Rocío Dúrcal pertenece a esa segunda estirpe: la de las voces que no sólo cantan, sino que acompañan la vida. Y cuando uno pronuncia su nombre, lo hace —como dirían los lusitanos— com muita saudade.
Siendo apenas una adolescente,
apareció en la pantalla grande irradiando una candidez casi celestial. En
aquellas películas juveniles de los años sesenta su sonrisa parecía recién
estrenada, y su voz, aún joven, ya tenía esa claridad cristalina que luego
sería su sello. De ahí nacieron canciones que todavía huelen a primer amor y a
cine de barrio: Acompáñame, Más bonita que ninguna, Quisiera
ser un ángel, Volverte a ver, Los piropos de mi barrio, Trébole, Los
dos, Amor en el aire, Cartel de publicidad.
Cada una era un suspiro, una
postal sonora de una España que soñaba en technicolor. Rocío no actuaba:
iluminaba.
Y entonces llegó el giro
inesperado. En Marianela, basada en la obra de Benito Pérez
Galdós, sorprendió a todos. Aquella muchacha risueña se transformó en una
protagonista intensa, frágil y profundamente humana. Su interpretación fue
brillante, madura, reveladora. Rocío demostró que su talento no era efímero ni
circunstancial: tenía raíces hondas.
A principios de los años setenta,
la vida le regaló otra melodía: el amor. Se casó con Antonio Morales, el
inolvidable Junior, y juntos formaron un dúo sentimental que el público abrazó
con ternura. En esa etapa retomó la balada con un aire elegante, interpretando
adaptaciones como Sola, Una vez más, En un
lugar, melodías que confirmaban la evolución de aquella voz juvenil hacia
una intérprete plena, capaz de acariciar cada palabra.
Y entonces ocurrió algo casi
mágico: Juan Gabriel redescubrió en ella esa voz luminosa y cristalina. Supo
que allí había un universo por explorar. Le propuso grabar, y de esa unión
nacieron himnos que cruzaron fronteras: Tarde, Jamás me
cansaré de ti, Fue un placer conocerte, No lastimes más.
El éxito fue redondo, rotundo,
continental. Iberoamérica la adoptó como propia. México la hizo suya. Estados
Unidos la escuchó en español y la comprendió sin traducción. Lo demás —como
bien dices— ya lo conocemos: discos de oro, escenarios llenos, lágrimas en
primera fila.
Pero Rocío no fue sólo la musa de
Juan Gabriel. Su voz era casa abierta para los grandes compositores. Con Rafael
Pérez Botija dejó huellas imborrables: Jamás te dejaré, La
gata bajo la lluvia, Tu foto en la pared, Bailemos una
vez más, Perdón no, gracias. Canciones que sonaban en la radio
mientras alguien recordaba un amor imposible bajo la lluvia de verdad.
Con Marco Antonio Solís —el
eterno Buki— grabó Como tu mujer, Extrañándote, Ya
te olvidé, Se me fue olvidando, piezas donde el desamor se
vuelve dignidad y la tristeza se canta con entereza.
Con
Joan Sebastian interpretó Que ya no estás, Desaires, Mi
credo, impregnando de sentimiento ranchero su acento español, en una fusión
que sólo ella podía lograr.
Y cómo olvidar aquella joya
compuesta por Roberto Livi: Cómo han pasado los años. Canción
que hoy parece escrita para nosotros, que miramos hacia atrás y descubrimos que
su voz fue la banda sonora de nuestras propias memorias.
Rocío grabó sin descanso:
baladas, canción vernácula mexicana, coplas españolas, tangos clásicos
como Caminito o A media luz. Su repertorio fue un
puente entre continentes, un abrazo musical entre España y América.
Fue, sin exageración, una de las
voces más bellas de España. Pero más que bella, fue entrañable. Nos acompañó en
amores que empezaban, en despedidas que dolían, en tardes de domingo, en bodas,
en nostalgias nocturnas.
Hoy, cuando suenan sus canciones,
no sólo escuchamos una intérprete impecable. Escuchamos nuestra juventud,
nuestros padres, nuestros primeros amores, nuestras pérdidas. Escuchamos el
tiempo mismo.
Y sí… se le extraña.
Se le extraña como se extraña una voz que nos entendía.
Se le extraña como se extraña una luz que nunca se apagó del todo.
Porque mientras alguien en algún
rincón del mundo ponga un disco suyo y suspire…
Rocío Dúrcal seguirá cantándonos.
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