Cuando la despedida es inminente
y el aire se espesa con un nudo que aprieta la garganta, en México no solemos
guardar silencio.
Cantamos.
Y casi siempre, inevitablemente,
alguien entona “Las golondrinas”, aunque el título original sea La
golondrina.
Porque sí: el pueblo decidió pluralizarla. Tal vez porque una sola golondrina no basta para cargar tanta nostalgia.
La despedida como ceremonia
Desde finales del siglo XIX, esta
canción se convirtió en la banda sonora oficial del adiós mexicano:
graduaciones, funerales, despedidas laborales, partidas al extranjero… y hasta
serenatas finales.
Pero lo fascinante es que no
nació en México.
El poema fue escrito en 1862 por Niceto
de Zamacois, un español que vivió muchos años en México y que conoció la
experiencia amarga del desarraigo.
Más tarde, la música la compuso Narciso
Serradel Sevilla, también español… y también exiliado, en Francia.
Es decir: la canción que México
adoptó para despedirse… nació de la nostalgia de españoles lejos de su patria.
¿No es asombroso?
La golondrina: ave y metáfora
La golondrina es un ave
migratoria. Va, viene, desaparece, regresa. En el poema, el ave es espejo del
alma errante:
“También yo estoy en la región
perdido ¡Oh, cielo santo! y sin poder volar.” La golondrina no encuentra
abrigo. El poeta tampoco encuentra patria.
Y ahí está la clave emocional que
conectó tan profundamente con México, un país marcado por migraciones, exilios,
idas y regresos.
El secreto oculto: un
acróstico
Si tomamos la primera letra de
cada estrofa, se forma un mensaje oculto. Un acróstico, recurso muy
popular en el siglo XIX para dedicar poemas sin hacerlo explícito.
Las iniciales forman la frase: “Al
objeto de mi amor”
A dónde
irá veloz y fatigada
La
golondrina que de aquí se va
¡Oh!, si
en el viento se hallara extraviada
Buscando
abrigo y no lo encontrará.
Junto a
mi pecho le pondré su nido
En donde
pueda la estación pasar
También
yo estoy en la región perdido
¡Oh,
cielo santo! y sin poder volar.
Dejé
también mi patria idolatrada,
Esa
nación que me miró nacer,
Mi vida
es hoy errante y angustiada
Y ya no
puedo a mi mansión volver.
Ave
querida, amada peregrina,
Mi
corazón al tuyo estrecharé,
Oiré tus
cantos, tierna golondrina,
Recordaré
mi patria y lloraré.
En el siglo XIX, escribir “Al
objeto de mi amor” era una manera elegante, casi cifrada, de dedicar un poema a
alguien especial.
Así que bajo la nostalgia
migratoria… hay también una nostalgia amorosa. Doble exilio. Doble herida.
¿España? ¿México? ¿El amor?
Lo más probable es que Zamacois
pensara en España, su tierra natal, a la que nunca regresó. Pero la magia de la
canción es que ya no pertenece a España. Ni siquiera pertenece a sus autores. México
la adoptó. La hizo suya. La convirtió en ritual.
Y cada vez que suena en una
despedida, no sólo habla del pasado… habla del miedo universal a no volver.
Un detalle casi poético
Es curioso que México, país de
fiesta ruidosa y celebraciones explosivas, haya elegido una canción tan
contenida, tan íntima, tan suave, para despedirse.
No gritamos el adiós. Lo
cantamos. Con voz quebrada. Como si la música hiciera más soportable la certeza
de que toda partida es, en el fondo, un pequeño exilio.
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