Hubo un tiempo en que mirar al
cielo podía cambiar el rumbo de un imperio.
Una luz inesperada aparecía en la
oscuridad. No seguía el orden perfecto de las estrellas. No respetaba las rutas
de los planetas. Era un visitante. Un intruso. Un presagio.
Hoy los llamamos cometas. Durante milenios fueron temidos como mensajes divinos.
¿Qué es realmente un cometa?
Un cometa es, en esencia, una
cápsula del tiempo. Está compuesto principalmente de:
- Hielo (agua, dióxido de carbono, metano)
- Polvo
- Roca
Muchos provienen de regiones
lejanas del sistema solar como la Nube de Oort o el Cinturón de Kuiper. Son
restos casi intactos de la formación del sistema solar hace 4.600 millones de
años.
Cuando uno de ellos se acerca al
Sol, el calor sublima el hielo y libera gas y polvo, formando:
- La coma (una atmósfera brillante alrededor
del núcleo)
- La cola, que puede extenderse millones de
kilómetros
Y aquí una curiosidad fascinante:
La cola siempre apunta en dirección opuesta al Sol, empujada por el viento
solar.
No todos son iguales
Algunos cometas regresan
periódicamente. El más famoso es el Halley's Comet, visible
aproximadamente cada 76 años.
Otros sólo pasan una vez y
desaparecen para siempre en la oscuridad interestelar. Algunos se fragmentan. Otros
explotan. Algunos, en el pasado remoto, pudieron traer agua a la Tierra. Sí: es
posible que parte del agua que hoy bebemos haya llegado en antiguos impactos
cometarios.
El terror en la Antigüedad
Para las civilizaciones antiguas,
los cometas no eran objetos físicos. Eran advertencias.
En Roma. La aparición de
un cometa tras la muerte de Julio César fue interpretada como señal de su
divinización. El llamado “Sidus Iulium” reforzó el poder político de Augusto.
En China. Los astrónomos
imperiales registraban meticulosamente los cometas. Pero cada aparición era
asociada con cambios políticos, guerras o catástrofes naturales.
En Europa medieval. En
1066, un cometa brilló en el cielo poco antes de la conquista normanda de
Inglaterra. Hoy sabemos que era el Halley's Comet. En el Tapiz de Bayeux
aparece dibujado como un presagio del destino del rey Harold.
Las crónicas mexicas narran que,
pocos años antes de la llegada de los españoles, apareció en el cielo una
“llama” o “espiga de fuego” que permaneció visible durante varios días.
El presagio fue interpretado como
una señal inquietante para el imperio mexica. Más tarde, tras la conquista, ese
fenómeno quedó registrado en códices coloniales como el Códice Durán y también
en el Códice Florentino, recopilado por fray Bernardino de Sahagún.
En tiempos donde el cielo
representaba orden y estabilidad, cualquier anomalía era profundamente
inquietante.
Un cometa rompía la armonía
celestial.
Y si el cielo cambiaba… el mundo también lo haría.
De presagios a física orbital
La revolución llegó con la
ciencia moderna. En el siglo XVII, Edmond Halley utilizó las leyes de Isaac
Newton para demostrar que ciertos cometas eran periódicos. No eran señales
divinas. Eran cuerpos celestes siguiendo órbitas elípticas.
La predicción del regreso del
cometa de Halley fue una victoria monumental del pensamiento científico: el
cielo dejaba de ser capricho y se convertía en matemática.
Curiosidades que aún asombran
- Algunos cometas desarrollan dos colas: una
de polvo y otra de gas ionizado.
- Pueden viajar a velocidades de decenas de
kilómetros por segundo.
- Su núcleo suele ser oscuro, más negro que el
carbón.
- Las lluvias de estrellas que vemos cada año (como
las Perseidas) son restos de antiguos cometas que la Tierra atraviesa.
Cuando ves una estrella fugaz,
probablemente estás observando el rastro de un cometa desintegrándose en la
atmósfera.
La conmoción que provocaban
Imagina vivir en una ciudad sin
electricidad, bajo un cielo absolutamente puro. De pronto, aparece una antorcha
celestial cruzando el firmamento durante noches enteras. Sin telescopios. Sin
leyes gravitacionales. Sin explicación.
Era imposible no sentir temor. Los
cometas tocaban algo profundo: la sensación de que el orden del cosmos podía
alterarse.
Hoy sabemos que no anuncian
guerras ni plagas. Pero siguen despertando algo primitivo en nosotros. Asombro.
Los cometas ya no dictan el
destino de reyes. Pero siguen siendo mensajeros. Nos traen información del
origen del sistema solar. Nos recuerdan que el cielo es dinámico. Y nos
conectan con nuestros antepasados, que también levantaban la vista y se
estremecían.
Tal vez la diferencia entre ellos
y nosotros no sea el miedo… sino la explicación. Y aun así, cuando uno cruza el
cielo, seguimos sintiendo lo mismo: Que algo extraordinario acaba de suceder
sobre nuestras cabezas.
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