El amor no siempre es lo que parece. A veces es impulso ardiente; otras, espejo; otras, escultor. La mitología griega —esa gran psicóloga simbólica de la antigüedad— nos dejó tres figuras que iluminan estas formas: Eros, Narciso y Pigmalión.
Veamos cómo cada uno encarna una cara distinta del amar.
EROS: EL FUEGO QUE DESPIERTA
En su origen griego, Eros no era solo el angelito travieso
que conocemos como Cupido. Era una fuerza cósmica primordial, el impulso que
une lo separado, el deseo que pone en movimiento al mundo.
En un mito célebre, Eros se enamora de Psique, una mortal de
extraordinaria belleza. La ama, pero le impone una condición: que no intente
verlo. Cuando Psique, movida por la curiosidad, rompe la prohibición, lo
pierde. Solo tras pruebas y sufrimientos logra reencontrarlo.
El mensaje es sutil: el amor erótico comienza con
fascinación e idealización. Nos atrae lo que aún no conocemos del todo. Pero si
queremos que ese amor madure, debemos atravesar la prueba de ver al otro tal
cual es.
NARCISO: EL ESPEJO ENCANTADO
Narciso era un joven de extraordinaria belleza que
despreciaba a quienes lo amaban. Como castigo, fue condenado a enamorarse de su
propio reflejo en el agua. Sin saber que era él mismo, quedó atrapado en la
contemplación de su imagen hasta consumirse.
Aquí el amor se pliega sobre sí mismo.
El narcisismo no es simplemente quererse: todos necesitamos
autoestima. El problema aparece cuando el otro deja de ser persona y se
convierte en espejo. Se ama la admiración, la confirmación, el reflejo.
Narciso no ama a otro; ama su imagen proyectada.
En tiempos de redes sociales y vitrinas digitales, este mito
parece inquietantemente actual: ¿amamos o buscamos que nos amen para
reafirmarnos?
PIGMALIÓN: EL ESCULTOR DEL IDEAL
Pigmalión, rey de Chipre y escultor, modeló una estatua
femenina tan perfecta que terminó enamorándose de ella. Suplicó a Afrodita que
le diera vida, y la diosa accedió.
Aquí el amor no se dirige a un espejo, sino a una creación
propia.
En su versión simbólica, Pigmalión representa a quien no ama
al otro como es, sino como lo ha construido mentalmente. Y en su versión
psicológica moderna —el “efecto Pigmalión”— muestra cómo nuestras expectativas
pueden moldear a los demás.
Pero hay un lado oscuro: cuando alguien “forma” a otro para
luego apropiarse de él, el amor se mezcla con control y poder.
Pigmalión ama su obra, no la alteridad libre del otro.
Tres movimientos del corazón
Podríamos resumirlo así:
Eros →
Amo a alguien que descubro.
Narciso →
Amo lo que el otro refleja de mí.
Pigmalión →
Amo lo que yo he construido del otro.
Y quizá la madurez amorosa consista en algo más difícil:
amar sin convertir al otro en espejo ni en estatua; aceptar que el otro no es
extensión de mi deseo, ni confirmación de mi ego, ni criatura moldeada a mi
gusto.
Amar, en su forma más alta, sería dejar que el otro sea.
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