miércoles, 18 de febrero de 2026

CUANDO MÉXICO SE DESPIDE CANTANDO: EL SECRETO ESCONDIDO EN LA GOLONDRINA

 



Cuando la despedida es inminente y el aire se espesa con un nudo que aprieta la garganta, en México no solemos guardar silencio.

Cantamos.

Y casi siempre, inevitablemente, alguien entona “Las golondrinas”, aunque el título original sea La golondrina.

Porque sí: el pueblo decidió pluralizarla. Tal vez porque una sola golondrina no basta para cargar tanta nostalgia.

La despedida como ceremonia

Desde finales del siglo XIX, esta canción se convirtió en la banda sonora oficial del adiós mexicano: graduaciones, funerales, despedidas laborales, partidas al extranjero… y hasta serenatas finales.

Pero lo fascinante es que no nació en México.

El poema fue escrito en 1862 por Niceto de Zamacois, un español que vivió muchos años en México y que conoció la experiencia amarga del desarraigo.

Más tarde, la música la compuso Narciso Serradel Sevilla, también español… y también exiliado, en Francia.

Es decir: la canción que México adoptó para despedirse… nació de la nostalgia de españoles lejos de su patria.

¿No es asombroso?

La golondrina: ave y metáfora

La golondrina es un ave migratoria. Va, viene, desaparece, regresa. En el poema, el ave es espejo del alma errante:

“También yo estoy en la región perdido ¡Oh, cielo santo! y sin poder volar.” La golondrina no encuentra abrigo. El poeta tampoco encuentra patria.

Y ahí está la clave emocional que conectó tan profundamente con México, un país marcado por migraciones, exilios, idas y regresos.

El secreto oculto: un acróstico

Si tomamos la primera letra de cada estrofa, se forma un mensaje oculto. Un acróstico, recurso muy popular en el siglo XIX para dedicar poemas sin hacerlo explícito.

Las iniciales forman la frase: “Al objeto de mi amor”


A dónde irá veloz y fatigada

La golondrina que de aquí se va

¡Oh!, si en el viento se hallara extraviada

Buscando abrigo y no lo encontrará.

Junto a mi pecho le pondré su nido

En donde pueda la estación pasar

También yo estoy en la región perdido

¡Oh, cielo santo! y sin poder volar.

Dejé también mi patria idolatrada,

Esa nación que me miró nacer,

Mi vida es hoy errante y angustiada

Y ya no puedo a mi mansión volver.

Ave querida, amada peregrina,

Mi corazón al tuyo estrecharé,

Oiré tus cantos, tierna golondrina,

Recordaré mi patria y lloraré.

 

En el siglo XIX, escribir “Al objeto de mi amor” era una manera elegante, casi cifrada, de dedicar un poema a alguien especial.

Así que bajo la nostalgia migratoria… hay también una nostalgia amorosa. Doble exilio. Doble herida.

 ¿España? ¿México? ¿El amor?

Lo más probable es que Zamacois pensara en España, su tierra natal, a la que nunca regresó. Pero la magia de la canción es que ya no pertenece a España. Ni siquiera pertenece a sus autores. México la adoptó. La hizo suya. La convirtió en ritual.

Y cada vez que suena en una despedida, no sólo habla del pasado… habla del miedo universal a no volver.

Un detalle casi poético

Es curioso que México, país de fiesta ruidosa y celebraciones explosivas, haya elegido una canción tan contenida, tan íntima, tan suave, para despedirse.

No gritamos el adiós. Lo cantamos. Con voz quebrada. Como si la música hiciera más soportable la certeza de que toda partida es, en el fondo, un pequeño exilio.

 

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