viernes, 20 de febrero de 2026

UNA ISLA Y DOS PAISES

 

Hay islas que despiertan cada mañana sabiendo perfectamente a qué país pertenecen. Tienen su bandera clara, su himno decidido y su burocracia coherente. Y luego está la Isla de San Martín, que amanece bajo el mismo sol caribeño pero con dos administraciones desperezándose a cada lado de la cama.

Porque sí: una sola isla, dos países. Al norte, Francia; al sur, el Reino de los Países Bajos. En el mismo pedazo de tierra donde las palmeras se inclinan con indiferencia tropical, las leyes cambian discretamente a mitad del paseo.

Imagina caminar por una playa de arena blanca. El mar no cambia de color, el viento no modifica su dirección, las gaviotas no muestran pasaporte. Pero, sin darte cuenta, acabas de cruzar una frontera internacional. No hay muro, no hay puesto solemne con soldado bostezando; apenas un cartel modesto que anuncia que has cambiado de jurisdicción mientras sigues en la misma isla, con la misma brisa y el mismo bronceador.

La historia se remonta al siglo XVII, cuando franceses y neerlandeses decidieron que, ya que ambos querían el paraíso, quizá lo más sensato era partirlo con cortesía. Firmaron un acuerdo en 1648 y dividieron la isla. La leyenda dice que cada bando caminó desde un extremo y donde se encontraron trazaron la línea. No sabemos si el paseo fue exactamente así, pero la línea quedó. Y lo más curioso es que nunca se volvió una herida abierta.

Desde entonces, la isla vive como un apartamento compartido con vista al Caribe. El lado francés —Saint-Martin— pertenece a la República Francesa; el lado neerlandés —Sint Maarten— forma parte del Reino de los Países Bajos con autonomía propia. Dos sistemas políticos, dos idiomas oficiales predominantes, dos estilos administrativos… y una misma temperatura deliciosa que parece decir: “No hagan drama.”

Uno puede desayunar croissant en el norte y almorzar en el sur sin que el estómago note la geopolítica. Cambias de país más rápido de lo que cambia la canción en la radio del coche. Es una frontera que se cruza con sandalias.

Y eso es lo verdaderamente encantador: la división no se siente como fractura, sino como peculiaridad. No como cicatriz, sino como costura fina. Mientras en otras partes del mundo las fronteras son líneas tensas, aquí son líneas casi decorativas, como el borde de un mantel.

La isla de San Martín es una anomalía que funciona. Una contradicción amable. Un recordatorio de que la historia, a veces, no deja conflictos sino acuerdos duraderos que el tiempo suaviza con brisa salada.

Si el mundo es un manuscrito lleno de errores de imprenta históricos, esta isla no es un error. Es una frase partida en dos que, sorprendentemente, sigue teniendo sentido.

Y allí continúa, bajo el sol compartido, enseñándonos que quizá el sentido común no siempre exige dividir para pelear… sino dividir para convivir.

 

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