La respuesta es rotunda: no hay registro histórico de
tales personajes. No hay partida de nacimiento, ni tumba olvidada, ni
retrato en óleo.
Y, sin embargo, los usamos todos los días.
Porque fulano, zutano, mengano y perengano no son
personas: son comodines lingüísticos. Son máscaras gramaticales. Son los
actores suplentes del idioma cuando el nombre real no importa… o no conviene
decirlo.
Fulano: el más famoso de los desconocidos
La palabra fulano proviene del árabe fulān (فُلان), que significa literalmente “persona
cualquiera”.
Durante siglos de presencia árabe en la península ibérica,
el español heredó muchísimas palabras —aceite, almohada, alcalde— y también
este pequeño comodín.
Fulano es el rey del anonimato:
Es neutral, práctico y elegante. Es el “alguien” con nombre
inventado. El comodín oficial del idioma.
Mengano: el hermano misterioso
Mengano también tiene raíz árabe. Se asocia con la expresión
man kān (من كان),
que significa “quien sea” o “el que sea”.
Si fulano es el primero en aparecer, mengano suele ser su
acompañante:
“Fulano, mengano y sutano dijeron lo mismo.”
Tiene un aire ligeramente más pintoresco. Más de corrillo.
Más de sobremesa con café.
Zutano (o Sutano): el sabido… o el que se supone sabido
Aquí la cosa cambia. Se ha vinculado a la palabra latina scitamus
(relacionada con scire, “saber”). La idea sería algo así como “el
sabido” o “el ya mencionado”.
Sea exacta o discutible la etimología, lo interesante es su
función: zutano completa la serie.
“No me importa lo que diga fulano, zutano o mengano.”
Zutano es el tercero en discordia. El que ya ni sabemos de
qué hablaba, pero ahí está.
Perengano: el recién llegado
Perengano es el más joven del grupo… y el menos usado.
Se dice que nació de una mezcla popular entre el apellido Pérez
(el apellido comodín por excelencia en el mundo hispano) y “mengano”.
Es casi una caricatura lingüística. Un nombre tan genérico
que se vuelve cómico.
“Fulano, mengano, zutano y perengano creen que saben todo.”
Perengano ya suena a exageración. Es el “y todos los demás”.
¿Por qué los usamos?
Porque el lenguaje es práctico… pero también estratégico.
Los usamos cuando:
- No
sabemos el nombre.
- No
queremos decirlo.
- No
importa quién fue.
- Queremos
generalizar.
- Queremos
ironizar.
Son herramientas sociales. Nos permiten hablar sin señalar.
Criticar sin acusar. Narrar sin precisar.
En el fondo, son una forma elegante de decir:
“Alguien por ahí.”
Un pequeño detalle delicioso
Y eso, es profundamente humano: el idioma crea personajes
que jamás existieron… para hablar de todos nosotros.
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