En Tlaxcala existe un lugar que
resume como pocos las transformaciones del turismo contemporáneo en México: Val’Quirico.
No es un pueblo antiguo. No nació alrededor de una iglesia colonial ni de una plaza virreinal. No guarda leyendas centenarias ni tradiciones heredadas por generaciones. Y, sin embargo, atrae miles de visitantes cada fin de semana. Val’Quirico representa algo nuevo: la magia diseñada.
UN PUEBLO QUE NACIÓ TERMINADO
A diferencia de los Pueblos
Mágicos tradicionales, que evolucionaron lentamente a través del tiempo,
Val’Quirico fue concebido desde el inicio como experiencia turística. Inspirado
en la arquitectura rural italiana —calles empedradas, balcones floridos, arcos
de piedra y plazas íntimas— el lugar fue planeado como un espacio donde cada
ángulo funciona visualmente.
Aquí no hay crecimiento
espontáneo: todo responde a una idea estética previa. Es, en cierto sentido, un
pueblo que nació sin pasado, pero con una narrativa ya construida.
LA ESTÉTICA COMO NUEVA
AUTENTICIDAD
El éxito de Val’Quirico revela un
cambio profundo en la forma de viajar.
Durante décadas, el turismo
cultural buscaba autenticidad histórica: lugares donde el visitante pudiera
sentir el peso del tiempo. Hoy, en cambio, muchos viajeros buscan algo
distinto:
ª
espacios agradables,
ª
seguridad,
ª
orden urbano,
ª
experiencias fotogénicas,
ª
atmósferas emocionales inmediatas.
La autenticidad ya no siempre
depende de la historia, sino de la sensación. Val’Quirico funciona porque
entiende esta lógica contemporánea: ofrece una experiencia coherente,
controlada y visualmente seductora.
¿SIMULACIÓN O EVOLUCIÓN DEL
TURISMO?
Las críticas no han faltado.
Algunos consideran que el lugar representa una especie de escenografía
permanente, un “Europa temático” construido en territorio mexicano. Una gran plaza
comercial temática.
Pero quizá la pregunta correcta
no sea si es falso, sino por qué resulta tan atractivo. Su popularidad
evidencia una paradoja:
Mientras muchos pueblos
históricos luchan por mantener infraestructura, seguridad o servicios
turísticos consistentes, Val’Quirico ofrece desde el inicio aquello que el
visitante moderno espera. No compite con la historia; compite con la
experiencia.
EL ESPEJO INCÓMODO PARA LOS
PUEBLOS MÁGICOS
La existencia de Val’Quirico
plantea un desafío silencioso al programa Pueblos Mágicos. Si un desarrollo
reciente puede generar mayor interés turístico que localidades con siglos de
patrimonio real, entonces el atractivo ya no depende únicamente del pasado,
sino de la gestión del presente.
El visitante promedio no siempre
distingue entre patrimonio histórico y diseño urbano exitoso; responde a lo que
vive, no a lo que figura en los archivos. Así, la “magia” deja de ser herencia
cultural para convertirse en producto experiencial.
EL FUTURO: DESTINOS DISEÑADOS
Val’Quirico podría anticipar una
tendencia: el surgimiento de destinos creados deliberadamente para el turismo,
donde arquitectura, gastronomía y entretenimiento se integran desde el inicio
como proyecto económico.
Esto abre preguntas importantes:
ª
¿Puede diseñarse la identidad?
ª
¿La emoción turística necesita raíces
históricas?
ª
¿Estamos entrando en la era de los pueblos
conceptuales?
Quizá el turismo del siglo XXI
combine ambos modelos: lugares auténticos que preservan memoria y espacios
nuevos que producen experiencias cuidadosamente construidas.
CONCLUSIÓN: LA MAGIA ENTRE LO
REAL Y LO IMAGINADO
Val’Quirico no es un Pueblo
Mágico, pero obliga a replantear qué entendemos por magia turística. Porque tal
vez la magia nunca estuvo únicamente en las piedras antiguas, sino en la
capacidad humana de crear lugares donde las personas desean quedarse, caminar
sin prisa y sentir —aunque sea por unas horas— que han salido de la rutina
cotidiana.
La diferencia es que antes la
magia tardaba siglos en formarse. Hoy, puede diseñarse en una mesa de
arquitectos.
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