo.

Y, sin embargo, más allá de su dimensión histórica y filosófica, Los miserables es profundamente emocional. Es una novela que hiere y consuela. Nos hace presenciar la injusticia, pero también la generosidad; nos confronta con el sufrimiento, pero también con la posibilidad del perdón. Hugo parece susurrarnos que la humanidad no se define por la ley que castiga, sino por el gesto que salva.

Quizá por eso sigue leyéndose más de un siglo y medio después. Porque no trata únicamente de la Francia del XIX, sino de preguntas eternas: qué es la justicia, qué vale más —la ley o la misericordia—, si la sociedad fabrica a sus propios “miserables”, y si el amor puede redimir aquello que el mundo ha declarado irremediable.

Leerla no es sólo recorrer una historia: es enfrentarse a un espejo moral. Y pocos libros logran eso con tanta grandeza.

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