Decía la tía Rafaela Chávez —que
en esto de contar cuentos tenía más gracia que gallo en fiesta patronal— que en
los tiempos de la hacienda de San Elías, aquí merito en Maravatío del Encinal,
había un capataz más torcido que camino de herradura y más bravo que suegra mal
dormida.
Ese hombre le tenía tirria a don Cuco Raya, porque don Cuco no era de los que bajaban la cabeza nomás porque sí. Si veía abuso, refunfuñaba; si veía injusticia, preguntaba… y eso al capataz le ardía más que chile en herida.
Un día, amaneció el capataz con
ganas de fregar —como quien se levanta con hambre, pero de maldad— y fue con el
hacendado, don Otamendi, y le soltó una mentira que ni él mismo se la creía:
—Patrón… dicen que don Cuco sabe
enseñar a leer a los perros.
El hacendado no lo creyó ni
tantito, pero le dio curiosidad y, sobre todo, ganas de divertirse un rato.
Mandó llamar a don Cuco.
—A ver, Cuco —le dijo—, ¿es
cierto que tú enseñas a leer a los perros?
Don Cuco se rascó la cabeza con
cara de susto, más pálido que tortilla cruda.
—No, su merced… ¿cómo va a ser
eso si ni yo sé ler, apenas si sé contar mis dedos?
—Pues a mí me dijeron que sí
—contestó el patrón, con sonrisa traviesa—. Así que te llevas mi perro y me lo
enseñas a leer. Y cuidadito con negarte… que aquí no me gusta que me lleven la
contra.
Don Cuco salió de ahí con el
perro bajo el brazo y el alma en los talones.
Llegó a su casa, aventó el
sombrero y le dijo a su mujer:
—Vieja… ahora sí nos cargó el chillada.
¿Cómo vamos a salir de este enredo?
Pero doña Eulalia —que no sabía
leer ni escribir, pero tenía más maña que gato viejo— lo miró de reojo y le
dijo:
—No te me agüites, viejo… que pa’
todo hay remedio, menor pa’ la muerte; y pa’ cada lengua larga hay una mujer
más lista.
Don Cuco nomás abrió los ojos
como si hubiera visto aparecer al mismísimo diablo… y se quedó calladito,
porque cuando su mujer hablaba así, más valía no atravesarse.
La doña consiguió un libro viejo
con el cura —uno de esos gordos que parecían saber mucho aunque nadie los
leyera— y luego hizo lo impensable: puso al pobre perro a pura agua, sin darle
ni una migaja.
A los tres días, el perro ya
miraba hasta las piedras con ganas de hincarles el diente.
Entonces doña Eulalia escondió
pedacitos de tortilla entre las hojas del libro y lo arrimó al animal.
El perro, muerto de hambre,
empezó a husmear… y en cuanto olió la tortilla, ¡zas!, comenzó a pasar las
hojas con la lengua, como quien busca tesoro escondido.
Y así, día tras día, la mujer
repitió la jugada durante tres semanas… hasta que el perro ya movía las hojas
con tanta prisa que parecía estudiante copiando en examen.
Llegó el día del juicio.
Doña Eulalia se presentó en la
hacienda con el libro bajo el brazo y el perro pegado a la falda.
—Patroncito —dijo con voz
tranquila—, más bien soy yo la que enseña a ler a los perros… aunque la gente
crea que es mi marido, bueno pa’ hada. Y aquí le traigo al suyo, ya bien
instruido.
Sin pedir permiso —porque la
mujer lista no espera invitación— jaló una silla, se sentó con todo el descaro
del mundo y puso el libro en su regazo.
El perro, en cuanto vio el libro,
empezó a pasar hojas como desesperado… buscando las tortillas que esta vez no
estaban.
El hacendado, ya con media risa
atorada, frunció el ceño y dijo:
—Doña Eulalia… ese no es mi
perro. Mire nada más qué flaco está… ese es otro animal.
Y ella, sin titubear ni tantito:
—No, patroncito… es el mismito
perrito. Lo que pasa es que ha adelgazado con tanto estudio. ¿Cuándo ha visto
usted un estudiante gordo y descansado?
El patrón ya se agarraba la
barriga, pero quiso hacer un último esfuerzo:
—Pero mujer… ese perro no está
leyendo. Yo no lo oigo decir ni mu.
Y ella, con una calma que daba
envidia:
—A mí no me dijeron que lo
enseñara a hablar… nomás a ler. Pa’ hablar, patroncito, yo enseño cotorros… y
algunos hasta me salen respondones.
Ahí sí, don Otamendi soltó la
carcajada como trueno en tormenta.
—¡Vete en paz, mujer! —le dijo—.
Y pasa a la tienda grande por una despensa para todo el mes… que más vale
premiar la viveza que castigar la picardía.
Y desde entonces —remataba la tía
Rafaela— quedó claro que en los ranchos puede faltar escuela… pero
inteligencia… ¡esa sobra, y a veces la traen las mujeres bien escondida bajo el
rebozo!
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