miércoles, 18 de febrero de 2026

EL MEROLICO: SEÑOR DE LA RAYA, AMO DEL VERBO Y ENEMIGO DEL SILENCIO

 



Invocado por el bullicio de la plaza —como si lo llamaran los tamales y el murmullo del mercado— aparece de la nada.

Sin escenario, sin permiso, sin micrófono. Solo necesita tres cosas:

  • un pedazo de tiza blanca,
  • un saco rojo medio raído,
  • y una lengua que no conoce descanso.

Traza su raya en el suelo. Y al hacerlo, no dibuja una línea: funda un reino.

“¡Atrás de la raya que estoy trabajando!”

Y ahí estamos. Hipnotizados.

El huracán de palabras

El merolico no habla: arremolina.

Lanza palabras domingueras, promesas eternas, curas milagrosas. Promete desaparecer reumas, várices, tristeza, mal de ojo… y hasta ese inexplicable sabor a centavo con el que a veces amanecemos.

Entre frase y frase, anuncia que pronto aparecerá: gurrumina o chumina, ese animal del demonio oculto en un saco de terciopelo rojo.

Y uno se queda. Porque el merolico sabe algo fundamental sobre la naturaleza humana: La curiosidad siempre gana.

Personaje típico… pero con historia real

No es mito. En su artículo “Médicos científicos y médicos ilícitos durante el porfiriato”, la investigadora Claudia Agostoni relata la llegada a México, hacia 1864, de un personaje peculiar. Decía llamarse Rafael Meraulyock. Al parecer, de origen polaco.

Barba espesa. Melena larga. Ojos casi mefistofélicos.

Vendía un elixir llamado “tónico de San Jacobo”. Extraía muelas sin dolor (al menos, a él no le dolía nada). Curaba todo. O casi.

Con el tiempo, pasó de iluminado a charlatán. Y su apellido —impronunciable para la lengua popular— fue domesticado. Meraulyock. Merau-lyock. Merolock. Merolico. Y así nació el nombre.

De médico dudoso a categoría lingüística

Desde entonces, “merolico” no designa solo al vendedor ambulante de remedios sospechosos. Es también:

  • El que habla mucho sin decir nada.
  • El que promete más de lo que cumple.
  • El que adorna la mentira con verbos inflados.

En otras palabras: el orador sin sustancia. Aunque —admitámoslo— algo admirable tiene. Porque retener a un grupo de personas solo con palabras… no es poca cosa.

La frontera invisible

La raya de tiza es más que una línea. Es frontera simbólica. Dentro: el espectáculo. Fuera: la vida cotidiana.

Y nosotros, obedientes, nos quedamos atrás de la raya, como si cruzarla rompiera el hechizo.

El merolico molesta… pero fascina. Es ruido… pero organiza el caos. Es sospechoso… pero irresistible.

Lo asombroso de lo cotidiano

Lo verdaderamente curioso no es que existiera un tal Meraulyock. Lo asombroso es que México haya convertido a un charlatán en categoría lingüística.

De apellido extranjero a sustantivo popular. De vendedor ambulante a figura cultural.

Y cada vez que alguien habla demasiado sin decir nada… Ahí va la sentencia: “¡No seas merolico!”

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