Hay islas que despiertan cada mañana sabiendo perfectamente a qué país pertenecen. Tienen su bandera clara, su himno decidido y su burocracia coherente. Y luego está la Isla de San Martín, que amanece bajo el mismo sol caribeño pero con dos administraciones desperezándose a cada lado de la cama.
Porque sí: una sola isla, dos
países. Al norte, Francia; al sur, el Reino de los Países Bajos. En el mismo
pedazo de tierra donde las palmeras se inclinan con indiferencia tropical, las
leyes cambian discretamente a mitad del paseo.
Imagina caminar por una playa de
arena blanca. El mar no cambia de color, el viento no modifica su dirección,
las gaviotas no muestran pasaporte. Pero, sin darte cuenta, acabas de cruzar
una frontera internacional. No hay muro, no hay puesto solemne con soldado
bostezando; apenas un cartel modesto que anuncia que has cambiado de
jurisdicción mientras sigues en la misma isla, con la misma brisa y el mismo
bronceador.
La historia se remonta al siglo
XVII, cuando franceses y neerlandeses decidieron que, ya que ambos querían el
paraíso, quizá lo más sensato era partirlo con cortesía. Firmaron un acuerdo en
1648 y dividieron la isla. La leyenda dice que cada bando caminó desde un
extremo y donde se encontraron trazaron la línea. No sabemos si el paseo fue
exactamente así, pero la línea quedó. Y lo más curioso es que nunca se volvió
una herida abierta.
Desde entonces, la isla vive como
un apartamento compartido con vista al Caribe. El lado francés —Saint-Martin—
pertenece a la República Francesa; el lado neerlandés —Sint Maarten— forma
parte del Reino de los Países Bajos con autonomía propia. Dos sistemas
políticos, dos idiomas oficiales predominantes, dos estilos administrativos… y
una misma temperatura deliciosa que parece decir: “No hagan drama.”
Uno puede desayunar croissant en
el norte y almorzar en el sur sin que el estómago note la geopolítica. Cambias
de país más rápido de lo que cambia la canción en la radio del coche. Es una
frontera que se cruza con sandalias.
Y eso es lo verdaderamente
encantador: la división no se siente como fractura, sino como peculiaridad. No
como cicatriz, sino como costura fina. Mientras en otras partes del mundo las
fronteras son líneas tensas, aquí son líneas casi decorativas, como el borde de
un mantel.
La isla de San Martín es una
anomalía que funciona. Una contradicción amable. Un recordatorio de que la
historia, a veces, no deja conflictos sino acuerdos duraderos que el tiempo
suaviza con brisa salada.
Si el mundo es un manuscrito
lleno de errores de imprenta históricos, esta isla no es un error. Es una frase
partida en dos que, sorprendentemente, sigue teniendo sentido.
Y allí continúa, bajo el sol
compartido, enseñándonos que quizá el sentido común no siempre exige dividir
para pelear… sino dividir para convivir.
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