miércoles, 18 de febrero de 2026

COMETAS: MENSAJEROS DE HIELO, FUEGO… Y DESTINO

 



Hubo un tiempo en que mirar al cielo podía cambiar el rumbo de un imperio.

Una luz inesperada aparecía en la oscuridad. No seguía el orden perfecto de las estrellas. No respetaba las rutas de los planetas. Era un visitante. Un intruso. Un presagio.

Hoy los llamamos cometas. Durante milenios fueron temidos como mensajes divinos.

¿Qué es realmente un cometa?

Un cometa es, en esencia, una cápsula del tiempo. Está compuesto principalmente de:

  • Hielo (agua, dióxido de carbono, metano)
  • Polvo
  • Roca

Muchos provienen de regiones lejanas del sistema solar como la Nube de Oort o el Cinturón de Kuiper. Son restos casi intactos de la formación del sistema solar hace 4.600 millones de años.

Cuando uno de ellos se acerca al Sol, el calor sublima el hielo y libera gas y polvo, formando:

  • La coma (una atmósfera brillante alrededor del núcleo)
  • La cola, que puede extenderse millones de kilómetros

Y aquí una curiosidad fascinante:
La cola siempre apunta en dirección opuesta al Sol, empujada por el viento solar.

No todos son iguales

Algunos cometas regresan periódicamente. El más famoso es el Halley's Comet, visible aproximadamente cada 76 años.

Otros sólo pasan una vez y desaparecen para siempre en la oscuridad interestelar. Algunos se fragmentan. Otros explotan. Algunos, en el pasado remoto, pudieron traer agua a la Tierra. Sí: es posible que parte del agua que hoy bebemos haya llegado en antiguos impactos cometarios.

El terror en la Antigüedad

Para las civilizaciones antiguas, los cometas no eran objetos físicos. Eran advertencias.

En Roma. La aparición de un cometa tras la muerte de Julio César fue interpretada como señal de su divinización. El llamado “Sidus Iulium” reforzó el poder político de Augusto.

En China. Los astrónomos imperiales registraban meticulosamente los cometas. Pero cada aparición era asociada con cambios políticos, guerras o catástrofes naturales.

En Europa medieval. En 1066, un cometa brilló en el cielo poco antes de la conquista normanda de Inglaterra. Hoy sabemos que era el Halley's Comet. En el Tapiz de Bayeux aparece dibujado como un presagio del destino del rey Harold.

Las crónicas mexicas narran que, pocos años antes de la llegada de los españoles, apareció en el cielo una “llama” o “espiga de fuego” que permaneció visible durante varios días.

El presagio fue interpretado como una señal inquietante para el imperio mexica. Más tarde, tras la conquista, ese fenómeno quedó registrado en códices coloniales como el Códice Durán y también en el Códice Florentino, recopilado por fray Bernardino de Sahagún.




En tiempos donde el cielo representaba orden y estabilidad, cualquier anomalía era profundamente inquietante.

Un cometa rompía la armonía celestial.
Y si el cielo cambiaba… el mundo también lo haría.

De presagios a física orbital

La revolución llegó con la ciencia moderna. En el siglo XVII, Edmond Halley utilizó las leyes de Isaac Newton para demostrar que ciertos cometas eran periódicos. No eran señales divinas. Eran cuerpos celestes siguiendo órbitas elípticas.

La predicción del regreso del cometa de Halley fue una victoria monumental del pensamiento científico: el cielo dejaba de ser capricho y se convertía en matemática.

Curiosidades que aún asombran

  • Algunos cometas desarrollan dos colas: una de polvo y otra de gas ionizado.
  • Pueden viajar a velocidades de decenas de kilómetros por segundo.
  • Su núcleo suele ser oscuro, más negro que el carbón.
  • Las lluvias de estrellas que vemos cada año (como las Perseidas) son restos de antiguos cometas que la Tierra atraviesa.

Cuando ves una estrella fugaz, probablemente estás observando el rastro de un cometa desintegrándose en la atmósfera.

La conmoción que provocaban

Imagina vivir en una ciudad sin electricidad, bajo un cielo absolutamente puro. De pronto, aparece una antorcha celestial cruzando el firmamento durante noches enteras. Sin telescopios. Sin leyes gravitacionales. Sin explicación.

Era imposible no sentir temor. Los cometas tocaban algo profundo: la sensación de que el orden del cosmos podía alterarse.

Hoy sabemos que no anuncian guerras ni plagas. Pero siguen despertando algo primitivo en nosotros. Asombro.

Los cometas ya no dictan el destino de reyes. Pero siguen siendo mensajeros. Nos traen información del origen del sistema solar. Nos recuerdan que el cielo es dinámico. Y nos conectan con nuestros antepasados, que también levantaban la vista y se estremecían.

Tal vez la diferencia entre ellos y nosotros no sea el miedo… sino la explicación. Y aun así, cuando uno cruza el cielo, seguimos sintiendo lo mismo: Que algo extraordinario acaba de suceder sobre nuestras cabezas.

 

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