Dicen los viejos que la hacienda de San Elías ya no es más que un puñado de piedras olvidadas por el tiempo, pero en las noches de viento todavía se oyen los ecos de las campanas y el murmullo de las oraciones perdidas. Alguna vez fue un paraíso de cantera y cal, una joya de la arquitectura novohispana que se extendía con sus 122 metros de fachada como un sueño de orden y simetría en medio del Bajío indómito.
Hacia el poniente, el portón se alzaba majestuoso, coronado por almenas y troneras como si aún esperara a los hombres que nunca volvieron. Arriba, como un emblema de lo divino, una flor de Liz invertida enmarcaba el escudo de la orden del Monte Carmelo, aquel mismo que, en otro tiempo, resplandecía en los escapularios de la Virgen del Carmen, colgando de los pechos de los hombres que buscaban el consuelo de la fe.
A
cuarenta metros del portón, como un centinela imperturbable, el torreón del
norte velaba la hacienda. Hacia el sur, ochenta y dos metros más allá, la
espadaña y su cúpula menuda se recortaban contra el cielo, con un arco de
herradura sosteniendo el peso de las campanas que llamaban a misa y anunciaban
la muerte. Allí, en ese rincón donde el sol dibujaba sombras largas, se alzaba
la capilla, el corazón silencioso de la hacienda.
Entre el torreón del sur y la capilla estaba la tienda de raya, la última esperanza de los peones que alzaban su vista cansada hacia los anaqueles llenos de velas de sebo, frijol, maíz, piloncillo y calzones de manta. En la penumbra de aquel lugar, bajo el aliento pesado del chorizo rancio, se vendía también la certeza de que la vida, por muy larga o corta que fuera, siempre pasaba por la mesa del patrón.
Cruzando el portón, un patio empedrado se extendía como un océano de piedra donde el maíz y el trigo se asoleaban con la paciencia de los días lentos. A la derecha, una rampa pequeña, escoltada por un pasamanos de cantera, conducía al claustro. Allí, en el centro del patio, una fuente de piedra cantaba con su agua antigua, rodeada por una arquería que sostenía el tiempo con su gracia de cantera labrada. Sobre la rampita, un reloj solar, como un dios perezoso, marcaba las horas sin prisa, dejando que la vida se deslizara entre la sombra y la luz.
Las
cocinas, al sur del claustro, exhalaban aromas de fogones encendidos, de hornos
de piedra y de ladrillos untados con mortero rojo. Al norte y al poniente, las
habitaciones dormían en la penumbra, con sus muros gruesos guardando secretos
de generaciones. En la esquina noreste, una escalera de caracol se enroscaba en
sí misma, conduciendo a la azotea y, en su sombra más escondida, había una
puerta que se decía llevaba a los sótanos, o quizás a túneles que se internaban
bajo la tierra hasta la vieja galera agustina.
La capilla, con su altar de cantera y sus columnas corintias, sostenía con devoción las imágenes de San Elías, Santa Teresa de Ávila y la Virgen del Carmen. Sólo esta última quedó, como única testigo de los días idos, ahora en la parroquia, en la nave que mira al poniente. Se dice que los carmelitas, al vender la hacienda, se llevaron a los otros santos, como quien recoge sus recuerdos antes de partir.
La cúpula, pequeña pero altiva, brillaba con sus decoraciones doradas y sus guías verdes de parra, donde racimos de uvas violetas parecían querer alcanzar el cielo. En aquellos tiempos, el Señor del Encinal no tenía aún su morada en San Elías; su altar estaba en la Estancia del Carmen, esperando su hora.
Cuatro campanas colgaban de la espadaña y el arco, llamando a misa y doblando por los que se iban. Si el muerto era hombre, la campana mayor rompía el silencio con su lamento profundo; si era mujer, una campanita más pequeña tañía su queja finita, como un susurro en la brisa de la tarde.
Dicen
que, por las noches, cuando el viento sopla fuerte, las campanas vuelven a
sonar en la hacienda de San Elías, aunque nadie las toque. Tal vez es que las
almas que allí vivieron aún se resisten a marcharse, atrapadas entre los muros
de cantera, esperando a que alguien vuelva a contar su historia.


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