Ayer decidí hacer un experimento
social… o al menos eso me repito para no aceptar que, en realidad, hice el
ridículo con método científico.
Salí a la calle vestido como si la vida me hubiera pasado por encima con llantas nuevas: pantalón de mezclilla medio roto y sospechosamente sucio, camisa vieja que parecía haber sobrevivido a tres guerras mundiales, el cabello todo crespo y rebelde —como si hubiera discutido con una licuadora y la licuadora hubiera ganado— y unos zapatos polvorosos, de esos que hacen pensar que uno viene de echar mezcla en una obra… o de cavar su propio destino
.Me acercaba a los transeúntes con
cara de tragedia griega —de esas que merecen violines de fondo— y les decía que
no era de aquí, que no había comido en todo el día y que, por piedad cristiana,
me regalaran unas monedas para comprar unas tortillas.
La reacción fue, digamos… digna
de estudio sociológico.
Muchos me veían como si yo fuera
invisible, una especie de fantasma urbano que nadie quiere reconocer para no
tener que exorcizar la conciencia. Otros fingían revisar el celular con una
concentración que haría palidecer a un neurocirujano. Algunos aceleraban el
paso como si yo cobrara impuestos atrasados… con recargos.
Eso sí, hubo quienes —quizá por
vergüenza, quizá por misericordia, o quizá por miedo a que alguien los
catalogara como codos profesionales— me soltaron unas moneditas con cara de:
“toma esto y déjame en paz antes de que me dé un ataque de conciencia”.
Para no hacer largo el cuento:
después de todo un día de actuación dramática, junté la impresionante fortuna
de 67 pesos. Sí, leyó bien: sesenta y siete gloriosos pesos que apenas
alcanzan para invitarle un refresco a la esperanza.
Pero hubo algo curioso —y
bonito—: quienes más me ayudaron eran personas que, a simple vista, parecían
necesitar más ese dinero que yo. Como si la generosidad, al igual que el café
barato, viniera en tazas humildes.
Al día siguiente decidí hacer la
segunda parte del experimento.
Esta vez me bañé como si fuera a
conocer a la suegra, me perfumé como si el perfume fuera patrocinado por la
abundancia, me puse zapatos bien boleaditos, corbata, saco y pantalón de
vestir. En la muñeca lucía un reloj fino —prestado, claro, porque el experimento
no incluía milagros financieros—.
Había pasado de indigente a algo
así como príncipe sin castillo… pero con mucha actitud y más confianza que
cartera.
Salí a la calle y ahora me
acercaba a la gente con tono educado, modales de manual y mirada de “yo sí pago
impuestos”.
—“¿Tendría la bondad de prestarme
unas monedas para un café? Olvidé mi cartera en el trabajo.”
A algunos les decía que la había
perdido, a otros que me la habían robado —uno tiene que variar el guion, como
actor de teatro pobre pero creativo—.
Y entonces ocurrió lo inesperado:
casi nadie se negó a ayudarme.
Antes del mediodía ya había
reunido alrededor de tres mil pesos. Sí, tres mil. En menos tiempo del
que me tomó juntar 67 el día anterior.
Ahí fue cuando recordé una frase
atribuida al filósofo cínico Diógenes. Cuentan que un amigo le preguntó por qué
la gente da dinero a los mendigos y no a los filósofos, y él respondió con esa
lógica que raspa:
porque piensan que algún día podrían ser mendigos… pero filósofos jamás.
Volviendo a mi experimento, me
quedé pensando en algo que todavía me ronda la cabeza como mosca en verano:
¿Por qué ahora la gente parece
ayudar más al que parece no necesitar ayuda?
¿Será que la apariencia se ha
convertido en una especie de garantía moral, como si el traje viniera con
certificado de honestidad?
¿Será que ayudar al bien vestido
se siente como una inversión segura, mientras que ayudar al necesitado se
percibe como un gasto sin retorno?
O tal vez —y esto es lo más
inquietante— no ayudamos tanto por compasión, sino por identificación. Ayudamos
más a quien se parece a lo que creemos que podríamos llegar a ser… y menos a
quien nos recuerda aquello que tememos convertirnos.
Porque, siendo sinceros, quizá no
nos incomoda ver la pobreza…
nos incomoda vernos reflejados
en ella.
Y al final, después de todo este
teatro callejero, me quedó una lección que vale más que los 3,067 pesos
reunidos:
En este mundo, muchas veces no
recibe más ayuda el que más la necesita… sino el que mejor sabe parecer que no
la necesita.
Y eso, si lo pensamos bien, es
tan cómico… como profundamente preocupante.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario