Invocado por el bullicio de la
plaza —como si lo llamaran los tamales y el murmullo del mercado— aparece de la
nada.
Sin escenario, sin permiso, sin
micrófono. Solo necesita tres cosas:
Traza su raya en el suelo. Y al
hacerlo, no dibuja una línea: funda un reino.
“¡Atrás de la raya que estoy
trabajando!”
Y ahí estamos. Hipnotizados.
El huracán de palabras
El merolico no habla: arremolina.
Lanza palabras domingueras,
promesas eternas, curas milagrosas. Promete desaparecer reumas, várices,
tristeza, mal de ojo… y hasta ese inexplicable sabor a centavo con el que a
veces amanecemos.
Entre frase y frase, anuncia que
pronto aparecerá: gurrumina o chumina, ese animal del demonio oculto en un saco
de terciopelo rojo.
Y uno se queda. Porque el
merolico sabe algo fundamental sobre la naturaleza humana: La curiosidad
siempre gana.
Personaje típico… pero con
historia real
No es mito. En su artículo “Médicos
científicos y médicos ilícitos durante el porfiriato”, la investigadora Claudia
Agostoni relata la llegada a México, hacia 1864, de un personaje peculiar. Decía
llamarse Rafael Meraulyock. Al parecer, de origen polaco.
Barba espesa. Melena larga. Ojos
casi mefistofélicos.
Vendía un elixir llamado “tónico
de San Jacobo”. Extraía muelas sin dolor (al menos, a él no le dolía nada). Curaba
todo. O casi.
Con el tiempo, pasó de iluminado
a charlatán. Y su apellido —impronunciable para la lengua popular— fue
domesticado. Meraulyock. Merau-lyock. Merolock. Merolico. Y así nació el
nombre.
De médico dudoso a categoría
lingüística
Desde entonces, “merolico” no
designa solo al vendedor ambulante de remedios sospechosos. Es también:
- El que habla mucho sin decir nada.
- El que promete más de lo que cumple.
- El que adorna la mentira con verbos inflados.
En otras palabras: el orador sin
sustancia. Aunque —admitámoslo— algo admirable tiene. Porque retener a un grupo
de personas solo con palabras… no es poca cosa.
La frontera invisible
La raya de tiza es más que una
línea. Es frontera simbólica. Dentro: el espectáculo. Fuera: la vida cotidiana.
Y nosotros, obedientes, nos
quedamos atrás de la raya, como si cruzarla rompiera el hechizo.
El merolico molesta… pero
fascina. Es ruido… pero organiza el caos. Es sospechoso… pero irresistible.
Lo asombroso de lo cotidiano
Lo verdaderamente curioso no es
que existiera un tal Meraulyock. Lo asombroso es que México haya convertido a
un charlatán en categoría lingüística.
De apellido extranjero a
sustantivo popular. De vendedor ambulante a figura cultural.
Y cada vez que alguien habla
demasiado sin decir nada… Ahí va la sentencia: “¡No seas merolico!”
No hay comentarios.:
Publicar un comentario